Escapismo

Recuerdo perfectamente el vago gesto de desprecio con el que el profesor de Literatura solía despachar a los escritores y artistas que no ponían su bagaje intelectual al servicio de la causa. Consistía en apenas una leve señal, un conato de fruncimiento de ceja y apenas un cuarto de media sonrisa de condescendencia acompañando a la palabra infamante: escapista. Eran escapistas los modernistas, Rubén Darío principalmente, que desperdiciaba su desbordante talento en la descripción de estampas con princesas, o Manuel Machado, que al contrario de su hermano Abel, digo Antonio, sólo buscaba sangre, sudor y polvo en las gestas del Cid y no en los efluvios corporales del jornalero o el peón ferroviario. Eran escapistas casi todos los poetas de la generación del 27 y especialmente aquel infame que decía que el mundo estaba bien hecho y escribía un poema… ¡a un sillón! En fin, eran escapistas casi todos los escritores, especialmente si supeditaban el ‘fondo’ a la ‘forma’ con delectación y regodeo. Y el colmo, el no va más, eran aquellos mamones que se dedicaban a la literatura de ‘evasión’, fueran populares y de novela de bolsillo o supuestamente cultos y de libraco, como cierto Tolkien; sólo se salvaban los escritores de novela negra, que al parecer eran todos criptocomunistas y sus obras resultaban ferozmente denunciadoras y revolucionarias, aunque no se notase en una primera lectura y quizá tampoco en una quinta.

Claro que yo entonces no sabía lo que era, literalmente, un escapista. Nadie me había hablado de Erik Weisz, alias Harry Houdini, y ni siquiera había pensado demasiado en por qué resultaba necesario escaparse de la realidad, actividad a la que, por cierto, venía dedicándome desde mi más tierna infancia dado que mi realidad consistía básicamente en espacios cerrados de donde era mejor huir. Bien mirado, los escritores comprometidos eran también escapistas, lo que pasa es que querían escaparse hacia no lugares que no acababan de convencer, quizá porque los ideales siempre parecen aburridos. A pesar de todo, yo los admiraba tanto o más que a los malditos, y sigo haciéndolo.

Lo malo es que seguí practicando el escapismo. Siguen creyendo que me paso las horas encerrado en la habitación y que mi minucioso conocimiento de las novedades del mundo es fruto de un análisis concienzudo cuando sólo se trata de un intento desesperado y a contrarreloj para hacer saltar los mecanismos que me aprisionan. Cualquier día de estos no lo consigo y acabo ahogado en esta realidad de mierda.

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