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Ciegos a lo evidente

Somos seres sensibles, pero la sensibilidad, como todo lo que tiene que ver con el simio que somos, se aprende, fundamentalmente por imitación. Recuerdo la gran sorpresa que me produjo ver aquel documental en donde unos macacos japoneses soportaban el duro invierno sumergiéndose en unos baños termales. Creo recordar que el caso se había documentado por primera vez en la segunda mitad del siglo XX en Nagano y que desde entonces, más macacos habían adoptado la costumbre. Se trataba de un aprendizaje cultural. Las fuentes termales llevaban miles de años ahí, pero algún macaco tuvo que aprender a ver aquellas balsas de agua de manera distinta y luego enseñar a sus congéneres. Supongo que hasta entonces su sistema de pensamiento automático les decía que entrar en el agua en el duro invierno suponía congelarse.

A nosotros nos ocurre algo parecido. La mayoría de los humanos transita por el mundo en modo automático, fijándose sólo en lo básico, su entorno inmediato, su familia, sus amigos y su trabajo. El resto del mundo exterior es sólo información en bruto, sin decodificar. Pueden pasar toda una vida viviendo en una manzana de calles en donde todas las plantas leñosas sean ‘árboles’ y todos los pájaros ‘gorriones’. Sin estímulo, y sin imitación, es decir, sin aprendizaje, serán ciegos a lo evidente hasta que alguien les saque del ensimismamiento.

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Impostores

Empiezo a leer un dietario. El autor, profundamente conmovido por la fugacidad de la vida, trufa sus comentarios de lápidas, melancolía, desamparo, citas de escritores muertos, desánimo, música clásica, prosa poética y una tristeza lenta y húmeda que huele a lirio muerto. Apenas he leído una decena de páginas y ya estoy deseando que la palme y acabe con su sufrimiento o al menos con el mío. Leo —esta vez fijándome— cuántos años tiene y doy un respingo. ¡Pero si es diez años más joven que yo! Miro la fecha de publicación del libro y deduzco que lo ha escrito con treintaypocos. ¡Será hijodeputa! Ya estaba yo derramando una viscosa lagrimita sentimental por el anciano que lamentaba la fugacidad de su vida y resulta que se trata de otro letraherido infecto de romanticismo. La primera en la frente: los dietarios mienten siempre, como los escritores.

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Pandemias

Estaba leyendo este artículo: Una de las aplicaciones más espectaculares de la IA en todo su esplendor: así es como vídeos con más de 100 años parecen grabados ahora, que ya de por sí es bastante interesante, cuando revisando una de las primeras filmaciones de los hermanos Lumière, la histórica «L’Arrivée d’un train à La Ciotat», de 1896, me encuentro que en el minuto 00:20 aparecen dos señoras ¡con mascarillas! Entiendan mi sorpresa, escribo esto en la tercera semana del Confinamiento debido a la pandemia por COVID-19, el 24 de abril de 2020 a las 19:55 horas, así que estoy muy sensible con el asunto.

Reviso los vídeos redigitalizados por si me engañan los ojos y confirmo mi primera impresión.

Lo primero que pienso es que las llevan para protegerse de la contaminación del tren. Luego lo pienso mejor. Las mascarillas parecen firmemente anudadas a la nuca. ¿Y si se tratara de alguna enfermedad contagiosa del momento? Y es así como descubro que en una de las primeras grabaciones del cinematógrafo, la realizada en la villa portuaria de La Ciotat de la Provenza francesa, está documentada la reacción a una pandemia. No tengo noticia de que alguien se haya fijado antes en ello.

¿Y qué era lo que atemorizaba a les Ciotadennes hace 124 años? Pues prácticamente lo mismo que ahora, una gripe, la gripe rusa, que entre 1889 y 1895 fue responsable de la muerte de, aproximadamente, un millón de personas en todo el mundo.

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Sobre la sinceridad

Nunca hay que creer a quienes te piden una opinión sincera sobre algo. Nunca. Jamás. La sinceridad es algo que todos valoramos mucho cuando su aplica sobre terceros —especialmente si no se enteran— pero tiene unos efectos devastadores en la estima y la autoestima, las relaciones públicas y las púbicas, la amistad y la paz en el mundo. Contra la brutalidad de la sinceridad se inventaron la cortesía, la etiqueta y la elipsis, que son formas elegantes de relacionarse. No os engañéis, quienes os piden una opinión sincera os están pidiendo reafirmación y cariño, no críticas. Las opiniones sinceras sólo puedan darlas los ajenos, nunca los amigos, y mucho menos los subalternos despedibles. Todos mienten.

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The Revealing Muscle

De niño me gustaba tanto la Cultura que al crecer me hice culturista. Es maravilloso todo lo que la Cultura puede hacer por nosotros.

