No sobreactúen, que parezca que se lo toman en serio

Escritos

Los encargados de estrategia y comunicación de los partidos políticos creen que los ciudadanos somos gilipollas y, probablemente, tienen bastantes razones para sostenerlo. Entramos al trapo con cualquier señuelo y tragamos anzuelos del tamaño del Titanic sin enterarnos de qué va la jugada.

Pero el intento de Convergencia y Unión de fingir una ruptura para salvar los resultados de las elecciones es taaaan milimétrico que recuerda a los inventos del Coyote para atrapar al Correcaminos o a las estrategias chichinabescas de Pierre Nodoyuna.

Han llegado a la conclusión de que el elector descontento o se decanta por opciones netamente independentistas (ERC) o unionistas (Ciudadanos, Podemos o cualquier otra opción menos el PSC, que ha demostrado no tener tampoco ideas comprensibles en este asunto) así que han tramado una estrategia de la Señorita Pepis. Como nuestras perspectivas de voto son penosas, vamos a tratar de conservar a nuestros votantes ofreciéndoles mensajes claros: tú te vas a por el voto indendentista (Convergencia) y yo intento mantener el voto conservador que no quiere saber nada de aventuras (Unión); así podemos evaluar el peso de las dos opciones sin hacer un gran estropicio y, si hay suerte, cADDonservamos a los votantes trasvasándolos de un redil a otro sin pérdida. A la hora de la verdad ya harán con la representación obtenida lo que tengan que hacer.

Lo sorprendente es que parece que el periodismo se lo ha tomado en serio y en lugar de tratar el asunto con el cachondeo que se merece, se han puesto a hacer análisis serios en las tertulias. El resto de los partidos callan. O se lo creen o no quieren levantar la liebre, que al fin y al cabo todos suelen jugar a lo mismo antes de las elecciones, rompiendo los pactos y haciendo como que se odian antes de que los pringados, digo los votantes, pasemos por las urnas.

ADDENDA

Interpelado por el Sr. García Paredes sobre si los efectos de la Ley d’Hont no harían que esta división del voto fuera siempre negativa, conviene precisar.

Ciertamente en un escenario bipartidista la concentración del voto es favorecida por la Ley d’Hont. Lo que ocurre es que la irrupción de los partidos emergentes (Podemos y Ciudadanos) ha desbaratado el juego. Ahora juegan la partida muchos actores con posibilidades (PSC, PP, Ciudadanos, Podemos, ERC, IC…) y CiU ha constatado su hundimiento en las elecciones municipales. Es momento de cambiar de estrategia e intentar salvar los restos del naufragio en un escenario que podría quedar muy fragmentado. Puesto que la marca CiU ya no convence, no parece una mala estrategia que Unión intente que no se le escapen votos hacia Ciudadanos y que Convergencia trate de que no huyan sus votantes hacia ERC. Este mecanismo tiene una virtud añadida, abre el abanico a la hora de negociar los pactos poselectorales, que como se acaba de ver pueden ser tan decisivos como los propios resultados de las elecciones en escenarios muy fragmentados.

El aparcar a su sector independentista (Ibarretxe) le ha dado al PNV en el País Vasco unos muy buenos resultados. Puede que Unión haya sacado lecciones del juego de Urkullu.

 

Malos Días :: El dolor de Filis

Varios

No os contaré la historia de Teseo ni sus aventuras y ni siquiera os contaré como acabó con el Minotauro pues sus hazañas las conocen hasta los niños. En realidad no os hablaré de él, mítico rey de Atenas, sino de su hijo Demofonte, que también fue rey, y que fue como todos los guerreros que entraron en Troya en el interior del caballo de madera, un hombre de brazo fuerte y corazón de hielo, capaz de matar con la espada y con el desprecio.

