Un poco de higiene (aunque no haga falta)

Aunque los cenizos siempre nos cuentan que hemos venido a este valle de lágrimas a sufrir, lo cierto es que la existencia humana ha ido alcanzando metas que hace no demasiado tiempo se consideraban utópicas. Hasta principios del siglo XIX, el hacinamiento y la ausencia de infraestructuras de seguridad y saneamiento en las ciudades (falta de iluminación en las calles, de agua corriente, de cloacas para evacuar los residuos humanos, de vertederos) producían frecuentes rebrotes de cólera y fiebre amarilla. Eran también comunes las pestes, el tifus, la fiebre amarilla y las enfermedades venéreas. Al leer biografías de época, llama la atención la abundancia de muertes por enfermedad a edades tempranas y el gran número de fallecimientos en los partos, bien de las criaturas o de sus madres. Los hospitales eran lugares especialmente insalubres pues, desconociendo las mínimas normas higiénicas, se convertían en focos de infección.

Las autoridades públicas, preocupadas por cómo se propagaban las plagas y enfermedades, difundieron las ideas higienistas y las materializaron construyendo cloacas, depósitos de agua, duchas públicas, hospitales, maternidades, mataderos y mercados municipales. También se generalizaron las normas de construcción higiénica y empezaron a proliferar las viviendas «ventiladas», con agua corriente, techos altos y luz natural, y se extendieron costumbres inéditas, como el fregado de los suelos con sosa o lejía.

Cualquier persona mayor de cincuenta años, especialmente si ha vivido en una ciudad obrera, habrá tenido ocasión de ver aún en pie algunas de las reliquias arquitectónicas del pasado higienista, como las casas de baños o las duchas públicas. Si se miran con atención las viviendas de los cascos antiguos de las ciudades, aún pueden distinguirse algunos retretes adosados, cubículos minúsculos que se incrustaron de mala manera en las fachadas posteriores como evacuatorios, tan distintos de los modernos «cuartos de baño».

Hoy en día nos parece muy normal ducharse todas las mañanas, pero en «Luces de Bohemia» (1920) de Valle-Inclán, el librero Zaratustra comenta: «Es verdad que se lavan mucho los ingleses. Lo tengo advertido. Por aquí entran algunos, y se les ve muy refregados. Gente de otros países, que no siente el frío, como nosotros los naturales de España». Es, naturalmente, una exageración caricaturesca, pero hasta los años 70 del siglo XX, no era costumbre tan extraña entre las clases populares lavarse en profundidad sólo una vez a la semana, generalmente antes de ir a misa, para luego vestirse con «ropa de domingo» o «endomingarse». Recuerdo a un estudiante navarro a quien le gustaba escandalizar a las mozas presumiendo de lavarse y cambiarse de calzoncillos al menos una vez al mes, «aunque no hiciera falta».

El resultado de las medidas higiénicas, unido al desarrollo de la medicina, la fabricación masiva y barata de objetos de uso cotidiano y la generalización del trabajo asalariado, además de traer consigo el famoso boom demográfico, produjo sociedades con un nivel de confort notable y se convirtió en un modelo universal. Incluso ahora, cuando todo apunta a que el desarrollo económico empieza a contraerse, aún hay muchas sociedades humanas que en cuestión de higiene se encuentran en la casilla de salida.

Higiene política
En cierta medida, puede decirse que el socialismo utópico, el liberalismo, la psiquiatría o la psicología algo le deben a las baldosas blancas y la hidroterapia externa e interna del higienismo. También algunas tendencias socioculturales, como la dietética, la macrobiótica o el new age, que no dejan de ser sino propuestas de higiene física y mental, con sus técnicas de aireación y baldeo.