Al principio sólo era capaz de hacer la figura del Kuros de Creso, porque yo también tenía el culo gordo y sólo sabía poner cara de peluquero de señoras, pero con el tiempo y muchas horas de ejercicio me fui estilizando.

Me influyó mucho la lectura de los clásicos, que empecé por Esquilo, pero no por sus tragedias, sino por su leyenda: el oráculo predijo que moriría aplastado por una casa y para evitarlo se fue a vivir al campo donde un quebrantahuesos, confundiendo su calva con una piedra yunque, dejó caer una tortuga que le partió el cráneo. Durante un tiempo practiqué mis figuras con la cabeza inclinada, en homenaje a la calva de Esquilo y porque me clareaba la coronilla, indicio claro de que me estaba convirtiendo en un intelectual. Fue muy alabada mi elegante pose de Ares Borghese, sin casco, en la que contraía alternativamente mis pectorales al tiempo que apretaba, también alternativa aunque de forma cruzada, mis glúteos; es decir pecho derecho-glúteo izquierdo, glúteo derecho-pecho izquierdo, tic-tac, tic-tac, tic-tac. Se volvían locas a aplaudirme. Aún podría repetirlo, si bien con las carnes algo morcillonas. No menos celebrada fue mi pose de Discóbolo que hacía arqueando sutilmente la ceja derecha para romper el hieratismo de la estatua y que se viera claramente que yo no había sido el modelo que inspiró a Mirón (jo, qué nombre, macho). Pero mi pose más celebrada fue la del Apolo Sauróctono, que componía con los músculos relajados hasta que los tensaba súbitamente sorprendido por la presencia del lagarto. Uno de los entrenadores del gimnasio me dijo que el lagarto era un símbolo fálico y le tuve que soltar una hostia para que no se creyera que no me había dado cuenta de que me estaba llamando maricón.

De los griegos clásicos me gustó mucho la idea de la impasibilidad de los dioses ante el destino de los hombres, que cierta vez representé, majestuoso, adoptando la pose del Zeus del cabo Artemisio mientras tensaba los músculos de forma divina. Ahora dicen que es Poseidón, que si lo llego a saber entonces hubiera hecho el gesto de empuñar el tridente y no de sujetar un rayo, que a ver quién sabe sujetar un rayo, o sea.

Mi reinterpretación de los clásicos grecolatinos revolucionó el culturismo y creó escuela: el esculturismo. Por todas partes surgieron imitadores que copiaban mi estilo y reproducían poses de esculturas clásicas. Yo aproveché aquel éxito y mi asistencia a un curso de I+D para ir más allá de todo lo que se había intentado hasta el momento. Proyecté un esculturismo dramático en donde la pose estatuaria no sólo debía reflejar el culto corporal en su aspecto físico sino también en el espiritual: el culturista debía ir más allá y ofrecer composiciones en donde el músculo fuera el espejo del alma. Estas ideas revolucionarias las dejé escritas para un número especial de la revista Muscle & Fitness que titulé «The revealing muscle» (El músculo revelador) que en España publicó la revista Chochos por un error de agencia que aún no me explico. En el resto del mundo no se publicó.

La presentación internacional del esculturismo dramático se realizó en el Palacio de los Deportes de Santa Cruz de Tenerife, aprovechando unos campeonatos locales de lucha canaria y una exhibición de silbo gomero. Allí realicé diversas poses dramáticas que despertaron el entusiasmo del público. Gustó mucho el Sileno ebrio en donde hinchaba el vientre para fingir gordura y luego tensaba y perfilaba los músculos mientras apretaba un racimo de uvas. Acababa llenando una copa y bebiendo con gesto lascivo y lúbrico. Hubiera estado bien completar la pose exhibiendo un falo enhiesto, como buen sátiro, pero tuve miedo de que el público no entendiera mi afán de realismo y me arrojara a patadas a una carroza de reinonas del carnaval de Tenerife.

Pero el culmen de mi carrera, mi obra maestra, la cima y cúspide del esculturismo dramático fue una pose colectiva y revolucionaria: Laocoonte y sus hijos, que preparé durante semanas con unos jóvenes pupilos. En los ensayos, usábamos unas gruesas maromas para representar a las dos serpientes que atacaban al sacerdote troyano, pero la cuerda era demasiado estática y todo quedaba un poco paródico. Así que para la presentación final me hice con dos pitones auténticas y conseguí convencer a mis jóvenes pupilos para que repitieran las poses tantas veces ensayadas.

