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Strip tease: homenaje (tardío) a Jon Juaristi

Tu voz en muchas voces. Escritos en homenaje a Jon Juaristi. Universidad del País Vasco.

 

Cuando me preguntan quién soy —lo que es una manera fina de preguntar “¿Y este capullo, de dónde ha salido?”— siempre respondo que soy exalumno y amigo de Jon Juaristi. Esto me coloca inmediatamente en una posición ventajosa contra los pelmas de este mundo, tan innumerables como las arenas libias, pues perciben al momento que por muy atontao que parezca —y lo parezco bastante— algo me ha tenido que quedar de la mirada afilada del maestro: cave canem. A mí me hubiera gustado poder decir que soy discípulo de Juaristi, pero ni me da la cabeza, ni he leído la ínfima parte de lo necesario, ni he producido ninguna obra memorable. Supongo que soy de sus alumnos menos ejemplares y menos productivos, pero esa es la gracia del buen profesor, que hasta a los más zoquetes nos llueven y germinan algunas migajas de conocimiento.

Hay gente que cree que la filología es simplemente un conjunto de técnicas para estudiar las lenguas y las literaturas cuando se trata en realidad, y en última instancia, del arte de desentrañar los textos y sus significados haciendo evidente incluso lo que ocultan. Entendida como el arte de eviscerar el discurso, la filología es una de las ramas mayores del pensamiento y no, como yo torpemente creí siendo estudiante, la parte pedestre del sintagma Filosofía y Letras. Cuando Jon Juaristi se empeñó en que leyéramos a Vladimir Propp, a Umberto Eco, a Roland Barthes, a Claude Levi-Strauss, a Greimas… nos estaba ofreciendo claves muy útiles para ascender hasta lo más alto de la escalera del conocimiento. Yo creo que tropecé en los primeros escalones, pero lo sigo intentando.

He escuchado muchas quejas sobre la preparación de los alumnos en la actualidad, pero tengo mis dudas de que puedan ser más ignorantes de lo que yo lo fui. Sólo soy portavoz de mi propia experiencia, pero llegué a la Universidad con una formación muy deficiente, creyendo en unos valores y unas utopías rigurosamente absurdas cuando no criminales, y si salí de allí con algo más de luz se lo debo a las herramientas intelectuales que me aportaron un puñado de personas, el más notable de ellos Jon Juaristi.

Malformación profesional

Yo llegué en 1980 al viejo Seminario de Vitoria —en una de cuyas alas se había instalado la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad del País Vasco— enfermo de Literatura y huyendo de lo que me esperaba. Me había matriculado en lo que entonces se llamaba Filología Románica como podría haberlo hecho en Historia, en Periodismo o en Canaricultura. Simplemente acabó venciendo mi afición desordenada por la lectura.

En realidad me había matriculado en una carrera “barata” porque era lo único que podía pagarme. Mi sueño infantil había sido ser arquitecto, pero mi padre consideró más oportuno que estudiara un oficio. Él era soldador en la factoría de Trápaga de la división española de la General Electric —GEE, la fábrica de la risa— y admiraba profundamente a los ingenieros americanos que, al contrario que los locales, se desprendían de su bata blanca o de su traje para confraternizar con los obreros mientras revisaban la producción de los enormes transformadores y generadores. Mi padre, que hasta llegar a la GEE había sufrido un periplo laboral amargo que incluyó represalias del antiguo sindicato vertical, estaba tan orgulloso de su trabajo como de su fábrica y más de una vez me llevó a visitar los enormes hangares en donde en ocasiones trabajaba a destajo o “a los puntos”, cobrando según el número de puntos de soldadura realizados. Hoy esto lo hará un robot y lo hará mucho más rápido y mejor. El sueño de mi padre era que un día yo me paseara por aquellos hangares con mi traje, me soltara la corbata, me remangara la camisa como los americanos y enseñara a los operarios cómo había que realizar las tareas, sin dar órdenes y sonriendo, pero con la autoridad que concede el conocimiento de la electricidad, de la interpretación de planos y el saber hablar en inglés. Parecía un sueño posible.

Siguiendo su criterio me matriculé a los 14 años en la Escuela de Formación Profesional de Minas, en Baracaldo, para estudiar Electrónica Industrial. Tuve muy mala suerte. En su primera clase, el que habría de ser durante los próximos años nuestro profesor de Tecnología Electrónica, empezó con un discurso admonitorio: “Ustedes están aquí, en FP, porque no sirven para estudiar y son unos subnormales —insistió repetidamente en esta idea, silabeando la palabra cada vez que la pronunciaba: sub-nor-ma-les—. No se hagan esperanzas, prácticamente ninguno se convertirá en electrónico. Voy a hacerles una profecía que se va a cumplir: en la primera evaluación no aprobará nadie; en la segunda aprobará uno; en la tercera, dos; en la cuarta, tres… al final de curso sólo habrán aprobado, como mucho, media docena”. Como programa de estudios hay que reconocer que tenía objetivos claros y explícitos. Pero aquel plan para descongestionar las aulas del baby boom tuvo un efecto perverso: dudo mucho que seleccionara a los más listos, pero se quedó con los más resilientes y cabrones. Yo fui uno de ellos. Comenzamos el primer curso siendo dos clases de Electrónica Industrial, 66 alumnos, 33 alumnos por clase. Al comenzar el segundo curso, en octubre de 1975, ya sólo quedaba un grupo de alumnos, unos 25. Y apenas llevábamos un par de semanas de clase cuando se murió de viejo el Generalísimo de los Ejércitos Francisco Franco Bahamonde. Si los estudios en aquella escuela eran desastrosos, los acontecimientos que se desataron durante los siguientes meses (huelgas, amenazas de bomba, indisciplina generalizada, absentismo…) fueron devastadores para el rendimiento escolar. Como resumen puedo decir que pasé allí cinco años de mi vida, mi adolescencia al completo, hasta obtener el título de Maestro en Electrónica Industrial, pero nunca llegué a entender bien qué era aquello de la electricidad.

Sin embargo, tuve muchísima suerte. Mi compañero de pupitre, Agustín Gutiérrez, varios años mayor que yo, se había matriculado allí porque realmente quería aprender teoría electrónica y necesitaba un título. Trabajaba ocasionalmente en un taller arreglando tragaperras y maquinitas de marcianos, pero además estaba estudiando en una academia el antiguo Bachillerato. Su sueño era estudiar Filosofía pura —ejem, sin las Letras— y fue lo que acabó haciendo en la Universidad de Deusto. (Joder, macho, tanto esfuerzo para acabar en Deustown). 

Agustín se convirtió en mi mentor y me nutría de revistas políticas, discos y libros. Gracias a Agustín, desde los 15 años empecé a leer el Ajoblanco, El Viejo Topo y al Marqués de Sade. Agustín me hablaba de Platón y Aristóteles, de Nietzsche, de marxismo y del matriarcalismo vasco que enseñaba en Deusto Andrés Ortiz-Osés. Con Agustín y algunos otros pergeñé mi primera revista. Y fue Agustín quien me animó a seguir estudiando y quien se convirtió en mi ejemplo a imitar. Cumplimentada con la influencia perversa de algunos otros compañeros con los que ya me había iniciado en actividades que sólo confesaré en presencia de mi abogado, puedo decir que soy quien soy por aquellos años.

Creo recordar que de aquellos dos grupos de subnormales conseguimos llegar hasta el final de nuestros estudios quince alumnos y de ellos sólo dos acabaron trabajando en algo relacionado con la electrónica.

Mi compañero de clase José Manuel López Gaseni —hoy profesor en la Escuela de Magisterio de Vitoria, traductor y escritor— y yo emprendimos viaje juntos y, convalidados los dos primeros cursos de Formación Profesional por el primero de Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), empezamos a estudiar el segundo curso por libre. Yo me matriculé luego en el Instituto nocturno de Santurce para hacer 3º de BUP y COU, engañando a mis padres y diciéndoles que era para tener mejores probabilidades para estudiar Ingeniería electrónica. Empezaba las clases a las 8:00 de la mañana (en FP, en Baracaldo) y las terminaba a las 23:15 de la noche (en BUP, en Santurce) y bebía cantidades industriales de café. El contacto en las clases nocturnas con personas bastante mayores que yo, que trabajaban durante el día y estudiaban por la noche, fue decisivo en mi maduración personal. Tuve además la suerte de encontrar algunos muy buenos profesores, también en Formación Profesional, que me animaron y con los que siempre estaré en deuda.

La General Electric, aquella multinacional que para el pensamiento marxista de la época representaba al imperialismo capitalista, es decir, al Mal, tenía un programa de becas para los hijos de sus obreros que me ayudó a pagar mis estudios. Con eso y con los trabajos de verano, como peón en el campo y en una carpintería, me hice un pequeño capital para intentar estudiar una carrera universitaria. Cuando conté en casa que abandonaba la Electrónica por una cosa llamada Filología, que tampoco supe explicar en qué consistía ni para qué servía, mi padre cogió un mosqueo que le duraría el resto de su vida.

