La desinformación

Dice el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) que informar consiste en «enterar o dar noticia de algo» y, por el contrario, desinformar consistiría en «1. Dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines. 2. Dar información insuficiente u omitirla» (quiero sobreentender que también al servicio de ciertos fines).

Toda información es un acto de comunicación. Y como en todo acto comunicativo hay un emisor, un receptor, un mensaje y un medio por el que se transmite el mensaje. Pero la información es un tipo específico de comunicación que se refiere a algo que ha ocurrido de lo que hay que dar noticia y enterar al receptor. Es decir, el informador (emisor) es un mediador entre la realidad y la imagen mental de lo acaecido que va a hacerse el receptor. Obviamente, cuanto más parecida sea esta imagen mental de lo acaecido con la realidad, más fidedigno será el trabajo del informador.

Pues bien, desinformar consiste en lograr que el receptor no se entere de lo que ha ocurrido realmente. El des-informador ya no es un mediador entre la realidad y el receptor, sino un manipulador que actúa para ofrecer al receptor una imagen no fidedigna de lo acontecido.

Dice el Diccionario de la RAE que el informador trabaja «al servicio de ciertos fines», lo que suena muy misterioso. Sin embargo, conocemos perfectamente los fines perseguidos la desinformación: engañar al receptor para modificar su percepción y sus emociones y, en última instancia, modificar su actitud y su comportamiento.

Ensayemos entonces una definición menos sintética.

Desinformar consiste en ocultar de forma intencionada información fidedigna o en transmitir información engañosa para manipular la percepción y las emociones del receptor y modificar su actitud y su comportamiento.

En el jardín del bien y del mal

¿Es desinformar una actividad propiamente humana? Rotundamente, no.

¿Qué hace un camaleón cambiando de color y oscilando como una hoja movida por el viento? Efectivamente, desinforma al insecto al que pretende engullir enviando de forma intencionada información manipulada sobre su color y movimiento para confundir su percepción (lo que se mueve es una hoja) y relajar su cautela.

Esta mecánica desinformativa es tan común que la mayoría de los seres vivos que la utilizan no necesitan aprenderla, sino que ya está incorporada a su código genético. Por ejemplo, las mariposas que dibujan ocelos en sus alas para que parezcan ojos de depredadores; los insectos palo, cuya fase adulta imita a una rama o una hoja; los cefalópodos que cambian de color y forma a voluntad para engañar a víctimas y depredadores; las avispas que camuflan su olor para poder entrar en el hormiguero que depredan; las serpientes que fingen ser venenosas sin serlo adoptando el mismo color y aspecto que las verdaderamente venenosas para asustar y evitar ser engullidas; o los pájaros cucos que depositan su huevo en un nido ajeno y cuyos descendientes lo primero que hacen es deshacerse de sus ‘hermanos’ para ser alimentados de forma exclusiva por los panolis de sus ‘padres adoptivos’.

Lo que pretendo señalar con estos ejemplos de camuflaje y engaño, dos técnicas de desinformación, es que es ingenuo abordarla desde el plano ético. El engaño y la mentira, tan agriamente censuradas por nuestra tradición filosófica y moral, tienen buenas razones para ser consideradas ventajas adaptativas para la supervivencia y no deberían ser rechazadas acríticamente, dado que forman parte de la actividad diaria de las sociedades humanas.

Desinformación y propaganda

Como actividad humana, es decir, social, la desinformación no puede prescindir de su carácter masivo, por lo que nuestra definición debería incorporar también los conceptos de difusión y propagación.

Nuestros actos informadores y desinformadores, cuentan desde hace siglos con medios de difusión y propagación: las narraciones orales, los libros, las cartas, la pintura, la prensa, la radio, la televisión, internet… Cualquier medio de comunicación humano es susceptible de ser transformado en un medio de desinformación.

Como probablemente ya sabrán, desinformación es un concepto relativamente nuevo. Está atestiguado por primera vez en 1923, en el ámbito soviético, y no se populariza hasta los años de la Guerra Fría, cuando las autodenominadas agencias de inteligencia sistematizan sus técnicas, mecanismos y retóricas, para convertirla en un corpus de conocimiento, es decir, en una ciencia. Ciencia que, paradójicamente, no se suele estudiar como tal en las facultades universitarias de periodismo y publicidad, donde prefieren el término Ciencias de la Información. No sé, quizá enseñen sus técnicas en las facultades de Ciencias Políticas.

Como conjunto sistematizado, la ciencia de la desinformación incluye también a la propaganda, palabra popularizada gracias a la antigua agencia vaticana de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe (Sacra Congregatio de Propaganda Fide), hoy rebautizada como Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Uno de los grandes teóricos de la propaganda fue el sociólogo nacionalsocialista Joseph Goebbels, cuyos 11 principios de propaganda —síntesis elegante de las tácticas más perversas de manipulación— puso al servicio del gobierno de Hitler y que hoy son conocimiento básico en los gabinetes de comunicación políticos, financieros y empresariales.