Sin embargo, y al contrario de lo que ha ocurrido en el ámbito material, las corrientes higénicas no han tenido demasiado éxito en el ámbito político. Hasta entrado el siglo XXI, y más como resultado de la presión de los nuevos sistemas de comunicación universal que de una decantación ideológica, no se ha empezado a hablar de limpieza en los procesos internos*, de códigos éticos, de participación ciudadana real, de transparencia en la toma de decisiones. Partidos políticos y organizaciones sociales que han defendido la implantación de sistemas democráticos en las administraciones públicas no acaban de ver claro que la higiene democrática beneficie a sus intereses, así que hacen como que pasan la lejía, se afeitan la pelambre del alerón, se duchan ocasionalmente y se endomingan antes de las elecciones. Pero no acaban de tomarse en serio las ideas transformadoras, regeneradoras e higiénicas que en otros campos ya parecen de sentido común, como que la luz purifica, que hay que renovar el aire en los espacios cerrados y que conviene lavarse las manos después de limpiarse el culo. (Aunque no haga falta).

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*Conviene aclarar que, históricamente, las organizaciones comunistas han tenido una conciencia elevada de la limpieza interna, si bien lo que han dado en llamar «autocríticas» y «depuraciones» han tendido a rebasar ampliamente lo que se viene conociendo como higiene.

[Publicado el 18/07/2015 en ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS]

Caríssima socialdemocracia

Después del fuego y la rueda, la socialdemocracia es el mejor invento de la humanidad. Es cierto que tiene sus inconvenientes, como su hipertrofia burocrática, su exhibicionismo sentimental o la asfixiante normalización del pensamiento público —que empuja a la hipercorrección política en todos los temas posibles, desde la sexualidad a la cría del jilguero— pero a cambio ofrece un sistema de protección social y de resolución de conflictos sin igual. Casi ni hace falta comparar.

Los países de regímenes liberales tratan a toda costa de dejar a su suerte al individuo, a veces con notable éxito, lo que genera sociedades altamente clasistas. Las sociedades premodernas, como la mayoría de los países árabes, ofrecen cierta seguridad e intervención caritativa a cambio de obediencia y sumisión, un feudalismo evolucionado que en algunos casos es directamente esclavismo. Por su parte, las experiencias revolucionarias, sean de obediencia comunista, fascista o neronista (a Kim Jong-un sólo le falta prender fuego a Pionyang mientras toca la lira) son más proclives a recurrir al pistolón y a los campos de concentración y exterminio como método de resolución de conflictos.

No hay sociedades que garanticen tanto la permeabilidad interclasista como las socialdemocracias. Siguen existiendo clases, pero es posible atravesarlas gracias a una educación que hasta pasada la adolescencia es prácticamente gratuita y que después está fuertemente subvencionada. Tampoco hay otros modelos sociales que se preocupen y ocupen tanto de la salud de sus ciudadanos.

A quienes braman —o más bien rezongan— contra el mercado y repiten que sufrimos un neoliberalismo feroz sólo hay que pasarles por el morro la tarjeta de la seguridad social y su carta de servicios: que miren y comparen y luego hablamos; porque podemos mejorar, vale, y de eso se trata, pero hay que seguir en ello. Ningún gobierno europeo, sea cual sea su inclinación ideológica, ha renunciado a las herramientas de la socialdemocracia para conseguir sociedades más justas: el estado de bienestar más o menos universal, con sus políticas de asistencia social, educación y sanidad; el reformismo gradualista frente a la revolución; la negociación colectiva frente al conflicto; la redistribución de rentas mediante políticas de solidaridad interclasista e interterritorial; las políticas de integración de las minorías… Todas ellas inicialmente «conflictivas» porque su funcionamiento necesita de la requisa inclemente y sistemática de una parte considerable de las rentas de los ciudadanos, eso que conocemos como impuestos. Sin embargo, han permitido construir un delicado edificio de servicios y ayuda mutua que ha cimentado un periodo de paz y de desarrollo espectaculares. Sin socialdemocracia (y sin el amigo americano) aún seguiríamos matándonos.

