Prólogo

Con 9 años caí enfermo y pasé bastante tiempo en cama. Mi madre, preocupada por mi rendimiento escolar, sucumbió a los enredos de una vendedora a domicilio y acabó comprando un ejemplar de la ‘Enciclopedia Del Oro’ de la Editora Nacional, dirigida al público infantil, para que, ejem, “no se me olvidara leer”. Por entonces todo era nacional (incluido el Jefe Nacional del Movimiento, que yo siempre pensé que era el Ministro de Transportes) por lo que a mis padres ni se les ocurrió pensar que la editora, siendo nacional, lo fuera de otra nación. Concretamente, de México. Así fue como desde la tierna edad de 9 años fui descubriendo que los héroes de la patria (de las patrias, pues la editora tenía vocación latinoamericana) eran los generales Bolívar, San Martín y Santa Anna; nuestros poetas nacionales, José Martí y Rubén Darío; nuestra bebida preferida, el mate; y nuestras frutas, el mango, la papaya, la lima y el aguacate. También me enteré de que en Acapulco son famosos los clavadistas, que en Chile hay llamas y alpacas, y que a Hernán Cortés le zurraron la badana los aztecas en la Noche Triste de Tenochtitlán. Son estas cosas las que me han convertido en un hombre de mundo.

Me acabé aficionando tanto a consultar la enciclopedia que mis padres, con el tiempo, me compraron otras dos, aunque con menos dibujos. De ahí pasé a los diccionarios y, si hubiera seguido por ese camino, tal vez habría acabado interesándome por los libros de texto, el estudio y quien sabe si por alguna actividad intelectual provechosa, como el notariado o el diseño de comisiones bancarias. Pero no pudo ser. Me quedó, no obstante, la afición a las enciclopedias y a los diccionarios, y así llegué, ya en la juventud, a la lectura del ‘Diccionario del Diablo’, de Ambrose Bierce, cuya visión corrosiva y humor negro, tan propia de los satíricos anglosajones, me perjudicó seriamente.

Fue por entonces cuando fui mordido por primera vez por un perro de mirada carnicera. En la Edad Media se creía que uno de los efectos de la rabia, el horror al agua conocido como hidrofobia, se debía a que el enfermo veía reflejado en el agua al animal que lo había mordido. Yo sufrí extrañas mutaciones tras la mordedura de aquel animal terrorífico. En lugar de ver al perro, me veía a mí mismo reflejado en el agua y en los espejos, y durante un tiempo fui incapaz de mentir, lo que no contribuyó a mejorar mis relaciones sociales. Me dio luego por escribir textos tóxicos e insultantes y, como decía Thomas de Quincey que les ocurre a los débiles que empiezan por permitirse un asesinato, de ahí pasé a la bebida, a la antipatía y a la inobservancia de los días del Señor.

Este raro mal que me envenena y las mordeduras de Bierce, Twain, Allen, Kennedy Toole, Marx, Thompson, Houellebecq, Calaza, Wilde, Swift, Villon, Quevedo, Rabelais, Donne y algunos cuantos más (nombraría a Cervantes, pero el Perro no me deja mentir ni beber agua) me llevan desde hace tiempo a escribir de forma casi compulsiva textos que voy diseminando por decenas de sitios sin preocuparme de preservarlos. Me persigue también la idea de escribir una ‘Enciclopedia para explicar el mundo’, que me dictaría el Perro, pero penosos trámites biológicos, como la búsqueda de sustento, me vienen esclavizando a actividades mecánicas en las que consumo mis días. También es cierto que entre mis virtudes no se encuentran ni la constancia ni la paciencia ni la tranquilidad de ánimo, lo que dificulta bastante abordar proyectos que duren más de cuarenta y ocho horas.

Este ‘Diccionario para entender a los humanos’ es la introducción a una enciclopedia de visión canina que no escribiré nunca. Espero que la humanidad me lo agradezca.