Demofonte, bajo cuyo brazo perecieron los troyanos, luchó a las órdenes de Menestreo que ocupaba el trono de Atenas en ausencia de Teseo. Acabada la guerra ambos intentaron regresar a su patria, pero los vientos llevaron su naves muy lejos. A Menestreo, hasta la tierra de conejos que hoy conocemos como España, junto a la desembocadura del Guadalete, en donde fundó colonia y gobernó aquellas tierras fértiles y templadas, hoy Puerto de Santa María. A Demofonte hasta Bisaltia, reino tracio en donde gobernaba Licurgo.

filis1 Llegó allí Demofonte, héroe armado y triunfante, y allí se enamoró de él, con amor abismal, la hija del rey, Filis. Fue tanto el amor y tanta la entrega que hubo de ofrecer Licurgo a su hija en matrimonio con el reino de Bisaltia como dote. Pronto se cansó, sin embargo, Demofonte de aquella vida de agricultores y cuidadores de ovejas; apenas le dió tiempo a Filis a concebir dos hijos cuando el héroe decidió regresar a Atenas y a sus mármoles.

El dolor de Filis fue inmenso y le lloró y le rogó que se quedara, pero nada se interpone en el camino de un héroe que cree tener una misión. Entendió Filis que nada podía hacer sino lamentarse y en un último intento, que anticipa su dolor y su tragedia, le entregó como regalo de despedida un pequeño cofre que contenía un objeto consagrado a Rea, la madre de todos los dioses, con la promesa de que no lo abriría mientras mantuviera la esperanza de regresar a ella.

Pasó el tiempo y pasaron las horas en que Filis lloraba en la orilla del mar hasta que, Suicide_de_Phyllis_BnF_Français_874_fol._17cansada de sufrir por un amor que jamás regresaría, se quitó la vida colgándose de un árbol. Dicen que en la tierra que la acoge hay plantado un almendro que florecerá cuando regrese Demofonte, pero ni humanos ni dioses han visto jamás brotar sus ramas. El héroe de brazo fuerte y corazón de hielo, lejos ya de Bisaltia, habiendo decidido que jamás regresaría, abrío el cofre. Nadie sabe que vio, si el rostro muerto de Filis o los ojos furiosos de Rea, pero fue tal su horror que montó a horcajadas en su caballo y huyó al galope, quizá temiendo la venganza de la diosa. Así encontró la muerte, al caer de su caballo y ser atravesado por su propia espada, la que tantas veces empuñó su brazo fuerte y tanta muerte llevó guiada por su corazón de hielo.

En realidad, sólo pretendía contaros la desdichada historia de Filis.

[Esta historia la narró con más pasión Ovidio en sus “Cartas de las heroínas” y la ilustró con delicadeza y lujo Robinet Testard.]

Pitar el himno, quemar la bandera

Escritos

Abordemos el asunto de las pitadas al himno o los «ultrajes» a las banderas dejando de lado los sentimientos. Partamos de la idea olímpica de que no nos afectan estos símbolos, que quedarían reducidos a musiquillas y trapos. Y obviemos el pequeño detalle de lo difícil que es creer a quien empieza su discurso diciendo algo así como «para mí toda bandera es un trapo» para, a continuación, defender el «derecho» a la iconoclastia. O son simples objetos o son símbolos. ¿Pero alguien se manifiesta contra los objetos? Porque reducidos a su condición de trapos y musiquillas (que es como los mansos los presentan para negar su condición de símbolos y, por tanto, para negar que sea punible vulnerarlos) se hace raro que decenas de miles se organicen, acopio de chiflos incluido, sólo para ofender al trapo y la musiquilla. «A las 12:00 en Zara Home, pásalo. ¡No al algodón! Luego nos manifestaremos ante una tienda de bandurrias. ¡Muera el do-re-sol-fa!».

Se afianza la convicción de que los miles de convocados a la protesta sí creen que el trapo y la musiquilla trascienden esa triste condición y que en realidad «representan» a otros y a sus valores. Es decir, que sólo valdrían dos hipótesis plausibles: a) que todos los que protestan son bobos por no darse cuenta de que se burlan de un trapo y una musiquilla o b) que son conscientes del mecanismo vudú que permite vejar a las personas ofendiendo a los símbolos que las representan, quizá por haber sufrido idéntica catarsis cuando otros han vulnerado su himno y su bandera, que para ellos no son ni musiquilla ni trapo.

No pretendo demostrar con esto, hipócrita lector —mon semblable—, mon frère, que todos creemos de alguna manera en la magia simpática y que esta afecta tanto a nuestras pulsiones individuales como colectivas, sino tan sólo que somos, principalmente, seres sensitivos y que quizá por ello no sea tan absurdo como parece a primera vista establecer límites normativos a la exaltaciones emocionales. Los legisladores y hasta los jueces de ambos sexos también son personas humanas con sentimientos, como los gatitos y la foca monje, y han pensado en ello.

