Manifestódromos, el Regreso

Leo hoy en la portada de El Mundo «El Gobierno corrige a Interior y descarta los ‘manifestódromos’». También en la edición digital «Consejo de Ministros: Santamaría asegura que el Gobierno no se plantea un ‘manifestódromo’ como propuso Botella». La realidad siempre supera a la ficción. Hay que manejar con cuidado las ironías, porque las gentes simples tienden a interpretarlas en sentido recto y, claro, a ver luego cómo te justificas ante la Historia o, en su defecto, ante un cuñado: “¿ves adónde van a parar tus idioteces, graciosillo?”. El caso es que viene siendo descorazonador que después de haber escrito los versos más tristes esta noche, uno vaya a ser reconocido como inventor porque le convierten un chiste malo en una jodida realidad. Tú viste un chiste pero ellos una oportunidad, que diría un consultor. Si es que tenía que haberlo patentado, o sea. Fui un visionario.

(Y que conste que ya lo tenía dicho)

Evolución

Aunque no creo haber sufrido jamás los efectos del llamado síndrome de Sthendal, que provoca temblores, vértigo y palpitaciones cuando uno se ve expuesto a raciones ingentes de arte y belleza, sí es verdad que suele invadirme una sensación de melancolía al contemplar objetos fabricados por los humanos hace miles de años. Me ha ocurrido por última vez al admirar una vasija datada entre 3800-3700 años antes de Cristo en la que se representa un íbice, y he sentido luego una vaga sensación de incomodidad al pensar que ese objeto lo fabricó uno de mis abuelos.

Entre el 3.800 antes de Cristo y hoy han transcurrido poco más de 5.800 años. Tomando 50 años como vida media de una persona, solo nos separan 116 generaciones de individuos del momento en que se creó esta vasija. Y solo 270 generaciones del momento en el que, posiblemente, fue pintado el conjunto principal de Altamira, hace 13.500 años. Doscientos setenta individuos en fila se interponen entre aquellos pintores geniales y este humano que apenas sabe hacer la O con un canuto.

Los antropólogos suelen prevenirnos contra la idea de concebir la evolución como un progreso. Tenemos incrustada en la retina la clásica fila de antropoides sucesivamente más erguidos que culmina en un tipo caucásico que avanza con seguridad hacia el futuro. Pero la idea de progresión que transmite es falaz. Basta con poner en el extremo a Kim Jong-Un para que la trampa narrativa se disuelva como un castillo de arena: ni más listos, ni más guapos, ni mejores personas. Si esta comparación le resulta incómoda, póngase usted al final de la fila y mire hacia atrás que a mí me da vértigo. ¿Lo va viendo?

No parece que como individuos hayamos progresado mucho. Nuestros cerebros siguen respondiendo a pulsiones primarias y reaccionamos a los estímulos como lo hace cualquier primate. Somos egoístas, territoriales, gregarios, ruidosos y sucios, y cualquier lugar por donde pasamos en tropel acaba convertido en un estercolero. Somos incapaces de admitir ninguna idea que no haya sido implantada en nuestro cerebro en la etapa infantil y ocurra lo que ocurra, de la experiencia más extrema al paso por las mejores universidades del mundo, nada conseguirá cambiar los poderosos prejuicios implantados, sea la creencia en un dios trimotor, en un Más Allá alicatado hasta el techo o en la curación por medio de la fe. Mantenemos inalterada la tendencia de resolverlo todo a gritos o soltando un par de hostias, y en cuanto nos ponemos farrucos y actuamos en manada desatamos un enfrentamiento o armamos una guerra. Esto es lo que hay y así ha venido siendo desde el principio de los tiempos. Y sin embargo…

Sin embargo nadie que mire hacia el pasado con los ojos abiertos y dos dedos de frente podrá decir que no avanzamos, que nuestras sociedades no son mejores que nosotros, que no hemos desarrollado poderosísimos artefactos organizativos, sociales y políticos que hacen que cada vez sea más posible la utopía de un mundo para todos. Nuestro nivel cultural como sociedades multiplica exponencialmente nuestras capacidades como individuos y aunque mi escasa inteligencia personal me vuelva individualmente prescindible, participo de una inteligencia social tan enorme como la suma de toda la cultura acumulada a lo largo de decenas de generaciones. Yo no sé pintar íbices ni fabricar un mísero cuenco de barro, pero compongo sextinas y llevo en mi cabeza historias que empezaron en el Gilgamesh, recorrieron la vasta cuenca indoeuropea y florecieron en el teatro griego, en las baladas, en las novelas, en los sonetos de Shakespeare y en los versos hermosísimos de Blas de Otero. Otros crean para mí los iPad y los automóviles.

