La montaña invisible (o el extraño caso del copiloto asesino)

Escritos

La conmoción producida por el caso del copiloto asesino ha sido de tal magnitud que ha dejado a la opinión pública en estado de estupor. Sólo así se explica el reguero de opiniones que tratan de buscar la lógica del acto incomprensible, si bien la evidencia es tan majestuosa como la montaña en la que impactó el avión, muchísimo más grande que el famoso bosque invisible oculto por los árboles.

Quizá la masacre esté tan cercana que nadie quiera aún certificar la evidencia o quizá infunda pánico reconocerla o tal vez simplemente seamos unos tristes monos que chillamos un rato después del estrépito y seguimos luego con nuestro despiojamiento que, ya se sabe, es la forma habitual con la que nos relacionamos los simios superiores. También puede ser que no queramos entender nada, que ya decían los maestros orientales que la felicidad está en no ver, no oír, no hablar.

Y cuando nada se entiende suelen comparecer a dar explicaciones unos señores con pipa de pensar o con sotana y, si es época de rebajas, unos periodistas; aquí un particular, para servirles.

Caducada por incongruente la explicación de la depresión, los psiquiatras han aventurado como causa de la acción criminal el desorden de la conducta conocido como «narcisismo», sin reparar en que éste sólo suele ser un síntoma de una actitud más generalizada e identificable, bastante bien descrita. Y los trascendentes, abrumados por la magnitud del crimen, han ensayado la interpretación moral: el piloto, como ocurrió anteriormente con el asesino masivo de la isla de Utøya, estaba poseído por el Mal. Esta «explicación» tal vez pueda reconfortar a quienes se santiguan antes de emprender viaje pero no explica nada si no viene acompañada de una corporeización del mal en forma de demonio o de virus.

Así que vayamos de una maldita vez a un diagnóstico preciso y comprensible para las masas: el copiloto era un auténtico estúpido.

Me remito a Carlo Maria Cipolla y a su clásico Leyes fundamentales de la estupidez humana, en donde definió perfectamente al ejemplar de estudio mediante su Tercera Ley Fundamental de la Estupidez Humana, o Ley de Oro: «una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio». El lector ágil, sólo con leer la definición, ya se habrá dado cuenta que el ámbito de estudio es macroscópico. Ocasionalmente todos podemos cometer estupideces, pero ser estúpido a full-time es cosa de gran mérito.

La idea de que un estúpido en estado puro, esférico en su estupidez, pueda estar a los mandos de un avión de pasajeros o dirigiendo un batallón de soldados es aterradora, pero se da con bastante frecuencia. Es otra más de las contingencias de la vida social con la que debemos apechugar. En un mundo simplificado, un estúpido puede hacer un daño limitado, pero en una sociedad compleja, con mecanismos de promoción automáticos, un estúpido puede acabar conduciendo un avión, un tren, un trasatlántico, una confesión religiosa, un grupo terrorista, una agencia de seguridad nacional o una nación propiamente dicha (más fácil si es una nación imaginaria). Nadie estamos a salvo.

No estoy de broma. Tanto es así que empiezo a sospechar que hay un grave problema de comprensión lectora con el libro de Cipolla. Así como durante mucho tiempo se interpretó el Quijote como un libro sentencioso y grave, en lugar de verlo como un parodia, se ha leído el estudio de Cipolla como un ensayo humorístico, cuando, siéndolo sólo por el asunto tratado, es de una seriedad cegadora. Merecería la pena que los psicólogos ensayaran un test de Cipolla que —a la manera del de Turing para detectar la inteligencia artificial— detectara la estupidez no aparente. Captamos a primera vista a los tontos de baba pero, ¿como se calibra a un individuo normal, con una vida tan normal que hasta puede pilotar un transatlántico, que crea en las realidades paralelas o en la curación por imposición de manos? ¿Se puede confiar en quien toma decisiones en función de la carta astral? ¿Se puede confiar en alguien que siempre tiene razón y de cuya situación de postración es siempre culpable el resto de la humanidad?

La respuesta social ha separado las «creencias» del comportamiento social: uno puede ser estúpido en el ámbito particular siempre que no traslade su estupidez al comportamiento social. Se permite, por ejemplo, que quien no cree en las transfusiones o en la medicina «convencional» la palme, pero no se admite que su estupidez obligue a sus hijos a morir.