La socialdemocracia es la única ideología realmente operante en las administraciones europeas, pese a que haya gente, incluidos muchos liberales, que fingen no saberlo. Por eso llama tanto la atención que los socialistas menos ilustrados, cuando vienen mal dadas, se refugien en las tendencias proteccionistas y reaccionarias del nacionalismo o vuelvan los ojos hacia el fracaso criminal del comunismo. Aquí falla la acción didáctica entre las bases, compañeros; ya me diréis cómo váis a convencer a los votantes si no os lo creéis vosotros.

Pero dicho todo esto, hay que asumir que la socialdemocracia es un sistema muy caro. Económicamente carísimo y muy costoso en el mantenimiento de su maquinaria de negociación continua, de hilado fino y juego de equilibrios múltiples. Los que no saben engrasar el sistema, los torpes en diplomacia, en mano izquierda y en el arte del toreo, los bocazas, los chulos, y los cortos de entendederas (y no hago distinción de sexos) prefieren las soluciones tajantes, la bota de punta y el puño de hierro. O sea, lo contrario a la política, que no es el arte de ganar elecciones, como algunos pretenden, sino el de encontrar y ampliar las posiciones comunes.

No es posible gozar de los beneficios de la socialdemocracia sin asumir sus costes. Hay que pagar peaje renunciando a las imposiciones bravas y hay que pagar el coste aflojando el bolsillo, aunque proporcionalmente a los ingresos. Y, claro, para pagar hay que recaudar por tierra, mar y aire. Sin un sistema bien tejido de impuestos no hay recaudación justa y proporcional, pero tampoco redistribución de la riqueza ni ninguno de los servicios públicos que ya consideramos esenciales. El acuerdo, como siempre ocurre con los acuerdos, se alcanza negociándolo: qué das tú, qué doy yo y qué ganamos todos, que para perder no hace falta que acordemos nada.

Estas obviedades, tan básicas que las enseñan en las escuelas de primaria, estaría muy bien hablarlas como buenos colegas en los círculos de la plaza Sintagma, porque las soluciones alternativas están grabadas a cañonazos en las piedras. «¿Qué das tú, qué doy yo y qué ganamos todos?». Si todos perdemos, mal negocio.

[Publicado el 08 de julio de 2015 en ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS]

No sobreactúen, que parezca que se lo toman en serio

Los encargados de estrategia y comunicación de los partidos políticos creen que los ciudadanos somos gilipollas y, probablemente, tienen bastantes razones para sostenerlo. Entramos al trapo con cualquier señuelo y tragamos anzuelos del tamaño del Titanic sin enterarnos de qué va la jugada.

Pero el intento de Convergencia y Unión de fingir una ruptura para salvar los resultados de las elecciones es taaaan milimétrico que recuerda a los inventos del Coyote para atrapar al Correcaminos o a las estrategias chichinabescas de Pierre Nodoyuna.

Han llegado a la conclusión de que el elector descontento o se decanta por opciones netamente independentistas (ERC) o unionistas (Ciudadanos, Podemos o cualquier otra opción menos el PSC, que ha demostrado no tener tampoco ideas comprensibles en este asunto) así que han tramado una estrategia de la Señorita Pepis. Como nuestras perspectivas de voto son penosas, vamos a tratar de conservar a nuestros votantes ofreciéndoles mensajes claros: tú te vas a por el voto indendentista (Convergencia) y yo intento mantener el voto conservador que no quiere saber nada de aventuras (Unión); así podemos evaluar el peso de las dos opciones sin hacer un gran estropicio y, si hay suerte, cADDonservamos a los votantes trasvasándolos de un redil a otro sin pérdida. A la hora de la verdad ya harán con la representación obtenida lo que tengan que hacer.

Lo sorprendente es que parece que el periodismo se lo ha tomado en serio y en lugar de tratar el asunto con el cachondeo que se merece, se han puesto a hacer análisis serios en las tertulias. El resto de los partidos callan. O se lo creen o no quieren levantar la liebre, que al fin y al cabo todos suelen jugar a lo mismo antes de las elecciones, rompiendo los pactos y haciendo como que se odian antes de que los pringados, digo los votantes, pasemos por las urnas.

