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Escritos

A estas alturas sabemos varias cosas. Que el cerebro guarda una cantidad de información limitada. Que la información se procesa de forma narrativa para dotarla de coherencia y que sea recuperable: una memoria. Que para organizar esa coherencia el cerebro hace trampas: borra lo que considera superfluo, subraya lo relevante y reconstruye la información cuando cree percibir interrupciones. Estos mecanismos explican fenómenos tan paradójicos como las ilusiones ópticas o los hechos ficticios de las memorias literarias. Es posible que seamos como nos perciben los demás, pero para nosotros somos como nuestra conciencia nos ha (re)construido. Eso explica, compañero, que tú te consideres un justiciero ilustrado y tu pareja te vea más bien como un zángano que no levanta el culo del sofá. No te aflijas; para un observador neutral ajeno, por ejemplo, un tigre, sólo serías un trozo de carne con patas. Las tres observaciones son ciertas pero estás diseñado para dar más crédito a tu percepción.

Sabemos también que existe algo parecido a una memoria social, cuyas manifestaciones forman la conciencia del mundo. Algo muy triste, porque si la memoria individual es una selección narrativa de nuestra percepción fragmentaria, la memoria social es como unos ‘Grandes Momentos de la Humanidad’ seleccionados por un editor con alzheimer. Si la memoria individual olvida lo horroroso para proteger la propia salud, la memoria colectiva se dedica con entusiasmo a la destrucción del recuerdo, al blanqueado y pulido de la historia y a la edificación de relatos ficticios y monumentos falsos: los fanáticos pasan a ser considerados santos, los asesinos, libertadores, y los sádicos, justicieros. La conciencia del mundo brilla como un espejo nuevo y los simples se sorprenden de que los arqueólogos desentierren cadáveres en los cementerios y de que cada ciudad descanse sobre los restos de otra ciudad derribada y olvidada.

Vergüenza

Escritos

Hoy, 9 de noviembre de 2014, se cumplen 25 años de la caída del Muro de Berlín. Cayó el muró y yo tenía 29 años. Pasé gran parte de mi juventud yendo a manifestaciones de los géneros más variados, casi todas ellas con el denominador común de la reivindicación de la libertad, de la paz y otras, ay, de signo contrario, aunque entonces no lo entendí. Sin embargo, jamás, jamás fui convocado por ninguno de los que entonces consideraba como mis líderes políticos y morales para protestar contra el Muro, una frontera levantada para impedir que los propios ciudadanos huyeran de sus dirigentes y de su sistema perfecto. Convivimos durante muchísimo tiempo con aquella aberración intelectual y moral sin mover un músculo. Jamás, lo repito, jamás fui convocado por quienes teóricamente representaban mis ideas a una manifestación por la liberación de los ciudadanos de Berlín Oeste. Siento por ello una gran vergüenza retroactiva, que se hizo intensísima cuando pisé por primera vez aquellas avenidas y visité el siniestro museo de la Stasi, apoteosis siniestra de la estupidez. No fui consciente entonces, pero la caída de aquel muro supuso también el resquebrajamiento de un infamante muro de mentiras. Supongo que hoy tampoco leeré ningún arrepentimiento. Estamos demasiado ocupados siguiendo o contemplando a otros imbéciles.

Ponga un artista en su mesa

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Practicar el escapismo, sí; promoverlo, no. Así que renuevo mi compromiso con la actualidad comentando esta triste noticia de L’Avantguarda: las manifestaciones de la señora Colita (dicho sea sin ánimo de remarcar el oxímoron) rechazando el Premio Nacional.

Dada la reiteración de estos comportamientos, me atrevo a elevar al Ministro de Cultura (que me estará leyendo) unas humildes propuestas para que los artistas dejen de morder la mano que no les da de comer:

1. Darles de comer. Es una propuesta bastante cara, dado lo que comen los artistas. Además tendría el efecto secundario de multiplicar su número. Crearía también un precedente comparativamente ominoso con otros gremios, como el de los torneros-fresadores o las secretarias de dirección. ¿Por qué los artistas?

2. Eliminar los premios. Es una medida radical y bastante razonable, dado que los premios siempre se leen en clave de sumisión al poder político. Pero ocurriría que el resto de los organismos del Estado (gobiernos autónomos, diputaciones, ayuntamientos) perderían el culo por demostrar que ellos sí apoyan a la Cultura (con Mayúsculas) premiando a todo el mundo, incluido los transeúntes, especialmente si firman manifiestos.

