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Malas calles

Qué raro es todo. Vivimos instalados en la monótona rutina del trabajo o el paro, de la familia, de la vida social, en un mundo que es —afortunadamente— previsible, y de repente salta todo por los aires como en una mala novela. Revientan las cañerías de lo normal y aparece lo que sabemos que siempre está ahí, latente en el cerebro de individuos contenidos y peligrosos, pero que la vida en común y los mecanismos sociales mantienen atado.

De pronto, un tipo raro, Huang Carlos, un chalado del kung-fu, las espadas, el buda y el incienso, un tipo «demasiado espiritual» —dicen— se revela como asesino y descuartizador. El tipo de ahí al lado, el del gimnasio donde llevas a los niños a que aprendan a controlar la agresividad. La vida, definitivamente, imita al cómic.

En la adolescencia, nuestro cerebro trabaja a velocidad de vértigo. Todo lo absorbemos y la cabeza se llena de peligros y aventuras, de naves espaciales, de deseos, de sueños de triunfo. Es el momento de los tebeos y de las novelas, del cine de aventuras, de la fantasía, de los videojuegos, de las historias de amor. Luego la mente se consolida y el paso del tiempo, los horarios y la cruda realidad del trabajo, de la familia, de la responsabilidad y la hipoteca, nos va haciendo entender que todo es más complicado, que los asuntos difícilmente se resuelven con mamporros y huídas, y que cuando caes —aunque sólo sea desde tres metros de altura o desde el primer peldaño de tu dignidad— te haces mucho, pero que mucho daño.

Sin embargo, hay personas que se quedan atascadas en ese tránsito de la adolescencia a la madurez. Como esos padres que vivían en el más absoluto abandono, manteniendo encerradas a sus hijas durante tres años mientras ellos intentaban desarrollar una personalidad triunfadora en los mundos para lelos del videojuego World of Warcraft.

En mi infancia conocí a varios individuos kung-fundidos. En los años 70, las películas de Bruce Lee y la serie de televisión Kung-Fu llenaron los barrios obreros de chavales que se fabricaban nunchakus con un palo de escoba y una cadena y se pasaban las horas fustigándose los sobacos. Normalmente la cosa duraba hasta que alguien les soltaba una buena hostia al estilo tradicional y les desmotivaba drásticamente el aprendizaje shaolín. Pero algunos persistieron, obtuvieron cinturón negro y fundaron gimnasio, encontrando negocio y sustento en esos padres preocupados porque sus hijos puedan defenderse de las palizas que les dieron a ellos. Algunos, por lo que se ve, ni salieron del barrio ni de su confusión interior.

Qué raro es todo. Somos incapaces de vivir en un mundo no narrativo y necesitamos explicaciones que den sentido a lo que no es normal. En las novelas criminales, en los libros de psicología, en las parábolas morales y en los escritos políticos todo está claro: al antecedente le sigue el consecuente de la misma manera que las aguas del río van a dar a la mar; como dice la canción, si naciste pa’ martillo del cielo te caen los clavos. Pero ocurre que todo es mucho más complicado, que en el cerebro de las personas se generan impulsos difíciles de controlar y de predecir.

Junto al Bilbao de titanio y cristal sigue bullendo sobre las minas, las escorias y el racismo una vieja ciudad de la miseria. El viejo Bilbao de Las Cortes y La Palanca dejó espacio a otro quizá aún más sórdido, en el que las prostitutas nigerianas alivian en los portales a machos derruidos, enfermos y, a veces, peligrosos. El Bilbao de los cadáveres en la ría, de los borrachos de garrafón y de los yonkis del jaco sigue ahí, expulsando gases mefíticos como un viejo dragón adormecido. Es el Bilbao en donde han encontrado la muerte Mauren Ada Ortuya y Jenny Sofía Revollo, la mujer descuartizada cuya desaparición nadie se había preocupado en denunciar.

El viejo y raro Bilbao de todas nuestras vidas que siempre me trae a la memoria aquellos versos de la Balada de los ahorcados que escribió François Villon en 1463 anticipando su ejecución. «Aquí estamos colgados, cinco o seis./ Señor, aquí con bromas no se venga./ Rogad a Dios que a todos nos absuelva».