ADDENDA

Interpelado por el Sr. García Paredes sobre si los efectos de la Ley d’Hont no harían que esta división del voto fuera siempre negativa, conviene precisar.

Ciertamente en un escenario bipartidista la concentración del voto es favorecida por la Ley d’Hont. Lo que ocurre es que la irrupción de los partidos emergentes (Podemos y Ciudadanos) ha desbaratado el juego. Ahora juegan la partida muchos actores con posibilidades (PSC, PP, Ciudadanos, Podemos, ERC, IC…) y CiU ha constatado su hundimiento en las elecciones municipales. Es momento de cambiar de estrategia e intentar salvar los restos del naufragio en un escenario que podría quedar muy fragmentado. Puesto que la marca CiU ya no convence, no parece una mala estrategia que Unión intente que no se le escapen votos hacia Ciudadanos y que Convergencia trate de que no huyan sus votantes hacia ERC. Este mecanismo tiene una virtud añadida, abre el abanico a la hora de negociar los pactos poselectorales, que como se acaba de ver pueden ser tan decisivos como los propios resultados de las elecciones en escenarios muy fragmentados.

El aparcar a su sector independentista (Ibarretxe) le ha dado al PNV en el País Vasco unos muy buenos resultados. Puede que Unión haya sacado lecciones del juego de Urkullu.

 

Malos Días :: El dolor de Filis

No os contaré la historia de Teseo ni sus aventuras y ni siquiera os contaré como acabó con el Minotauro pues sus hazañas las conocen hasta los niños. En realidad no os hablaré de él, mítico rey de Atenas, sino de su hijo Demofonte, que también fue rey, y que fue como todos los guerreros que entraron en Troya en el interior del caballo de madera, un hombre de brazo fuerte y corazón de hielo, capaz de matar con la espada y con el desprecio.

Demofonte, bajo cuyo brazo perecieron los troyanos, luchó a las órdenes de Menestreo que ocupaba el trono de Atenas en ausencia de Teseo. Acabada la guerra ambos intentaron regresar a su patria, pero los vientos llevaron su naves muy lejos. A Menestreo, hasta la tierra de conejos que hoy conocemos como España, junto a la desembocadura del Guadalete, en donde fundó colonia y gobernó aquellas tierras fértiles y templadas, hoy Puerto de Santa María. A Demofonte hasta Bisaltia, reino tracio en donde gobernaba Licurgo.

filis1 Llegó allí Demofonte, héroe armado y triunfante, y allí se enamoró de él, con amor abismal, la hija del rey, Filis. Fue tanto el amor y tanta la entrega que hubo de ofrecer Licurgo a su hija en matrimonio con el reino de Bisaltia como dote. Pronto se cansó, sin embargo, Demofonte de aquella vida de agricultores y cuidadores de ovejas; apenas le dió tiempo a Filis a concebir dos hijos cuando el héroe decidió regresar a Atenas y a sus mármoles.

El dolor de Filis fue inmenso y le lloró y le rogó que se quedara, pero nada se interpone en el camino de un héroe que cree tener una misión. Entendió Filis que nada podía hacer sino lamentarse y en un último intento, que anticipa su dolor y su tragedia, le entregó como regalo de despedida un pequeño cofre que contenía un objeto consagrado a Rea, la madre de todos los dioses, con la promesa de que no lo abriría mientras mantuviera la esperanza de regresar a ella.