3. Aumentar la cuantía de los premios. Vale, te metes los 30.000 euracos por el agujero del aparato excretor, pero por 300.000 te saco brillo.

4. Hacer un bote, como en el Bonoloto. El premio rechazado se incorpora a un bote para el año siguiente.

5. Nombrar siempre a ministros de cultura de izquierdas, para compensar los efectos alérgicos y el rechazo.

Estas grandes ideas, que ofrezco sin ánimo de lucro, podrían ser fácilmente compensadas aumentando los presupuestos del Ministerio de Cultura. Como parece que no hay dineritos en el Estado (sí, corazones, que no leéis bien los periódicos; cada pocos días hay que subastar deuda para que nos presten dinero y podamos mantener este invento a toda máquina) tampoco estaría mal comprar libros, cuadros, fotos, discos y cosas de esas que hacen los artistas. Que también son de Dios y tienen que comer.

Escapismo

Escritos

Recuerdo perfectamente el vago gesto de desprecio con el que el profesor de Literatura solía despachar a los escritores y artistas que no ponían su bagaje intelectual al servicio de la causa. Consistía en apenas una leve señal, un conato de fruncimiento de ceja y apenas un cuarto de media sonrisa de condescendencia acompañando a la palabra infamante: escapista. Eran escapistas los modernistas, Rubén Darío principalmente, que desperdiciaba su desbordante talento en la descripción de estampas con princesas, o Manuel Machado, que al contrario de su hermano Abel, digo Antonio, sólo buscaba sangre, sudor y polvo en las gestas del Cid y no en los efluvios corporales del jornalero o el peón ferroviario. Eran escapistas casi todos los poetas de la generación del 27 y especialmente aquel infame que decía que el mundo estaba bien hecho y escribía un poema… ¡a un sillón! En fin, eran escapistas casi todos los escritores, especialmente si supeditaban el ‘fondo’ a la ‘forma’ con delectación y regodeo. Y el colmo, el no va más, eran aquellos mamones que se dedicaban a la literatura de ‘evasión’, fueran populares y de novela de bolsillo o supuestamente cultos y de libraco, como cierto Tolkien; sólo se salvaban los escritores de novela negra, que al parecer eran todos criptocomunistas y sus obras resultaban ferozmente denunciadoras y revolucionarias, aunque no se notase en una primera lectura y quizá tampoco en una quinta.

Claro que yo entonces no sabía lo que era, literalmente, un escapista. Nadie me había hablado de Erik Weisz, alias Harry Houdini, y ni siquiera había pensado demasiado en por qué resultaba necesario escaparse de la realidad, actividad a la que, por cierto, venía dedicándome desde mi más tierna infancia dado que mi realidad consistía básicamente en espacios cerrados de donde era mejor huir. Bien mirado, los escritores comprometidos eran también escapistas, lo que pasa es que querían escaparse hacia no lugares que no acababan de convencer, quizá porque los ideales siempre parecen aburridos. A pesar de todo, yo los admiraba tanto o más que a los malditos, y sigo haciéndolo.

Lo malo es que seguí practicando el escapismo. Siguen creyendo que me paso las horas encerrado en la habitación y que mi minucioso conocimiento de las novedades del mundo es fruto de un análisis concienzudo cuando sólo se trata de un intento desesperado y a contrarreloj para hacer saltar los mecanismos que me aprisionan. Cualquier día de estos no lo consigo y acabo ahogado en esta realidad de mierda.

Una tarde con la canalla

Escritos

escrito en negroEn junio de 2012, tras mucho insistir sobre los grandes beneficios que para su fama y peculio supondría tener blog propio, Martín Olmos accedió a abrir Escrito en Negro. La idea era ir clasificando y difundiendo los artículos que bajo el mismo título venía publicando en las páginas del diario El Correo y evitar que acabaran siendo pasto de la hemeroteca o el olvido.

Desde entonces, semana tras semana, la galería de villanos y bandidos, vampiros y caníbales, chorizos y camorristas, mafiosos y lunáticos, asesinos y chorras, ha ido creciendo hasta conformar un catálogo alucinante de insanía, idiotez y depravación, pero también de humor negro y barroquismo literario.