Pero —¡protesto, Señoría!— había dicho ya desde la primera línea que no iba a dejarme llevar por los sentimientos, así que ruego a las señoras y señores del Jurado que borren de su memoria los párrafos anteriores como si no los hubieran leído e incluso entendido, y que se aproximen con ojos y oídos nuevos, cual vírgenes de himen reconstruido, a las nuevas consideraciones.

Hemos sido adiestrados desde nuestra tierna infancia en valores como el respeto a nuestros semejantes y es por tanto lógico que nuestros hígados se inflamen al unísono por emociones compartidas (συν πάθος) al comprender las cualidades, necesidades e intereses de los otros. Amamos al próximo como a nosotros mismos. Incluso amamos también al lejano, especialmente si hace todo lo posible por seguir siéndolo y no molesta acercándose. ¡Qué bonito es el respeto y qué bonita es Barcelona, perla del Mediterráneo, con su cielo tan azul en invierno y en verano!

Pero el respeto, corazones, además de una virtud también puede ser una de las caras del miedo. Puede ocurrir que haya cosas e incluso personas que sin ser respetables sean respetadas, como aquellos que sin ser honrados son honorables. Se dan así raros fenómenos: que sea más coactiva una minoría de canallas que unas instituciones, porque los primeros están dispuestos a ejercer la violencia sin contemplaciones mientras los segundos ejercen el arte de sujetar la violencia a la política, que es en lo que consiste este juego. Ocurre así que los canallas despiertan «respeto» mientras que los dialogantes y/o melifluos producen rechazo. Ocurre que el miedo, el miedo cerval, el pánico a que nos rompan la cara o, literalmente, nos desmembren, lleva a que se niegue a «politizar» los espectáculos circenses mientras que desata actos de masiva valentía, pito en boca, para manifestar el enérgico rechazo… a quien renuncia a la coacción para hacer valer sus razones.

En fin, que todo se reduce como casi siempre a la mecánica de fluidos y sólo se trata de combinar hábilmente las válvulas que regulan la pedagogía, la coacción, la seguridad, el alimento, el trabajo, la casa, el entretenimiento y el tráfico, asuntos en los que, como en el fútbol, todos somos expertos por capilaridad. No me queda por tanto nada más que responder a las preguntas que han formulado en los últimos días algunas de nuestras mentes más preclaras, con el convencimiento de que mis respuestas no harán daño a nadie y serán ignoradas, como debe ocurrir con los silbidos que se pierden en el aire.

Podéis ir en paz.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS (O ASÍ)

¿Es la pitada un delito?
Desde luego que no. Es una manifestación de la libertad de expresión y todos deberíamos tener la oportunidad de silbar en la puta mierda de estadio de tu puto pueblo de mierda, gilipollas.

¿Ha de renunciar el Estado a hacer pasar por el aro a las masas domesticadas por el fútbol?
Sin duda. Ya saben saltar. ¡Hop, hop! Venga, todos juntos. Ahora hagamos la ola. ¡Eup!

¿Ha de limitarse el Estado a proporcionar pan y circo, renunciando a la pedagogía?
Desde luego. Se empieza castigando unos pitos y se acaban cerrando los Conservatorios. El Estadio es sagrado; lo que sucede en el Estadio queda en el Estadio.

¿Deberían dejar de asistir las autoridades al Palco de Autoridades?
De cajón. Que se paguen el billete del fútbol de su bolsillo, se pongan una camiseta y se vayan al fondo sur, con el Pueblo.

¿Debería cambiarse el nombre de la Copa del Rey?
Por supuesto. La FIFA y la Federación Española de Fútbol deberían, en primer lugar, proclamar la República, y luego cambiar el nombre por Copa de la Amistad entre los Clubes del Estado (así se evitaría la palabra España que, como se sabe, causa espasmos traqueo-faríngeos con resultado de ahogamiento, fenómeno también estudiado entre quienes sufren convulsiones al intentar pronunciar Euskadi y hasta se desploman al vocalizar Euskal Herria o Cataluña).

¿Debería yo callarme?
De una puta vez.