[Publicado en El Diario Norte el 6 de junio de 2013]

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Lento pero inseguro

Si lo hubiera sabido antes, ahora sería carpintero. Viviría en una bonita casa de madera, de esas que desintegran los tornados, con su porche, su hamaca y sus muebles de cerezo y su chimenea y su aparador. Bueno, y con su conexión a internet, horno pirolítico y televisión LED de alta definición, que tampoco vamos a pasarnos de campestres. Lo que pasa es que me he equivocado en todo y por esas vueltas de la vida en lugar de un carpintero felíz soy un cagatintas que se gana los garbanzos escribiendo textículos. Podría ser peor (que diría Marty Feldman en El Jovencito Frankenstein), podría llover.

El caso es que yo me hice escribidor por rabia. Lo recuerdo perfectamente, fue en 5º de EGB y por culpa de una maldita redacción. El profesor nos mandó escribir sobre la batalla de las Navas de Tolosa (¡¡¿¿La batalla de las Navas de Tolosa??!!), que ya son ganas de tocar las pelotillas a la infancia. A mí aquello me pareció extremo y duro porque no habiendo estado allí no se me ocurría qué decir. Además, siempre me costaba mucho escribir. Cuando me pedían una redacción sobre la primavera, que era un tema clásico del profesorado infantil, solía quedarme en blanco. Veía como mis compañeros escribían aquello de que «la primavera es la estación más bonita del año porque al campo le salen flores y cantan los pajaritos y las nubes son como el algodón» y me moría de desesperación pensando que todas las cosas importantes ya habían sido dichas y que necesitaba contar algo distinto. Así que me ponía a pensar y a pensar y a pensar y trabajosamente escribía un texto primaveral en donde llovía y tronaba, se ahogaban los topillos en sus madrigueras y aparecía un avión de caza alemán ametrallando los campos rebosantes de margaritas. Ya de mayor me dijeron que aquello se llamaba realismo o desequilibrio, no recuerdo muy bien.

Así que me puse a contar la batallita pero en plan protagonista, empapando mi espada en la sangre de los esclavos negros de Miramamolín. Seguro que si hoy lee mi redacción un profesor de Transversalidad o Integración en el Medio, que no sé como se llaman ahora las asignaturas, me catea por escribir «¡Prueba mi acero, sucio moro!»; eso si no me mandan a clases de religión con un imán a practicar tolerancia o lo de la atracción y repulsión.

Pero me estoy desviando del tema. A mi profesor aquella redacción le pareció demasiado rebuscada para un zoquete de diez años y me acusó, delante de toda la clase, de haberla copiado o de que me la había escrito mi padre. (A ver quién le explicaba que lo único que escribía mi padre era su firma en mi cartilla de notas). Lo negé con energía, pero estaba perdido. El profe me puso un tres: ocho puntos porque estaba muy bien escrita y menos cinco puntos por copión. Y no me dejó leer la redacción a la clase, para que mis compañeros no aprendieran malas artes. Así empezó mi declive.

Me pasé el resto de la EGB entre la angustia de tener que escribir lo que ya habían escrito todos y las ganas de poner cazas alemanes y hombres-lobo en las redacciones sobre la revolución industrial. A veces me da por pensar que quizá era yo un superdotado de esos a los que les amargan la existencia y se vuelven un tanto agilipollados. (Bah, que no, que ya venía así de serie). En fin, que era tanto mi afán por demostrar que sí, que me había merecido aquel sobresaliente, que fui inclinándome siempre hacia las letras y dejando de lado todo aquello que se me daba bien: las ciencias naturales, la marquetería, las artes aplicadas, el dibujo geométrico, el trabajo manual… ¡Qué gran obrero especialista malogró aquella maldita redacción!

Al final estudié una cosa rara, filología, que si bien es cierto que tiene muchas salidas laborales (cajero de autopistas, reponedor de supermercados, montador de mecanotubo) no me ayudó mucho en la escritura; es una carrera de leer. Lo de acercarme al periodismo me hundió aún más: todo el mundo escribe mucho más rápido que yo y cosas más originales, que algunas hasta parecen inventadas, aunque no aparezcan cazas alemanes.

Así que, cada día que pasa, pienso y pienso y vuelvo a pensar. Y cada vez soy más lento sobre el papel y más rápido en la cabeza, donde tengo escritos miles de artículos. Este, por ejemplo, lo he escrito en la cabeza unas cuarenta veces. Total, ¿para qué? Llevo décadas intentando demostrarle a aquel profesor que no copié y al final me sale un artículo de Elvira Lindo.