La propaganda tuvo un enorme desarrollo en el siglo XX en el período de entreguerras, primero por la actividad de los totalitarismos (comunismo ruso, fascismo italiano, nazismo alemán) y los partidos políticos fundados a su imagen y semejanza en medio mundo, y por la actividad de las agencias de inteligencia norteamericanas y británicas. La II Guerra Mundial, la Guerra Fría y la historia posterior han estilizado la propaganda hasta convertirla en una rama del arte. A ello ha contribuido decisivamente la hermana comercial de la propaganda, la publicidad, con su caudal inagotable de recursos económicos y creatividad.

Desinformadores versus panolis

Hemos subrayado que la desinformación es un acto intencionado de manipulación informativa. Por tanto, si somos honestos, debemos descargar de responsabilidad a los difusores y propagadores de información no veraz que la retransmiten creyendo que es cierta. Se supone que un loro o una corneja, aunque pueden hablar, no saben lo que dicen.

Si un informante del siglo V antes de nuestra era sostiene que la Tierra es plana y los océanos se precipitan en cascada hacia el Averno, podemos presuponer que es un informante honesto —aunque un tanto lila— que repite el estado contemporáneo del conocimiento. Pero si en el siglo XXI alguien sostiene lo mismo, o es un manipulador esforzado o un auténtico zoquete.

En muchos periódicos subsiste una sección llamada Horóscopo que da noticia de los acontecimientos que padecerán los individuos estabulados en los distintos signos del Zodiaco. De esta sección suele encargarse un bribón, no necesariamente adiestrado en el arte de la adivinación zodiacal, que pergeña diariamente una serie de frases ambiguas para alimentar las esperanzas de los creyentes. Este individuo es propiamente un desinformador a sueldo, pero los convencidos que se dedican a difundir estas informaciones erróneas suelen ser simplemente ingenuos.

Del mismo modo, quienes dan por buenas las desinformaciones elaboradas desde campos tan diferentes como la religión, la política, la ideología o la empresa, no son necesariamente desinformadores, sino agentes involuntarios de desinformación. Y ésta es precisamente una de las actividades primordiales de los agentes desinformadores, la captación de ingenuos o panolis que propaguen sin descanso las des-informaciones recibidas.

Hay una técnica desinformativa magistral, de uso habitual, que consiste en hacer creer que la des-información que se ofrece ha sido sistemáticamente ocultada o preterida. Su simple revelación causaría pánico y podría dañar de manera definitiva a gobiernos, países, corporaciones, bancos, agencias… a la humanidad entera. Vamos, lo mismo que ocurrió cuando se reveló la muerte y resurrección del Hijo de Dios, que se rasgó en dos, de arriba abajo, el velo del Templo —del Templo Judío de Jerusalén, concretamente— y la tierra tembló y las piedras se partieron.

Cuando un ingenuo descubre esta verdad ‘oculta’ que le ha sido revelada a él y unos pocos ‘bien informados’ tiende inmediatamente a convertirse en evangelista de la buena nueva y a actuar de forma desinteresada propagando la verdad. Algunos acaban convirtiéndose en militantes y divulgadores pero, ojo, convencidos de que están transmitiendo una verdad que el resto de los humanos, lógicamente menos espabilados que el nuevo converso, no pueden ver. Cuando un desinformador consigue esto, hacerse con una legión de agentes involuntarios o apóstoles, ha logrado su objetivo, que estos hagan el trabajo por él, y además siendo informadores ‘sinceros’.

Pues bien, todos, absolutamente todos, somos o hemos sido en algún momento de nuestras vidas, agentes involuntarios de una desinformación estratégicamente diseñada desde la perspectiva religiosa, ideológica, política, cultural o comercial. Todos hemos sido o somos panolis de agentes que han elevado su ciencia a la categoría de arte barroca y rococó. Todos somos difusores de ideas, creencias y ‘verdades’ que vistas con la distancia suficiente resultan incomprensibles o aberrantes para observadores que con toda justeza deberían considerarnos unos auténticos panolis.

Necesaria e ineludible en tiempo de guerra

En su majestuoso y voluminoso tratado De la guerra, sostiene Karl Von Clausewitz (1780-1831) que ésta es un acto de fuerza física llevado a cabo para obligar a un adversario a acatar nuestra voluntad. Dado que el adversario tiene tendencia a no dejarse someter, se trata de desarmarlo —lo que es el propósito de la guerra y a veces se confunde con su objetivo último— o destruir todos sus efectivos y recursos para que cese su hostilidad. Si no lo hacemos así, es posible que sea él quien pueda derrotarnos y nosotros quienes acabemos sometidos a su voluntad.

Por tanto, deberemos regular nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder de resistencia, que se basa en dos factores, la magnitud de los medios de que disponga y su fuerza de voluntad.

