Más tontos que Abundio

Escritos
Walton Ford. The Sensorium (2003)

Walton Ford. The Sensorium (2003)

La inteligencia humana está sobrevalorada. O, más exactamente, la inteligencia de los individuos humanos está exponencialmente sobrevalorada. Tomados uno por uno, la mayoría somos poco más que monos cachondos que, si no estuviéramos esclavizados por la búsqueda del sustento, pasaríamos la existencia rascándonos la entrepierna y engordando. [El orfeón de los místicos y el coro de los intelectuales ya se han puesto a chillar en la últimas ramas blandiendo sus obras maestras del pensamiento, pero no les hagan caso, sobreactúan. Pronto volverán a sus plátanos.]

A lo largo de la historia de la especie, la mayoría de esos individuos teóricamente pensantes e inteligentes ha estado compuesta por ágrafos garrulos que lo único que han legado a las generaciones venideras, aparte del código genético, han sido sus hábitos y costumbres, eso que llamamos cultura. Hay que reconocer que en el lote vienen cosas extraordinarias —entre ellas, algunas que podemos exhibir sin rubor en los museos— pero también cantidades ingentes de gilipollez, crueldad, imbecilidad y crimen. ¿En qué punto, por ejemplo, un humano cretino convenció a sus semejantes de que la cornamenta de una cabra montesa o de un rinoceronte, diluidas en polvo, curarían los problemas de erección? No se sabe, pero aún hoy en día millones de estos garrulos, aún erectos, siguen matando bichos para que les engorde la cosita. ¿Qué sutil melómano decidió convertir permanentemente en ángeles a los niños del coro, promoviendo durante siglos el comercio de eunucos cantores? Y hablando de eunucos, ¿quién tuvo la feliz idea de usar la castración como método de formación de funcionarios fieles y sin veleidades dinásticas? Estas costumbres han durado muchos siglos y no está claro que hayan sido erradicadas. Como la afición a matarse masivamente, en la que, al parecer, sólo se embarcan los más imbéciles de la tribu, unos individuos que, sin embargo, forman el panteón heróico de las ficciones humanas en su formato de novela, cine, corrido mexicano y rockanroll.

¿Por qué no ha sido posible, pasados siglos y siglos de refinamiento cultural, extirpar de la costumbre las atroces imbecilidades contenidas en ciertos libros sagrados, fosilizadas allí desde que los sumerios inventaron la escritura? ¿Cuál es el mecanismo que impide que la universalización de la enseñanza y de los conocimientos técnicos y científicos cristalicen en una universalización de la inteligencia individual? Porque como sociedades sí somos exageradamente inteligentes. Muy pocos de nosotros somos capaces de arreglar una lavadora o siquiera un grifo, no muchos pueden distinguir una catedral gótica del siglo XIV de una imitación del siglo XX y apenas una minoría es capaz de entender las ecuaciones matemáticas que han dado forma a nuestro mundo, pero la especialización del conocimiento y del trabajo, el fomento de la inventiva o la extraordinaria labor de almacenamiento y divulgación del saber, hacen que individuos que muchas veces son incapaces de tener ideas mínimamente inteligentes hasta para su propia supervivencia construyan automóviles o teléfonos o formen parte de organizaciones que sirven al progreso humano.

Parecería que, como ocurre con las hormigas, sólo un número proporcionalmente pequeño de individuos —entre los que, para mi desgracia, no me encuentro— sería capaz de alumbrar las ideas e ingenios que han permitido nuestro asombroso despegue como especie. Sólo unos pocos son capaces de vadear el fangoso cauce de las ideas adquiridas por nuestro cerebro infantil, trascenderlas, mejorar y mejorarnos. El resto nos quedamos varados en el barro de los prejuicios colectivos, entretenidos en un barullo de conversaciones profundísimas que viene durando siglos, pobres monitos parlantes enseñoreados de nuestra triste rama, cada día más listos y más inteligentes y más tontos que Abundio.

Realismo /300 /002

300, Escritos

La representación artística bascula entre dos tendencias antagónicas, el idealismo y el realismo. Para el idealismo, el mundo es una versión material, tosca y perfectible, de unas ideas sublimes. El artista debe elevar a su público, tiene que conseguir que trascienda a su realidad y aspire a una existencia mejorada que representa como ideal. El idealismo es una ascensión, una elevación espiritual en cuyo tránsito el individuo y la sociedad mejoran.