[Publicado en El Diario Norte el 28 de mayo de 2013]

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No todo va a ser follar

¿Y quién te había dicho que la vida iba a ser fácil? ¿Pensabas que lo real era la adolescencia eterna? ¿Pasar de la Tarjeta Joven hasta los cuarenta a la prejubilación a los cincuenta y cinco? ¿Vivir de los padres hasta poder vivir de los hijos? ¿Instalarte en la eterna primavera del Corte Inglés? No, colega, ya has visto que no era tan sencillo. Todo lo erigido puede fácilmente caerse y lo normal es que lo haga si nadie se esfuerza en impedirlo. Hay que valorar lo conseguido como si fuera un tesoro y hay que saber de donde vienes para saber a donde no quieres ir.

Quienes te dicen que esta sociedad es una mierda, que todo es muy complicado, que habría que volver a la comunión con la Naturaleza, no saben de lo que hablan. La vida ‘natural’ es una esclavitud. Esclavitud al tiempo atmosférico, al trabajo de sol a sol, al eterno ritual de las costumbres inamovibles, al cotilleo, a la caspa, a la religión de botijo, al vino de mesón. Volver al campo no es ir de fin de semana al agroturismo para salir a pasear con chándal y comer luego verduritas y tomar zumo de pomelo; es volver a la azada y al surco, a la vaca y a su estiércol, a la estupidez de las ovejas y a la conversación de las gallinas. Es una vida para gente de carácter, fuerte, asentada en la tierra como los robles, trabajadora como una mula, inexpugnable a los reveses de la fortuna y de la soledad. Tú no eres así.

Naciste en un mundo precario y aprendiste a comer de todo, por eso sabes que no es lo mismo degustar chuleta que filete de corazón. Estudiaste lo suficiente como para poder elegir y renunciaste a apretar tuercas o rellenar formularios. Querías otra cosa porque creías que te lo merecías. Porque eres así, arrogante sin premeditación, hábil sin esfuerzo, listo sin astucia, simpático sin excesos, esforzado sin riesgo, trabajador sin ambición. Lo que ocurre es que eres —y perdona si te ofendo— del montón.

Mira a tu alrededor: hay millones como tú. Alguna vez te dijeron que todos somos únicos e irreemplazables, pero es mentira. Las ciudades bullen repletas de humanos intercambiables a los que sólo distinguen sus propias familias, y no siempre. Todos los días un cura ofrece un funeral por alguien imprescindible que pronto será olvidado. Las mentiras piadosas sirven para reconfortar en el dolor, pero son letales en la vida diaria.

Has renunciado a las certezas de la religión, a la histeria de la política, a los espejismos de la cultura, a las mentiras sanguinarias de la revolución, al esfuerzo del compromiso y sobrevives desorientado en una sociedad que sólo reclama tu participación a la hora de consumir. Huyes del fango de la revuelta como huiste del sacrificio de la responsabilidad y haces cada vez más estrecho el campo de juego fingiendo ser el aristócrata de una nobleza que jamás ha existido.

Deberías despertar de una vez. Tu confortable mundo de irresponsabilidad e inocencia se está disolviendo como un azucarillo y todos esas gentes a las que considerabas muertos vivientes tienen más posibilidades que tú de salvarse del desastre. Su compromiso, en algunos casos trivial, es el de quienes no han delegado toda su responsabilidad en otros, el de quienes construyen aunque sea mal, el de quienes ponen parches ahora porque es preferible eso a esperar sentado el advenimiento de la Utopía, el de quienes prefieren ensuciarse equivocándose a no equivocarse jamás por no hacer nunca nada.

Levanta el culo y espabila. Elegir es renunciar y renunciar es sacrificar algo. Demuestra lo que vales, hazte oír, colabora en arreglar lo tuyo que es lo nuestro, ofrece conversación o da ideas, crea belleza, canta, toca la armónica o corre esa maldita carrera que siempre ibas a correr. Echa una mano. Discute. Llega a acuerdos. Construye. Pero deja de una maldita vez de dar la brasa y vender soluciones absolutas que nadie compra. O lo resolvemos entre todos o no lo resuelve nadie. Y ponte manos a la obra ya, colega, que como dice Javier Krahe, no todo va ser follar.