Fingir, lo que se dice fingir terror, no lo fingieron. Yo tampoco. Había mantenido refrigeradas a las serpientes para que fueran dóciles, pero no sé si fue por el calor de los focos o por maldad natural, el caso es que recuperaron fuerzas y empezaron a estrujarnos como si fuéramos cervatillos. Yo intentaba poner pose culturista, pero cuando uno de los pupilos empezó a gritar de terror y una de las pitones dislocó su boca para intentar jamárselo hice lo que todo esculturista dramático debe hacer en los momentos cumbre, gritar como loco pidiendo socorro. Nos salvamos por poco, con apenas media docena de mordiscos y alguna costilla rota por constricción. Una de las serpientes logró escapar del escenario con la insana intención de papearse a alguno de los niños del público y la desbandada fue general.

Si fuera pusilánime, me habría retirado después de las denuncias que interpusieron contra mí la Dirección de Juegos y Espectáculos, la Dirección de Trabajo, el Ayuntamiento de Tenerife, el Gobernador Civil y la Asociación Félix Rodriguez de la Fuente para la Protección de la Fauna Rastrera (AFRFPFR), pero aproveché mi breve paso por la cárcel para leer y dar un giro revolucionario a mi carrera.

La Cultura siempre me ha salvado y esta vez decidí apostarlo todo a algo radical. Si con el esculturismo dramático había pretendido reflejar el alma humana mediante el sufrimiento expresado por la contracción de los músculos, ahora daría una nueva vuelta de tuerca para acceder directamente al espíritu. El músculo debería abandonarse, fluir o tensarse para componer obras de significación abierta cuyo sentido último sólo podría hallar el espectador en su cabeza (había leído una entrevista con Umberto Eco en Babelia). Nada obvio, todo conceptual. Así fue como concebí el esculturismo abstracto, animado por el monitor del Taller de cerámica de la cárcel, que intentaba que hiciéramos algo más que ceniceros.

Esta vez, la sección cultural de la revista Chochos no accedió a publicar mi artículo «From Biceps To Chillida» por considerarlo poco explícito. Pero no me desanimé y decidí mostrar mis ideas al presidente de la Asociación Provincial de Culturismo de la Línea de la Concepción, un exconvicto que tenía un exitoso programa de reintegración de delincuentes al contrabando de hachís. Creo que no entendió bien los conceptos que intenté explicarle porque torció el morro cuando compuse una Figura reclinada de Henry Moore, se levantó del asiento con mi traducción muscular de La sirena varada de Eduardo Chillida y definitivamente me echó a patadas cuanto hice la pose del móvil de Alexander Calder Arrugado con disco rojo. Supongo que el esculturismo abstracto era demasiado complejo para las mentes simples así que, desengañado, decidí abandonar.

Ahora sigo relacionado con el mundo de la Cultura y tengo una tienda de enmarcado de pósters. He dejado el culturismo porque no soporto esas simplezas americanas del body building, el fitness experiencial o el combo, tan alejadas de mis ideales estéticos clásicos. Mi marido dice que debería aprovechar mi experiencia y hacerme wellness coach o influencer, pero no lo veo. A veces sueño con serpientes.

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Adiós, Catalunya

La mayor parte de lo que consideramos inocentemente «nuestro pensamiento» está formado por relatos y mitos compartidos que configuran una tradición. Creemos que reflexionamos y sacamos conclusiones de los hechos, pero lo que ocurre mayormente es que extraemos las enseñanzas preestablecidas por estos relatos compartidos que circulan en nuestras sociedades. Algunos son muy antiguos, casi del inicio de nuestra conciencia humana, como el de la creación. Otros son relativamente modernos, como el de la revolución o el del hombre que se hace a sí mismo y llega a presidente. Pero todos ellos funcionan porque los escuchamos y replicamos continuamente en nuestras conversaciones. Pertenecen a la tradición común y, por tanto, son entendidos a la primera: no necesitan reflexión, aunque puedan ser tan falsos como las enseñanzas que propagan.

Hace ya unas décadas estuvo de moda hacerse con un pensamiento crítico, algo que consistía en desembarazarse del automatismo de los relatos predigeridos y analizar los hechos sin saltar directamente al capítulo de conclusiones. Se trataba de evitar el reflejo pavloviano, ese que hace que alguien se ponga en alerta (o ladre) cuando ve determinada cara o bandera.

La Escuela era, en teoría, el vehículo ideal para desarrollar el pensamiento crítico, salvo por el pequeño detalle de que tanto los programas de estudios como sus agentes, los maestros, parecen estar más interesados en la transmisión de los valores tribales. Además, frente al trabajoso cuestionamiento permanente, los relatos y mitos tradicionales —como ocurre con los tebeos de Marvel— se adaptan continuamente para construir una superestructura mitológica que lo explica todo y entiende un niño de primaria. Vamos, que es más sencillo comprender a un demagogo cuando dice que un país es el imperio del Mal que a un burócrata que trata de explicar los entresijos de la Unión Europea o del Derecho Penal.