Un shock cultural

Que la Facultad de Filología, Geografía e Historia (creo que entonces se llamaba así) estuviera de alquiler en las instalaciones de un Seminario diocesano tenía su gracia. Los estudiantes del Gran Bilbao llegábamos allí en autobús. La Facultad había dispuesto para nosotros un autocar que partiendo del Arenal de Bilbao nos acercaba hasta el semillero de pastores de almas. El primer año de existencia de la Facultad se fletó un autobús. El segundo fueron dos. Cuando cinco años más tarde, siendo un servidor de ustedes el presidente de la asociación de estudiantes que gestionaba el transporte universitario desde Vizcaya, llegaban a la Facultad de Letras catorce autobuses, repartidos en turnos de mañana y tarde. Como muy pronto descubrieron las escuadras abertzales, bastaba cortar el servicio de autobuses para paralizar las clases del campus de Vitoria. Algunos profesores, pocos, también venían en el mismo autobús. Uno de ellos era Jon Juaristi, al que siempre recuerdo por entonces tímido, simpático, cariñoso y con media docena de libros bajo el brazo. Como me dijo cierta vez una compañera de clase, “es como un osito de peluche, dan ganas de abrazarlo y comerlo a besos”. Yo, naturalmente, empecé a sentir celos de él.

La Facultad de Letras supuso para mí un auténtico shock cultural: conocí a los vascos vascongados. Hasta entonces eran para mí seres mitológicos que, cuando se corporeizaban, por ejemplo en la forma de mi tía María Jesús, la de Irurzun, o de las caseras del Txoriherri que vendían en el mercado de Baracaldo, hablaban siempre en un correctísimo castellano.

Yo había sido asiduo durante varios años de mi adolescencia del local de la asociación cultural Ibarra-kaldu, situada en los bajos (con perdón) de la Iglesia de Santa Teresa y en donde se practicaban principalmente el montañismo, la música de txistu, las danzas folclóricas y las maniobras de apareamiento sin éxito, pero el único euskera que allí se oía se limitaba a aita, ama y agur. Ibarra-kaldu, por cierto —¡qué les voy a contar a ustedes!—, es la fabulación etimológica del topónimo Baracaldo, actividad ésta, la del etimologismo fantástico, de muy rancia tradición entre los aficionados a darle a la lengua. Aún me acuerdo de la carta socarrona que Jon Juaristi envió al periódico El Correo contestando a un paisano que afirmaba que el topónimo Santurtzi (Santurce) era algo así como ‘lugar de muchas viñas’.

Pero a lo que íbamos, la primera vez que escuché una conversación fluida y natural en euskera entre gentes de mi edad fue en el autobús Bilbao-Vitoria. Había escuchado, es cierto, los intentos de conversación de los estudiantes del recién inaugurado euskaltegi de Baracaldo, pero hablaban un euskera que, como mínimo, sonaba raro. Aclaro que faltaban aún dos años para que se abrieran las emisiones de Euskadi Irratia y ETB y yo no había salido apenas de la Margen Izquierda del Nervión; ni siquiera sabía que ya por entonces había escuelas en donde se enseñaba en euskera. Así que aquellas conversaciones del trayecto del autobús entre Bilbao y Vitoria fueron una epifanía.

Los vascongados que me encontré en Vitoria eran mayoritariamente “euskaldunberris” [nuevos euskaldunes; nótese que cuando los castellano-hablantes usamos palabras en vasco hacemos el plural con la desinencia en castellano :-)], es decir, habían adquirido el euskera como segunda lengua, y lo hablaban con una dicción castellana, especialmente notable en la cadencia de las frases y en la acentuación de las palabras, que nunca han logrado eliminar. Sin embargo, el vizcaíno o el dulce euskera del Goyerri que hablaban algunas de mis compañeras de clase (a los chicos siempre les he prestado menos atención) sonaban en mis oídos vírgenes con una rara musicalidad. No sé muy bien por qué, pero la gran mayoría de mis amigos en Vitoria fueron euskaldunes pese a ser yo, como me calificó hace no muchos años un alto cargo del Gobierno Vasco, un españolazo.

Pero el verdadero shock cultural lo recibí de Jon Juaristi.

Debo aclarar que durante mi primer curso universitario yo no me encontraba demasiado bien de la cabeza. Había tenido varios encontronazos con una banda de delincuentes ya ex-juveniles que me habían hecho la vida imposible durante meses. La cosa se arregló por las bravas, pero me quedó durante años una obsesión insana por la violencia que aún hoy me inquieta; si me enfadan, no me dejen cerca una escopeta. En Vitoria andaba yo bastante melancólico, en un estado que un psicólogo habría catalogado de depresión postraumática. Aunque iba todos los días a la Universidad apenas asistía a las clases. No aguantaba de ninguna manera a los profesores zafios, que los había, y que sacaban de mí lo peor, que era mucho. De aquel vagar por mis zonas oscuras sólo me libraban la conversación con los amigos, el cine, la literatura y las clases de Jon Juaristi.

Yo ya había tenido un puñado de buenos profesores pero Juaristi representaba un gran salto de nivel. Pese a su juventud —rondaba entonces la treintena— ya se le podía considerar un auténtico intelectual (creo recordar que fue él quien nos enseñó que un intelectual es quien pone sus conocimientos y su prestigio al servicio de una causa).

Juaristi no era sólo un profesor de Literatura. Por más que intentara ajustarse al programa marcado por la «Historia social de la literatura española» de su jefe de departamento, el entrañable Carlos Blanco Aguinaga, siempre aportaba conocimientos y conexiones extra, fueran de historia, sociología, política o antropología. Ya entonces se le notaba que el marco mental que imponía el Partido Comunista, donde militaba, le resultaba estricto, o en vernáculo, estrecho. Juaristi destilaba ironía, se metía en todos los charcos y discutía intelectualmente con todos, especialmente con los nacionalistas vascos, destejiendo mitos y desentramando falsificaciones. Yo, que ya por entonces era un poco cabrón —desde entonces he mejorado mucho—, lo atribuía a un conflicto edípico, aunque era obvio que se trataba principalmente de un conflicto cultural, ideológico y tribal, como nos dejó ver años más tarde en aquel ensayo titulado “La tribu atribulada. El nacionalismo vasco explicado a mi padre” (Espasa, 2002).

Juaristi se arriesgaba mucho y a él y a toda aquella generación de intelectuales que le plantaron cara al discurso nacionalista en general, no sólo al vasco, y al etarra en particular, les debemos un reconocimiento infinito que no hemos sabido pagar.

Más deudas

Yo le debo mucho a Jon Juaristi. Quizá la deuda más obvia sea la amistad, que ejerció entonces como sólo los buenos profesores saben hacerlo, con generosidad, cariño, tutelaje y sentido del humor. La amistad de los profesores es rara y dolorosa porque suele tener plazo, dura lo que duran los estudios y no suele cumplir con la propiedad biyectiva: el profesor vuelca sus conocimientos y sus buenos propósitos sobre unos individuos angustiados que aún no saben ni quiénes son, ni quiénes serán, ni cómo se ganarán la vida, ni en qué consiste el juego que llamamos vida social. Los alumnos vienen y van, como las olas, pero siempre se acaban yendo. Los buenos profesores enseñan mucho más que una asignatura y sólo muy de vez en cuando los estudiantes, como los hijos, saben valorar y devolver parte de lo que reciben. Mayormente no.

Jon Juaristi ha sido también para mí un referente ético. Admiro mucho a las personas valientes que saben plantarse ante los discursos hegemónicos y llevar la contraria. El hipergonadismo nacionalista de la dictadura de Franco sirvió durante los años 70 y 80 para legitimar cualquier oposición, por muy deplorable que fuera. El franquismo resultaba tan caricaturizable y siniestro que aún hoy en día, 47 años después del fallecimiento del dictador, usan el comodín antifranquista muchos de quienes utilizarían sus mismos métodos o quizá peores si pudieran.

Pero fue en la segunda mitad de los años 70 y en los primeros 80, una vez muerto y sepultado el dictador, cuando las esporas del antifranquismo —que como todas las esporas pueden pasar décadas en estado de dormancia— dieron una inusitada germinación de brotes. Tras muchos años de sequía, los paisanos parecíamos incapaces de distinguir el alimento del forraje y las setas comestibles de sus variedades venenosas, esas que en el mejor de los casos producen diarrea y en el peor muerte. Fue en este contexto en el que, con gran riesgo personal, destacó una generación de intelectuales gruñones a quienes reconozco como mis referentes éticos.

