Feliz e indocumentado

En 1973 Gabriel García Márquez publicó un libro de crónicas y reportajes cuyo título, «Cuando era feliz e indocumentado» resume el estado al que siempre aspiré en mi juventud. (Bueno, también deseaba ser invisible, pero tampoco hay que forzar).

Ser indocumentado suponía no tener nombre y poder vagar libremente por el mundo sin obligaciones y sin objetivos, sólo por el placer de explorar y de conocer gentes. Facilitaba mucho este anhelo de huída y exploración vivir en un país antipático y gris, dado a la exaltación nacional, al folklorismo agilipollante y a la inclinación al crimen (o sea, como ahora pero con más curas y militares), aunque también ayudaron las lecturas de Stevenson y Jack London o las canciones de Dylan y Neil Young.

Sin embargo la vida no es una novela y aunque la música y el cine me han permitido seguir alimentando algunas fantasías (sí, también tengo el disco «Sin documentos», de Los Rodríguez) lo cierto es que mi cartera, como la de cualquier europeo estirado, se ha llenado de carnés y tarjetas de todo tipo, de visas y mastercards. Sólo falta que me tatúen un código de barras en el cuello o me injerten un chip con geolocalización que directamente me vaya cobrando los gastos de bus, aparcamiento, autopista y supermercado, el cine, las copas, los libros, me ponga una multa por saltarme el paso de cebra, cante el himno al pasar por San Mamés, me haga la declaración de la renta y —ya puestos— me dé un masaje con final feliz.

Decía Borges que decía Bioy Casares que los heresiarcas de Uqbar habían declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Tras manifestar mi más enérgica discrepencia en el asunto de la cópula y admitir que cualquier observador alienígena considerará a los humanos como plaga, a mí, abominable, lo que se dice auténticamente abominable, me resulta la multiplicación hasta la náusea de identidades, nacionalidades, partidos, partidas, facciones, hordas, camarillas, hatajos, catervas y patuleas. Y no porque me parezca mal la afición humana a agruparse, que algo hay que hacer para pasar el rato y quitarse el frío, sino por la pretensión de que cada una de esas manadas obtenga privilegios, impunidades y exenciones por una simple razón de número y mogollón. Mucho sujeto, mucha persona, mucha ciudadanía y mucho derecho individual, pero a la hora de la verdad la basca renuncia a su identidad y se refugia en la tribu, que es en donde mejor se hace el indio y en donde cualquier mamoneo y salida de tiesto son recibidos con aullidos de apoyo y balidos de sumisión.

A ver, corazones, los lobbys no son malos porque sus integrantes quieran ganar más dinero o proteger sus intereses, son malos cuando lo hacen saltándose la ley, evadiendo sus responsabilidades y perjudicando los intereses comunes. Y los intereses comunes se traducen, por simplificar, en derechos y en dinero.

Entiendo que la convivencia deba buscar un cierto equilibrio entre distintos grupos de partidarios, pero lo que no puede ser es que se impongan los más bocazas, chulos y horteras porque están dispuestos a dar la tabarra por cielo, mar y aire hasta consumirnos por aburrimiento. Eso cuando no recurren a la pistola.

Si el nacionalismo se limitara a dedicarse a lo suyo sin entrometerse en nuestras vidas, es decir, sin robarnos y sin poner trabas a nuestra libertad, podrían resultar hasta simpáticos, como los seguidores de Star Treck o los coleccionistas de chapas de cerveza. Lo malo es que siguen dispuestos a perseverar en la mentira y el crimen, a poner sus manos en nuestros bolsillos, sus bocazas en nuestras orejas, sus carnés en nuestra cartera y sus banderas en nuestras solapas.

Qué cruz.

[Publicado en El Diario Norte el 29/09/2013]

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