Claro que esto no suele funcionar. La característica primordial del estúpido total es que no tiene freno y marcha atrás. El estúpido mira hacia adelante —que puede ser el horizonte o una montaña— con el absoluto convencimiento de que lo que hace está bien y que es el resto de la humanidad quien se equivoca. El estúpido «sabe» que después de que haya hecho «lo que hay que hacer» todo el mundo se dará cuenta de su error. El estúpido hace porque tiene que hacer, porque está marcado en su destino o porque ha recibido la llamada; todo lo demás es accesorio y contingente. El estúpido no se detiene porque no evalúa los costes de su estupidez (y si lo hace, las evalúa mal).

No obstante y como ya se ha dicho, si detectar a los estúpidos no aparentes suele ser complicado (suelen andar confundidos entre los incompetentes) mucho más difícil resulta detenerlos. La solución sería incapacitarlos de manera preventiva para cualquier ocupación que implicara riesgo para terceros y permitirles, a lo sumo, que fueran pastores trashumantes de ganado caprino, asumiendo el riesgo de despeñamiento o, acaso, del cruce del rebaño por la autopista de seis carriles. O ponerles a fabricar carpetas, digno oficio que me ocupó durante un tiempo que, si bien conduce a la melancolía, no puede calificarse de riesgo.

Los malvados son más o menos previsibles, pues siguen la lógica del daño y el beneficio. A los malvados, con el tiempo, se les queda cara de cabrón y se vuelven detectables. Pero el campo de los estúpidos es inabarcable porque siempre están donde menos se les espera haciendo lo incomprensible y porque, lo más triste de todo y como dice la Segunda Ley Fundamental, «la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona» como, por ejemplo, su aspecto o la educación universitaria recibida.

O sea, que actuamos y ponemos en marcha un test de Cipolla o seguimos al albur de que el próximo estúpido declare la Guerra Santa, la Solución Final, el Fin de la Historia o decida comprobar si es posible manejar el autobús sin pisar los frenos. Que ya lo dice Cipolla, o sea:

«Esencialmente, los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la lógica de un malvado. Las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. El malvado quiere añadir un «más» a su cuenta. Puesto que no es suficientemente inteligente como para imaginar métodos con que obtener un «más» para sí, procurando también al mismo tiempo un «más» para los demás, deberá obtener su «más» causando un «menos» a su prójimo. Desde luego, esto no es justo, pero es racional, si uno es racional puede preverlo. En definitiva, se pueden prever las acciones de un malvado, sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden preparar las oportunas defensas. Con una persona estúpida todo esto es absolutamente imposible. Tal como está implícito en la Tercera Ley Fundamental, una criatura estúpida os perseguirá sin razón, sin un plan preciso, en los momentos y lugares más improbables y más impensables. No existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado. Puesto que las acciones de una persona estúpida no se ajustan a las reglas de la racionalidad, de ello se deriva que:

a) generalmente el ataque nos coge por sorpresa;
b) incluso cuando se tiene conocimiento del ataque, no es posible organizar una defensa racional, porque el ataque, en sí mismo, carece de cualquier tipo de estructura racional.

El hecho de que la actividad y los movimientos de una criatura estúpida sean absolutamente erráticos e irracionales, no sólo hace problemática la defensa, sino que hace extremadamente difícil cualquier contraataque —como intentar disparar sobre un objeto capaz de los más improbables e inimaginables movimientos. Esto es lo que tenían en la mente Dickens y Schiller al afirmar el uno que «con la estupidez y la buena digestión el hombre es capaz de hacer frente a muchas cosas», y el otro que «contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano».

Hay que tener en cuenta también otra circunstancia. La persona inteligente sabe que es inteligente. El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto está penosamente imbuido del sentido de su propia candidez. Al contrario que todos estos personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido no está inhibido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciousness. Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente».