Antes de seguir tengo que reiterar mi inciso lírico-patético: yo fui muy mal estudiante. En lugar de asistir a las clases o leer la bibliografía pertinente, me pasaba las horas leyendo novelitas y escribiendo poesías, realizando actividades extraescolares en la cantina o siguiendo el confuso discurso ideológico de la izquierda caviar del momento, con el que yo, ay, comulgaba. En circunstancias normales tendrían que haberme suspendido hasta la Enseñanza General Básica con efectos retroactivos. Supongo que me salvó el bajo nivel de exigencia de la carrera y el saber escribir y expresarme algo mejor que la media.

Yo empecé a escribir poesía con quince años, influido principalmente por mis héroes Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado y Francisco de Quevedo. Me salían unos truños insufribles y cursis cuyo recuerdo aún me sonroja. No mejoré cuando empecé a leer a Miguel Hernández y a César Vallejo y a perpetrar poesía comprometida: simplemente hice el ridículo en modo épico. Las clases de Literatura me abrieron los ojos a los poetas contemporáneos, pero fue el magisterio de Juaristi y la lectura de sus propios poemas los que me hicieron ver el arte de hacer versos de una manera distinta: Juaristi se divertía, incluso cuando trataba temas graves. «Haz odas pero no hodas» (léase con h aspirada), le aconsejó cierta vez a un compañero que se ponía estupendo y de ahí, además de las risas, aprendí una lección. Cuando descubrí que yo también me ponía demasiado estupendo, decidí dejarlo.

Con Juaristi estuve en el Taller de Literatura que montó junto a Carlos Blanco Aguinaga y del que salió una revista fotocopiada, breve pero intensa, como los buenos momentos, ejem, Nescafé: Stultifera Navis. Y Juaristi estuvo muy cerca, como lector y consejero, en dos de los libros de poesía que publiqué.

Pero a Juaristi le debo muy especialmente la que ha sido la mejor experiencia de mi vida universitaria: la de estudiar el romancero oral y recorrer los pueblos del noroeste de España recogiendo romances. Fue una vivencia formativa de primer nivel, equivalente a los mejores másteres universitarios que hoy puedan recibirse. Conocí y conviví con un grupo de profesores de distintas universidades del mundo que colaboraban con Diego Catalán y el Instituto Menéndez Pidal. Hice grandes amigos y, especialmente, amigas. Estudié con entusiasmo la ingente cantidad de materiales sobre romancero, folclore, narratología y semiótica con que me bombardeó Juaristi. Y, quizá lo más importante de todo, con la guía y tutela de un extraordinario elenco de especialistas en literatura oral, pude acompañarles hasta las entrañas de la intrahistoria peninsular, recorriendo las aldeas más remotas y minúsculas para recoger los últimos restos de una cultura y una tradición literaria que agonizaban. Los recuerdos de las clases, los paseos y las veladas en Segovia, Sanabria o El Barco de Valdeorras, o los periplos por los pueblos de Castilla y Orense y, especialmente, por el paisaje intrincado y remoto de la Sierra de Cabrera o la Tierra del Pan siguen aún muy vivos en mi memoria.

No sabría qué momento estelar elegir entre mis recuerdos. Quizá el de Diego Catalán cantando al volante de aquel Peugeot 505 rojo, con un brazo fuera de la ventanilla y mirando continuamente hacia atrás, a los asientos posteriores, mientras nosotros temblábamos viendo las curvas de la carretera en la Cabrera. O tal vez el desafío etílico y nocturno a Jon Juaristi para que compusiera un soneto en quince minutos, cosa que hizo incluyéndonos en los versos, y cuyo triunfo quedó inmortalizado en una fotografía con musa y estatua en las escaleras del Palacio del Quintanar de Segovia. O tal vez uno de los momentos más vergonzosos de mi vida, cuando después de una sesión asistiendo a Diego Catalán en alguna aldea remota del Aliste descubrí horrorizado que no había llegado a grabar nada en la cinta del casete.

A Juaristi, en fin, le debo la lectura de sus libros, desde aquellas primeras delicias poéticas que fueron Diario del poeta recién cansado (Pamiela. Pamplona, 1985), Suma de varia intención (Pamiela. Pamplona, 1987) o Arte de marear (Hiperión. Madrid, 1988) hasta los ensayos que más me han interesado, El bucle melancólico (Espasa. Madrid, 1997), Espaciosa y triste (Espasa. Madrid, 2013) o ese texto absorbente e inclasificable que es Los árboles portátiles (Taurus. Barcelona, 2017).

A lo largo de todos estos años y a pesar de que en las últimas dos décadas apenas hemos coincido físicamente, Jon Juaristi ha estado muy presente en mi vida. He seguido sus libros y sus artículos de prensa, he discutido mentalmente con él, pero mucho más con quienes le denigraban, y he sentido muchísimas veces la necesidad de apoyarle, darle un abrazo y pedirle perdón por haber sido tan mal alumno y pésimo discípulo.

He tardado mucho tiempo en reconciliarme con la Filología que no estudié y he tardado demasiado en comprender algo que resultaba evidente en su clases, que todo el saber está relacionado y que todas las ramas del árbol de la ciencia y el conocimiento surgen de un tronco único y robusto. Sólo espero que hayas tenido más suerte con el resto de tus alumnos, Maestro, y que no se hayan quedado, como yo, tanto tiempo entretenidos en el follaje.

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Montero, ¡sublimación percutiente, ya!

En 2008, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tuvo a bien crear el Ministerio de Igualdad reuniendo competencias y programas dispersos del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, el Instituto de la Mujer y el Instituto de la Juventud. Sólo hicieron falta dos años para que el ministerio dirigido por Bibiana Aído desapareciera y se integrara en el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, dirigido por la añorada Leire Pajín, pasando su anterior titular de ministra a secretaria de Estado al cargo de las Políticas de Igualdad. La maniobra difícilmente pudo percibirse como un ascenso. 

En 2020, tras el pacto del PSOE con Podemos, regresa el Ministerio de Igualdad y se hace cargo de la cartera Irene Montero, diputada y portavoz del grupo parlamentario Unidas Podemos, además de cónyuge de Pablo Iglesias Turrión, también nombrado vicepresidente segundo del Gobierno. 

En estos ya casi tres años, el Ministerio de Igualdad, ha dedicado sus 525 millones de euros de presupuesto anual a las labores encomendadas y, específicamente, a promulgar dos leyes: 

  • La Ley Orgánica 10/2022 (o Ley Orgánica de Garantía de la Libertad Sexual, publicitada por el propio Ministerio como «Ley Solo sí es Sí»), que al eliminar la distinción entre abuso y agresión sexual vigente en el Código Penal, ha provocado exactamente lo contrario a lo que pretendía, rebajar la pena de determinados delitos y revisar a la baja ciertas condenas vigentes.
  • La llamada «Ley Trans», aún no aprobada, cuyo mayor punto de fricción es la libre determinación de la identidad de género de las personas que se autocalifiquen como transexuales sin que sea necesaria la intervención de expertos. Quien más ha levantado la voz contra la iniciativa ha sido —oh, sorpresa— el movimiento feminista clásico, al considerar que la ley va a perjudicar a las mujeres.

No sería muy atrevido deducir que, dado el éxito de ambas iniciativas, y siguiendo el Principio de Peter, la ministra Montero ascendió en la jerarquía política hasta alcanzar su nivel de incompetencia de un modo harto ejemplar. El doctor Lawrence J. Peter recomendaría en este caso ajustar las tareas encomendadas al nivel de competencia de la ministra, que posiblemente estarían en funciones ajenas al Ministerio. La dimisión sería elegante, especialmente por lo infrecuente, pero resultaría extravagante en la política nacional. Además, hay que tener en cuenta que su cónyuge y exvicepresidente segundo del Gobierno, en un rapto de perspicacia política, dejó el cargo para presentarse a las elecciones a presidir la Comunidad de Madrid, midiendo con tal precisión sus fuerzas que se dio una hostia épica. Por tanto, no sería elegante cesar en estas condiciones a la ministra y enviarla a la cola del Servicio Público de Empleo, que no se distingue precisamente por una eficacia legendaria en la colocación de desempleados. 

Quizá lo apropiado sería, siguiendo al maestro Peter, una maniobra mezcla de ‘arabesco lateral’ y ‘sublimación percutiente’ (o patada en el culo ascendente). Por ejemplo, un puesto de gran irresponsabilidad y boato como Observadora Presidencial del Desarrollo del Lenguaje Inclusivo en la Organización para la Cooperación Islámica. Se descarta la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo no sea que, además, nos suban los precios del fuel y el gas.  

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Llegar al gran público

«El tenor quiere que la ópera llegue al gran público…»
De una noticia en El Mundo.

Todo el mundo quiere ‘llegar al gran público’: el cantante de ópera, el músico de jazz, el poeta íntimo, el pintor de nenúfares, el productor de programas de televisión y el productor de melones, el fabricante de vehículos eléctricos y el de rifles de asalto (en USA). ‘Llegar al gran público’ es una expresión eufemística cuyo significado literal es, en última instancia, vender un producto de forma masiva, o sea, una honrada pretensión de comerciante: hacer mucho dinero, hacerse rico para no preocuparse del presente ni del futuro.