En fin, los relatos y los mitos, no hace falta decirlo, los crean personas con una admirable capacidad creativa y acaban funcionando por difusión y repetición. Sin embargo, a veces basta un atracón de realidad para que colapsen y se arruguen.

Un gran bluf

Desde que recuerdo, todo lo bueno que ha ocurrido en España venía de Cataluña. De allí habían salido pensadores y poetas, arquitectos, empresarios amantes de las artes, pintores, inventores, cantantes de ópera, constructores de ferrocarriles, actores… Cataluña, y especialmente Barcelona, parecían el anverso claro y luminoso de un reverso siniestro e inquisitorial representado por una España que empezaba más allá del Ebro, quintaesenciada en Castilla como la madrastra y Andalucía como la hija golfa, que sólo producían intelectuales cansinos y admiradores de flamencos y toreros. Hasta los episodios catalanes más oscuros, como los levantamientos carlistas o las revueltas anarquistas tenían cierto aire mitológico.

Y qué decir de aquella intelectualidad cultivada que lo mismo te hablaba de Elliot que te preparaba una escalivada o un gimlet y te invitaba a mojarte los tobillos en el mare nostrum que, efectivamente, parecía suyo. Todo resultaba tan moderno y europeo, tan de línea clara y jazz, que hasta comprendimos las secuelas de satisfacción del orgasmo olímpico de 1992, que dejó más turbados que espabilados a los nacionalistas del país, que aún sufren espasmos por el enorme placer de haberse conocido. Aquello era jauja y ataban a los perros con longaniza. La verdad es que teníamos que haber sospechado de la potente industria editorial y propagandística de la región, tan proclive al masaje.

El caso es que aquel potente relato de la Cataluña moderna y vanguardista, tan firmemente asentado en nuestra conciencia, se ha arrugado de forma tan drástica que acongoja verlo tan poca cosa y tan marchito. Tan pardillos no somos y ya nos sonaban las trapacerías de la honorable familia de golfos apandadores o el choriceo manifiesto e institucionalizado del 3% al 5%, pero ha bastado ver en riguroso directo televisivo cómo fabrican las leyes en el Parlament para percibir con toda crudeza el engaño. Ya decía Otto von Bismark que con las leyes pasaba lo mismo que con las salchichas, que mejor no ver cómo se hacen. El olor a podrido ha sido tan insoportable que ahora lo difícil es borrar todo lo visto y que renazca en nuestra conciencia la imagen de un país moderno, culto y eficaz.

Conmigo va a estar difícil. Veo al ex honorable huido mintiendo en varios idiomas o las movilizaciones de quienes pretenden que deje de aplicarse la justicia a los malhechores propios y siento cierta acidez estomacal. Yo creo que lo peor es esto, que se han cargado el relato luminoso y han instalado uno nuevo en donde sólo percibimos mentiras, suciedad y moscas. Que pese a toda nuestra trabajada conciencia crítica, han logrado instalarnos de nuevo el reflejo pavloviano y, tras ver cómo sus élites meten las manos sucias en las leyes, se nos han quitado las ganas de comer sus salchichas.

Con el buen rollito que teníamos, o sea.

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Que la Fuerza no os acompañe

No se ganan las batallas que no se afrontan. El antimilitarismo es muy sano cuando se enfrenta a las dictaduras militares, pero en un estado democrático tiende a convertirse en un relato infantil y floral que se utiliza para deslegitimar a las fuerzas de orden público. Existe el pacifismo ingenuo, muchas veces de corte religioso, pero prolifera entre los grupos extremistas y nacionalistas un antimilitarismo militante cuyo objetivo es socavar el orden democrático. Su mensaje acaba siendo sencillo de entender: desarmad a vuestras defensas para que aplastemos vuestras cabezas.

Habrá qué repetirlo mil veces, cien mil, un millón, siempre y continuamente. Las grandes palabras, libertad, justicia, igualdad, bienestar son papel mojado si no se puede garantizar su aplicación. Cuando el cuerpo social se constituye como tal (llámese nación y constitúyase como Estado, Federación, Unión, etc.) y establece las normas de convivencia y las eleva a categoría de Ley (se llame o no Constitución), asienta el punto de encuentro y el lugar en donde se resuelven los desacuerdos. El punto de encuentro es la Ley, el lugar es el Parlamento y los Tribunales, y el mecanismo de intermediaciación para resolver las diferencias es el Derecho.