Pues bien, independientemente de la necesidad que los observadores neutrales o el público supuestamente bien informado tengamos de conocer la realidad de los acontecimientos, es necesario desinformar al enemigo.

Necesitamos hacerlo antes del inicio de las hostilidades para socavar su fortaleza y disuadirlo del enfrentamiento, convencerlo de que va a perder y conseguir desarmarlo o desactivarlo sin necesidad de comenzar la guerra, que siempre será costosa en víctimas y en recursos. Por ejemplo, si el adversario cree que tenemos bombas atómicas y estamos dispuestos a utilizarlas, ya ha perdido la guerra sin necesidad de iniciarla, que es lo que explica la actitud temblorosa de Finlandia respecto a Rusia desde el fin de la II Guerra Mundial.

Durante el transcurso de la guerra, y para que la campaña militar no dure demasiado y sea costosa, será necesario introducir información falsa, incompleta o desorientadora —convenientemente trufada de medias verdades para que sea creíble—, informar erróneamente al enemigo y provocar que tome decisiones equivocadas que le perjudiquen. Por ejemplo, haciéndole creer que está en inferioridad de fuerzas, que su comandante en jefe ha huido, que la moral de sus soldados es baja, que carece de recursos, que ha equivocado sus objetivos bélicos o, de manera más sutil, que combate por ideas erróneas que perjudican los valores morales, religiosos, humanitarios, etcétera.

Por el contrario, informar de forma fidedigna puede tener resultados desastrosos. ¿Recuerdan aquellas imágenes en donde las cadenas de televisión de todo el mundo informaron de cómo las mujeres ucranianas preparaban cócteles molotov para recibir a los invasores rusos? Todos pudimos ver aquel edificio. Dos días después estallaba por los aires tras el certero pepinazo de un misil ruso.

Acabada la guerra será necesario desinformar mediante la creación de un relato que justifique la agresión y la exculpe, ante nuestros propios ojos, los de nuestros adversarios y la sociedad mundial en general. Y si hemos perdido la guerra, que justifique nuestros errores, exalte la resistencia heroica y nos rearme moralmente para resistir la humillación o, incluso, permita rehacernos a partir de la adversidad; socialmente, nada une más que una humillación percibida como injusta.

Resumiendo

Antes, durante y después de la guerra, la caza, la acción política, comercial, financiera, religiosa, deportiva o cultural, la desinformación es una estrategia común para obtener ventajas. Aunque cuestionable desde el punto de vista moral, no deja de ser utilizada cotidianamente como herramienta de adaptación social mediante una práctica de camuflaje conocida como hipocresía, y no deja de ser la base de la competencia social.

Hay que tener en cuenta que la desinformación se usa tanto para el ‘mal’ como para el ‘bien’, como hacen todas esas organizaciones no gubernamentales que nos asustan con las hecatombes producidas por el cambio climático o la extinción de las ballenas. Como ejemplos bélicos de ‘buen uso’ —y espero que los lectores puedan apreciar el tono irónico de los términos entre comillas— se pueden estudiar los casos de las ‘armas de destrucción masiva’ de Saddam Hussein, pretexto para para la invasión de Irak y el derrocamiento del dictador que había cometido el error de amenazar las reservas petrolíferas de Kuwait, o el bulo de la masacre y las fosas comunes de Timisoara en el contexto de la revolución rumana de 1989, en donde la prensa internacional achacó a la policía de Ceausescu entre 5.000 y 12.000 muertos y más de 50.000 heridos.

Un ejemplo canónico de ‘maldad desinformativa’ —y vuelvo a confiar en la inteligencia del lector y la lectriz para interpretar el entrecomillado— es el de la matanza del bosque de Katyn, ejecutada por la policía secreta soviética tras la invasión de Polonia en 1940 y endosada durante décadas a la Gestapo con el asentimiento implícito del servicio secreto británico.

Pero seamos positivos o, cuando menos, cínicos. En la actualidad, con casi 8.000 millones de humanos comunicándose y actuando simultáneamente como agentes informadores y desinformadores, es prácticamente imposible sustraerse al error y la mentira. Podemos intentar mantener una actitud vigilante, aunque teniendo en cuenta que la ciencia de la desinformación ha alcanzado cotas artísticas y que, como el pececillo ante el pulpo, probablemente seremos atrapados nueve de cada diez veces.

Además, y como nos aconsejan las autoridades cada vez que intentan vendernos la moto, hay que pensar de forma positiva: la desinformación —panolis involuntarios aparte— proporciona trabajo e ingresos a cientos de miles de periodistas de prensa, radio, televisión, gabinetes y canales de internet, y a cientos de ‘bots’ que envenenan la conversación en las redes. Como diría uno de esos charlatanes conocidos como consultores, no veamos la desinformación como un riesgo sino como una oportunidad.

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[Publicado el 1 de abril de 2022 en Embustero y bailarín.]