Pero en contra del que pretende ‘llegar al gran público’ vendiendo refrescos, el espabilado del ‘mundillo cultural’ quiere llegar al gran público vendiendo algo más que un producto, la ‘Cultura’, una emanación de tipo espiritual que confiere de forma inmediata estatus intelectual y prestigio social. Porque en la adquisición cultural, aunque se compre un mal producto, siempre está garantizada la adquisición del prestigio anejo, que impregna por capilaridad al comprador.

Y esto no sólo opera en los productos culturales más obvios, libros, música, pintura… sino que va extendiéndose a toda la producción humana, puesto que, en sentido estricto, todos los productos humanos son productos culturales. Así, no es lo mismo comprar una camiseta que comprar ‘moda española’, lo primero es un acto trivial, lo segundo una compra con significado, que algunos quisieran convertir en una reivindicación, un acto militante que ligue la rebeldía con la marca comercial. No es lo mismo comprar una botella de vino apátrida que otra con denominación de origen certificada, con lo primero se adquiere un sedante, pero lo segundo añade una experiencia que mediante magia simpática une al bebedor con un territorio.

Del mismo modo que quien compra unas patatas de agricultura ecológica adquiere estatus de protector de la naturaleza, quien adquiere productos cultuales se convierte en protector de La Cultura. Este aspecto religioso ha sido descubierto y explotado por la política que, dicho sea de paso, actúa como la religión de la Roma precristiana, religando —es decir, atando en firme— a los consumidores ciudadanos con la producción de mercancías que por su escaso valor de mercado [aún no han llegado al gran público] poseen, sin embargo, fulgor cultural. De este modo, el consumo de productos culturales equivale a una comunión, es decir, a la ingestión de una hostia que transmite de forma inmediata el convencimiento de estar haciendo lo correcto, consumir gastar el dinero en una causa socialmente prestigiosa que proporciona reconocimiento.

Así han surgido los ‘bonos culturales’, para que los consumidores jóvenes puedan adquirir prestigio del bueno y no el derivado del botellón o del consumo de drogas o pornografía. Además, estos bonos son regalados por el Estado, para que los jóvenes consumidores ciudadanos se religuen con Él y canten sus alabanzas.

Sin consumo, no hay ciudadanía.

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33 problemas de los medios de comunicación, por Mick Routley para Visual Capitalism

Me ha parecido de gran interés la infografía que publican en Visual Capitalism resumiendo estos 33 problemas que afectan a los medios de comunicación.  Me he permitido traducirla y conservarla para que estos contenidos no se pierdan en el hiperespacio. He insertado vínculos a la Wikipedia cuando he encontrado desarrollos más explicativos y me he permitido ser ligeramente creativo cuando no he encontrado términos equivalentes (o que yo conozca) en castellano. En caso de que el señor Routley actualice la información, procuraré incorporarla aquí.

33 PROBLEMAS DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

MICK ROUTLEY
Versión 1.0 (29 de junio de 2022)

La mayor parte de la sociedad utiliza los medios de comunicación y las plataformas sociales para comunicarse y mantenerse informada.

A pesar de todos los beneficios que recibimos cuando la información fluye libremente, también hay procedimientos defectuosos y externalizaciones negativas. Reconocer estas deficiencias es el primer paso para solucionarlas. A continuación, identificamos 33 problemas en el ecosistema de los medios.

TABLOIDIZACIÓN

Enfoque en el entretenimiento y la vida de las celebridades, con una cobertura más superficial de los eventos actuales.

La cobertura sensacionalista de la vida personal de las figuras públicas resta recursos y atención a los reportajes más significativos.

BURBUJA DE FILTROS

Las fuentes de contenido altamente personalizadas dan como resultado una falta de exposición a puntos de vista ajenos a la visión del mundo del usuario.

Las burbujas de filtro pueden hacer que las personas desarrollen una visión del mundo maniquea y antagónica (nosotros contra ellos). Cuanto menos familiarizados estamos con los demás, tendemos a tener menos empatía hacia ellos.

CIBERCEBOS

Un método de enfoque que usa lenguaje exagerado e información deliberadamente omitida para instar a los lectores a hacer clic en los enlaces o a mirar.

Upworthy fue el proveedor por excelencia de titulares del tipo «No vas a creer lo que pasó después».

CAPITALISMO DE VIGILANCIA

La captura y monetización de los datos personales.

La captura de las huellas digitales del navegador es un ejemplo de esta actividad. Cuando visita determinados sitios de noticias, los proveedores externos escanean su dispositivo y la configuración del navegador para  poder rastrearlo en línea. La mayoría de los usuarios desconocen estos procedimientos.

PAPILLA INFORMATIVA (CHURNALISMO)

Ofrecida cuando los medios de comunicación publican comunicados de prensa y otras formas de contenido preempaquetado en lugar de reportajes originales.

Esto ayuda a los medios a satisfacer sus necesidades de contenido, pero socava su confianza ya que estos mensajes suelen estar optimizados para conseguir objetivos promocionales o de relaciones públicas.

RADICALIZACIÓN ALGORÍTMICA

Es la hipótesis de que los motores de recomendación pueden orientar a los usuarios hacia contenidos cada vez más extremos en las plataformas sociales.

En plataformas como TikTok, que tienen bucles de retroalimentación rápidos para corregir el algoritmo, esto puede precipitarse en cuestión de horas.

ACTIVISMO DE SILLÓN

Apoyar públicamente causas políticas o sociales mediante actualizaciones de bajo esfuerzo en las redes sociales o peticiones en línea.

Los gestos simbólicos, como cambiar la foto del perfil social, pueden sentirse como activismo, pero en última instancia no afectan al cambio en el mundo real.

MUROS DE PAGO

Un mecanismo para evitar que los usuarios accedan a contenidos específicos sin pagar una suscripción.

Aunque es comprensible que los medios quieran generar ingresos, el resultado es un panorama informativo a dos niveles: noticias de calidad para los suscriptores y contenido superficial y sensacionalista para todos los demás.

DESIERTOS DE NOTICIAS

Aquellas comunidades que ya no son atendidas por medios noticiosos locales.

En lugar de que la persona reciba cobertura local relevante sobre su propia ciudad se enterará de lo que ha hecho hoy Perico de los Palotes en Miami.

CONSOLIDACIÓN DE MEDIOS

Grandes corporaciones de medios compran medios que antes fueron independientes, lo que crea una ilusión de elección.

Las empresas matrices pueden distribuir puntos de conversación en toda su red de sucursales, creando un poderoso canal para la propaganda y los mensajes partidistas.

BOTS SOCIALES

Cuentas en plataformas de redes sociales, autónomas o administradas por humanos, que manipulan las discusiones y promueven mensajes específicos.

Si bien las cuentas del tipo @AntonioGarcia69420 pueden parecer obvias o inofensivas, alteran el tono de las discusiones en línea y promueven artificialmente la difusión de mensajes.

LÍO DE ANUNCIOS

Se produce cuando la usabilidad de un sitio web de noticias se ve afectada por ventanas emergentes, videos de reproducción automática y anuncios publicitarios intrusivos.

Los anuncios gráficos por sí solos son fáciles de ignorar (y bloquear), pero cuando se implementan una gran cantidad de tipos de anuncios en un sitio, la experiencia resultante puede ser desorientadora.

INTOXICACIÓN O ASTROTURFING

Publicación de contenidos que crean la ilusión de que existe un interés general por una política o un individuo.

Un ejemplo de intoxicación serían los artículos de opinión de ‘ciudadanos preocupados’ antes de que se sometan a votación los presupuestos de un departamento de policía.

CANCELACIÓN EN LAS PLATAFORMAS

Se produce cuando determinadas personas y comunidades son expulsadas de las plataformas sociales y de publicación.

Los críticos de la cancelación argumentan que las reglas se aplican de manera inconsistente y que las prohibiciones llevan las conversaciones a «las sombras», donde las comunidades se radicalizan cada vez más.

AMPUTACIÓN DEL CONTEXTO

A medida que una historia se comparte en los canales de las redes sociales, gana el enfoque más convincente e intuitivo. Esta «selección natural» digital elimina capas de contexto, distorsionando la forma en que se perciben las historias.

Por ejemplo: se comparte fuera de contexto una secuencia antigua de un ataque con misiles durante la invasión rusa de Ucrania. Sin contexto, la mayoría asume que es un ataque reciente.

ZONAS DE EXCLUSIÓN

Una forma de sesgo implícito que supone que hay temas o materias que deben ser excluidas de la cobertura crítica por las relaciones del medio con los anunciantes.

Por ejemplo, los reporteros de investigación evitan a la industria automovilística porque sus compañías invierten grandes sumas de publicidad en sus publicaciones.