Individualmente no somos sino primates vociferantes cuyo cerebro parece haberse quedado colapsado en un mundo cuya complejidad no entienden. Pero colectivamente nuestra inteligencia galopa tan rápido que estamos casi a punto de entender cómo se crea un universo. Miro hacia atrás y prefiero quedarme con la imagen de esa vasija y esas pinturas. Quizá como especie apenas estemos a un paso evolutivo de conseguir dejar de matarnos.

[Publicado el 23/03/2014 en El Diario Norte]

La culpa es de Arcadi Espada

Hace unos meses se cumplieron 10 años de un hecho trascendental para mí. Arcadi Espada abrió un blog, los Diarios (nickjournal), y cientos de personas acudimos a ver qué era lo que hacía el admirable autor de Contra Catalunya y Raval: del amor a los niños. Aquello tenía gran interés. El periodista dejaba unas perlas y decenas de comentaristas se dedicaban a veces a glosarlo y mayormente a devorarse entre ellos en medio de una orgía de humor, sarcasmo, inteligencia y crueldad. No había duda, vista la ferocidad de la canalla y el tiempo que le dedicaban, aquello era un nido de profesores, escritores y periodistas, o como cierta vez lo califiqué sin demasiado éxito, una “célula columnista”. Ya había muchos blogs e interesantes foros, pero la cantidad de talento allí acumulada y la labor de zapa ejecutada sin conmiseración contra los pardillos que entraban a evidenciar su analfabetismo lo convirtieron pronto en un lugar de rareza extraordinaria. Una orgía intelectual.

La cosa hubiera transcurrido probablemente por unos marginales cauces de surrealismo e intelectualidad si no hubiera irrumpido la realidad con toda su crudeza. Los atentados del 11 de marzo de 2004 encontraron en blogs y foros un medio para que el personal se dedicara al deporte nacional: la caza. También ocurrió en el blog de Arcadi Espada, con la diferencia notable de que aquello lo frecuentaban grandes francotiradores. Aún pueden verse las huellas de las balas. De aquellas cruentas batallas salí con enormes amigos y enemigos. Pero fue, y esto es lo más importante para mí, una extraordinaria escuela de subversión y pensamiento, una Academia mayúscula en donde, empezando por Arcadi Espada y siguiendo por muchos otros que voy a cometer la indelicadeza de no nombrar, encontré a grandes maestros.

Aquel experimento tuvo para mí, sin embargo, una indeseable consecuencia. Tras más de diez años sin escribir una línea que no fuera prosa administrativa, volví a sentir ganas de perseverar en mis obras completas. Pero en lugar de incurrir en la lírica, que es el género en donde suelo parecer menos torpe, me dio por practicar la prosa, lo que viene obligándome desde entonces a penosas tareas intelectuales para las que, francamente, no estoy dotado. Ni siquiera económicamente. Confío en que se me pase pronto y pueda volver a entretenerme con ocupaciones melancólicas e inútiles que no hagan daño a nadie, como la composición de sextinas y sonetos con estrambote. Pero mientras llega el momento, ha de saber quien esto lea que soy sólo una víctima inocente de una pulsión innecesariamente revivida. El instigador fue Arcadi Espada.

Naciones, las justas

universal800En la discusión política, uno de los recursos retóricos que más me irrita es el que proclama que todos somos nacionalistas de uno u otro signo. Todo se reduciría a elegir identidad y nación, como se elige equipo de fútbol, y ¡a jugaaaar! En realidad ni siquiera es necesario elegir, porque la mezcla de humores, olores, signos, gruñidos, tañidos, colores, acordes y mensajes que compone el folcklore de la manada permite estabular con bastante eficacia a cualquier humano semoviente.