[Publicado en El Diario Norte el 22 de mayo de 2013]

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Rico en fibra (moral)

Desde el advenimiento del último barómetro del CIS, en donde el personal confiesa que sus principales preocupaciones son el paro (80,7 %), la economía (35,5 %) y los políticos y sus partidos (29,4 %), se ha producido una eclosión primaveral de artículos con propuestas de regeneración democrática para recuperar la credibilidad de la política. Bien. Me parece muy buena señal que dejemos lo del paro y la crisis económica a los profesionales alemanes y nos dediquemos a lo que verdaderamente está en nuestras manos, o sea, a barrer el chiringuito. A cada cual lo suyo. Si no podemos arreglar el mundo, al menos arreglemos lo nuestro, corazón.

Como he nacido con afán de servicio a las masas resumiré las propuestas en una, que tampoco es  cuestión de abrumar. Todas las medidas organizativas, económicas y éticas propuestas se resumen en una idea, el afecto y confianza de la población sólo puede recuperarse con transparencia en el funcionamiento, financiación y toma de decisiones de los partidos, organizaciones sociales y administraciones públicas.

La idea se entenderá mejor si le damos la vuelta. Lo contrario de la transparencia, es decir, lo contrario del funcionamiento y la toma de decisiones explícitas, claras, públicas y sin doblez, es la opacidad. Funcionar con opacidad es tomar decisiones con condicionantes que se ocultan, no se explican ni a los propios correligionarios y no se transmiten a la población. Es el caldo de cultivo de la especulación y del mamoneo, de la arbitrariedad y de la corrupción. Es lo que aborrecemos.

Por el contrario, la transparencia es la virtud del que no tiene nada que ocultar y se muestra tal como es. Los partidos transparentes eligen a sus candidatos en procesos limpios de libre concurrencia (elecciones primarias) y estos se muestran tal cual son, ni tunean su currículo con estudios incompletos ni se atribuyen méritos que no les corresponden. Sus cuentas son claras, públicas, publicadas y accesibles, y no consisten en un archivo en formato crudo, comprimido en un ‘zip’, escondido en la letra pequeña de la esquina de una página web perdida en el hiperespacio.

Las cuentas recogen toda la financiación, la que viene de cuotas y sueldos, la que viene por vía directa de subvención administrativa, la que proviene de donaciones, y la que llega disfrazada de lagarterana por vías exóticas, sean oenegés, fundaciones, consultoría o publicidad. No valen los sobres anónimos. Las cuentas se auditan externamente y los políticos publican su patrimonio. Además, cuando se descubre a un distraído moral especialista en comisiones (tres para el partido y dos para su bolsillo) se le pone de patitas en la calle y se denuncia a la Justicia. Sin vacilación; los chorizos a la charcutería.

Por lo demás, reina el diálogo, hay debate sin marrullería, participación sin obligación, disciplina sin obediencia, representación paritaria y respeto por las corrientes críticas, minoritarias o folklóricas. Nadie acumula cargos ni se profesionaliza viviendo del partido y cuando se llega al poder (¡oh, at last, the Power!) se produce una separación rigurosa entre los intereses del partido y los del gobierno y todo se vuelve dedicación al interés público y general. Acabado el período de servicio público, el buen político regresa a su vida privada, suenan los violines y en una puesta de sol preciosa aparece el rótulo de The End.

A ver, ¿dónde hay que firmar? Porque como representación ideal me convence bastante. El único problema es que, hasta la fecha, se predica mucho y se da poco trigo. Se han puesto en marcha muy interesantes medidas de transparencia en el ámbito público, pero queda mucho por hacer y, sobre todo, falta aplicar el discurso a la fontanería partidista. El líder o lideresa que se aplique a limpiar la casa, a jubilar a unos cuantos listos, y a transmitir el mensaje de la renovación por medio de los hechos, habrá ganado muchos puntos de confianza. Una casa bien barrida y adecentada dice mucho de las costumbres higiénicas de sus habitantes.

Pero lo que no vale es vender limpieza para el ámbito público y seguir haciéndose el distraído en el cotarro propio. A las masas, normalmente, nos la suelen dar con queso, pero no siempre, ni siempre los mismos, ni todas las veces. Queremos promesas, sí, que ya nos hemos hartado de realidades, pero queremos promesas creíbles y realizables y líderes con menos discurso y más fibra. Líderes mineralizados y supervitaminados que actúen con sensatez y no nos traten como idiotas. Yo tengo en mi mano un voto y se lo daré al mejor postor. Ahora espabilen y véndanme la moto, pero rápido, que las masas tenemos mejores cosas que hacer que perder el tiempo oyendo discursitos.