Paso del sadomaso

Escritos

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Tuve una novia a la que le gustaba que la ataran. No tengo nada en contra, o sea, pero esto es como el patinete, que una vez que toma velocidad y va cuesta abajo ya no hay quien lo pare. No vas a atar a tu novia como si fuera un jamón para luego hacerle el amor en la postura del misionero. Empiezas con unas vueltas de cuerda y unos nudos y, poco a poco, como que no quiere la cosa, acabas enfundándote un traje de cuero con un collar de púas y diciendo cosas que no aprobaría ni tu confesor. Además, tampoco voy a negarlo, soy tímido; fuera de las sesenta y cuatro posturas del Kama sutra empiezo a sentirme ligeramente incómodo. Así que nuestra relación no prosperó. Le dí unos azotes —que me agradeció— y la despedí para que se fuera a sufrir/gozar con otro.

No ha sido mi única relación con el sadomaso. Algo tendré que las atrae. En mi última experiencia fallida era ella quien me humillaba y yo quien tenía que agachar la cabeza y meter el rabo entre las piernas; cosa que, por otra parte, no me resultaba difícil, porque no concibo nada más desereccionante que una humillación (excepción hecha de una patada en los huevos). El problema es que la humillación no sólo me desmotiva, sino que me enfurece y me vuelve violento. Supongo que es lo que se espera en una relación sadomaso comilfó, que la cosa acabe a hostias y que luego, después del éxtasis, nos untemos amorosamente el Betadine y devoremos juntos una hamburguesa cruda. Lo que pasa es que no ha cruzado mi ADN océanos de tiempo ni he leído yo a Kierkegaard (qué va, qué va, qué va) para acabar comportándome como un mandril. Entre mis modestas aspiraciones está la de ser sublime sin interrupción, incluida la visita al cuarto de baño, y puestos a pegar yo no pego ni sellos. Qué le voy a hacer si nací tierno para el amor.

Ocurre entonces que cuando llega la temporada de erecciones, digo de elecciones, mi temperamento erótico busca satisfacción sin cuerdas y placer sin dolor. Estoy exagerando. Digamos que me conformo, aunque no haya goce, con que no me aten ni me insulten y, ya puestos, con que no me miren mal ni me perdonen la vida. Bastaría incluso con no hacerme la pelota aunque íntimamente piensen que soy un idiota, como todos. Me conformaría con que esas gentes políticas que tanto me riñen y enseñan el dedo admonitorio se lo metieran por donde les quepa y se limitaran a exhibir su mercancía como los fruteros exhiben sus frutas, más o menos limpias, más o menos ordenadas y, a ser posible, no podridas. Luego ya elijo si me apetece. Que quizá lleguemos a lo más íntimo, quién sabe. Pero los fustazos os los dais vosotros mismos en el culo en pompa, corazones. Y a gozar.

[Publicado el 25/03/2015 en ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS]

Informe Foronda

Varios

No se sabe muy bien la razón de por qué los gobiernos encargan, y se supone que pagan, informes que luego no difunden. Tras rastrear en la red no he conseguido encontrar el famoso ‘Informe Foronda’, encargado por el Gobierno Vasco, del que viene hablando la prensa y reclama su difusión algún partido político. Por algo que se me escapa, nadie se molesta en difundirlo. Debe ser cosa de la transparencia. Así que luz y taquígrafos.

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INFORME FORONDA

Los contextos históricos del terrorismo
en el País Vasco y la consideración
social de sus víctimas
1968-2010

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Autor:
Raúl López Romo

Equipo asesor:
Luis Castells Arteche
José Antonio Pérez Pérez
Antonio Rivera Blanco

Informe elaborado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, de la Universidad del País Vasco – Euskal Herriko Unibertsitatea, a instancias de la Dirección de Promoción de la Cultura del Gobierno Vasco.

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Introducción

A finales de 2013 la Dirección de Promoción de la Cultura del Gobierno Vasco encargó al IHSVF, Instituto de Historia Social Valentín de Foronda (UPV/EHU), la elaboración de un estudio sobre los contextos históricos del terrorismo en el País Vasco y la significación social de sus víctimas. La investigación quedó bajo la responsabilidad de un equipo de cuatro doctores en historia. Raúl López Romo asumió la redacción del texto con el asesoramiento de los catedráticos Luis Castells y Antonio Rivera, quien planteó la idea de partida, y del profesor José Antonio Pérez, siendo este último quien elaboró el esbozo inicial del proyecto.

El terrorismo ha marcado las cuatro últimas décadas de historia del País Vasco, y también de España en su conjunto, desde el tardofranquismo hasta la actualidad, y condiciona aún nuestro presente y nuestro futuro inmediato.

