Jogo bonito

Supongo que la mayoría de los juicios morales acerca de la política parten de un error grave de perspectiva, el considerarla un método con reglas explícitas y códigos de honor compartidos que obligan a todos los contendientes. Obviamente no es así, a pesar de la extraordinaria labor pedagógica que en la etapa final de la dictadura franquista ejercieron algunas revistas y que continuaron posteriormente algunos medios de comunicación y, específicamente, algunos maestros.

Es obvio que hay contendientes políticos que reniegan del sistema democrático y no están dispuestos, por ejemplo, a renunciar al asesinato de sus oponentes. Pero sin llegar a este extremo, es también evidente que muchos contendientes se sienten constreñidos en exceso por las normas del Estado o por los mecanismos que pone en marcha la Administración Pública para impedir la arbitrariedad.

Lógicamente, si la mayoría opta por el asesinato y el crimen, el sistema democrático es inviable (no sé a que tipo de «elecciones» presidenciales se va a presentar Bashar al-Asad en Siria). Sin embargo, la existencia de grupos minoritarios atacando al sistema democrático no necesariamente lo debilita sino que, al contrario, puede reforzar sus mecanismos y la legitimidad de sus actuaciones. Se supone que, en un campo de fútbol, sólo los hooligans descerebrados admitirían la irrupción de un jugador armado con machete, mientras que el resto se uniría para castigar y expulsar a los infractores.

Sin embargo, lo que acabaría definitivamente con el juego es que todos los jugadores y todos los equipos hicieran permanentemente trampas; que todos agredieran y todos fingieran agresiones, que la mayoría de los árbitros aplicaran las reglas de forma flexible, que los partidos no tuvieran horarios, que se inventaran normas a propósito o que se aplicaran aleatoriamente las reglas del fútbol o el baloncesto o el waterpolo de forma asimétrica o a la carta.

Sin la voluntad explícita de jugar todos al mismo juego, en el mismo campo, con las mismas reglas y sin hacer trampas, los partidos se convierten en ese batiburrillo que —se supone que con buena intención— creaban los padres cuando obligaban a toda la chavalería a jugar juntos: de todas las edades, de todos los sexos, de toda capacidad. «¡Pero déjale que tire y te marque un gol! Total, ¿qué más da?». Algunos suponen que la convivencia es eso, un juego sin normas en donde todo el mundo tiene derecho a dar patadas y marcar goles y en donde todo es relativo mientras a nadie le rompan la cabeza; y si se la rompen, al menos que sea sin querer.

El problema es que el espectáculo ya no es edificante. Se sospecha que hay demasiados contendientes políticos que sólo aceptan las reglas mientras les están mirando, que están dispuestos a todo y que, en el fondo, ni les importa el juego ni para qué se juega. Sólo aplauden a rabiar los hooligans y ya han empezado a aparecer gentes que quieren prender fuego al estadio.

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