Lento pero inseguro

Si lo hubiera sabido antes, ahora sería carpintero. Viviría en una bonita casa de madera, de esas que desintegran los tornados, con su porche, su hamaca y sus muebles de cerezo y su chimenea y su aparador. Bueno, y con su conexión a internet, horno pirolítico y televisión LED de alta definición, que tampoco vamos a pasarnos de campestres. Lo que pasa es que me he equivocado en todo y por esas vueltas de la vida en lugar de un carpintero felíz soy un cagatintas que se gana los garbanzos escribiendo textículos. Podría ser peor (que diría Marty Feldman en El Jovencito Frankenstein), podría llover.

El caso es que yo me hice escribidor por rabia. Lo recuerdo perfectamente, fue en 5º de EGB y por culpa de una maldita redacción. El profesor nos mandó escribir sobre la batalla de las Navas de Tolosa (¡¡¿¿La batalla de las Navas de Tolosa??!!), que ya son ganas de tocar las pelotillas a la infancia. A mí aquello me pareció extremo y duro porque no habiendo estado allí no se me ocurría qué decir. Además, siempre me costaba mucho escribir. Cuando me pedían una redacción sobre la primavera, que era un tema clásico del profesorado infantil, solía quedarme en blanco. Veía como mis compañeros escribían aquello de que «la primavera es la estación más bonita del año porque al campo le salen flores y cantan los pajaritos y las nubes son como el algodón» y me moría de desesperación pensando que todas las cosas importantes ya habían sido dichas y que necesitaba contar algo distinto. Así que me ponía a pensar y a pensar y a pensar y trabajosamente escribía un texto primaveral en donde llovía y tronaba, se ahogaban los topillos en sus madrigueras y aparecía un avión de caza alemán ametrallando los campos rebosantes de margaritas. Ya de mayor me dijeron que aquello se llamaba realismo o desequilibrio, no recuerdo muy bien.

Así que me puse a contar la batallita pero en plan protagonista, empapando mi espada en la sangre de los esclavos negros de Miramamolín. Seguro que si hoy lee mi redacción un profesor de Transversalidad o Integración en el Medio, que no sé como se llaman ahora las asignaturas, me catea por escribir «¡Prueba mi acero, sucio moro!»; eso si no me mandan a clases de religión con un imán a practicar tolerancia o lo de la atracción y repulsión.

Pero me estoy desviando del tema. A mi profesor aquella redacción le pareció demasiado rebuscada para un zoquete de diez años y me acusó, delante de toda la clase, de haberla copiado o de que me la había escrito mi padre. (A ver quién le explicaba que lo único que escribía mi padre era su firma en mi cartilla de notas). Lo negé con energía, pero estaba perdido. El profe me puso un tres: ocho puntos porque estaba muy bien escrita y menos cinco puntos por copión. Y no me dejó leer la redacción a la clase, para que mis compañeros no aprendieran malas artes. Así empezó mi declive.

Me pasé el resto de la EGB entre la angustia de tener que escribir lo que ya habían escrito todos y las ganas de poner cazas alemanes y hombres-lobo en las redacciones sobre la revolución industrial. A veces me da por pensar que quizá era yo un superdotado de esos a los que les amargan la existencia y se vuelven un tanto agilipollados. (Bah, que no, que ya venía así de serie). En fin, que era tanto mi afán por demostrar que sí, que me había merecido aquel sobresaliente, que fui inclinándome siempre hacia las letras y dejando de lado todo aquello que se me daba bien: las ciencias naturales, la marquetería, las artes aplicadas, el dibujo geométrico, el trabajo manual… ¡Qué gran obrero especialista malogró aquella maldita redacción!

Al final estudié una cosa rara, filología, que si bien es cierto que tiene muchas salidas laborales (cajero de autopistas, reponedor de supermercados, montador de mecanotubo) no me ayudó mucho en la escritura; es una carrera de leer. Lo de acercarme al periodismo me hundió aún más: todo el mundo escribe mucho más rápido que yo y cosas más originales, que algunas hasta parecen inventadas, aunque no aparezcan cazas alemanes.

Así que, cada día que pasa, pienso y pienso y vuelvo a pensar. Y cada vez soy más lento sobre el papel y más rápido en la cabeza, donde tengo escritos miles de artículos. Este, por ejemplo, lo he escrito en la cabeza unas cuarenta veces. Total, ¿para qué? Llevo décadas intentando demostrarle a aquel profesor que no copié y al final me sale un artículo de Elvira Lindo.

[Publicado en El Diario Norte el 28 de mayo de 2013]

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