La ventaja de esta condensación de la participación política es que es más simple que el mecanismo de un botijo. Las posturas políticas se basan en el lugar de nacimiento y el único matiz es que, si has nacido en un barrio de emigrantes tienes cierta justificación para sentirte nacionalista de otra nación… traidor de mierda. Como suelen resumir con precisión esos grandes pensadores que juegan al fútbol, todo se reduce a la “fidelidad a los colores” o al “respeto al escudo”. Fácil.

Vaya por delante mi total consideración a quienes sienten así la política y actúan en consecuencia a la hora de elegir bando, elegir alcalde, elegir música o elegir el plan de estudios del colegio de sus hijos. Yo respeto a todas las criaturas del Señor, a la hermana oveja y al hermano lobo, a la hermana zarigüeya y al hermano zorro, a la hermana gallina y al hermano quebrantahuesos. Pero mis adhesiones identitarias juegan en otra liga.

Es cierto que no puedo resistirme a la rotunda expresividad de mi lengua materna, que me gustan la morcilla, el chorizo, el arroz en paella y el chicharro al horno con ajos y guindillas, pero incluso estas potentes señas de identidad quedan absolutamente ahogadas por el poderoso torrente cultural greco-latino que me ha nutrido, por el influjo ideológico de las revoluciones francesa y norteamericana, y por la inundación torrencial de la olla cultural estadounidense.

Yo soy hijo del cine, del pop, de las novelas de detectives, del automóvil, de las bibliotecas públicas, de las lecturas desordenadas, de la tecnología informática y de internet. Mis iguales no son esos paleorrománticos tradicionalistas cuyas aspiraciones se resumen en tener “marco propio de relaciones laborales” (como dicen los sindicatos nacionalistas) o de relaciones culturales, religiosas o políticas. Mi ideal bebe de fuentes ilustradas clásicas, como Star Trek, y aspira a un gobierno mundial, a una legislación planetaria y a una justicia universal. Aún no entiendo cómo aquellos que han vivido el bochorno y la corrupción de las fronteras no saltan de gozo cuando atraviesan graciosamente un puente sin control fronterizo, sin tener que cambiar de moneda, sin necesidad de enseñar sus papeles o de mostrar sumisión a unos uniformados.

No, no es legítimo reclamar nación propia, salvo en casos de opresión sistemática, robo de recursos o violación de los derechos humanos. Las naciones son sólo una forma de organización humana. Ni unidad de destino, ni exaltación de identidad prefabricada, ni comunidad de odio hacia el vecino. Las naciones, como las tonterías, cuantas menos, mejor. Las justas.

Intentos y fracasos II

ilunga

Mi infancia fue felíz en Kisadunga. Además de acudir a la escuela de las misiones, jugaba con el resto de los niños a fútbol, a subir a los árboles y a nadar en el río sin que nos comieran los cocodrilos. Siempre me sentí querido entre los negros y a pesar de que me llamaban blanquito o lechada y hacían chistes sobre el padre que nunca conocí, apenas me pegaban. Afortunadamente, yo no era de color blanco lechoso, como los albinos o los ingleses, así que nunca intentaron despellejarme ni venderme a un brujo para hacer pociones. Y las bromas sobre mi madre, mi color o el tamaño de mi pene me vinieron muy bien para hacerme un hombre y no sufrir por las maledicencias y los insultos que más tarde habría de escuchar en mi vida. Con mis amigos de Kisadunga e Inongo, además del español que hablaba con mi madre y las Esclavas, aprendí también el lingala, el kikongo y el francés. En África es muy frecuente ser polígloto y es muy raro que no encuentres a nadie que te entienda.

Gracias al trabajo de mi madre en el Hospital de las Esclavas, tuve la suerte de poder asistir a la escuela y aprender las cosas importantes de la vida. Aprendí a saludar, a levantarme del asiento cuando entra alguien, a cantar, a hablar con respeto, a jugar a fútbol, a leer, a escribir y a que cada vez que sumas diez te llevas una. También aprendí a asearme, a limpiar, a servir y, sobre todo, a hacerme respetar.