Las diferentes ramas de ETA, Euskadi Ta Askatasuna (Euskadi y Libertad) han sido responsables directas del 89% de los asesinatos políticos cometidos desde 1968 hasta 2010. Pero no fue la única banda terrorista activa en el País Vasco en esas fechas. Inspirados en el movimiento de la autonomía obrera, a finales de la década de 1970 surgieron los CAA, Comandos Autónomos Anticapitalistas, que actuaron hasta mediados de los años ochenta. Los asesinatos de ETA y organizaciones afines han supuesto un 92% del total de víctimas mortales del terrorismo relacionado con el caso vasco. Paralelamente, desde el final del franquismo se produjo también una proliferación de grupos vinculados a la extrema derecha, buena parte de ellos ligados de un modo u otro a los aparatos del Estado y a la “guerra sucia”, activa casi hasta el final de la década de 1980. Estos últimos son responsables de un 7% de las citadas víctimas.

La persistencia del terrorismo ha afectado profundamente a la vida política de este país hasta erigirse como un obstáculo de primer orden para el asentamiento y consolidación de los principios y valores democráticos. Ha conculcado los derechos humanos más elementales de miles de personas, desde el derecho a la vida a la expresión de las ideas. Más de novecientos muertos, miles de heridos, un número indeterminado de extorsionados, perseguidos y exiliados, decenas de secuestrados, una cifra difícil de calcular de pérdidas económicas y de merma de las posibilidades de desarrollo material, y una ciudadanía limitada en su posibilidad de hablar libremente constituyen el testimonio más dramático de esta realidad.

Todo ello ha tenido múltiples consecuencias para la sociedad vasca que probablemente se extenderán durante varias décadas. Mientras las causas del terrorismo son relativamente bien conocidas y han sido abordadas en la abundante literatura especializada, sus efectos aún precisan de análisis profundos. A los historiadores compete el estudio crítico del pasado, de los contextos que facilitaron la extensión de ese y otros fenómenos. En este sentido, la investigación histórica incita, por ejemplo, a repensar la evolución de la consideración social tanto de los terroristas como de sus víctimas.

Este análisis histórico resulta aún más necesario e imprescindible en un momento en el que, si bien ETA no se ha disuelto, se vislumbra el final del terrorismo, y en el que emerge una estrategia por parte de quienes lo apoyaron encaminada a justificar, o cuando menos suavizar, las acciones de los victimarios (Castells, 2013; Castells y Molina, 2013). Frente a estos intentos por “contextualizar” el terrorismo desde una perspectiva militante, tratando de ocultar la responsabilidad de quienes fueron sus autores, diluyéndola en un conflicto entre dos bandos simétricos donde todos sufrieron, el análisis histórico debe aportar rigor y profundidad, y, sobre todo, debe ayudar a comprender y difundir lo que ha ocurrido durante los últimos cuarenta años en el País Vasco.

Este proyecto plantea dos aspectos fundamentales a analizar:

1. Los contextos históricos del terrorismo en Euskadi. El papel de la dictadura franquista. El difícil caminar de la democracia. La violencia terrorista: legitimidades y proyectos políticos en conflicto. El terror y su socialización: las estrategias de ETA. Las políticas de los diferentes partidos ante la violencia. El terrorismo de extrema derecha y parapolicial.

2. Las víctimas del terrorismo. De la victimación colectiva del pueblo vasco a las víctimas concretas e individuales. Análisis y caracterización del significado público de las víctimas. Configuración de las víctimas como agente social. Políticas públicas de reconocimiento y memoria, y de deslegitimación del terrorismo. Actitudes ante las víctimas de los sectores políticos y sociales vascos.

El documento final ha sido entregado en los últimos días de 2014, es decir, tres años después del “cese definitivo” de la violencia de ETA.

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¡Vociferen, se rueda!

ARTÍCULOS

La retransmisión televisiva de los debates parlamentarios (o de los plenos municipales), en contra de lo que sostienen los falsos ingenuos, no ha dado como resultado una «mayor transparencia». Nos decían que introduciendo cámaras y micrófonos en los hemiciclos podríamos acceder a la esencia de la política y veríamos cómo se negocia, como se «transacciona» la voluntad popular. En realidad, llevar las cámaras a los debates políticos ha tenido el mismo efecto que introducir el caballo de madera en Troya: ha entrado el enemigo.