El realismo es una reacción alérgica contra la pretensión idealista de pasteurizar el mundo. Considera que el mundo real existe con independencia de la elaboración conceptual humana y que el artista puede reflejar esa realidad, y por tanto la verdad, sin dejarse aprisionar por concepciones preestablecidas. El realismo es un descenso, un regreso al barro, a la vida, al virus, a la carne y la muerte. Es decir, a lo que ocurre.

Para el idealista, el realismo es insoportable pues da imagen de un mundo arrumbado o inconcluso, dejado de la mano de un Dios torpe o asténico. Para el idealismo, el realismo reivindica la caída: el mono erguido con pretensiones de ángel pretende volver a ser un mono.

Cuando al abrir los ojos desaparece la estampa idealista, todo lo inunda la cruda luz del realismo. “¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?”, espeta un cínico Groucho Marx. Por eso el idealismo se disfraza de realismo para intentar competir en su propio terreno: realismo socialista, realismo heroico, realismo fantástico… Realismos canibalizados por idealismos románticos nada inocentes.

Y sin embargo. Sin embargo la visión realista no renuncia a trascender. Su gesto escrutador sobre lo real, consciente de sus pies hundidos en el barro y la sangre, busca construir una realidad menos hostil que la que describe y denuncia. No lo llaméis ideal.

Memoria /300 / 001

300, Escritos

A estas alturas sabemos varias cosas. Que el cerebro guarda una cantidad de información limitada. Que la información se procesa de forma narrativa para dotarla de coherencia y que sea recuperable: una memoria. Que para organizar esa coherencia el cerebro hace trampas: borra lo que considera superfluo, subraya lo relevante y reconstruye la información cuando cree percibir interrupciones. Estos mecanismos explican fenómenos tan paradójicos como las ilusiones ópticas o los hechos ficticios de las memorias literarias. Es posible que seamos como nos perciben los demás, pero para nosotros somos como nuestra conciencia nos ha (re)construido. Eso explica, compañero, que tú te consideres un justiciero ilustrado y tu pareja te vea más bien como un zángano que no levanta el culo del sofá. No te aflijas; para un observador neutral ajeno, por ejemplo, un tigre, sólo serías un trozo de carne con patas. Las tres observaciones son ciertas pero estás diseñado para dar más crédito a tu percepción.

Sabemos también que existe algo parecido a una memoria social, cuyas manifestaciones forman la conciencia del mundo. Algo muy triste, porque si la memoria individual es una selección narrativa de nuestra percepción fragmentaria, la memoria social es como unos ‘Grandes Momentos de la Humanidad’ seleccionados por un editor con alzheimer. Si la memoria individual olvida lo horroroso para proteger la propia salud, la memoria colectiva se dedica con entusiasmo a la destrucción del recuerdo, al blanqueado y pulido de la historia y a la edificación de relatos ficticios y monumentos falsos: los fanáticos pasan a ser considerados santos, los asesinos, libertadores, y los sádicos, justicieros. La conciencia del mundo brilla como un espejo nuevo y los simples se sorprenden de que los arqueólogos desentierren cadáveres en los cementerios y de que cada ciudad descanse sobre los restos de otra ciudad derribada y olvidada.

Vergüenza

Escritos

Hoy, 9 de noviembre de 2014, se cumplen 25 años de la caída del Muro de Berlín. Cayó el muró y yo tenía 29 años. Pasé gran parte de mi juventud yendo a manifestaciones de los géneros más variados, casi todas ellas con el denominador común de la reivindicación de la libertad, de la paz y otras, ay, de signo contrario, aunque entonces no lo entendí. Sin embargo, jamás, jamás fui convocado por ninguno de los que entonces consideraba como mis líderes políticos y morales para protestar contra el Muro, una frontera levantada para impedir que los propios ciudadanos huyeran de sus dirigentes y de su sistema perfecto. Convivimos durante muchísimo tiempo con aquella aberración intelectual y moral sin mover un músculo. Jamás, lo repito, jamás fui convocado por quienes teóricamente representaban mis ideas a una manifestación por la liberación de los ciudadanos de Berlín Oeste. Siento por ello una gran vergüenza retroactiva, que se hizo intensísima cuando pisé por primera vez aquellas avenidas y visité el siniestro museo de la Stasi, apoteosis siniestra de la estupidez. No fui consciente entonces, pero la caída de aquel muro supuso también el resquebrajamiento de un infamante muro de mentiras. Supongo que hoy tampoco leeré ningún arrepentimiento. Estamos demasiado ocupados siguiendo o contemplando a otros imbéciles.