Pasó el tiempo y pasaron las horas en que Filis lloraba en la orilla del mar hasta que, Suicide_de_Phyllis_BnF_Français_874_fol._17cansada de sufrir por un amor que jamás regresaría, se quitó la vida colgándose de un árbol. Dicen que en la tierra que la acoge hay plantado un almendro que florecerá cuando regrese Demofonte, pero ni humanos ni dioses han visto jamás brotar sus ramas. El héroe de brazo fuerte y corazón de hielo, lejos ya de Bisaltia, habiendo decidido que jamás regresaría, abrío el cofre. Nadie sabe que vio, si el rostro muerto de Filis o los ojos furiosos de Rea, pero fue tal su horror que montó a horcajadas en su caballo y huyó al galope, quizá temiendo la venganza de la diosa. Así encontró la muerte, al caer de su caballo y ser atravesado por su propia espada, la que tantas veces empuñó su brazo fuerte y tanta muerte llevó guiada por su corazón de hielo.

En realidad, sólo pretendía contaros la desdichada historia de Filis.

[Esta historia la narró con más pasión Ovidio en sus “Cartas de las heroínas” y la ilustró con delicadeza y lujo Robinet Testard.]

Pitar el himno, quemar la bandera

Abordemos el asunto de las pitadas al himno o los «ultrajes» a las banderas dejando de lado los sentimientos. Partamos de la idea olímpica de que no nos afectan estos símbolos, que quedarían reducidos a musiquillas y trapos. Y obviemos el pequeño detalle de lo difícil que es creer a quien empieza su discurso diciendo algo así como «para mí toda bandera es un trapo» para, a continuación, defender el «derecho» a la iconoclastia. O son simples objetos o son símbolos. ¿Pero alguien se manifiesta contra los objetos? Porque reducidos a su condición de trapos y musiquillas (que es como los mansos los presentan para negar su condición de símbolos y, por tanto, para negar que sea punible vulnerarlos) se hace raro que decenas de miles se organicen, acopio de chiflos incluido, sólo para ofender al trapo y la musiquilla. «A las 12:00 en Zara Home, pásalo. ¡No al algodón! Luego nos manifestaremos ante una tienda de bandurrias. ¡Muera el do-re-sol-fa!».

Se afianza la convicción de que los miles de convocados a la protesta sí creen que el trapo y la musiquilla trascienden esa triste condición y que en realidad «representan» a otros y a sus valores. Es decir, que sólo valdrían dos hipótesis plausibles: a) que todos los que protestan son bobos por no darse cuenta de que se burlan de un trapo y una musiquilla o b) que son conscientes del mecanismo vudú que permite vejar a las personas ofendiendo a los símbolos que las representan, quizá por haber sufrido idéntica catarsis cuando otros han vulnerado su himno y su bandera, que para ellos no son ni musiquilla ni trapo.

No pretendo demostrar con esto, hipócrita lector —mon semblable—, mon frère, que todos creemos de alguna manera en la magia simpática y que esta afecta tanto a nuestras pulsiones individuales como colectivas, sino tan sólo que somos, principalmente, seres sensitivos y que quizá por ello no sea tan absurdo como parece a primera vista establecer límites normativos a la exaltaciones emocionales. Los legisladores y hasta los jueces de ambos sexos también son personas humanas con sentimientos, como los gatitos y la foca monje, y han pensado en ello.

Pero —¡protesto, Señoría!— había dicho ya desde la primera línea que no iba a dejarme llevar por los sentimientos, así que ruego a las señoras y señores del Jurado que borren de su memoria los párrafos anteriores como si no los hubieran leído e incluso entendido, y que se aproximen con ojos y oídos nuevos, cual vírgenes de himen reconstruido, a las nuevas consideraciones.

Hemos sido adiestrados desde nuestra tierna infancia en valores como el respeto a nuestros semejantes y es por tanto lógico que nuestros hígados se inflamen al unísono por emociones compartidas (συν πάθος) al comprender las cualidades, necesidades e intereses de los otros. Amamos al próximo como a nosotros mismos. Incluso amamos también al lejano, especialmente si hace todo lo posible por seguir siéndolo y no molesta acercándose. ¡Qué bonito es el respeto y qué bonita es Barcelona, perla del Mediterráneo, con su cielo tan azul en invierno y en verano!

