Hay que venir llorados

Vamos a ver, en principio prefiero la democracia a la dictadura. Y también al final. Y en medio, ni te cuento. A la obsesión de las dictaduras por matar masivamente a la gente o encerrarla hasta que se pudran no le veo muchas virtudes. Entiendo que haya personas a quienes les ponga el temita de las banderas, los himnos, la vigilancia, las pistolas, las líneas rectas, los culos prietos, pero yo soy más de pasear por los bulevares y sentarme en las terrazas sin tener que preocuparme de los chivatos y los asesinos. Se vive más descansado, creo yo. Por eso no entiendo esta obsesión que les ha dado a algunos por renegar de la democracia. Que una cosa será intentar cambiar el malfuncionamiento de la economía o los excesos de las malas políticas y otra cargarse el único modelo de convivencia que ha funcionado más o menos bien en este país en los últimos siglos. ¿He dicho siglos? Pongamos milenios.

Es cierto que allá por la transición, cuando anhelábamos un mundo más limpio, elegante y justo, se frustró el sueño de algunos de montar una República Democrática Popular modelo Kim Il Sung, pero es que las masas no estábamos por la labor. Ahora me parece que tampoco. Es lo que tenemos las masas, que somos más del jijí-jajá que del campo de reeducación. Nos garantizan el pan y el circo y nos damos al disfrute. El problema es el pan, claro.

Hay que acostumbrarse a que en los períodos de descontento medren los cantamañanas. Pero también conviene acostumbrarse a que, en la política, las cosas no siempre van por donde queremos. Bueno, en política y en todo lo demás; yo siempre quise ser zurdo, de ojos azules y escribir trovas en galaico-portugués, pero esto es lo que hay.

La democracia tiene el pequeño inconveniente de que los asuntos deben negociarse. Tiene que doler que uno vaya con toda su buena voluntad a construir un Palacio de Congresos del tamaño de la pirámide de Kéops y la jodida oposición te diga que lo que quiere es una guardería o un frontón. O que tengas un proyecto cojonudo para conseguir la reactivación de la economía mundial desde una perspectiva ecológica y sostenible con caja de cambios secuencial de ocho velocidades y marcha atrás y no te tomen en serio. Debe ser muy ingrato no contar con mayoría para sacar adelante los proyectos y tener que negociar. Pero en eso consiste el juego.

La idea del invento democrático se basa en que es legítimo defender los proyectos propios en libre concurrencia con otros proyectos y que en el juego de intereses contrapuestos es la sociedad en su conjunto la que sale beneficiada. Que si vosotros queréis construir un heliopuerto para subir a la parte alta de la ciudad, ellos una autopista de seis carriles y aquellos un teleférico, quizás negociando os tengáis que poner de acuerdo en arreglar las aceras y poner barandillas en las escaleras. Nadie lo gana todo, pero todos ganamos un poco.

Ya sé que todo esto suena muy bonito y que es como de primero de enseñanza secundaria, pero es que así está el nivel. Es un poco triste tener que ir de maestro Ciruela recordando que, sin democracia, las sociedades humanas tienden inexorablemente al baño de sangre. Que está muy bien que los listos estén convencidos de tener soluciones imaginativas y radicales para todos nuestros males, pero que las pasen por el filtro de las urnas, que tal vez descubran que las masas prefieren —como me ocurría a mí con las novias— azotarles con el látigo de su indiferencia. Y si no les gusta, ajo y agua, que a la política en particular, como a la vida en general, hay que venir ya llorados.

[Publicado en El Diario Norte el 04 de mayo de 2013]

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