Haikus del sumo y el mundo flotante

No sabemos si el maestro Mematsako Sakuda contempló alguna vez un combate de sumo. Lo que sí conocemos es la impresión que recibió en Osaka al ver pasear a una joven noble acompañada del gran luchador Maasakimari. Fue tan grande su sorpresa que corrió a dibujar la estampa titulada La ardilla y el elefante pasean bajo los almendros en flor del parque Tennoji, hoy lamentablemente perdida como todas sus pinturas del mundo flotante. Sabemos también que, influido por aquella visión que inflamó su imaginación, escribió los haikus que a continuación glosa este humilde traductor.

Regla del sumo
no caben dos montañas
en una isla

Confieso avergonzado que la traducción del primer verso es totalmente libre. El maestro Sakuda habla en él de los poderosos rikishi, que son los contrincantes del sumo, pero he preferido traicionar sus palabras para aclarar a los lectores que leyeren este y los siguientes haikus sin mis humildes glosas, que deben interpretarlos con la clave de nuestro deporte nacional. A veces el arte es un misterio, pero cuando encontramos la llave que abre las puertas del entendimiento, su claridad resplandeciente nos ilumina.

Los versos describen con sencillez no exenta de liviandad y gracia las reglas de este deporte: derribar o arrojar a uno de los luchadores (las montañas) del círculo o dohyo (la isla).

El ignorante filólogo Makoto Origami, sin duda confundido una vez más por los vapores de sake, interpreta que la isla es Japón. Dinos, oh necio Origami, de qué manera nuestra patria puede considerarse una isla cuando es ¡un archipiélago de más de 6.000 islas! ¡Asno!

Los luchadores
con sus cuerpos inmensos
amor gigante

Posiblemente la imaginación del maestro echó a volar tan alto como las grullas que surcan el cielo sobre las cumbres de Akaishi. A los piadosos lectores de España, México, Argentina, Filipinas, Guinea y el resto de países del antiguo Imperio del Sol Yaciente debo recordarles que el maestro Sakuda, además de poeta, fue un memorable pintor de estampas y que en su tiempo fueron también famosas sus imágenes de primavera o shunga. Nunca nos cansaremos de lamentar que la obra pictórica del maestro se haya perdido para siempre.

Sólo un cabeza de sandía como Makoto Origami sería capaz de interpretar que el maestro confunde un combate de sumo con un frotamiento homosexualístico. Mas bien habría que suponer que, tal vez excitado por el recuerdo de los novios del parque de Osaka, haya visto en su imaginación aumentar gigantemente la virilidad de los luchadores de sumo, por lo normal oculta bajo el suave mawashi.

La hermosa niña
con su dulzura amansa
al elefante

¿Qué podemos añadir a esta bella imagen que nos remite a la estampa desaparecida? ¿Tal vez que no es tan inocente como pudiera entenderse a primera vista? ¿O quizá que el necio Origami, como hay un elefante, sitúa la escena en la India, a donde debería ser enviado a fabricar ladrillos por el resto de sus días?

Lecho de plumas
en la más alta cima
la nieve es fuego

No se deje engañar el ingenuo lector ni la inocente lectriz por esta estampa delicada. Tampoco debe dejarse llevar por una interpretación literal, como la que habría intentado el torpe Origami si hubiera podido posar sus legañosos ojos sobre este haiku hasta hoy inédito: no, no se trata de un nido de buitres en la montaña. Es sin duda el blando lecho sobre el que se tienden los amantes. Ella asciende a la más alta cima del hombre montaña, de cuyo volcán brota un fuego que se convierte en nieve. Su natural timidez turba a este humilde comentarista y le impide ser más explícito.

Después de muerto
aún se escucha el barrito
del elefante

Este conocido haiku del maestro ha tenido interpretaciones muy diversas. Algunos han creído ver en el elefante a un gran shogun cuyo inmenso poder perduraría mucho tiempo después de su muerte. Ba Lankó, audaz filólogo de Kagoshima y autor del aún inédito Puente de jade. Un estudio sincrónico y materialista de los mensajes de protesta en la copla y el haiku, redactado tras una visita a Toledo, Granada y la Sagrada Familia de Barcelona, dice que el sentido de estos versos es equivalente al del refrán «más caga un buey que cien palomas» que escuchó a un gitano del Sacromonte.

Sin embargo, este humilde traductor cree que pertenece a la misma serie que los haikus del sumo y que también debería interpretarse teniendo presentes las «imágenes de primavera», pues así de diversas y ricas son las lecturas que nos ofrece el adorado maestro Sakuda. Si el elefante ya fue metáfora del robusto luchador, ¿por qué no ha de ser su barrito el enorme gemido exalado tras el éxtasis que en Francia llaman la pequeña muerte?


Estampas de:
(1) Utagawa Kunisada, (2) Daimon Kinoshita y (3) Katsukawa Shunchō