Dylan ha meado sobre el fuego sagrado

Me temo que no había prestado atención a uno de los porqués más obvios de la reacción hostil hacia el Premio Nobel a Bob Dylan. Nadie protesta demasiado cuando lo gana un autor desconocido e incomprensible (incluso si es «malo») siempre que haya seguido el «conducto reglamentario», a saber, haber publicado libros que hayan sido censados, reseñados, explicados y calificados dentro del canon cultural presuntamente vigente: el europeo. Sería aceptable un recopilador esquimal de relatos orales o algo tan «raro» y, desde el punto de vista de la sensibilidad occidental, inexplicable, como los haikus, siempre que hayan seguido la ruta correspondiente: presentación en sociedad, reseña crítica y aprobación y asunción por la élite cultural. Textos netamente oligofrénicos como los de muchas óperas podrían haber conseguido el pase sin que hubiera rechistado ni una mosca (salvo, acaso, las cojoneras). Pero en el caso de Bob Dylan no ha sido así, se han saltado todos los pasos intermedios, pasando directamente del lodazal de los Grammy al Olimpo del Nobel sin ni siquiera haber recalado en la chanson française, que a falta de Olimpo tiene el Olympia. Cuando intentamos explicar la importancia de Bob Dylan recurriendo al pasado de la literatura oral o a su estirpe juglaresca, nos equivocamos. Me temo que lo que ocurre es que Dylan representa el triunfo apoteósico de la cultura pop norteamericana que, ahora lo veo, es el único movimiento cultural realmente dominante, sobre los postreros reductos del movimiento romántico (tanto el reaccionario como el revolucionario). Las hordas pop han asaltado la Academia y se han ciscado en las obras completas de los poetas muertos. A nadie le interesan ya los retratos, medallones y lápidas que adornan la Academia, cuyos nombres hace tiempo resultan tan ignotos como los jeroglíficos. El Olimpo es sólo un viejo balneario de aguas termales donde ya no para el tren, que ahora se dirige por vía de alta velocidad hacia donde suena la música: The Hall Of Fame. Mira por la ventana: los que están muertos nos saludan.

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