[Publicado en El Diario Norte el 12 de mayo de 2013]

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Hay que venir llorados

Vamos a ver, en principio prefiero la democracia a la dictadura. Y también al final. Y en medio, ni te cuento. A la obsesión de las dictaduras por matar masivamente a la gente o encerrarla hasta que se pudran no le veo muchas virtudes. Entiendo que haya personas a quienes les ponga el temita de las banderas, los himnos, la vigilancia, las pistolas, las líneas rectas, los culos prietos, pero yo soy más de pasear por los bulevares y sentarme en las terrazas sin tener que preocuparme de los chivatos y los asesinos. Se vive más descansado, creo yo. Por eso no entiendo esta obsesión que les ha dado a algunos por renegar de la democracia. Que una cosa será intentar cambiar el malfuncionamiento de la economía o los excesos de las malas políticas y otra cargarse el único modelo de convivencia que ha funcionado más o menos bien en este país en los últimos siglos. ¿He dicho siglos? Pongamos milenios.

Es cierto que allá por la transición, cuando anhelábamos un mundo más limpio, elegante y justo, se frustró el sueño de algunos de montar una República Democrática Popular modelo Kim Il Sung, pero es que las masas no estábamos por la labor. Ahora me parece que tampoco. Es lo que tenemos las masas, que somos más del jijí-jajá que del campo de reeducación. Nos garantizan el pan y el circo y nos damos al disfrute. El problema es el pan, claro.

Hay que acostumbrarse a que en los períodos de descontento medren los cantamañanas. Pero también conviene acostumbrarse a que, en la política, las cosas no siempre van por donde queremos. Bueno, en política y en todo lo demás; yo siempre quise ser zurdo, de ojos azules y escribir trovas en galaico-portugués, pero esto es lo que hay.

La democracia tiene el pequeño inconveniente de que los asuntos deben negociarse. Tiene que doler que uno vaya con toda su buena voluntad a construir un Palacio de Congresos del tamaño de la pirámide de Kéops y la jodida oposición te diga que lo que quiere es una guardería o un frontón. O que tengas un proyecto cojonudo para conseguir la reactivación de la economía mundial desde una perspectiva ecológica y sostenible con caja de cambios secuencial de ocho velocidades y marcha atrás y no te tomen en serio. Debe ser muy ingrato no contar con mayoría para sacar adelante los proyectos y tener que negociar. Pero en eso consiste el juego.

La idea del invento democrático se basa en que es legítimo defender los proyectos propios en libre concurrencia con otros proyectos y que en el juego de intereses contrapuestos es la sociedad en su conjunto la que sale beneficiada. Que si vosotros queréis construir un heliopuerto para subir a la parte alta de la ciudad, ellos una autopista de seis carriles y aquellos un teleférico, quizás negociando os tengáis que poner de acuerdo en arreglar las aceras y poner barandillas en las escaleras. Nadie lo gana todo, pero todos ganamos un poco.

Ya sé que todo esto suena muy bonito y que es como de primero de enseñanza secundaria, pero es que así está el nivel. Es un poco triste tener que ir de maestro Ciruela recordando que, sin democracia, las sociedades humanas tienden inexorablemente al baño de sangre. Que está muy bien que los listos estén convencidos de tener soluciones imaginativas y radicales para todos nuestros males, pero que las pasen por el filtro de las urnas, que tal vez descubran que las masas prefieren —como me ocurría a mí con las novias— azotarles con el látigo de su indiferencia. Y si no les gusta, ajo y agua, que a la política en particular, como a la vida en general, hay que venir ya llorados.

[Publicado en El Diario Norte el 04 de mayo de 2013]

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El arte de propagar confusión y ruido

En algún momento de la historia alguien decidió que para ilustrar las informaciones en la radio y en la televisión no era necesario recabar siempre opiniones expertas, que bastaba con preguntar a la gente —al Pueblo— qué pensaba sobre lo ocurrido, fuera lo ocurrido un accidente, un asesinato, la reforma de la unión europea o una granizada.