Aunque mi madre y las Esclavas me llamaban Antonio, todos me conocían como Tono. A mí era un nombre que no me gustaba, como tampoco me gustaba ser blanco, pero pronto me enseñaron que es Dios quien decide estas cosas y que cuando se le mete algo en la cabeza no hay nada que le detenga; a ver si no qué razones tenía para ponerle trompa al elefante y un cuello de metro y medio a la jirafa. Había que aguantarse, ser blanco y soportar además que te llamaran Tono, lo que me parecía una crueldad innecesaria. Y aunque me propuse llevarle la contraria a Dios y ganarme mi propio nombre, la ocasión no me llegó hasta los trece años, que fue cuando empezaron a llamarme Ilunga.

Ocurrió que estábamos jugando un partido de fútbol junto al río (con un balón con escudo del Athletic Club de Bilbao que me había enviado como regalo el padre Echezarreta, a quien por sus atenciones yo empezaba a querer como a un padre, aunque mi madre me decía que cuando hablara de él le llamara tío), cuando llegó, junto con otros dos amigos aún más idiotas que él, Kasongo. Era un negro grandón, algo mayor que nosotros, al que todo el mundo temía porque era fuerte y porque en una disputa, sin venir a cuento, le había clavado un palo en un ojo a otro chaval dejándole tuerto. Kasongo corrió hacia el balón y todos se quedaron quietos. Así que se lo apropió sin dificultad y empezó a correr con él hacia las dos piedras que hacían de nuestra portería, y nos hubiera metido un gol si yo no se lo hubiera quitado limpiamente, con apenas un toque. Kasongo me miró cabreado, vino hacia mí, y en lugar de intentar quitarme el balón con los pies me dio un puñetazo, me tiró al suelo, se lo llevó y metió gol sin que nadie saliera a su encuentro ni nuestro portero hiciera el menor gesto de impedírselo, que no sé por qué le llamábamos Iribar. Sangrando por la nariz recogí el balón y dije que el gol no valía, que había sido falta y que, además, él no estaba jugando en ningún equipo porque el balón era mío y no me había pedido permiso. “Tono-Tono, te voy a meter el balón por el culo”, me dijo Kasongo y corrió hacia mí. Pero yo era mucho más rápido y eché a correr antes. Lo que no contaba era con sus dos amigos. No tardaron en cogerme ante la inmovilidad de los dos equipos de fútbol, que parecían haberse solidificado como los jugadores de un futbolín, y Kasongo, frunciendo los morros y desorbitando los ojos, como ponen los negros cuando quieren dar miedo, me arrebató la pelota y de un puntapié la tiró al río.

Grité como un condenado y ahí hubiera acabado la cosa, Tono-Tono con la nariz sangrando y el balón flotando río abajo, pero corrí como un poseso y me eché al agua sin pensarlo y nadé y nadé y todos empezaron a gritar que tuviera cuidado con los cocodrilos pero yo no los oía y llegué hasta el balón y me lo puse delante de la cabeza y nadé y nadé y salí del río triunfante con mi pelo negro chorreando agua y con una sonrisa mezcla de orgullo y rabia. Si Kasongo no hubiera sido tan tonto habría dejado así la cosa, que a veces es mejor no ganar por aplastamiento y ser generoso con los más débiles, pero se picó. Volvió a quitarme el balón, sacó un pequeño cuchillo que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón y lo pinchó.

No sé muy bien lo que pasó luego. Mis amigos me contaron que me volví loco. Que me puse a chillar como chillan los cerdos cuando los deguellan. Que le quité a Bendele su muleta y fui como un loco hacia Kasongo. Y que no traté de darle en la cabeza, sino que fui directamente a por sus piernas. Que conseguí darle muy fuerte en la rodilla derecha mientras él intentaba taparse la cara con los brazos. Que cayó al suelo. Que luego le di tan fuerte con la punta de la muleta en la cabeza que le arranqué media oreja de cuajo. Y que si no llega a ser por los hombres armados que llegaron en aquel momento quizá le hubiera dejado la cara como la jeta de un mono.