En 2013, una selección de estos artículos obtuvo el XX Premio Literario Bodegas Olarra & Café Bretón, de Logroño. Vio en ellos el jurado, además de humor y literatura, un alto nivel de documentación sobre los personajes tratados, lo que convierte a estos artículos en una gozosa fuente de información.

Hoy, Pepitas de Calabaza, una editorial que presume (falsamente) de tener menos proyección que un cinexín, pone a la venta el libro Escrito en negro (Una tarde con la canalla), una selección por la que transitan desde William Burroughs hasta el desmontable general Millán Astray, desde la asesina Dulce Neus hasta el estafador Paco el Muelas. Un libro que yo pienso poner en mi biblioteca al lado de las Hagiografías y Vidas de Santos, otro género fascinante que Martín Olmos ha tocado poco y que está pidiendo a gritos ser visitado por una mirada piadosa como la suya. ¿O no?

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Asuntos propios

ARTÍCULOS

Artur Mas, presidente de Comunidad Autónoma de Cataluña, ha intentado desvincular la afición de la familia Pujol a los paraísos fiscales y al cobro de comisiones de su militancia política y pública con un diagnóstico audaz: “Es un tema estrictamente privado, personal y familiar, que no tiene nada que ver ni con Convergencia ni con el partido”. Es verdad, nada que ver, especialmente si no miras. Si haces como los tres monos sabios no te enteras ni de que tu padre tenía cuentas en Liechtenstein. Porque vamos a ver, listos, que sois unos listos, ¿quién no tiene un padre que ha ocultado sus cuentas bancarias en paraísos fiscales?, ¿eh? Si es que las masas criticamos por criticar y sólo vemos la paja ajena, o sea.

Artur Mas no se entera de estas cosas de puro bueno. Está tan dedicado a hacer nación las veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año, que le roban la cartera hasta los chiquillos. Porque ya me dirán que no es mala suerte que siendo uno Consejero de Economía y Finanzas y Consejero Primero de la Generalidad te chuleen los impuestos tu propio padre y el Muy Honorable Jordi Pujol, presidente por partida doble (del partido Convergència Democràtica de Catalunya y del Gobierno de la Generalidad). Es que no estamos a lo que hay que estar.

Sugieren las malas lenguas que estas son costumbres hondamente arraigadas en ciertos hombres de honor del ámbito mediterráneo, pero ya me dirán qué tiene que ver la evasión de impuestos, el fraude fiscal o el cobro de comisiones por adjudicación de obra pública con las actividades de la Onorata società. Si es que son ganas de buscarle los tres pies al gato.

Sin embargo, sí hay teorías y prácticas políticas que fomentan estos comportamientos. Lo que distingue al nacionalismo de otras doctrinas políticas es su pretensión de convertir los asuntos públicos en asuntos privados. Mientras otras ideologías tratan de establecer reglas comunes y principios de ciudadanía y justicia universales, el nacionalismo es la doctrina política de lo particular, de la ciudadanía restringida a los propios, de las señas de identidad particularizadas, del nosotros y de lo nuestro. O sea, la lógica del clan familiar pero ampliada con himno, tipos con porra y banda de música.

Lo propio de nacionalismos y regionalismos es la apropiación de la administración pública, de particularizar los impuestos con exenciones apropiadas para los propios, de pretender moralidad propia o iglesia propia y obispos propios, de diseñar un acceso privilegiado de los propios a la cosa pública y al negociete, o sea, de la sustracción y apropiación de lo común. Y, cómo no, de justicia propia y particularizada a los asuntos propios con penas propias y apropiadas a los intereses propios. Se podrá decorar la cosa con literatura, cultura, folkclore y amor a la gastronomía y al paisaje, pero —como ya explicaron el viejo Karl y Philip Marlowe— es la economía la que mueve al mundo. Busca el rastro de la pasta y encontrarás la explicación a los enigmas más notables (incluido el de esos socialistas y comunistas que vienen evolucionando grácilmente de lo universal a lo particular y de la democracia a la cleptocracia).

En fin, corazones, qué más decir. El Presidente Pujol ha reconocido 34 años de mamoneo y sustracción de la caja común para incremento de la propia (aunque la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal sospecha de más de 600 millones en paraísos fiscales). Construyendo nación. Está pasando, lo estás viendo. Y el nuevo Molt Honorable dice que no tiene nada que ver, que son cosas que pasan hasta en las mejores famiglias.