Pero el respeto, corazones, además de una virtud también puede ser una de las caras del miedo. Puede ocurrir que haya cosas e incluso personas que sin ser respetables sean respetadas, como aquellos que sin ser honrados son honorables. Se dan así raros fenómenos: que sea más coactiva una minoría de canallas que unas instituciones, porque los primeros están dispuestos a ejercer la violencia sin contemplaciones mientras los segundos ejercen el arte de sujetar la violencia a la política, que es en lo que consiste este juego. Ocurre así que los canallas despiertan «respeto» mientras que los dialogantes y/o melifluos producen rechazo. Ocurre que el miedo, el miedo cerval, el pánico a que nos rompan la cara o, literalmente, nos desmembren, lleva a que se niegue a «politizar» los espectáculos circenses mientras que desata actos de masiva valentía, pito en boca, para manifestar el enérgico rechazo… a quien renuncia a la coacción para hacer valer sus razones.

En fin, que todo se reduce como casi siempre a la mecánica de fluidos y sólo se trata de combinar hábilmente las válvulas que regulan la pedagogía, la coacción, la seguridad, el alimento, el trabajo, la casa, el entretenimiento y el tráfico, asuntos en los que, como en el fútbol, todos somos expertos por capilaridad. No me queda por tanto nada más que responder a las preguntas que han formulado en los últimos días algunas de nuestras mentes más preclaras, con el convencimiento de que mis respuestas no harán daño a nadie y serán ignoradas, como debe ocurrir con los silbidos que se pierden en el aire.

Podéis ir en paz.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS (O ASÍ)

¿Es la pitada un delito?
Desde luego que no. Es una manifestación de la libertad de expresión y todos deberíamos tener la oportunidad de silbar en la puta mierda de estadio de tu puto pueblo de mierda, gilipollas.

¿Ha de renunciar el Estado a hacer pasar por el aro a las masas domesticadas por el fútbol?
Sin duda. Ya saben saltar. ¡Hop, hop! Venga, todos juntos. Ahora hagamos la ola. ¡Eup!

¿Ha de limitarse el Estado a proporcionar pan y circo, renunciando a la pedagogía?
Desde luego. Se empieza castigando unos pitos y se acaban cerrando los Conservatorios. El Estadio es sagrado; lo que sucede en el Estadio queda en el Estadio.

¿Deberían dejar de asistir las autoridades al Palco de Autoridades?
De cajón. Que se paguen el billete del fútbol de su bolsillo, se pongan una camiseta y se vayan al fondo sur, con el Pueblo.

¿Debería cambiarse el nombre de la Copa del Rey?
Por supuesto. La FIFA y la Federación Española de Fútbol deberían, en primer lugar, proclamar la República, y luego cambiar el nombre por Copa de la Amistad entre los Clubes del Estado (así se evitaría la palabra España que, como se sabe, causa espasmos traqueo-faríngeos con resultado de ahogamiento, fenómeno también estudiado entre quienes sufren convulsiones al intentar pronunciar Euskadi y hasta se desploman al vocalizar Euskal Herria o Cataluña).

¿Debería yo callarme?
De una puta vez.

El “tamayazo” como debilidad de la conciencia (de clase)

«Tengo una debilidad». ANTONIO MACHÍN

El pánico de la izquierda a un acuerdo entre partidos que pudiera cerrar el paso a la elección de la segunda candidata más votada al Ayuntamiento de Madrid viene acompañado de alertas a un segundo «tamayazo». Como ya sabrá usted —y si no, aquí se lo contamos— el tamayazo fue un oscuro episodio protagonizado por la defección de dos socialistas madrileños de la corriente «Renovadores por la base», Eduardo Tamayo y Maria Teresa Saez, ambos con muchos años de militancia en el PSOE a sus espaldas, que no se presentaron a la votación que iba a permitir hacerse con el poder a una coalición formada entre la segunda y la tercera listas más votadas (el PP había obtenido 55 diputados, el PSOE 47 e Izquierda Unida 9). Los dos diputados alegaron no estar de acuerdo con este pacto.