El resultado de las retransmisiones televisivas ha sido nefasto. Exactamente el mismo que se ha producido al introducir la cámara del Gran Hermano en la «vida real», en la conversación de una pareja, en un debate ciudadano sobre la emigración o en una tertulia sobre la poesía renacentista: ha convertido a todos los participantes en actores que representan un papel ante un público. Pero con la diferencia de que pretenden hacernos pasar por real lo que no es sino una representación: es decir, se han convertido en farsantes.

En política, los integristas de todo tipo sostienen que los principios no son negociables y ven mal cualquier acuerdo en el que deban rebajar sus programas de máximos. Quieren introducir cámaras y mostrar en vivo una negociación para evidenciar que la voluntad popular se «traiciona» cada vez que se negocia, porque hay que ceder. A ciertos líderes, depositarios de una verdad trascendente, no es difícil imaginarlos en el escaño portando las Tablas de la Ley. Pero esta reclamación sobreactuada de pureza acaba condicionando los discursos y al final todos actúan como si negociar fuera perverso y como si todos, salvo el que habla, estuvieran contaminados de una podredumbre moral inherente al cargo. Da un poco de grima ver a personas que perdieron su virginidad cuando los dinosaurios dominaban la Tierra actuar como si se hubieran reencarnado ayer en Juana de Arco.

En el parlamento televisado nadie dice la verdad, nadie trata de llegar a acuerdos, nadie intenta establecer una base común de entendimiento. Los mensajes no están dirigidos al adversario político sino al televidente a quien se le está vendiendo un producto (el Partido Que Lava Más Blanco). Son mensajes que, por su esencia propagandística, carecen de mesura, renuncian a la empatía con el adversario y no buscan el diálogo —lo que debería ser la esencia de un parlamento— sino que propenden al monólogo discursivo del dictador. Como se trata de «ganar», lo importante es que el adversario «pierda» y así es como nos enteramos de que miente una y otra vez, es un ladrón que representa a un partido de mangantes, apoya la corrupción pública y el enriquecimiento ilícito, fomenta la disgregación nacional, odia a las mujeres, desprecia al emigrante, putea al inmigrante, quita el pan al pobre que no tiene que comer y fríe a impuestos al ciudadano desangrable, gestiona las crisis sanitarias con el objetivo de matarnos a nosotros y sacrificar a nuestro perro, subvenciona a espuertas a los amiguetes y racanea con lo público, roba la pensión de los ancianos, vende el país, ensucia el aire, profana la Tierra con el fracking y hasta con el fucking, calienta el clima y busca la extinción del oso polar. Con ligeras variaciones, un discurso similar se repetirá en cualquier parlamento, gobierne quien gobierne. Hay frases que los profesionales han ido acarreando desde la asociación de vecinos al Ayuntamiento, de allí a la Diputación, al Parlamento y, ya prejubilados, al Senado o al Parlamento Europeo. Si la diatriba funcionó contra el concejal encargado de regular el aparcamiento, ¿por qué no va a funcionar contra el ministro de Transportes?

Lo cierto es que ver a sus señorías comportarse como hinchas empuja a la melancolía o encabrona, depende el día. Gracias a sus discursos insultantes, soeces, enfáticos y prefabricados sabemos que la política es una mierda y que todos los políticos son una mierda. Sabemos que lo más importante son los principios, que son siempre «irrenunciables», o el terruño, que se lleva en el corazón, o la bandera o el recuerdo de los muertos propios (que los otros eran unos cabrones y se lo merecieron). Y lo más importante, sabemos que «todos los políticos son iguales» porque todos se dedican mutuamente la misma basura y todos no pueden estar equivocados, como aquellas moscas.

No hace falta decir —pero lo digo— que este discurso enmerdante es intelectualmente imbécil e íntimamente dictatorial y totalitario y que su triunfo sólo se explica porque generaciones enteras de individuos, sometidas a una campaña masiva de entontecimiento, sufren de esponjamiento cerebral. Muchos de ellos ya ocupan escaño.