A ver, un torero es un tipo que sabe torear mientras que un espontáneo es alguien que ha visto cómo se torea. El experto sabe de lo que habla mientras que el transeúnte que ha sido incapaz de mandar al guano al intrépido periodista se ve obligado a hablar normalmente de lo que no sabe y, lo que es peor, sin haber pensado antes en lo que va a decir.

Se han llenado así los informativos de pobres gentes que contestan que el vecino parece buen chico (a pesar de haber asesinado a su mujer y a sus hijos) o que es intolerable que hayan tenido que esperar dos horas a oscuras, sin luz, agua ni calefacción tras el derrumbamiento y descarrilamiento en el túnel. Y lo de la reforma, pues que muy mal, o sea, que todo se llena de extranjeros.

Fuera de toda lógica se ponen al mismo nivel las declaraciones del jefe de la policía, que dispone de la información, y las del espontáneo, que dispone de su desconcierto. Tampoco el periodista se molesta en contextualizar o explicar demasiado, no sea que la noticia se vuelva aburrida.

Se ha propagado así una confusión vociferante, un ruido opinativo de gente que nada sabe pero no desaprovecha la oportunidad de decir lo que ‘piensa’ a los cuatro vientos. Se ha extendido la manifestación cotidiana de la tontería discursiva. Se ha consolidado la idea de que el parloteo banal es la representación de la ‘opinión pública’.

Tal vez alguien debería reflexionar sobre su responsabilidad —sobre su enorme responsabilidad— en la propagación general de la idiocia. Quizá haya que empezar a decirles que hacen mal su trabajo o que son unos caraduras. Porque no puede ser que lo hagan por ignorancia. No puede ser.

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No me toquen la vuvucela

Cuenta Pedro Gómez Damborenea con detalle cómo la Diputación de Bizkaia, con la generosidad que caracteriza a nuestras beneméritas haciendas forales, ofrece una ayuda desinteresada de 5,2 millones de euros a un club de baloncesto. Es un gesto de cariño que enternece. Aún recuerdo el trato amable, casi dulce, con el que otra oficina de ordeño consideró oportuno premiarme con una multa de 50 euracos por no rellenar la declaración del IVA en un trimestre en el que no tuve ingresos. Gracias a su diligencia al menos tuve gastos. Menos es más.

No voy a ocultar que esta diferencia de trato no va a mejorar nuestras relaciones de pareja. Es cierto que yo no me dedico a entretener a la peña haciendo cabriolas en pantalón corto, pero en la medida de mis posibilidades también contribuyo a la promoción del turismo en Euskadi y al amejoramiento de la imagen de los vascos. Ahí lo dejo, por si algún sponsor institucional se anima.

El caso es que las instituciones públicas están tan acostumbradas a financiar el deporte profesional que el dinero fluye del bolsillo de los contribuyentes, empresas y particulares, al del tinglado sportivo como los ríos van a dar a la mar, que es el morir. El mensaje es que se apoya al deporte de base, al olímpico, al escolar o al saludable, lo cual no es mentira y está muy bien. Pero también es cierto que a esas empresas privadas llamadas clubes les suele llover el aguinaldo en forma de inversión o de condonación de deuda con frecuencia casi trimestral, cuando toca pagar impuestos.

Insisto en que el asunto no es nuevo. Los capitostes del imperio romano construían circos y estadios con entrada gratuita para que se desfogaran las masas. Pero en la política de pan y circo al menos también se regalaba el pan.

Aunque hemos avanzado tanto que ya no se arrojan cristianos a los leones (bueno, a veces sueltan a Cristiano Ronaldo y se merienda a media docena en San Mamés), no parece oportuno sustituirlos echando parados al foso. La imagen es, obviamente, una exageración demagógica, pero el sentido común y cierta decencia política deberían llevar a quienes avalan estas decisiones a darse cuenta de que no está el horno para bollos. Tampoco lo estaba en 2009 cuando el Gobierno Vasco decidió apoquinar más de 50 millones de euros para el nuevo San Mamés. Estas cosas se clavan en el corazón no como espinas, sino como las estacas que convierten en polvo a los vampiros.