En un estado dictatorial es la voluntad unilateral del dictador la que decide todo: cómo se gradúan la libertad y la igualdad, quien goza de bienestar, quien sufrirá y hasta quién morirá. En un estado democrático de derecho, los distintos intereses se someten a confrontación en el Parlamento, donde las fuerzas están representadas en función del número de votantes, y los acuerdos se negocian de forma multilateral; nadie alcanza el punto de satisfacción máxima, todos ceden continuamente y siempre, y a este equilibrio inestable de deseos, logros e insatisfacciones lo conocemos como democracia: la cansina, burocrática y eternamente negociatriz democracia. Quien salta por encima del procedimiento democrático lo hace porque sabe que no puede alcanzar la representación suficiente; como no puede ganar al ajedrez, patea el tablero.

Cuando el Anhelo reemplaza a la Ley y declara que el Derecho ya no es un mecanismo válido de negociación y resolución de conflictos, aparecen la coerción, la fuerza y la violencia. Quienes se reclaman mediadores y pretenden recurrir a la «política» para arreglar los desacuerdos al margen del Derecho, están afirmando que existe un nuevo punto intermedio entre la Ley y el Anhelo, que ese punto siempre será móvil y que siempre lo desplazará el Anhelo a su gusto, que el Derecho jamás servirá como mecanismo para satisfacer a los anhelantes y que el Estado siempre habrá de dar el brazo a torcer cuando intentan retorcerle el brazo.

Pues bien, para impedir el capricho del Anhelo, individual o colectivo, para someter a los Anhelantes al imperio de la Ley y sujetarlos al Derecho, está la Fuerza. La diferencia entre la Fuerza del Estado de Derecho y las fuerzas Anhelantes es que la primera cumple órdenes legítimas y legitimadas siempre que se adecuén al Derecho, es decir, siempre que representen a todos y su finalidad sea preservar la seguridad, la libertad, la justicia y la igualdad de derechos de todos los ciudadanos. Cuando es así y sólo cuando es así, es necesario que triunfe con determinación.

En la batalla actual por la independencia de Cataluña, las fuerzas Anhelantes se han alzado diciendo representar a un Pueblo que es sujeto de derechos primigenios. Afirman que estos derechos, emanados de la voluntad de sus líderes, prevalecen sobre los que garantizan la seguridad, la libertad, la justicia y la igualdad de todos. Afirman la primacía de lo particular frente a lo común, el privilegio de cuna e idioma, su voluntad de escindir lo unido, el derecho a dividir y su derecho a decidir negar nuestros derechos. Como su reclamación es injusta, han disfrazado el Anhelo de Derecho y han reclamado votar «democráticamente» (pero sólo ellos) la abolición de los derechos comunes y declarar nuestra conversión, obligatoria y no pactada, en extranjeros.

En los últimos siglos, el progreso social ha venido asociado a la universalización, a la extensión a todos los ciudadanos de lo que antes eran privilegios de pocos. Es progresista anhelar un mundo sin fronteras, con leyes comunes y sin particularismos que concedan ventajas. El sueño de un gobierno mundial, una legislación planetaria y una justicia universal no es un ideal moderno, sino que ya lo soñaron la vieja iglesia católica (katholikós significa precisamente eso, universal) y los ideales revolucionarios. Que en el camino esos ideales hayan sido pervertidos por el totalitarismo, vulnerados por los particularismos y violados por la corrupción humana no empece que sean deseables.

El ideal universalista, que no se reduce sólo a los mecanismos sino al objetivo de procurar el bienestar universal, pervive aún, burocratizado, en organismos multilateralistas como las Naciones Unidas y en proyectos supranacionales como la Unión Europea. Obviamente son muy perfectibles, pero frente a las tufaradas identitarias, supremacistas, unilaterales y antidemocráticas del Ukip, la Liga Norte o Junts pel Sí (para decirte a ti No), siguen sonando a música celestial.

«Nadie es más que nadie» dice el viejo lema. Por esa razón, y nada más ni nada menos que por ella, convendría someter el Anhelo al Derecho. Pero es que además, su pretensión de estabularnos en Pueblos para negar nuestros derechos individuales y subsumirlos en una supuesta voluntad colectiva no acordada en un Parlamento sino preexistente y sagrada, o de considerar a unos Pueblos superiores a otros y por tanto, con privilegios sobre otros, ataca nuestros principios universalistas y trata de pisotear nuestra utopía de un mundo de acuerdos multilaterales, fronteras abiertas y personas libres e iguales.

Lamento, Anhelantes, que este mensaje no quepa en una pegatina, que su complejidad os produzca disonancias irresolubles y que no seáis capaces de distinguir las ideas luminosas de la simple berrea de la tribu. Representáis la Edad Media o, peor aún, la utopía regresiva de un futuro cómico-folclórico aunque peligroso construido a base de Exin Castillos y estrategias de Juego de Tronos. Por ética y estética, tenéis que ser derrotados. No os acompañará la Fuerza.