Y así fue como, casi sin querer, subí a otra rama del árbol y como Kasongo cambió también de rama, pues aquellos hombres resultaron ser una partida guerrillera encargada de secuestrar y reclutar a niños para convertirlos en soldados. Quizá su primer impulso hubiera sido prescindir del blanquito y quedarse con el grande con aspecto de matón, pero viendo lo bien que yo insultaba en lingala al infortunado Kasongo y viéndole a él sangrar a borbotones de la oreja, incapaz de ponerse en pie porque posiblemente le había partido la rodilla, decidieron dejarle allí junto con los más pequeños. Fue así como Kosongo, el más malo y el más tonto, el que tenía todos los boletos para acabar mal en la vida, fue el único de nosotros que se quedó en Kisadunga, mientras los demás fuimos arrebatados para siempre de los brazos de nuestras familias. Y fue así también, por una disputa ridícula por un balón de fútbol, como unos empezaron a llamarme Perro Rabioso y otros Ilunga, que en chiluba quiere decir persona que es capaz de aguantar una humillación, incluso dos humillaciones, pero que jamás, jamás de los jamases y por ninguna razón, es capaz de soportar una tercera.

(Continuará)

Seis de cada tres

“Seis de cada tres españoles son absolutamente imbéciles, por eso Televisión Española trabaja para ellos. Hay el doble de españoles imbéciles que de españoles. Usted no puede escapar a la regla, Televisión Española tampoco. Televisión Española, la imbecilidad de nuestra vida. Dé las gracias imbécil, encienda el televisor. Televisión Española le da el doble”.

Este falso anuncio, que recuerdo de memoria y que creo haber recortado de la revista humorística ‘Por Favor’ a finales de los años 70, resumía la opinión que mantenían muchos de los intelectuales de la época sobre la televisión: un medio de manipulación de masas al servicio de la imbecilidad. Desde entonces han cambiado muchísimas cosas: irrumpieron las televisiones privadas y las públicas autonómicas, las decenas de canales de la televisión digital, las comisiones de control parlamentario o los costosos consejos audiovisuales públicos. También se formaron en nuestras gloriosas universidades y escuelas varias generaciones de “magníficos profesionales” y periodistas. Gracias a estos cambios y a los prodigiosos avances tecnológicos que han convertido a la entonces llamada “caja tonta” en un electrodoméstico inteligente, podemos afirmar con justo triunfalismo que hoy, incluidos los ciudadanos autonómicos que no se consideran tales, seis de cada tres españoles siguen siendo absolutamente imbéciles y por eso todas las televisiones trabajan para ellos. Sigue habiendo el doble de españoles imbéciles que de españoles y seguimos dando las gracias a la imbecilidad de nuestra vida encendiendo el televisor. Usted no puede escapar a esta regla. Yo tampoco.

La televisión es sólo entretenimiento y quien diga lo contrario, miente. Su trivialidad contamina cualquier contenido. El mismo “gran profesional” que te explica en un minuto —es un decir— las complejidades del conflicto ucraniano, te aconseja que adquieras un seguro o abras una cuenta corriente en un banco. Luego da paso a un programa de debate en el que media docena de expertos descubren la rueda o ponen a parir al hijo de una folklórica. Nueve de cada diez deontólogos desaconsejarían estas prácticas, pero al que contrataron es al décimo.

La televisión it’s only entertainment pero en Europa seguimos creyendo que es un medio por el que se puede difundir cualquier contenido: información, documentales de ciencia subatómica, el recitado de las Cantigas de Alfonso X el Sabio o un debate argumentado y sereno sobre la reforma de la ley del aborto. Al menos es así como el discurso funcionarial justifica los cuantiosos gastos que genera el mantenimiento de las televisiones públicas: son un “servicio público” destinado a informar, difundir la cultura o reflejar el pluralismo de la sociedad. Por qué razón estas grandes misiones se encarnan en un concurso de cocina o en un debate de chismes y cornudos, es uno de esos grandes misterios de los que hay que acusar a la audiencia, es decir, a usted. Si usted es imbécil la televisión es imbécil. O viceversa. Como lo he oído se lo cuento, oiga; no se ofenda, no mate al mensajero.

