Discomunicaciones

La escritura es, básicamente, un canal de comunicación a través del cual un emisor (el escritor) envía un mensaje a unos receptores (los lectores) mediante un código (la escritura en un determinado idioma). El escritor recibe una retroalimentación (respuesta) muy limitada de los lectores, si la recibe, y además la recibe de forma diferida, a veces muchos años después de lanzado el mensaje, cuando sus ideas e intereses pueden haber cambiado radicalmente.

Bien, esto es un esquema muy básico de la comunicación al que hay que añadir muchas variables para que sea explicativo.

En su acto de comunicación el escritor recurre a sus representaciones mentales y referencias intelectuales para construir un discurso. Persigue, además, unos objetivos: entretener, divulgar, crear opinión, hacerse querer, exhibirse… Obviamente, el escritor y los lectores no comparten necesariamente las mismas referencias y representaciones. Puede que el escritor escriba ‘revolución’ y sus referencias y representación mental acarreen sinestesias de muerte, gusanos, color sangre y música de Wagner mientras para el lector puedan representar emergencia, renovación, jazz y color amarillo. O viceversa. Da igual; en todo caso, lector y escritor, con representaciones mentales diferentes interpretan de formas diferentes el texto escrito. Asimismo el escritor tendrá sus objetivos, pero el lector no puede renunciar a inferir relaciones entre lo que lee y lo que sabe y entre lo que lee y lo que cree que intenta decir el escritor; cuanto más cultivado sea el lector menos inocente será su aproximación al texto y a las intenciones del escritor.

Finalmente, tanto la escritura como la lectura estarán rodeadas del ruido ambiental, de la tormenta de signos y mensajes del momento, sean relaciones sentimentales, conversaciones, debates, prensa, radio, televisión, internet… En el caso del escritor, el ruido ya no interfiere una vez publicado el texto, pero no ocurre lo mismo para los lectores. Cada lectura incorpora los ruidos e interferencias del momento, las interacciones con la cultura local y las circunstancias, de modo que cada lectura ‘actualiza’ y ‘reinterpreta’ el texto.

No hay que despreciar tampoco la posibilidad de que un número significativo de lectores sean incapaces de seguir y contextualizar las lecturas exigentes, que no puedan leer un texto como algo ajeno a sus propias vivencias, o que sean, sencillamente, idiotas. Recíprocamente, un escritor idiota o discapacitado para el oficio creará textos impredecibles.

Pues bien, es en esa zona de fractura entre lo dicho por el escritor y lo leído por el lector en donde se producen los fenómenos más fascinantes. Por ejemplo, que alguien interprete todo lo dicho anteriormente como machista porque he utilizado los genéricos ‘escritor’ y ‘lector’, cuando es bien sabido que el 70% de los lectores —o más— son realmente lectoras.

El momento y sus ruidos dificulta la comunicación, pero también crea fenómenos de éxito a la moda del momento.

En fin, toda esta larga introducción tenía como único motivo explicar mi gran problema con la escritura: ¿para quién escribo? Si ni siquiera tengo claro que, como lector, me apetezca leer este texto dentro de una semana, ¿cómo imaginarme a un lector —o lectriz— que comparta mis referencias y disfrute con mis juegos?