«El lado más bestia de la vida», Albert Pla

Edgar Allan Poe y Rimbaudelaire ya habían experimentado con éxito esa excrecencia romántica de poetizar la sordidez, así que Lou Reed no inventó nada nuevo cantando a la heroína y a las putas. Si acaso tuvo la suerte de escribir canciones en un momento de efervescencia social y artística en la que todo era admirable, hasta rodar penosas películas underground y que todos los aspirantes a intelectuales las engulléramos acríticamente en tediosas sesiones de cineclub.

Tampoco Lou Reed tiene la culpa de que los más infortunados de mi generación acabaran enganchados a la heroína. Ciertas tribus caníbales creían heredar la fortaleza de sus enemigos devorando su corazón, pero los yonkis poéticos pretendieron alcanzar el lado salvaje de la existencia por capilaridad, como las toallas. Tal vez la vida cotidiana no fuera suficiente infierno así que, con un poco de heroína y una chupa de cuero, añadieron un poco de drama neoyorkino. Nunca abandonaremos el pensamiento mágico.

De lo que sí tiene culpa el viejo Lou es de haber escrito canciones tan formidables como Walk on the Wild Side, que lo resisten todo. Y algo de culpa tiene por versiones tan exóticas (coro de lolailos incluido) como esta de Albert Pla, que llevan su homenaje casi hasta el límite de la parodia, pero ni un paso más, por el lado más bestia de la vida.

EL LADO MÁS BESTIA DE LA VIDA

Manolo era todo un macho de pelo en pecho
pero estaba algo cansado, estaba harto de su sexo,
así que se afeito y se depiló
y ahora Manolo es toda una mujer
desde que va por el lado de la vida más salvaje
—sí, Manoli—
por el lado más salvaje de la vida.

Natalia era un poco pija, libertina y sin manías.
Sus amantes mantenían su pisito de estudiante.
Pero eso sí, era muy decente,
sus clientes eran ricos, finos y elegantes.
Y así sobrevive,
por el lado más salvaje de la vida
—sí, Natalia—
por el lado más bestia de la vida.

Jaimito el camellito nunca dio na’,
ni un toque por aquí, ni un toque por allá.
Si te quieres flipar hay que pagar
y es que en esta ciudad
ya no hay nadie que diga
Eh amigo, ¿te vienes a dar una vuelta conmigo?
Eh Jaimito.

Aurelio se fue del pueblo —voy a comerme el mundo.
Era un poquito palurdo, campechano y aburrido
y si ahora lo vieras en la discoteca
que marcha lleva —¡venga, venga, venga!—
bailando por el lado más bestia
—sí, el Aurelio—
por la pista más bestia de la vida.

María iba a mil por hora, iba muy deprisa.
Cuanto más ciega se ponía
más a gusto se sentía.
Acabó con ella una taquicardia
y su mejor amiga ya me lo decía,
es que María iba por el lado más bestia de la vida.
Sus amigas le decían:
Vas por el lado más bestia de la vida.

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