INFOENTRETENIMIENTO

«Noticias» optimizadas para enganchar a los espectadores al priorizar el valor del entretenimiento sobre la información de hechos.

Este estilo de reportaje está impulsado, en parte, por la competencia entre los medios. No basta simplemente con dar la noticia, tiene que ser más emocionante que la de la competencia.

PERIODISMO DE COMPETICIÓN

Una forma de cobertura política que enfatiza el valor de las encuestas y las probabilidades de victoria sobre los temas de interés público.

Se produce cuando el análisis se enfoca en los detalles minuciosos de la competición en sí misma, como que el candidato X tenga hoy un 0.045% más de posibilidades de llegar a la alcaldía de Villatripas de Arriba.

NOTICIAS FALSAS / DESINFORMACIÓN

Difundir deliberadamente información falsa o publicar noticias falsas.

Los medios adoptan a veces la apariencia de medios de noticias creíbles sin aplicar los mismos estándares de calidad.

EL BIEN CONTRA EL MAL

Una forma de simplificación excesiva que hace encajar a las personas en las etiquetas de villano-víctima-héroe o reduce los conflictos complejos a una lucha entre el bien y el mal.

Este estilo de informar elimina los matices y deshumaniza a las personas en el ciclo informativo.

CASCADAS DE RUMORES

Se produce cuando una única publicación en las redes sociales comienza a extenderse en cadenas ininterrumpidas a través de una plataforma. Este patrón de distribución permite la propagación viral de información no contrastada.

En plataformas como Twitter, una publicación paródica puede volverse viral y llegar a millones de personas. Es así como los rumores de muerte de una celebridad llegan a ser ‘trending topic’.

IMPACTO CONTRA COBERTURA

Se produce cuando los medios de comunicación publican una primicia y, posteriormente, no le dan seguimiento con hechos adicionales, análisis matizados o un contexto más amplio.

Por ejemplo, se anuncia el veredicto en el juicio de una celebridad, y se olvida inmediatamente la historia del día anterior sobre un devastador terremoto en Yemen, aun cuando la situación está en pleno desarrollo.

LA JAURÍA

Un volumen elevado de mensajes y/o acoso dirigido por una infracción o una opinión con la que el grupo no está de acuerdo.

Por ejemplo, un tipo expresa su disgusto por la piña en la pizza y cuando vuelve a conectarse a Instagram tiene 10.000 mensajes hostiles.

EFECTO DE VERDAD IMPLÍCITA

Adjuntar advertencias a contenidos específicos aumenta la percepción de exactitud respecto a los contenidos sin advertencias.

Los estudios indican que las etiquetas de advertencia ayudan a las personas a identificar el contenido falso, pero también las hacen más propensas a creer historias falsas que no están etiquetadas.

LA VENTANA DE OVERTON

Los temas que quedan fuera de la estrecha ventana del discurso «aceptable» de la cultura dominante tienden a no discutirse.

Lo tabú o lo ampliamente aceptable en la sociedad son categorías en constante evolución.

SESGO EXPLÍCITO

Se produce cuando las actitudes y creencias de los editores dictan abiertamente qué historias se cubren y cómo se enmarcan esas historias.

Algunos medios de comunicación sólo publican puntos de vista de un lado del espectro político.

CULTURA DE LA BRONCA

Adoptar un enfoque de confrontación al encontrarse con gente con una visión del mundo opuesta.

Dos ejemplos de esto en el mundo real son los debates hostiles de Twitter y las tertulias en donde discuten expertos hiperpartidistas.

ESPIRAL DE AMPLIFICACIÓN DE LA DESVIACIÓN

Un fenómeno definido por un número creciente de informaciones sobre comportamientos violentos o antisociales que se transforman en alarma social.

El «juego del K.O.» (nombre dado en Estados Unidos a las agresiones en las que una persona intenta hacer que una víctima desprevenida pierda el conocimiento con un solo puñetazo mientras la acción es grabada) y el «desafío de los Tide Pods» (ingerir cápsulas de detergente para lavadoras de la marca Tide Pods) son ejemplos prototípicos que ocuparon los titulares, pese a que en realidad ocurrieron pocos incidentes.

SENSACIONALISMO

El uso intencional de enfoques provocativos y exageraciones para suscitar más atención sobre las historias.

«Impactantes revelaciones en el informe mensual de salarios y costes laborales. ¡Lo que el Instituto Nacional de Estadística no quiere que sepas!».

FALACIA DE LA EVIDENCIA INCOMPLETA

Utilizar pruebas de apoyo incompletas o descontextualizadas (por ejemplo, datos, anécdotas, estudios) mientras se excluyen las pruebas contrarias.

Las pruebas de apoyo incompletas son problemáticas, ya que los hechos suelen ser correctos, por lo que tienen sentido a primera vista. El problema es la falta de contexto.

FALACIA NARRATIVA

La tendencia a escoger secuencias de hechos e infundirles explicaciones de causa y efecto.

Las teorías de la conspiración son una forma extrema de «falacia narrativa». Todo acontecimiento dañino o trágico se relaciona con una narrativa general.

FALSO EQUILIBRIO

Presentar las dos caras de un problema como si tuvieran el mismo peso cuando no hay pruebas correspondientes para apoyar a ambos lados por igual.

Los medios de comunicación pueden dar importancia a ideas sin fundamento para beneficiar el debate y evitar acusaciones de parcialidad.

FIJACIÓN DE LA AGENDA

Una forma de sesgo estructural que hace que los medios de comunicación y las personas influyentes dirijan el discurso público dando importancia a determinados temas.

Si el grupo que establece la agenda carece de diversidad o tiene conflictos de intereses, la cobertura no reflejará las prioridades de la sociedad.

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Inspiración

A Albert, que sabe pulsar las teclas.

Sospecha el amigo Albert que al hablar en cierto momento de la inspiración hemos evitado adentrarnos en «la espinosa fronda de las habilidades no racionales». ¿Quién dijo miedo?

Aceptemos, como premisa, que existe una mente racional, es decir, un funcionamiento que atiende a peticiones conscientes, y una mente irracional, cuyo funcionamiento obedece a mecanismos no bien conocidos.

A la mente irracional no le solemos pedir nada, porque funciona ajena a nuestra consciencia y no sabemos comunicarnos con ella, salvo para excitarla con experiencias extremas o brebajes. Es decir, que cuando queremos hacer algo, a quien le exigimos rendimiento es a nuestra mente racional. Lo que ocurre es que el conjunto de los mecanismos neuronales que conocemos como mente trabaja en distintas frecuencias y recibe estímulos y genera respuestas tanto a nivel consciente como inconsciente. Algunas veces lo que llamamos mente racional se sorprende al obtener respuestas y obtener información imprevista o resultados extraordinarios aparentemente ajenos al funcionamiento racional.

La mente racional se alimenta de la percepción consciente y la interpreta con el conocimiento vigente, es decir el estado mental activo y la cultura y conocimientos que posee el sujeto. Y cuando súbitamente ‘aparecen’ en su sistema informaciones imprevistas o resultados no buscados busca explicaciones lógicas para comprender cómo ha llegado hasta ahí. Es entonces cuando la mente racional hace lo que mejor sabe hacer, generar a partir de sus conocimientos y los de la sociedad del momento, narrativas explicativas para justificar la rara metáfora o el trazo genial: y así encuentra respuestas en la inspiración divina o de las Musas, las emanaciones del alma, la irrupción del genio —el interior y el de la botella—, el homúnculo, el Ello freudiano… Son, mayormente, concepciones derivadas del imaginario judeo-cristiano y en última instancia de la concepción dualista cuerpo-alma cartesiana, que han generado imaginería muy productiva en la literatura popular, los tebeos o el cine: esos angelitos que representan el Bien y el Mal, o la Conciencia y el Deseo, o lo Racional y lo Irracional. Los más creativos, como los guionistas de Disney, ya se imaginan a la mente racional discutiendo con distintos Miniyos, la Tristeza, el Temor, el Desagrado y la Furia en Inside Out o, ejem, la Regla, en Turning Red.

Vale, cada cual puede explicarse el mundo como quiera y recurrir a las metáforas que crea le puedan aportar conocimiento y tranquilidad, pero ocurre que las metáforas acaban condicionando el razonamiento y resulta que no, que no hay separación cuerpo-mente, no hay alma, no hay libre albedrío, no hay fantasma en la máquina, ni homúnculo, ni realidad trascendente ni enanitos enajenados que disputan en nuestro cerebro ni divinidad que sancione nuestros actos e intenciones.