Las televisiones privadas tampoco se escapan a la regla. Su único objetivo legítimo es hacer negocio y lo buscan desesperadamente halagando a la audiencia. ¿Qué es lo que quiere la audiencia? ¿Ficciones de amor y lujo, chistes de gangosos y mariquitas, fútbol, famosos saltando de un trampolín? Se hará lo que sea siempre que no lo impidan la ley o algún “observatorio” oficial sobre lo políticamente correcto .

¿Cuántos telespectadores verían un programa de debate entre Martin Heiddeger y Søren Kierkegaard? ¿Quince? No hay programa. ¿Y si les ponemos en pantalón corto, con zapatones de payaso y guantes de boxeo? ¿Tres millones? ¡Contrátelos, ya!

Esta es la lógica y ya va siendo hora de que la asumamos con todas sus consecuencias. Si la audiencia es partidaria de creer que las pirámides las construyeron los extraterrestres, se lleva a media docena de extraterrestres al plató; y a algún intelectual despistado, que dan mucho juego. Si el personal quiere creer que el golpe de estado del 23-F lo urdieron unos guionistas con la ayuda de un director de cine y varios políticos sin escrúpulos, ¿por qué vamos a quitarles la ilusión? Es sólo entretenimiento. ¿Qué mal le hace a nadie? ¿No están llenas las portadas de los periódicos de mentiras? ¿No es verdad que cada vez que la tele da imágenes del Congreso se ve a un político mintiendo con descaro? ¿Entonces? No se pongan así de tiquismiquis. Es sólo entretenimiento. No dramaticemos. El que quiera conocer la verdad que apague la tele y se compre un libro.

Dé las gracias, imbécil. Encienda el televisor.

[Publicado en eldiarionorte.es el 26/02/2014]

Una obra inmarcesible

Murió justo cuando estaba perfilando su último cuadro, un gran lienzo en donde se reflejarían, como iconos, sus obsesiones recurrentes: la amapola como símbolo de la pureza, la botella como abismo al inconsciente, el coño entreabierto como frontera de la pasión o del regreso al útero, las versos de sus poetas favoritos, un escarabajo, un perrito, una bombilla. En la pared del estudio que tenía alquilado, había pintado con rotulador rojo gran variedad de imágenes que estudiosos y curiosos se han empeñado en fotografiar, normalmente pagando. Su casera descubrió, justo el día de su muerte, un último regalo, una defecación que había depositado sobre un cuenco con restos de acrílicos en al fondo del salón, quizá cansado de tener que ir hasta el baño del fondo del loft o tal vez, como sugirió su amante, como un postrer regalo de agradecimiento por su última cena de pan con pasas, paté de oca, vino espumoso y pastelito browning. Hoy, cuando se cumplen 17 años de su muerte, una empresa de impermeabilizados intenta acabar con los hongos que devoran sus últimas obras. Sólo su defecación, hábilmente fosilizada por su marchante, sobrevive como icono pop reproducida en cientos de carteles, postales y llaveros por el museo americano que nos descubre lo que tenemos que ver.

Virginidad

virginidad. En las culturas fosilizadas, integridad del himen de una joven intercambiable por dote económica en el momento del matrimonio. Culturas algo más sofisticadas reemplazan la telilla por una representación simbólica de gasa blanca, el vestido de novia. Para mantener el valor del comercio futuro, las culturas humanas más abstrusas convirtieron la virginidad en sagrada asociándola a la pureza y a la virtud, y haciendo depender el honor de la familia de la preservación de una membrana. La virginidad no debe confundirse con la castidad, o castración simbólica destinada a reprimir los apetitos sexuales, que ha tenido un éxito notable en las órdenes religiosas de pedagogos. La virginidad es una creación cultural dañina que, despojada de trascendencia, apenas se consume en un suspiro. Hay algo enfermizo en los cerebros que conciben como raro lo natural y como impuro y asqueroso lo sexual. Estas estupideces, adornadas como tradición, religión y cultura, envenenan a los inocentes y son culpables de buena parte del sufrimiento humano.