Cuéntame un cuento

Empieza a resultar irritante la obsesión socialista por lo que llaman «el relato». El concepto, que hizo su aparición pública entre los intelectuales comprometidos con deslegitimar el discurso patriótico y militarista de ETA, ha ido ampliando su campo semántico hasta convertirse en un mantra que va a resolver todos los problemas de la anemia socialista. Al parecer, triunfa la idea de que no es que lo hagamos mal, es que no te lo sabemos contar como tú te lo mereces y, claro, no nos entiendes y pasas de nosotros.

Pues va a ser que no. Hay ciertamente margen para la reconstrucción del relato histórico civil, pero cifrar las esperanzas de la renovación del partido socialista en la construcción de un relato político propio que «despierte conciencias e impulse un liderazgo social» suena al viejo truco de gastarse la pasta en publicidad. Ya sabes, si no tienes ideas ni ganas de trabajar, haz una buena campaña de comunicación.

El problema, lo saben perfectamente los socialistas, es más profundo: su discurso no encaja en el único modelo socieconómico realmente operante (e imperante) y la ciudadanía occidental no quiere ni oír hablar del modelo socialista ni de nada que se le parezca. Ciertamente el paleocastrismo cubano, el matonismo chandalista bolivariano o la cleptocracia peronista no ayudan a mejorar su imagen. La socialdemocracia europea tampoco tiende a ofrecer ejemplos edificantes. No es muy aleccionador que el ministro de Hacienda de Hollande, la gran esperanza blanca socialista, propenda al fraude fiscal masivo y al uso de la banca suiza para escaquear millones de euros. ¡El ministro de Hacienda! Tampoco parece muy elegante que el llamado ‘control público’ de las empresas del Estado (sean eléctricas, navieras, televisiones, chiringuitos I+D o cajas de ahorros) suela traducirse en colocar a unos mendas en los consejos de administración para acelerar la socialización del botín. Yo creo, pero es sólo una opinión, que esto desanima a los votantes de izquierda. Y a los de derecha ni te cuento.

El personal lo que quiere, para empezar, es mantener su nivel de vida. Cosas poco ideológicas, como no quedarse sin empleo, conservar la casa y el coche, poder ir al médico cuando te duele el bazo y que, de vez en cuando, haya unos eurillos para alguna alegría en el centro comercial o en el chiringuito de la playa. Todo muy capitalista, o sea. Tú le dices al personal que les ofreces un «proyecto alternativo frente a la crisis, reformista y transformador» y un «contrato ciudadano para dignificar la política» y quizá se cisquen en tu árbol genealógico; con respeto, pero se cisquen. Porque más que alternativos se prefieren los proyectos posibles y creíbles, y lo del contrato, pues no sé, amiguitos, ¿acaso hasta ahora no teníais un compromiso solemne con la ética, con la democracia y con rendir cuentas ante los ciudadanos?

En fin, creo que la clave para arreglar esto la tiene aquel cargo socialista que cuando redujo un 20% nuestro presupuesto para intervención comunitaria nos dijo, «tenéis que aprender de las monjitas, que lo hacen un 40% más barato». «¡Cielos! —me dije— es verdad. Y además viven en la pobreza, tienen un fuerte compromiso ético, son humildes, no mienten, trabajan sin afán de lucro, no piensan en sus propios intereses, se desviven por los demás, comen con moderación y, ejem, no proliferan». He ahí un modelo para vuestra organización, parecía decirme el compañero. Yo lo aprendí y me compré unas sandalias de esparto, pero no sé si el ejemplo cundió en su organización.

Vamos a ver, que no digo que la militancia política tenga que convertirse en un monacato, pero en vez de construir relatos, es decir, cuentos, tal vez no estuviera mal refundarse con principios que ya fueron patrimonio de cierta izquierda: austeridad, nobleza, fraternidad solidaria, respeto a la verdad y a las personas (incluidos los adversarios políticos), integridad… Luego, más tarde, hablamos de ideología. Claro, que puede ser que yo esté muy equivocado y que lo único que ocurre es que cierta vez me engañaron con un relato. Que no digo yo que no.

[Publicado en El Diario Norte el 12 de abril de 2013]

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