No existe diferenciación entre cuerpo y mente y probablemente no entendemos todos los procesos mediante los cuales adquirimos información y nos relacionamos con el mundo exterior. Creemos que todo nuestro saber se adquiere por cultura y lectura y, en última instancia, que todo está codificado por nuestros lenguajes —los idiomas, la comunicación no verbal, el lenguaje matemático, el simbólico…— y sin embargo resulta que recibimos y procesamos información por canales inéditos: la empatía con los semejantes y el mundo, los animales y las plantas, los olores, los sabores, las reacciones químicas, las frecuencias luminosas, las gamas cromáticas, los sonidos, los impulsos electromagnéticos… Creemos que estas son cosas primitivas, propias de la inteligencia de los bichos o de la falta de inteligencia de las plantas porque nosotros no somos animales. Sin embargo resulta que todas estas interacciones desatan sinestesias que nuestros circuitos neuronales procesan de forma inconsciente aunque nuestra mente racional los ignore o procese de forma inconsistente. Y son irracionalmente productivas, como intuyen —sin método— los charlatanes y los místicos. Es ahí donde deberíamos buscar esa parte productiva de la creatividad que llamamos inspiración, siempre teniendo en cuenta que la parte improductiva puede ser proporcionalmente mucho mayor. Y, ojo, aunque pudiera parecer que estoy hablando de dos mentes se trata simplemente una forma de hablar, sólo hay una.

Quizá para procesar todo este marasmo podríamos utilizar una nueva metáfora: concebir la mente única —los procesos neuronales interdependientes aunque no conscientes de su todo— como una onda compleja formada por gran diversidad de armónicos que trabajan en fases distintas. El funcionamiento neuronal sería un especie de cerebro completo del que el cerebro propiamente dicho sería sólo una parte. Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestras papilas gustativas y olfativas parecen estar directamente conectados con el cerebro, pero quizá el tacto, las reacciones eléctricas que erizan el vello o tensan la piel o las reacciones químicas estomacales —muchas veces ocasionada y estimulada por la prolífica flora bacteriana residente— produzcan ‘información’ en otra onda no fácilmente procesable o asumible por la razón. Quien haya experimentado ‘estados alterados de conciencia’ bien por enfermedad, reacciones traumáticas, ingesta de químicos, alergias o acontecimientos percibidos como ‘sobrenaturales’ —yo una vez fui testigo, queridos, de una alineación de siete tornados frente a las costas cántabras— habrá advertido cómo sus sentidos y su razón parecen funcionar con un código operativo diferente al habitual.

Soy materialista y racionalista radical. Creo que la ‘razón’ debe considerarse como la fase —sigo con la metáfora de la onda compleja— humana del procesamiento mental, la fase lingüística y semántica consistente en dotar de sentido a las percepciones, por más que con frecuencia la razón no sea capaz de decodificar la información extraordinaria. Y me gusta batirme con quienes sobrevaloran la percepción irracional —por más que reconozca su aporte cualitativo en el campo creativo— porque creo que el auténtico aporte humano está precisamente en el lenguaje y su universo semántico. Y esto es fácil de entender: cuando surge un artista o un arte extraordinarios, un conocimiento inédito o una práctica aberrante, lo primero que hacemos es dotarlo de significado. Sin significados, sin mente racional, no hay humanidad.

Por resumir: ¿Inspiración? Vale, pero se trata sólo de ondas irracionales aún no decodificadas.

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Desinformación

Toda información es un acto de comunicación. Y como en todo acto comunicativo hay un emisor, un receptor, un mensaje y un medio por el que se transmite el mensaje. Pero la información es un tipo específico de comunicación que se refiere a algo que ha ocurrido de lo que hay que dar noticia y enterar al receptor. Es decir, el informador (emisor) es un mediador entre la realidad y la imagen mental de lo acaecido que va a hacerse el receptor. Obviamente, cuanto más parecida sea esta imagen mental de lo acaecido con la realidad, más fidedigno será el trabajo del informador.

Pues bien, desinformar consiste en lograr que el receptor no se entere de lo que ha ocurrido realmente. El des-informador ya no es un mediador entre la realidad y el receptor, sino un manipulador que actúa para ofrecer al receptor una imagen no fidedigna de lo acontecido.

Dice el Diccionario de la RAE que el informador trabaja «al servicio de ciertos fines», lo que suena muy misterioso. Sin embargo, conocemos perfectamente los fines perseguidos la desinformación: engañar al receptor para modificar su percepción y sus emociones y, en última instancia, modificar su actitud y su comportamiento.

Ensayemos entonces una definición menos sintética.

Desinformar consiste en ocultar de forma intencionada información fidedigna o en transmitir información engañosa para manipular la percepción y las emociones del receptor y modificar su actitud y su comportamiento.

En el jardín del bien y del mal

¿Es desinformar una actividad propiamente humana? Rotundamente, no.

¿Qué hace un camaleón cambiando de color y oscilando como una hoja movida por el viento? Efectivamente, desinforma al insecto al que pretende engullir enviando de forma intencionada información manipulada sobre su color y movimiento para confundir su percepción (lo que se mueve es una hoja) y relajar su cautela.

Esta mecánica desinformativa es tan común que la mayoría de los seres vivos que la utilizan no necesitan aprenderla, sino que ya está incorporada a su código genético. Por ejemplo, las mariposas que dibujan ocelos en sus alas para que parezcan ojos de depredadores; los insectos palo, cuya fase adulta imita a una rama o una hoja; los cefalópodos que cambian de color y forma a voluntad para engañar a víctimas y depredadores; las avispas que camuflan su olor para poder entrar en el hormiguero que depredan; las serpientes que fingen ser venenosas sin serlo adoptando el mismo color y aspecto que las verdaderamente venenosas para asustar y evitar ser engullidas; o los pájaros cucos que depositan su huevo en un nido ajeno y cuyos descendientes lo primero que hacen es deshacerse de sus ‘hermanos’ para ser alimentados de forma exclusiva por los panolis de sus ‘padres adoptivos’.

Lo que pretendo señalar con estos ejemplos de camuflaje y engaño, dos técnicas de desinformación, es que es ingenuo abordarla desde el plano ético. El engaño y la mentira, tan agriamente censuradas por nuestra tradición filosófica y moral, tienen buenas razones para ser consideradas ventajas adaptativas para la supervivencia y no deberían ser rechazadas acríticamente, dado que forman parte de la actividad diaria de las sociedades humanas.

Desinformación y propaganda

Como actividad humana, es decir, social, la desinformación no puede prescindir de su carácter masivo, por lo que nuestra definición debería incorporar también los conceptos de difusión y propagación.

Nuestros actos informadores y desinformadores, cuentan desde hace siglos con medios de difusión y propagación: las narraciones orales, los libros, las cartas, la pintura, la prensa, la radio, la televisión, internet… Cualquier medio de comunicación humano es susceptible de ser transformado en un medio de desinformación.

Como probablemente ya sabrán, desinformación es un concepto relativamente nuevo. Está atestiguado por primera vez en 1923, en el ámbito soviético, y no se populariza hasta los años de la Guerra Fría, cuando las autodenominadas agencias de inteligencia sistematizan sus técnicas, mecanismos y retóricas, para convertirla en un corpus de conocimiento, es decir, en una ciencia. Ciencia que, paradójicamente, no se suele estudiar como tal en las facultades universitarias de periodismo y publicidad, donde prefieren el término Ciencias de la Información. No sé, quizá enseñen sus técnicas en las facultades de Ciencias Políticas.

Como conjunto sistematizado, la ciencia de la desinformación incluye también a la propaganda, palabra popularizada gracias a la antigua agencia vaticana de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe (Sacra Congregatio de Propaganda Fide), hoy rebautizada como Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Uno de los grandes teóricos de la propaganda fue el sociólogo nacionalsocialista Joseph Goebbels, cuyos 11 principios de propaganda —síntesis elegante de las tácticas más perversas de manipulación— puso al servicio del gobierno de Hitler y que hoy son conocimiento básico en los gabinetes de comunicación políticos, financieros y empresariales.

La propaganda tuvo un enorme desarrollo en el siglo XX en el período de entreguerras, primero por la actividad de los totalitarismos (comunismo ruso, fascismo italiano, nazismo alemán) y los partidos políticos fundados a su imagen y semejanza en medio mundo, y por la actividad de las agencias de inteligencia norteamericanas y británicas. La II Guerra Mundial, la Guerra Fría y la historia posterior han estilizado la propaganda hasta convertirla en una rama del arte. A ello ha contribuido decisivamente la hermana comercial de la propaganda, la publicidad, con su caudal inagotable de recursos económicos y creatividad.

Desinformadores versus panolis

Hemos subrayado que la desinformación es un acto intencionado de manipulación informativa. Por tanto, si somos honestos, debemos descargar de responsabilidad a los difusores y propagadores de información no veraz que la retransmiten creyendo que es cierta. Se supone que un loro o una corneja, aunque pueden hablar, no saben lo que dicen.

Si un informante del siglo V antes de nuestra era sostiene que la Tierra es plana y los océanos se precipitan en cascada hacia el Averno, podemos presuponer que es un informante honesto —aunque un tanto lila— que repite el estado contemporáneo del conocimiento. Pero si en el siglo XXI alguien sostiene lo mismo, o es un manipulador esforzado o un auténtico zoquete.

