La tradición oral

Hace unos meses recibí una llamada curiosa. Era José Manuel Fraile Gil, folclorista, a quien conocí muy de pasada en 1983 o 1984, no recuerdo. José Manuel, que es ciego, colaboraba entonces con el Instituto Ramón Menéndez Pidal, de la Universidad Autónoma de Madrid, y ha seguido desde entonces dedicado a la recolección, grabación, transcripción y edición del romancero tradicional, lo que tiene gran mérito, teniendo en cuenta que en los años 80 del pasado siglo, la cadena tradicional ya estaba rota: no se incorporaban recitadores nuevos, sólo los folcloristas se dedicaban a recoger los últimos restos de una tradición que había sido extraordinariamente fértil. Aquellos recitadores eran los últimos de una cadena de siglos y después de ellos no vendría nadie más.

A José Manuel le pasé en su momento una gruesa carpeta con alguna cinta y transcripciones de romances que yo había recogido. Resultó que en un pueblo del Aliste zamorano nos topamos con una recitadora que tenía un gran repertorio y que había emigrado a Baracaldo y vivía a menos de un kilómetro de mi casa. Así que quedé con ella un par de veces y recogí todo lo que buenamente pude de su repertorio. Cuarenta años más tarde, José Manuel, al que la experiencia ha hecho sabio, manejando aquel material, supuso que aquella mujer ‘tenía’ que saber mucho más y la ha entrevistado varias veces desde entonces. Me llamó para anunciarme que gracias a que le puse sobre la pista, con los materiales que recogí y con los nuevos, editará un libro dedicado a ella.*

Muy amablemente, me envió uno de los libros que ha editado hasta el momento, el dedicado a Eva González Fernández, de Palacios del Sil, en Ponferrada. Es un libro de factura clásica, en cuyas primeras páginas hay una pequeña biografía con fotos de la mujer, de su familia y de su pueblo, lo que me ha parecido muy emocionante. Ahora espero con cierta ansiedad la edición del nuevo libro, no para ver el trabajo que hice, sino para saber más de aquel mundo ya perdido.

Se quejaba amargamente Diego Catalán de haber fracasado y no haber podido terminar el trabajo iniciado por su tío Don Ramón Menéndez Pidal a principios del siglo XX, el «Romancero General». No hay que ser tan pesimista. Fue un trabajo épico y hermoso y ha dado frutos.


* En realidad, mi mérito es mínimo en este asunto. Yo sólo fui un bachiller que acompañaba a varios gigantes del folclorismo, un humilde paje entre las huestes galanas de Don Diego Catalán Menéndez Pidal.