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Malos libros electrónicos

Al final, toda la emanación lírica sobre superioridad del libro de papel sobre el electrónico no es sino otra más de las batallas entre el comerciante burgués que vende tangibles al detalle y el capitalista que vende productos en masa. El libro de papel es un producto material que se puede ver y tocar y, por tanto, poseer, mientras el libro electrónico no deja de ser un intangible compuesto de bitios cuyo principal valor es que ocupa poco espacio y es portátil, como los paraguas plegables. Si la batalla no acaba de escorarse hacia el libro electrónico, no es por una indiscutible superioridad del libro en papel sino porque el libro electrónico aún no ha madurado como producto vendible y se le trata, como a los paraguas plegables, como un complemento.

Papel de sobra
En mi casa hay un libro al que amo y odio a partes iguales. Fue un regalo magnífico, una edición de principios de los 90 de «The Times Comprehensive Atlas of the World», un monstruo de casi medio metro de altura, que pesa muchos kilos, en donde aparecen mapas de los lugares más remotos de la Tierra. Una gozada para los fetichistas de los atlas que pasábamos horas viajando a los lugares más recónditos, leyendo las novelas de aventuras con la ayuda de un mapa. Hoy ni lo abro. Aunque bellamente editado, con su tipografía, sus colores, su tacto y todas esas cosas que solemos decir de los libros que nos gustan, resulta ser un mamotreto inmanejable y difícilmente ubicable que no puede compararse, ni de lejos, con los Google Maps o con esa maravilla llamada Google Earth. Una reliquia del pasado cercano.

Lo mismo puedo decir de las enciclopedias que tanto me fascinaron y por las que pagué sumas considerables. Ahora son pasto de las librerías de viejo. Soy admirador, usuario y mantenedor de la Wikipedia, que desde que uso la piel de Wikiwand me parece uno de los productos más bellos y emocionantes de la cultura humana.

¿Ha merecido la pena coleccionar tanta cantidad de libros malamente editados? ¿Tanta novelita, tanto policiaco, tanto clásico replicado en ediciones pobres? Vistos ahora, ya sin pasión, sólo siento piedad por los grandes autores, por los libros raros o bellamente editados y, claro, por mi colección de poesía. El resto puede reemplazarse perfectamente por cualquier edición electrónica, igual de pobre que su hermana de papel, pero que al menos goza de las ventajas de ocupar un espacio minúsculo, ser ultraportátil y copiable, y estar integrada en un aparatito que incorpora búsquedas, diccionario y retroiluminación.

Desengañémonos, si el libro electrónico no arrasa con el papel no es tanto por el amor de los lectores hacia el viejo formato sino porque aún es demasiado austero, porque su modelo de negocio está aún excesivamente centralizado y no distribuye la riqueza que genera, y porque aún no se ha logrado que los lectores confíen en las plataformas de distribución, como sí ocurre con la música, las películas y los videojuegos. Pero como siempre ha ocurrido, será la tecnología quien tenga la última palabra: lo que pueda hacerse, acabará haciéndose.

Hay tecnología
Hoy, de la misma manera que es posible hacer películas o videojuegos sorprendentes, es posible crear libros bellísimos en formato electrónico. Libros en donde se desplegasen obras de arte y fuera posible acceder a sus detalles más recónditos. Libros repletos de hiperenlaces en donde profundizar conocimientos. Libros con texto, tipografías, color, ilustraciones, vídeo, audio y cualquier otro elemento que pudiera enriquecerlos.

Recuerdo una prodigiosa edición en papel de «La isla del tesoro», de Stevenson, en donde los márgenes del texto principal estaban ocupados de dibujos explicativos con mapas, tipos de piratas y sus distintas indumentarias, clases de navíos, armamento, fauna y vegetación de las islas y una enorme cantidad de información que expandía un texto ya de por sí emocionante hasta convertirlo en una aventura del conocimiento. No hacía falta salir de aquel libro para aventurarse en distintos niveles de placer. ¿Por qué no hay libros así, pero aún más enriquecidos, en formato electrónico? Porque el coste de producirlos jamás se vería compensado por sus ventas. Las copias piratas circularían desde el primer momento y arruinarían a sus editores. Se da la paradoja de que existe tecnología para fabricarlos, pero ni hay lectores electrónicos que permitan sacar partido a este tipo de ediciones (se necesitaría un software de lectura más dinámico y tabletas más grandes y atractivas) ni parecen existir aún canales de distribución y venta atractivos. Y sin retribución no hay rocanrol.