En muchos periódicos subsiste una sección llamada Horóscopo que da noticia de los acontecimientos que padecerán los individuos estabulados en los distintos signos del Zodiaco. De esta sección suele encargarse un bribón, no necesariamente adiestrado en el arte de la adivinación zodiacal, que pergeña diariamente una serie de frases ambiguas para alimentar las esperanzas de los creyentes. Este individuo es propiamente un desinformador a sueldo, pero los convencidos que se dedican a difundir estas informaciones erróneas suelen ser simplemente ingenuos.

Del mismo modo, quienes dan por buenas las desinformaciones elaboradas desde campos tan diferentes como la religión, la política, la ideología o la empresa, no son necesariamente desinformadores, sino agentes involuntarios de desinformación. Y ésta es precisamente una de las actividades primordiales de los agentes desinformadores, la captación de ingenuos o panolis que propaguen sin descanso las des-informaciones recibidas.

Hay una técnica desinformativa magistral, de uso habitual, que consiste en hacer creer que la des-información que se ofrece ha sido sistemáticamente ocultada o preterida. Su simple revelación causaría pánico y podría dañar de manera definitiva a gobiernos, países, corporaciones, bancos, agencias… a la humanidad entera. Vamos, lo mismo que ocurrió cuando se reveló la muerte y resurrección del Hijo de Dios, que se rasgó en dos, de arriba abajo, el velo del Templo —del Templo Judío de Jerusalén, concretamente— y la tierra tembló y las piedras se partieron.

Cuando un ingenuo descubre esta verdad ‘oculta’ que le ha sido revelada a él y unos pocos ‘bien informados’ tiende inmediatamente a convertirse en evangelista de la buena nueva y a actuar de forma desinteresada propagando la verdad. Algunos acaban convirtiéndose en militantes y divulgadores pero, ojo, convencidos de que están transmitiendo una verdad que el resto de los humanos, lógicamente menos espabilados que el nuevo converso, no pueden ver. Cuando un desinformador consigue esto, hacerse con una legión de agentes involuntarios o apóstoles, ha logrado su objetivo, que estos hagan el trabajo por él, y además siendo informadores ‘sinceros’.

Pues bien, todos, absolutamente todos, somos o hemos sido en algún momento de nuestras vidas, agentes involuntarios de una desinformación estratégicamente diseñada desde la perspectiva religiosa, ideológica, política, cultural o comercial. Todos hemos sido o somos panolis de agentes que han elevado su ciencia a la categoría de arte barroca y rococó. Todos somos difusores de ideas, creencias y ‘verdades’ que vistas con la distancia suficiente resultan incomprensibles o aberrantes para observadores que con toda justeza deberían considerarnos unos auténticos panolis.

Necesaria e ineludible en tiempo de guerra

En su majestuoso y voluminoso tratado De la guerra, sostiene Karl Von Clausewitz (1780-1831) que ésta es un acto de fuerza física llevado a cabo para obligar a un adversario a acatar nuestra voluntad. Dado que el adversario tiene tendencia a no dejarse someter, se trata de desarmarlo —lo que es el propósito de la guerra y a veces se confunde con su objetivo último— o destruir todos sus efectivos y recursos para que cese su hostilidad. Si no lo hacemos así, es posible que sea él quien pueda derrotarnos y nosotros quienes acabemos sometidos a su voluntad.

Por tanto, deberemos regular nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder de resistencia, que se basa en dos factores, la magnitud de los medios de que disponga y su fuerza de voluntad.

Pues bien, independientemente de la necesidad que los observadores neutrales o el público supuestamente bien informado tengamos de conocer la realidad de los acontecimientos, es necesario desinformar al enemigo.

Necesitamos hacerlo antes del inicio de las hostilidades para socavar su fortaleza y disuadirlo del enfrentamiento, convencerlo de que va a perder y conseguir desarmarlo o desactivarlo sin necesidad de comenzar la guerra, que siempre será costosa en víctimas y en recursos. Por ejemplo, si el adversario cree que tenemos bombas atómicas y estamos dispuestos a utilizarlas, ya ha perdido la guerra sin necesidad de iniciarla, que es lo que explica la actitud temblorosa de Finlandia respecto a Rusia desde el fin de la II Guerra Mundial.

Durante el transcurso de la guerra, y para que la campaña militar no dure demasiado y sea costosa, será necesario introducir información falsa, incompleta o desorientadora —convenientemente trufada de medias verdades para que sea creíble—, informar erróneamente al enemigo y provocar que tome decisiones equivocadas que le perjudiquen. Por ejemplo, haciéndole creer que está en inferioridad de fuerzas, que su comandante en jefe ha huido, que la moral de sus soldados es baja, que carece de recursos, que ha equivocado sus objetivos bélicos o, de manera más sutil, que combate por ideas erróneas que perjudican los valores morales, religiosos, humanitarios, etcétera.

Por el contrario, informar de forma fidedigna puede tener resultados desastrosos. ¿Recuerdan aquellas imágenes en donde las cadenas de televisión de todo el mundo informaron de cómo las mujeres ucranianas preparaban cócteles molotov para recibir a los invasores rusos? Todos pudimos ver aquel edificio. Dos días después estallaba por los aires tras el certero pepinazo de un misil ruso.

Acabada la guerra será necesario desinformar mediante la creación de un relato que justifique la agresión y la exculpe, ante nuestros propios ojos, los de nuestros adversarios y la sociedad mundial en general. Y si hemos perdido la guerra, que justifique nuestros errores, exalte la resistencia heroica y nos rearme moralmente para resistir la humillación o, incluso, permita rehacernos a partir de la adversidad; socialmente, nada une más que una humillación percibida como injusta.

Resumiendo

Antes, durante y después de la guerra, la caza, la acción política, comercial, financiera, religiosa, deportiva o cultural, la desinformación es una estrategia común para obtener ventajas. Aunque cuestionable desde el punto de vista moral, no deja de ser utilizada cotidianamente como herramienta de adaptación social mediante una práctica de camuflaje conocida como hipocresía, y no deja de ser la base de la competencia social.

Hay que tener en cuenta que la desinformación se usa tanto para el ‘mal’ como para el ‘bien’, como hacen todas esas organizaciones no gubernamentales que nos asustan con las hecatombes producidas por el cambio climático o la extinción de las ballenas. Como ejemplos bélicos de ‘buen uso’ —y espero que los lectores puedan apreciar el tono irónico de los términos entre comillas— se pueden estudiar los casos de las ‘armas de destrucción masiva’ de Saddam Hussein, pretexto para para la invasión de Irak y el derrocamiento del dictador que había cometido el error de amenazar las reservas petrolíferas de Kuwait, o el bulo de la masacre y las fosas comunes de Timisoara en el contexto de la revolución rumana de 1989, en donde la prensa internacional achacó a la policía de Ceausescu entre 5.000 y 12.000 muertos y más de 50.000 heridos.

Un ejemplo canónico de ‘maldad desinformativa’ —y vuelvo a confiar en la inteligencia del lector y la lectriz para interpretar el entrecomillado— es el de la matanza del bosque de Katyn, ejecutada por la policía secreta soviética tras la invasión de Polonia en 1940 y endosada durante décadas a la Gestapo con el asentimiento implícito del servicio secreto británico.

Pero seamos positivos o, cuando menos, cínicos. En la actualidad, con casi 8.000 millones de humanos comunicándose y actuando simultáneamente como agentes informadores y desinformadores, es prácticamente imposible sustraerse al error y la mentira. Podemos intentar mantener una actitud vigilante, aunque teniendo en cuenta que la ciencia de la desinformación ha alcanzado cotas artísticas y que, como el pececillo ante el pulpo, probablemente seremos atrapados nueve de cada diez veces.

Además, y como nos aconsejan las autoridades cada vez que intentan vendernos la moto, hay que pensar de forma positiva: la desinformación —panolis involuntarios aparte— proporciona trabajo e ingresos a cientos de miles de periodistas de prensa, radio, televisión, gabinetes y canales de internet, y a cientos de ‘bots’ que envenenan la conversación en las redes. Como diría uno de esos charlatanes conocidos como consultores, no veamos la desinformación como un riesgo sino como una oportunidad.

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[Publicado el 1 de abril de 2022 en Embustero y bailarín.]

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El derecho al sexo

Se publica The Right to sex (‘El derecho al sexo’) de Amia Srinivasan, y Álvaro ‘Corazón Rural’ da noticia de ello en un artículo de El Confidencial en donde aventura que el derecho al sexo tiene muchas posibilidades de convertirse en una reivindicación en los próximos años.

Resulta que hay individuos manifiestamente incapaces de satisfacer sus deseos —básicamente, copular con hembras superferolíticas— que consideran esto una injusticia social. Se sienten discriminados y preteridos, y algunos de ellos han decidido que la sociedad tiene que solucionarles el problema. Si Álvaro ‘Corazón Rural’ tiene razón, es posible que en un futuro veamos asociaciones de afectados por el celibato involuntario, o quizá iniciativas parlamentarias tendentes a paliar este problema.

