Contra los gilipollas

«En primer lugar —y por eso lo pongo al principio del texto— quiero dejar claro que me parece repugnante y salvaje y blablablá blablablá el atentado perpetrado en la revista satírica Charlie Hebdo en París y blablablá blablablá porque nadie como yo defiende la libertad y blablablá blablablá por eso condeno enérgicamente blablablá blablablá y resalto mi compromiso con la libertad de expresión y blablablá y blablablá pero…

Pero, no me identifico con la versión caricaturesca y humillante que estos dibujantes han perpetrado durante años contra el islamismo, el cristianismo, el judaísmo, el budismo, el sindicalismo, el feminismo, el imperialismo, el papanatismo, el agroturismo, la homosexualidad (y el lesbianismo), la aromaterapia, la clase obrera, el Papa de Roma, la OTAN, Le Pen y los neonazis, Israel, USA, el Che Guevara, los jóvenes tontosdelculo, los follacabras, mi partido político, las mujeres con burka, la corrupción, la energía nuclear, Marx y El Capital, los museos, los escritores, la banca, mi presidente del gobierno, las marujas, los hinchas de fútbol, mi bandera, el rock’n’roll, mi nación, la música celta, mi himno, el rock sinfónico, las películas del Señor de los anillos, la merluza en salsa, el whatsup y así sucesivamente y así sucesivamente y así sucesivamente. [TÁCHESE LO QUE NO PROCEDA].

Porque no todo vale, ni toda crítica blablablá blablablá y el humor no debe ofender y con su actitud despectiva estos dibujantes se han aliado blablablá blablablá contribuyendo a la espiral de represión blablablá blablablá al crecimiento de la reacción blablablá blablablá. Por eso reitero mi compromiso con la libertad de expresión, condeno este atentado execreibol e intolereibol blablablá pero el que siembra vientos recoge tempestades y quien ríe el último ríe mejor».

Más o menos, aunque con tono más solemne y por tanto más patéticamente cómico y trágicamente risible, hemos tenido ocasión de leer algunas pseudocondenas de los asesinatos de París. Vendrán más. Han brillado con luz propia carlistones navarros, dinosaurios paleocastristas, histerofeministas y, en general, creyentes a tutiplén.

Qué panda de hipócritas. Deberían haber abierto el champán o el anís del mono. O por lo menos haber cerrado el pico, que es más elegante.

Pero los muy hipócritas no pueden. Los hipócritas necesitan hacer constantemente publicidad de su propia valía y fingir lo conveniente y hacer alharacas de ostentación moral para ganar prestigio. Los hipócritas tienen que exhibir como propios los comportamientos, las ideas, los sentimientos y hasta las creencias y opiniones ajenas que consideran tendencias sociales triunfantes para invertir en su propia reputación y hacerla crecer por capilaridad como aumentan de volumen las compresas en contacto con los líquidos. A estos hipócritas les importa muy poco la libertad de expresión, salvo la suya, y cerrarían el pico a todos los que les llevan la contraria, pero tienen que adaptarse al medio. Propagan el discurso dominante, para integrarse con éxito en la comunidad moral e ideológica, adocenándose para poder homologarse, y por eso les molesta tanto que unos dibujantes anarquistas, incrédulos, cachondos, burlones e insolentes se partan de risa con las tonterías que se ven obligados a decir un día sí y otro también. Les han dolido durante todos estos años las risas como si hubieran sido bofetadas. Y les han dolido porque provenían de unos individuos que no les tomaban en serio, que se reían de sus hábitos o de sus corbatas o de sus coches de lujo o de su puño en alto o de su himno o de su camiseta o de su gin-tonic con bayas o de sus rezos o de sus burkas o de su kalashnikov de mierda.

No les tomaban en serio. Tomaban sus contradicciones, nuestras contradicciones, y nos las pasaban por el morro, y se mofaban, y se burlaban, y se cachondeaban, y sus risas atronaban hasta tal punto que de vez en cuando algún imbécil montaba en cólera, lo que aumentaba las risas generales y propagaba más la burla.

Ahora, los más espesos entre los obtusos se afanan en encontrar conjuras y les acusan de todo, de tantas cosas y tan contradictorias que no merece la pena ni pensar en ello. No han entendido nada. Su cruzada era contra la idiotez. Se reían de todo, pero principalmente de la gilipollez y de los gilipollas. Y les han acabado matando dos de ellos, islamistas, para que lloren lágrimas de cocodrilo vastos y bastos rebaños de gilipollas.

[Publicado el 10/01/2015 en El Diario Norte]

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