Pero llegará. Llegará cuando pueda confiarse en el streaming literario, el cable de los libros enriquecidos, un canal de cobro por lectura que garantice retornos económicos para los editores audaces y los libros electrónicos sean algo más que páginas en blanco que imitan hasta la textura del papel. Una parte no desdeñable de nuestro papel de lectores es satisfacer el fetichismo de las ediciones y ya me dirán cómo aplacar a la bestia con esos tristes remedos de fotocopias en formato epub.

Sin ambición y sin recompensa, los editores seguirán tratando el libro electrónico como un subproducto, una especie de orujo de hollejos de la edición en papel (al fin y al cabo, es ya casi obligatorio hacer una edición electrónica antes de pasar por imprenta) que se vende a un precio desproporcionado a su coste por ver si produce beneficios antes de que se viralicen las copias.

¿Y los libreros?
Lo de los libreros es ya otra película. Comprimido su espacio en el circuito comercial por la distribución masiva (antes que Amazon ya casi les habían devorado por los pies las distribuidoras) no parecen disponer de muchos caminos: o limitarse a ser puntos de ventas de las distribuidoras o salir de este circuito adentrándose en el proceloso mundo de la edición artesana, las ventas de segunda mano y el centro de actividades culturales, algo para lo que primero hay que encontrar al público, formarlo y convertirlo en cliente fiel.

Porque aunque algunos digan que no se han dado cuenta, como esos editores que se enorgullecen de vender poco (estrategia comercial similar a la de los vendedores de joyas exclusivas), este asunto es un negocio que no consiste en culturizar a las masas, aunque sea un efecto colateral deseable, sino en intercambiar productos y servicios a cambio de dinero. Lo que se viene conociendo como comercio, vender algo por un precio mayor al de su coste para que, en el camino, puedas alimentarte tú, quizá tu familia y quienes han creado, fabricado y distribuido el producto. Lo demás es palabrería o, en el mejor de los casos, literatura.

Experiencias
Si los cursis no dejan de decirnos que la lectura es una experiencia, ¿por qué no vender experiencias en forma de libros electrónicos enriquecidos, con su estuche de coleccionista, como se venden las ediciones de Blade Runner o los videojuegos? ¿Por qué considerar al libro electrónico como un extra que se regala con un código de descarga con el libro real de papel y no al revés, regalar el libro del papel como el hermano no ecólógico, en texto plano, del libro electrónico enriquecido?

Hace tiempo, leyendo El ángel negro de John Connolly (una novela policiaca que sólo recomiendo a los zumbados del thriller) me enteré de la existencia del osario de Kutná Hora y de ahí pasé a interesarme por las esculturas realizadas en hueso, por las minas de plata, por la vida monástica y por ciertas historias de las Cruzadas. La novela me resultó más interesante por lo que indagué que por la historia en sí misma. ¿Donde están esos enlaces en la versión electrónica? ¿También tengo que buscarlos yo si leo la novela en un aparatito que parece el hermano discapacitado de una tableta? La lectura es realmente un juego de enlaces, de links que se siguen para ampliar conocimientos, de sinestesias visuales, sonoras y emocionales, y el libro electrónico, empeñado en imitar a las más tristes ediciones en papel está ignorando todo un potencial que sí han descubierto, por ejemplo, los videojuegos, que al fin y al cabo también nacieron de las planas versiones en tablero.

Supongo que será costoso incluir funcionalidad extra en la dichosa maquinita, especialmente si nadie lo demanda y a los editores no les interesa, pero llama la atención que se puedan añadir sonidos o realidad virtual a los videojuegos y no puedas poner el dedo sobre la palabra ángel para descubrir, por ejemplo, las jerarquías angélicas de Pseudo Dionisio.

El futuro ya estaba aquí
Yo ardo en deseos de que los libros electrónicos dejen de ser superficies planas como el papel. De esto ya habló hace tiempo Arcadi Espada, así que no estoy descubriendo ningún Mediterráneo. Quiero que los buenos libros electrónicos tengan profundidad, capas, y que esas capas sean tan profundas como un océano, que permitan pasar del cuadro evocado al cuadro real y a los detalles del cuadro y al autor y la sociedad en la que vivió y a su país y a su naturaleza, a sus costumbres… Habrá lectores que se quedarán en el texto y otros accederemos al subtexto, al contexto y al hipertexto.

No podemos conformarnos con los libros electrónicos cutres, que ahora son prácticamente todos, esos que sólo utilizan el hiperenlace para llegar al diccionario, a las notas al pie de página y poco más. Queremos más. Queremos mucho más. Queremos que los buenos libros electrónicos aspiren a abrirse hacia el infinito. Yo al menos sé que eso tiene un coste, pero si soy capaz de pagarlo por una película que apenas dura un par de horas, ¿cómo no hacerlo por un libro que me acompañará semanas?