El “tamayazo” como debilidad de la conciencia (de clase)

Escritos

«Tengo una debilidad». ANTONIO MACHÍN

El pánico de la izquierda a un acuerdo entre partidos que pudiera cerrar el paso a la elección de la segunda candidata más votada al Ayuntamiento de Madrid viene acompañado de alertas a un segundo «tamayazo». Como ya sabrá usted —y si no, aquí se lo contamos— el tamayazo fue un oscuro episodio protagonizado por la defección de dos socialistas madrileños de la corriente «Renovadores por la base», Eduardo Tamayo y Maria Teresa Saez, ambos con muchos años de militancia en el PSOE a sus espaldas, que no se presentaron a la votación que iba a permitir hacerse con el poder a una coalición formada entre la segunda y la tercera listas más votadas (el PP había obtenido 55 diputados, el PSOE 47 e Izquierda Unida 9). Los dos diputados alegaron no estar de acuerdo con este pacto.

Desde el primer momento, el PSOE dijo que se trataba de un caso de corrupción urbanística tras el que se encontraba el PP, pese a que todos los dedos (incluido el del secretario general del PSOE, José Blanco, que lo suspendió de militancia) señalaban a que el instigador de la traición era el líder de la corriente «Renovadores por la base», José Luis Balbás, descontento con las maniobras de los distintos sectores que pugnaban con hacerse con el control de la federación socialista madrileña (en cheli, «la FSM») y los cargos que se iban a repartir en el asalto a los cielos de 2003. La guerra de guerrillas en la FSM viene siendo histórica y basta recordar el último episodio, la defenestración realizada por Pedro Sánchez del secretario general del PSM y candidato a optar a la comunidad de Madrid, Tomás Gómez, ¡elegido en primarias!, y su sustitución por el viejo perdedor de 2003, Rafael Simancas; se alega que el motivo es la exposición mediática que le asocia a la corrupción por los sobrecostes del tranvía de Parla… y que las encuestas que manejaba Rafael Simancas eran muy negativas para Gómez. Supongo que el nuevo candiato —del que ya no recuerdo ni su cara ni su nombre— habrá superado con creces las previsiones dado que Pedro Sánchez se ha ufanado en haber logrado una gran victoria en las últimas elecciones y haber «alcanzado al PP». En fin, lean una visión poco edificante del campo de batalla presuntamente ideológico.

Recordarán que el resultado de aquel lío, tras varios meses de impasse sin que los socialistas lograran reconducir la crisis, y con comisión de investigación mediante, fue la convocatoria de nuevas elecciones que ganó por mayoría absoluta el PP.

Han pasado desde entonces casi 13 años y, aparte de las clásicas teorías de la conspiración, alusiones a tramas de corrupción inmobiliaria, artículos de prensa con diálogos de teléfonos pinchados y comparecencias en dewáteres televisivos, nadie ha dado una explicación de aquel sainete que sea más plausible que la explicación más sencilla: el reparto de poder iba a perjudicar a los desafectos y a los negocios que tenían previstos. La sóla idea de que la corrupción pueda anidar en la izquierda parece ser «no computable» por algunos cerebros que se ven obligados a señalar a la fuente directa del Mal, la delegación del Maligno en España, con despacho en la calle Génova.

Así, que los partidos de izquierda intenten un acuerdo para desbancar al Partido Popular de la alcaldía es «lo natural», mientras que un acuerdo en sentido contrario es «un tamayazo», por más que un tamayazo no pueda ser definido con propiedad sino como una «maniobra de distracción que acusa de corrupción a terceros para desviar la putrefacción de los propios o de uno mismo». En el fondo lo saben y por eso llaman un «tamayazo» al miedo a que la maniobra envolvente se sustancie en nuevo fracaso por debilidad propia; al miedo a que la derecha les haga una oferta que no sean capaces de rechazar; al miedo a caer de nuevo en brazos del pecado, de la ambición, del dinero, del Capital… de la Derecha; esa «derecha interior» que habita hasta en el corazón de acero (stalin) del obrero siderometalúrgico. La carne ideológica es débil, camarada.

Y ahora, antes de que a usted, lector de la izquierda prístina, le suba la indignación como a Juan Luis Guerra le subía la bilirrubina, hágase dos preguntas muy sencillas. ¿Tiene derecho la izquierda a buscar alianzas para desbancar al partido de derechas más votado? (Si / No). ¿Tiene derecho la derecha a buscar alianzas para desbancar al partido de izquierdas más votado? (Si / No). Si las respuestas son contradictorias, tiene usted un pequeño problema con la democracia y no sé que hago yo aquí perdiendo el tiempo, o sea.