Ponga un artista en su mesa

Escritos

Practicar el escapismo, sí; promoverlo, no. Así que renuevo mi compromiso con la actualidad comentando esta triste noticia de L’Avantguarda: las manifestaciones de la señora Colita (dicho sea sin ánimo de remarcar el oxímoron) rechazando el Premio Nacional.

Dada la reiteración de estos comportamientos, me atrevo a elevar al Ministro de Cultura (que me estará leyendo) unas humildes propuestas para que los artistas dejen de morder la mano que no les da de comer:

1. Darles de comer. Es una propuesta bastante cara, dado lo que comen los artistas. Además tendría el efecto secundario de multiplicar su número. Crearía también un precedente comparativamente ominoso con otros gremios, como el de los torneros-fresadores o las secretarias de dirección. ¿Por qué los artistas?

2. Eliminar los premios. Es una medida radical y bastante razonable, dado que los premios siempre se leen en clave de sumisión al poder político. Pero ocurriría que el resto de los organismos del Estado (gobiernos autónomos, diputaciones, ayuntamientos) perderían el culo por demostrar que ellos sí apoyan a la Cultura (con Mayúsculas) premiando a todo el mundo, incluido los transeúntes, especialmente si firman manifiestos.

3. Aumentar la cuantía de los premios. Vale, te metes los 30.000 euracos por el agujero del aparato excretor, pero por 300.000 te saco brillo.

4. Hacer un bote, como en el Bonoloto. El premio rechazado se incorpora a un bote para el año siguiente.

5. Nombrar siempre a ministros de cultura de izquierdas, para compensar los efectos alérgicos y el rechazo.

Estas grandes ideas, que ofrezco sin ánimo de lucro, podrían ser fácilmente compensadas aumentando los presupuestos del Ministerio de Cultura. Como parece que no hay dineritos en el Estado (sí, corazones, que no leéis bien los periódicos; cada pocos días hay que subastar deuda para que nos presten dinero y podamos mantener este invento a toda máquina) tampoco estaría mal comprar libros, cuadros, fotos, discos y cosas de esas que hacen los artistas. Que también son de Dios y tienen que comer.

Escapismo

Escritos

Recuerdo perfectamente el vago gesto de desprecio con el que el profesor de Literatura solía despachar a los escritores y artistas que no ponían su bagaje intelectual al servicio de la causa. Consistía en apenas una leve señal, un conato de fruncimiento de ceja y apenas un cuarto de media sonrisa de condescendencia acompañando a la palabra infamante: escapista. Eran escapistas los modernistas, Rubén Darío principalmente, que desperdiciaba su desbordante talento en la descripción de estampas con princesas, o Manuel Machado, que al contrario de su hermano Abel, digo Antonio, sólo buscaba sangre, sudor y polvo en las gestas del Cid y no en los efluvios corporales del jornalero o el peón ferroviario. Eran escapistas casi todos los poetas de la generación del 27 y especialmente aquel infame que decía que el mundo estaba bien hecho y escribía un poema… ¡a un sillón! En fin, eran escapistas casi todos los escritores, especialmente si supeditaban el ‘fondo’ a la ‘forma’ con delectación y regodeo. Y el colmo, el no va más, eran aquellos mamones que se dedicaban a la literatura de ‘evasión’, fueran populares y de novela de bolsillo o supuestamente cultos y de libraco, como cierto Tolkien; sólo se salvaban los escritores de novela negra, que al parecer eran todos criptocomunistas y sus obras resultaban ferozmente denunciadoras y revolucionarias, aunque no se notase en una primera lectura y quizá tampoco en una quinta.

Claro que yo entonces no sabía lo que era, literalmente, un escapista. Nadie me había hablado de Erik Weisz, alias Harry Houdini, y ni siquiera había pensado demasiado en por qué resultaba necesario escaparse de la realidad, actividad a la que, por cierto, venía dedicándome desde mi más tierna infancia dado que mi realidad consistía básicamente en espacios cerrados de donde era mejor huir. Bien mirado, los escritores comprometidos eran también escapistas, lo que pasa es que querían escaparse hacia no lugares que no acababan de convencer, quizá porque los ideales siempre parecen aburridos. A pesar de todo, yo los admiraba tanto o más que a los malditos, y sigo haciéndolo.

Lo malo es que seguí practicando el escapismo. Siguen creyendo que me paso las horas encerrado en la habitación y que mi minucioso conocimiento de las novedades del mundo es fruto de un análisis concienzudo cuando sólo se trata de un intento desesperado y a contrarreloj para hacer saltar los mecanismos que me aprisionan. Cualquier día de estos no lo consigo y acabo ahogado en esta realidad de mierda.