Hay lectores y hay tecnología. Sin duda hay editores que sueñan con atreverse a rebasar el formato del libro impreso, que seguirá siendo útil y complementario. Sólo nos faltan mejores pantallas: está bien la pequeña de bolsillo, pero tampoco estaría mal una ligera de tamaño folio para poder leer libros grandes en la cama. Y faltan también un canal de venta amigable para que el dinero pase de nuestros bolsillos al del editor a cambio de esos libros enriquecidos que estamos deseando.

Malditos inventores, ¿a qué estaís esperando?

 

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El camino del zen

Basta ensimismarse, insistir en lo propio, lo peculiar, lo característico, lo idiosincrático, para acabar en el manierismo. La cosa tiene su gracia si ese ensimismamiento lo practica un particular, pues la abundancia de raros distintos dota de interés al paisanaje y adorna el paisaje. Lo inquietante es que caigan en un mismo ensimismamiento las multitudes, que miles o millones de individuos adopten extraños rituales unánimes, que se abismen en interpretaciones exóticas y vayan creando juntos un movimiento incomprensible desde fuera, rotundo, berrueco, barroco. Los barroquismos colectivos crean identidad e idiosincrasia, pero sin literatura explicativa provocan asombro, extrañeza y una vaga sensación de haber llegado a otro planeta. Pienso en las corridas de toros, en las procesiones de disciplinantes, en las masas rotando alrededor de La Meca, en el concurso de Reina y Drag Queen del Carnaval de Tenerife. Todo lo colectivo, visto desde cierta distancia, resulta extrañamente barroco.

Y así fue como me aficioné a la línea clara y a los jardines zen.

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Leve aproximación a la muerte (Me acuerdo)

Me acuerdo de A, que me contó con detalles muy vívidos su experiencia de la muerte como un pozo negro (se estaba ahogando) y cómo vio la luz al final del túnel encarnada en un amigo que sabía nadar.

Me acuerdo de B, experto buceador infantil, que quedó atrapado entre los hierros de la laguna de aquella fábrica derruida por saber nadar demasiado bien cuando aún no se habían inventado los «polideportivos».

Me acuerdo del quirófano vacío a las cinco y media de la madrugada, de la luz fría, de las baldosas blancas y de la enfermera limpiando y envolviendo cuidadosamente la placenta para enviarla a la fábrica de cosméticos.

Me acuerdo de cómo aquel tipo me apartó con una mano y con la otra le clavó dos veces el cuchillo en el estómago, tan rápido que apenas nos dimos cuenta de lo que pasaba ni yo ni la víctima. Me acuerdo de la cara de estupor del acuchillado y de cómo la Muerte tardó tanto en llegar que se le adelantó una UVI móvil y yo decidí que jamás volvería a un concierto.

Me acuerdo del sadismo del médico joven, disfrutando al narrar los daños irreparables e irreversibles, que repite otra vez de forma minuciosa con cada visita, y de mi sospecha de que juega a anotar el número de familiares que salen llorando tras hablar con él.

Me acuerdo de cómo me dice «más rápido, más rápido» y yo llevo ya el coche a 180 y pienso que nos vamos a matar los tres al llegar a las curvas y decido levantar el pie del acelerador porque sé que muy poco podemos hacer ya por él y ese viaje le toca hacerlo solo.

Me acuerdo de que aún no he elegido la canción apropiada para mi funeral ni el lugar donde quiero que arrojen mis cenizas. La canción podría ser «Po’ boy» de Bob Dylan, y no sólo por la letra, sino porque descubrí hace unos días que es como llaman en Lousiana a los bocadillos, el alimento de mi juventud. Quizá habría que incluir también el «No pido mucho» de Veneno, que fue mi divisa durante tantos años; seamos, hasta el final, sublimes sin interrupción. Respecto a las cenizas, si Eloísa está debajo de un almendro lo apropiado para mí sería estar debajo de un cocotero, pero por no plantarlo… Supongo que el laurel, que está espléndido, puede ser un buen lugar para estar a la sombra. Además se acordarían de mí cada vez que hacen tomate.

No me acuerdo de ninguno de los epitafios que tengo escritos, pero improviso:

«QUIÉN IBA A PENSAR QUE EL MÁS ALLA ERA AQUÍ»

«NO VENGÁIS, ESTÁ TODO MUY MUERTO»

«LA REENCARNACIÓN ESTÁ MUY BIEN, PERO ¿PODRÍA ELEGIR OTRA ALMA?»

«BREVE PERO INTENSO»

«¿PUEDO REPETIR?»