Impostores

Empiezo a leer un dietario. El autor, profundamente conmovido por la fugacidad de la vida, trufa sus comentarios de lápidas, melancolía, desamparo, citas de escritores muertos, desánimo, música clásica, prosa poética y una tristeza lenta y húmeda que huele a lirio muerto. Apenas he leído una decena de páginas y ya estoy deseando que la palme y acabe con su sufrimiento y con el mío. Leo —esta vez fijándome— cuántos años tiene y doy un respingo. ¡Pero si es diez años más joven que yo! Miro la fecha de publicación del libro y deduzco que lo ha escrito con treintaypocos. ¡Será hijodeputa! Ya estaba yo derramando una viscosa lagrimita sentimental por el anciano que lamentaba la fugacidad de su vida y resulta que se trata de otro letraherido infecto de romanticismo. La primera en la frente: los dietarios mienten siempre, como los escritores.

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