Al final, naturalmente, a toda esta representación le llega su horario de desconexión, su zona muerta sin cámaras. Y del mismo modo que a los tertulianos se les paga por mostrarse enérgicos y a los participantes de un programa de telerrealidad por ser chorras a full-time, a los políticos se les paga el sueldo por solucionar los problemas reales de la gente, lo que suele implicar negociar entre fuerzas dispares y llegar a acuerdos para poner en marcha proyectos comunes. Pero la sobreactuación televisiva, la ultrarrepresentación de papeles discordantes, el gran teatro de la pseudopolítica de gestos para la foto, lo impiden. La televisión no ofrece transparencia, sólo lo convierte todo en un guiñol para una audiencia infantilizada y embrutecida.

Como ocurre con los negocios, a los acuerdos políticos se llega en los despachos y en las mesas del restaurante. Donde no hay cámaras. Donde dejamos de hacer el gorila que se aporrea el pecho y descubrimos la importancia de la cortesía y la diplomacia. Donde la gente se mide mirándose a los ojos y no sólo por lo que habla, sino también por lo que calla. Donde vale más una relación empática que diez mil discursos enfáticos cien mil veces regurgitados. Donde lo importante no es el teatro ni el espectáculo para entretener a las masas sino lo concreto: el problema, sus soluciones y sus beneficios.

Apagad la tele, corazones. Estáis infectados de ficciones.

[Publicado el 25/02/2015 en El Diario Norte]

Una (e)lección griega

Escritos

Para ganar por mayoría absoluta es necesario tejer un cuerpo electoral transversal. Esto exige identificar con claridad un enemigo que aglutine el descontento y que lo convierta en chivo expiatorio del malestar. Es siempre preferible que ese enemigo sea exterior pues de lo contrario se corre el riesgo de desmovilizar a parte del electorado que puede sentirse identificado.

El caso de la victoria de Zapatero es paradigmático: una vez consolidada en el electorado la correspondencia Aznar = Bush > Guerra > Terrorismo Islamista > 192 muertos, quedó claro contra qué se votaba; daba igual que aquello fueran unas elecciones generales o que Aznar ni siquiera se presentase a ellas. También lo consiguió años después el Partido Popular identificando crisis económica, corrupción, derroche y paro con el PSOE; en este caso se trataba de una reedición del mensaje que permitió anteriormente la mayoría absoluta de Aznar y la caída del gobierno de Felipe González. (Por cierto, el cuerpo electoral ha comprado varias veces este mensaje por lo que el PSOE debería espabilar y aprender de una vez por todas que este es el terreno ideológico en donde debe combatir en lugar de seguir girando eternamente a la izquierda, que parece encerrado en un giro perpetuo sobre la rotonda de su propio ombligo. Bah, no me agradezcan el consejo, soy así de generoso).

Ahora acabamos de ver cómo Syriza ha rozado la mayoría absoluta con el mismo método, identificando como enemigos a batir la crisis económica, las políticas neoliberales y la austeridad, es decir, proponiendo un mayor endeudamiento (un imposible, dado que la deuda soberana helena está al nivel de los bonos basura), programa en el que ha coincidido con otros partidos. El cuerpo electoral ha comprado masivamente el mensaje de que ellos no tienen nada que ver con los problemas que les aquejan y ha apartado a quienes les han prometido un futuro venturoso si pagan sus deudas y racionalizan la administración pública y la economía. El estado de ánimo electoral lo resumió perfectamente ante las cámaras del Telediario de TVE una señora que mostró su monedero vació: votaré a quien me lo llene. De momento han votado a quienes han prometido que no se lo van a vaciar más.

Ya sabíamos que era más fácil comprar una mentira verosimil (no pagar la deuda actual, permanecer en la zona euro y, sorprendentemente, endeudarse más para revitalizar la economía) que un relato inverosimil de austeridad, penalidades y trabajo con final feliz. Pero también sabemos lo difícil que resulta gestionar una mentira colectiva si no se dispone de los mecanismos represivos de una dictadura.

Mal asunto, muchachos. Habéis sacado pecho proclamando que fuisteis los inventores de la democracia (δημοκρατία) pero siempre se os olvida decir que duró poco, que tuvisteis el mismo o mayor éxito con el falangismo espartano y que en lo que sois auténticos maestros es en otro de vuestros grandes inventos, la demagogia (δημαγογία). Suerte. Vais a necesitarla.