El camino del zen

Basta ensimismarse, insistir en lo propio, lo peculiar, lo característico, lo idiosincrático, para acabar en el manierismo. La cosa tiene su gracia si ese ensimismamiento lo practica un particular, pues la abundancia de raros distintos dota de interés al paisanaje y adorna el paisaje. Lo inquietante es que caigan en un mismo ensimismamiento las multitudes, que miles o millones de individuos adopten extraños rituales unánimes, que se abismen en interpretaciones exóticas y vayan creando juntos un movimiento incomprensible desde fuera, rotundo, berrueco, barroco. Los barroquismos colectivos crean identidad e idiosincrasia, pero sin literatura explicativa provocan asombro, extrañeza y una vaga sensación de haber llegado a otro planeta. Pienso en las corridas de toros, en las procesiones de disciplinantes, en las masas rotando alrededor de La Meca, en el concurso de Reina y Drag Queen del Carnaval de Tenerife. Todo lo colectivo, visto desde cierta distancia, resulta extrañamente barroco.

Y así fue como me aficioné a la línea clara y a los jardines zen.

2 comentarios en “El camino del zen

  1. Leía complaciente este artículo del perroantonio hasta que me encontré que calificaba a las corridas de toro como barroquismo colectivo.
    Releí el artículo para ver qué flanco podía morder y creo haberlo encontrado: No hay barroquismo, romanticismo ni clasicismo individual. Las corrientes deben llevar abundante agua para ser tales. Una perla berrueca no sirve para collar.
    Perroantonio: ¡A otro perro con ese hueso! A mí me complacen las corridas de toros porque me complace ver a los perros tarasconeando al ganado.

  2. Héctor, la Plaza Monumental de México tiene un aforo superior a las 40.000 personas, la de las Ventas, más de 20.000. En el Coliseo de Roma cabían 50.000 aunque allí, además de matar fieras también sacrificaban a cristianos, lo que debía de ser menos entretenido.

    A mí la tauromaquia no me molesta demasiado. Más que nada porque, aparte de ser carnívoro, no voy. Pero un poco colectiva sí que es. E idiosincrática. Y bastante rara. O tan rara al menos como juntarse a miles para tirarse tomates o arrojarse rodando por una colina.

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