Lo tienen crudo. Si pudieran trascender su visión antropocéntrica, o ver media docena de documentales sobre animales de la BBC, quizá se dieran cuenta de que la lucha por el sexo es una de las tareas que más tiempo consume y en la que más se esfuerzan los individuos de las distintas ramas del árbol de la vida: insectos, peces, aves, mamíferos…

La reproducción asexual tiene la ventaja de la falta de esfuerzo —basta dividirse para multiplicarse— y el inconveniente de la producción de clones: cuando les va bien, proliferan, pero un simple virus puede acabar con toda una colonia de individuos genéticamente idénticos. Por contra, la reproducción sexual implica no sólo la búsqueda de pareja sino la competencia con otros buscadores; además, la pareja puede permitirse seleccionar al pretendiente. El sexo se convierte de esta manera en una prueba de estrés que obliga al demandante, normalmente el macho, a luchar con otros pretendientes o a realizar actividades ridículas y peligrosas para obtener la atención de la hembra. Hay peces que mueren en masa tras masivas y populosas eyaculaciones para fertilizar sus huevas. Hay arañas que se comen a los machos antes o después de copular con ellos. Hay mamíferos superiores en donde un macho dominante se pasa la vida protegiendo un harén para perpetuar sus genes y acaba muriendo en la tarea, como los viejos reyes.

Frente al modelo del harén —el macho dominante fertiliza a todas las hembras que puede— existen alternativas que también se dan entre los humanos. Una es el sexo casual, otra la prostitución y, la más común, el matrimonio monógamo.

La monogamia no es la solución mayoritaria entre los animales y ni siquiera la compartimos con el resto de los primates, salvo los gibones. Lo practican algunas aves como los cuervos o los loros, y algunos mamíferos, como los lobos. La monogamia tiene como ventajas el cuidado intenso de las crías y el evitar el infanticidio, bastante común entre los animales que conciben el sexo como una variante de la violación o en los harenes en donde un nuevo macho dominante puede acabar con todas las crías del macho anterior. La gran desventaja del matrimonio es el número limitado de descendientes o que estos salgan todos gilipollas.

De modo que, dando por descontado que somos animales —aunque unos más que otros— la competencia por el favor sexual es un asunto mayormente genético y no simplemente social. No es un asunto de justicia, sino de esfuerzo.

Si no eres ni el más guapo ni el más fuerte, que son los atributos más demandados en el primer encuentro, esfuérzate en ser más listo o más vistoso o más audaz o más gracioso. Seguro que si eres el único capaz de correr 250 kilómetros sin desmayarte o sumergirte en apnea 30 metros o hacerte un selfie subido a una antena de televisión, encontrarás una pareja que te valore y quiera frotarse un rato contigo. Todo es proponérselo. Además, si no sale bien, habrás contribuido indirectamente a la mejora de la especie. Piénsalo, todo son ventajas.

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Discomunicaciones

La escritura es, básicamente, un canal de comunicación a través del cual un emisor (el escritor) envía un mensaje a unos receptores (los lectores) mediante un código (la escritura en un determinado idioma). El escritor recibe una retroalimentación (respuesta) muy limitada de los lectores, si la recibe, y además la recibe de forma diferida, a veces muchos años después de lanzado el mensaje, cuando sus ideas e intereses pueden haber cambiado radicalmente.

Bien, esto es un esquema muy básico de la comunicación al que hay que añadir muchas variables para que sea explicativo.

En su acto de comunicación el escritor recurre a sus representaciones mentales y referencias intelectuales para construir un discurso. Persigue, además, unos objetivos: entretener, divulgar, crear opinión, hacerse querer, exhibirse… Obviamente, el escritor y los lectores no comparten necesariamente las mismas referencias y representaciones. Puede que el escritor escriba ‘revolución’ y sus referencias y representación mental acarreen sinestesias de muerte, gusanos, color sangre y música de Wagner mientras para el lector puedan representar emergencia, renovación, jazz y color amarillo. O viceversa. Da igual; en todo caso, lector y escritor, con representaciones mentales diferentes interpretan de formas diferentes el texto escrito. Asimismo el escritor tendrá sus objetivos, pero el lector no puede renunciar a inferir relaciones entre lo que lee y lo que sabe y entre lo que lee y lo que cree que intenta decir el escritor; cuanto más cultivado sea el lector menos inocente será su aproximación al texto y a las intenciones del escritor.

Finalmente, tanto la escritura como la lectura estarán rodeadas del ruido ambiental, de la tormenta de signos y mensajes del momento, sean relaciones sentimentales, conversaciones, debates, prensa, radio, televisión, internet… En el caso del escritor, el ruido ya no interfiere una vez publicado el texto, pero no ocurre lo mismo para los lectores. Cada lectura incorpora los ruidos e interferencias del momento, las interacciones con la cultura local y las circunstancias, de modo que cada lectura ‘actualiza’ y ‘reinterpreta’ el texto.

No hay que despreciar tampoco la posibilidad de que un número significativo de lectores sean incapaces de seguir y contextualizar las lecturas exigentes, que no puedan leer un texto como algo ajeno a sus propias vivencias, o que sean, sencillamente, idiotas. Recíprocamente, un escritor idiota o discapacitado para el oficio creará textos impredecibles.

Pues bien, es en esa zona de fractura entre lo dicho por el escritor y lo leído por el lector en donde se producen los fenómenos más fascinantes. Por ejemplo, que alguien interprete todo lo dicho anteriormente como machista porque he utilizado los genéricos ‘escritor’ y ‘lector’, cuando es bien sabido que el 70% de los lectores —o más— son realmente lectoras.

El momento y sus ruidos dificulta la comunicación, pero también crea fenómenos de éxito a la moda del momento.

En fin, toda esta larga introducción tenía como único motivo explicar mi gran problema con la escritura: ¿para quién escribo? Si ni siquiera tengo claro que, como lector, me apetezca leer este texto dentro de una semana, ¿cómo imaginarme a un lector —o lectriz— que comparta mis referencias y disfrute con mis juegos?

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Elevarse y penetrar

En las sociedades de castas como la India no es posible el ascenso social: si naces intocable, mueres intocable. En las sociedades estamentales, como las feudales, es posible el ascenso social pero sólo por méritos extraordinarios, tal como hacen el Cid Campeador luchando contra los moros o los conquistadores españoles peleando en América. En las sociedades modernas es posible el ascenso social gracias al trabajo, el comercio, el braguetazo, la lotería y la religión. Y en todas las sociedades está el gran ascensor de la guerra, muchas veces camuflado como revolución o golpe de estado (la guerra, sí, la guerra —mal que nos pese— oxigena las sociedades anquilosadas o muertas; la guerra, como Kali, destruye y crea). Pero en las sociedades contemporáneas, los sistemas de promoción social preferidos son la política y el estudio. Bueno, no preferidos por todos, pues ya vemos el resquemor que suscita entre quienes creen haber alcanzado una posición merecida el que promocionen por medio de la política personas sin acreditado pie de grulla, digo pedigrí.

El estudio es el gran ascensor que ha permitido que millones de hijos de agricultores, proletarios o artesanos hayan escalado hasta una clase media en donde atocinarse pagando hipotecas, comprando automóviles, turisteando y cultivando el yo.

Pero, como saben algunos, no todos los estudios valen lo mismo: una pista, los más caros permiten subir más alto y algunos abren puertas que de lo contrario parecen blindadas. Sin posibilidades de una fuerte inversión, hay estudios universitarios prácticamente vedados a las economías asalariadas. La sociedad es ahora más permeable, pero eso no es sinónimo de fácilmente penetrable.

Sin embargo hay más ascensores sociales que, si bien tienen una trayectoria más arriesgada, pueden llegar a funcionar. Aparte de la ya mencionada política, están el deporte, los espectáculos, la música, la literatura… es decir, lo que conocemos como «el mundo de la cultura». ¿Te preguntas, oh viajero, por qué todos los ‘intelectuales’ firman manifiestos? Para elevarse y penetrar, amigo, elevarse y penetrar.

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Non gratos

Un ayuntamiento —es decir, la junta que forman su alcalde y concejales— declara a un particular ‘persona non grata’ porque aborrece sus opiniones. Puesto que no es competencia de los ayuntamientos expedir cédulas morales, su acto consiste en una estúpida exhibición de músculo, un acto inane aunque insultante. Sin embargo tiene la virtud de retratar a los ayuntados, un montón de sulfurados que sabiéndose incompetentes e impotentes para poder hacer de su palabra ley, esputan un insulto para que los demás nos enteremos de que su lengua es, afortunadamente, más larga que su brazo pero que, si les dejaran, perseguirían al ‘non grato’ hasta someterlo a castigo. ¡Somos impotentes —sollozan— pero azotamos el mar!