Es ligeramente repugnante que en momentos en los que se pide a la gente que asuma con alegría que tiene que vivir peor, a las empresas que adelgacen los gastos y los sueldos, y a todo el mundo que se prepare para la invención de nuevos impuestos, el deporte espectáculo siga flotando en su burbuja. Se supone que alguna vez habrá que modificar un modelo insostenible para que, además de hacer ricos a muy pocos, sirva también para generar empleo y economía estable. Y que alguna vez habrá que bajar a la tierra a estos gestores de la emoción que cuando ganan capitalizan los beneficios en forma de primas y cuando caen derrotados socializan las pérdidas escaqueando impuestos. Que está muy bien que los aficionados sean felices y toquen la vuvucela y las ciudades sean distinguidas allende los mares por sus equipos deportivos. Pero si hay que ofrecer ayudas públicas a su sobrefinanciación que sea con garantías de retorno. Un poquito de por favor.

[Publicado en El Diario Norte el 25 de abril de 2013]

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Credibilidad

Horas antes de recibir la camiseta firmada por la selección española de premios Nobel, el Pope Francisco afirmó que la incoherencia entre lo que dicen y lo que hacen los católicos mina la credibilidad de la Iglesia. Bueno, sí, aunque tampoco lo de los milagros, los ángeles o la Paloma ayudan mucho a fomentar la credibilidad. En todo caso, carissimo Padre, la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace no parece una actitud exclusivamente católica. Tenga en cuenta que las sociedades humanas son muy complejas y a veces hay que acomodarse al paisaje y al paisanaje para que no te fumiguen. No digo que esté siempre bien, que hay cosas que jamás deben tolerarse, pero en general la gente es hipócrita, para qué vamos a engañarnos.

Tampoco es que ser hipócrita a full-time sea siempre algo malo. Eso de fingir en público virtudes, creencias o ideologías que no se tienen para labrarse una reputación y ser aceptado por los demás parece cosa muy conveniente; por ejemplo, si uno es un auténtico cretino. Imagínese usted un tipo que odia a los niños, desprecia a las mujeres, prefiere una dictadura pero de los nuestros y lo que le pide el cuerpo es patear a los perros, insultar a los negros, mear por las esquinas, irse sin pagar del supermercado, cantar a todas horas el himno de su equipo de fútbol y no ceder el paso en el ascensor. A ver, que prefiero que sea poco creíble e hipócrita durante toda su vida en lugar de que libere su yo reprimido y se comporte como lo que es. Que al personal, le dejas manifestar libremente su misma mismedad y tiende a evidenciar lo que ya sospechábamos.

El quid de la cuestión, como siempre, consiste en definir cuáles son esas virtudes públicas por las que merece la pena contener el ánimo y no dejar salir a pasear el lobo interior. Tampoco es para ponerse a pensar ahora. Las religiones y sus primas laicas, las ideologías, ofrecen un pack envasado y precocinado de soluciones para todos los momentos de nuestra vida. ¿Que te echa una bronca el jefe? Recuerda, no matarás. ¿Que al vecino del cuarto le gusta tocar la txalaparta y al del segundo poner a tope discos de Melendi? Recuerda, tolerancia, multiculturalismo, fusión…

Más problema, carissimo Pope, le veo al ajuste de las ideologías, y sus primas beatas las religiones, con el discurrir de los tiempos. Un suponer, con 7.000 millones de población mundial y en medio de la orgía de copulación, ¿es sensato mantener el celibato en el sacerdocio? Porque cuando un cura da consejos para la vida conyugal y familiar nos entra la risa. Y por ahí se pierde el respeto.

Y se pierde también cuando un político, en el legítimo derecho a repetir como un loro su catecismo económico, ofrece como solución a la crisis, y dada la ecuación A+B=C, aumentar un 20% A y un 15% B cuando C se ha reducido un 60%. Los milagros, claro.

Por eso, simpatiquérrimo Francisco, resulta prudente desconfiar de las soluciones que buscan ajustar los comportamientos al discurso, especialmente cuando el discurso está más inmóvil que la momia de Lenin. Los problemas sociales y económicos no se resolverían aunque todos los católicos del mundo salieran simultáneamente a la calle a dar limosna y a trabajar una hora al día por los pobres (si bien es cierto que sería todo un espectáculo). La solidaridad es muy respetable, pero a estas alturas de la película uno prefiere un buen sistema jurídico y normativo que regule estrictamente los derechos y obligaciones de los congéneres y los ponga escrupulosamente en práctica. Porque la virtud o la incoherencia de los paisanos, la verdad, preocupa más bien poco; lo fundamental es que acaten la ley común, cumplan religiosamente con sus obligaciones y paguen sus impuestos por el bien de todos. Eso sí aporta credibilidad.