Desde el primer momento, el PSOE dijo que se trataba de un caso de corrupción urbanística tras el que se encontraba el PP, pese a que todos los dedos (incluido el del secretario general del PSOE, José Blanco, que lo suspendió de militancia) señalaban a que el instigador de la traición era el líder de la corriente «Renovadores por la base», José Luis Balbás, descontento con las maniobras de los distintos sectores que pugnaban con hacerse con el control de la federación socialista madrileña (en cheli, «la FSM») y los cargos que se iban a repartir en el asalto a los cielos de 2003. La guerra de guerrillas en la FSM viene siendo histórica y basta recordar el último episodio, la defenestración realizada por Pedro Sánchez del secretario general del PSM y candidato a optar a la comunidad de Madrid, Tomás Gómez, ¡elegido en primarias!, y su sustitución por el viejo perdedor de 2003, Rafael Simancas; se alega que el motivo es la exposición mediática que le asocia a la corrupción por los sobrecostes del tranvía de Parla… y que las encuestas que manejaba Rafael Simancas eran muy negativas para Gómez. Supongo que el nuevo candiato —del que ya no recuerdo ni su cara ni su nombre— habrá superado con creces las previsiones dado que Pedro Sánchez se ha ufanado en haber logrado una gran victoria en las últimas elecciones y haber «alcanzado al PP». En fin, lean una visión poco edificante del campo de batalla presuntamente ideológico.

Recordarán que el resultado de aquel lío, tras varios meses de impasse sin que los socialistas lograran reconducir la crisis, y con comisión de investigación mediante, fue la convocatoria de nuevas elecciones que ganó por mayoría absoluta el PP.

Han pasado desde entonces casi 13 años y, aparte de las clásicas teorías de la conspiración, alusiones a tramas de corrupción inmobiliaria, artículos de prensa con diálogos de teléfonos pinchados y comparecencias en dewáteres televisivos, nadie ha dado una explicación de aquel sainete que sea más plausible que la explicación más sencilla: el reparto de poder iba a perjudicar a los desafectos y a los negocios que tenían previstos. La sóla idea de que la corrupción pueda anidar en la izquierda parece ser «no computable» por algunos cerebros que se ven obligados a señalar a la fuente directa del Mal, la delegación del Maligno en España, con despacho en la calle Génova.

Así, que los partidos de izquierda intenten un acuerdo para desbancar al Partido Popular de la alcaldía es «lo natural», mientras que un acuerdo en sentido contrario es «un tamayazo», por más que un tamayazo no pueda ser definido con propiedad sino como una «maniobra de distracción que acusa de corrupción a terceros para desviar la putrefacción de los propios o de uno mismo». En el fondo lo saben y por eso llaman un «tamayazo» al miedo a que la maniobra envolvente se sustancie en nuevo fracaso por debilidad propia; al miedo a que la derecha les haga una oferta que no sean capaces de rechazar; al miedo a caer de nuevo en brazos del pecado, de la ambición, del dinero, del Capital… de la Derecha; esa «derecha interior» que habita hasta en el corazón de acero (stalin) del obrero siderometalúrgico. La carne ideológica es débil, camarada.

Y ahora, antes de que a usted, lector de la izquierda prístina, le suba la indignación como a Juan Luis Guerra le subía la bilirrubina, hágase dos preguntas muy sencillas. ¿Tiene derecho la izquierda a buscar alianzas para desbancar al partido de derechas más votado? (Si / No). ¿Tiene derecho la derecha a buscar alianzas para desbancar al partido de izquierdas más votado? (Si / No). Si las respuestas son contradictorias, tiene usted un pequeño problema con la democracia y no sé que hago yo aquí perdiendo el tiempo, o sea.