El PSOE no se ha renovado

Escritos

De todas las comparecencias de la noche electoral hubo una que consiguió ruborizarme. Hasta la despedida de Rita Barberá —una persona que no destaca precisamente por la elegancia de sus gestos— tuvo su punto de grandeza al reconocer la derrota y mostrar el orgullo de haber servido a su ciudad.

Hay que recordar que esta campaña, como la próxima cita electoral de diciembre, gira (guste o no) alrededor del mensaje de la renovación, de la caducidad de la «vieja política», de la honestidad, de la importancia de los valores frente a las marrullerías, de que la política no es una lucha por la permanencia en un cargo sino un servicio al bien común. El 15-M cambió la prioridad de los mensajes y estos aún no han caducado. Puedes intentar colar los tuyos, como ha hecho con éxito, en un terreno especialmente embarrado y fragmentado y en donde la crisis se ha mostrado mucho más benévola, el PNV (nosotros a lo nuestro, a trabajar por Euskadi), pero en otros terrenos no basta con fingir creer en estos mensajes. O los defiendes y demuestras que los representas o los combates, pero el fingimiento no suele funcionar salvo que seas Meg Ryan. Los políticos que no hayan entendido esto van a sufrir.

Acertaron quienes supieron transmitir la idea de que en la política se gana y se pierde, que importa el mensaje que transmiten los votantes, que se trata de llegar a acuerdos sobre los asuntos públicos respetando la decisión mayoritaria y que lo importante son las instituciones públicas y el trabajo que hay que hacer después en el día a día. Ejemplares en la exaltación de estos valores republicanos fueron las comparecencias de José Antonio Monago (PP, el perdedor) y de Guillermo Fernández Vara (PSOE, el ganador) en Extremadura.

Lo contrario estuvo representado por Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, apareciendo media hora después de la media noche, ya con tiempo para llevar «cocinado» un mensaje tan patético como este: «Si algo ha quedado claro en estas elecciones es que el Partido Socialista Obrero Español ha alcanzado al Partido Popular». Uf. La política entendida como el arte de mentir mirándonos a la cara; el viejo truco de comparar elecciones diferentes para enmascarar los resultados; la representación frente a la naturalidad; los palmeros prorrumpiendo en aplausos preparados de fingida satisfacción y transmitiendo algo cercano a una desazón entreverada con grima.

La verdad es que según los últimos datos, el PSOE había obtenido 671.491 votos menos que en las elecciones municipales de 2011, una pérdida en porcentaje del 2,59 y 943 concejales menos, empeorando los peores resultados hasta la fecha. Pero es que ni siguiera el mensaje de «haber alcanzado» al PP (en la caída) era verdad. Pese al castigo sufrido (una pérdida de un 10,49%), el PP ha obtenido 6.057.767 votos (453.944 más que el PSOE) y 22.750 concejales (1.927 más que el PSOE).

Es cierto que el PP ha quedado en muy mala posición, como todos los partidos a los que les ha tocado gestionar la crisis, pero el PSOE sólo ha sabido aprovechar esa circunstancia en los pocos lugares en donde los partidos y coaliciones emergentes no han sabido transmitir su mensaje de regeneración (y tienen, hasta diciembre, tiempo para conseguirlo).

La comparecencia de Sánchez, aunque viniera precedida de sus alusiones a esa chica subempleada que cambiaba de nombre y oficio según la plaza, fue una muy mala señal. No sólo parece que hace sus discursos con una troqueladora sino que también aparecen como troquelados todos sus mariachis. O renueva los mensajes y la coreografía y empieza a trabajar por una renovación auténtica de las formas o en diciembre optará a los peores resultados de la historia de su partido. Porque aunque los votantes no entusiastas prefieran optar por el mal menor frente al ardor populista, sólo lo harán a condición de que el «mal menor» no parezca a ojos vistas la «peor solución». Y lo parece.

[Por cierto, ni siquiera la noticia es veraz. El PSOE no “vuelve a repetir” su peor resultado, lo empeora bastante. Las cosas como son.]