¿He dicho religiosamente?

[Publicado en El Diario Norte el 19 de abril de 2013]

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Cuéntame un cuento

Empieza a resultar irritante la obsesión socialista por lo que llaman «el relato». El concepto, que hizo su aparición pública entre los intelectuales comprometidos con deslegitimar el discurso patriótico y militarista de ETA, ha ido ampliando su campo semántico hasta convertirse en un mantra que va a resolver todos los problemas de la anemia socialista. Al parecer, triunfa la idea de que no es que lo hagamos mal, es que no te lo sabemos contar como tú te lo mereces y, claro, no nos entiendes y pasas de nosotros.

Pues va a ser que no. Hay ciertamente margen para la reconstrucción del relato histórico civil, pero cifrar las esperanzas de la renovación del partido socialista en la construcción de un relato político propio que «despierte conciencias e impulse un liderazgo social» suena al viejo truco de gastarse la pasta en publicidad. Ya sabes, si no tienes ideas ni ganas de trabajar, haz una buena campaña de comunicación.

El problema, lo saben perfectamente los socialistas, es más profundo: su discurso no encaja en el único modelo socieconómico realmente operante (e imperante) y la ciudadanía occidental no quiere ni oír hablar del modelo socialista ni de nada que se le parezca. Ciertamente el paleocastrismo cubano, el matonismo chandalista bolivariano o la cleptocracia peronista no ayudan a mejorar su imagen. La socialdemocracia europea tampoco tiende a ofrecer ejemplos edificantes. No es muy aleccionador que el ministro de Hacienda de Hollande, la gran esperanza blanca socialista, propenda al fraude fiscal masivo y al uso de la banca suiza para escaquear millones de euros. ¡El ministro de Hacienda! Tampoco parece muy elegante que el llamado ‘control público’ de las empresas del Estado (sean eléctricas, navieras, televisiones, chiringuitos I+D o cajas de ahorros) suela traducirse en colocar a unos mendas en los consejos de administración para acelerar la socialización del botín. Yo creo, pero es sólo una opinión, que esto desanima a los votantes de izquierda. Y a los de derecha ni te cuento.

El personal lo que quiere, para empezar, es mantener su nivel de vida. Cosas poco ideológicas, como no quedarse sin empleo, conservar la casa y el coche, poder ir al médico cuando te duele el bazo y que, de vez en cuando, haya unos eurillos para alguna alegría en el centro comercial o en el chiringuito de la playa. Todo muy capitalista, o sea. Tú le dices al personal que les ofreces un «proyecto alternativo frente a la crisis, reformista y transformador» y un «contrato ciudadano para dignificar la política» y quizá se cisquen en tu árbol genealógico; con respeto, pero se cisquen. Porque más que alternativos se prefieren los proyectos posibles y creíbles, y lo del contrato, pues no sé, amiguitos, ¿acaso hasta ahora no teníais un compromiso solemne con la ética, con la democracia y con rendir cuentas ante los ciudadanos?

En fin, creo que la clave para arreglar esto la tiene aquel cargo socialista que cuando redujo un 20% nuestro presupuesto para intervención comunitaria nos dijo, «tenéis que aprender de las monjitas, que lo hacen un 40% más barato». «¡Cielos! —me dije— es verdad. Y además viven en la pobreza, tienen un fuerte compromiso ético, son humildes, no mienten, trabajan sin afán de lucro, no piensan en sus propios intereses, se desviven por los demás, comen con moderación y, ejem, no proliferan». He ahí un modelo para vuestra organización, parecía decirme el compañero. Yo lo aprendí y me compré unas sandalias de esparto, pero no sé si el ejemplo cundió en su organización.

Vamos a ver, que no digo que la militancia política tenga que convertirse en un monacato, pero en vez de construir relatos, es decir, cuentos, tal vez no estuviera mal refundarse con principios que ya fueron patrimonio de cierta izquierda: austeridad, nobleza, fraternidad solidaria, respeto a la verdad y a las personas (incluidos los adversarios políticos), integridad… Luego, más tarde, hablamos de ideología. Claro, que puede ser que yo esté muy equivocado y que lo único que ocurre es que cierta vez me engañaron con un relato. Que no digo yo que no.

[Publicado en El Diario Norte el 12 de abril de 2013]