Malas calles

Qué raro es todo. Vivimos instalados en la monótona rutina del trabajo o el paro, de la familia, de la vida social, en un mundo que es —afortunadamente— previsible, y de repente salta todo por los aires como en una mala novela. Revientan las cañerías de lo normal y aparece lo que sabemos que siempre está ahí, latente en el cerebro de individuos contenidos y peligrosos, pero que la vida en común y los mecanismos sociales mantienen atado.

De pronto, un tipo raro, Huang Carlos, un chalado del kung-fu, las espadas, el buda y el incienso, un tipo «demasiado espiritual» —dicen— se revela como asesino y descuartizador. El tipo de ahí al lado, el del gimnasio donde llevas a los niños a que aprendan a controlar la agresividad. La vida, definitivamente, imita al cómic.

En la adolescencia, nuestro cerebro trabaja a velocidad de vértigo. Todo lo absorbemos y la cabeza se llena de peligros y aventuras, de naves espaciales, de deseos, de sueños de triunfo. Es el momento de los tebeos y de las novelas, del cine de aventuras, de la fantasía, de los videojuegos, de las historias de amor. Luego la mente se consolida y el paso del tiempo, los horarios y la cruda realidad del trabajo, de la familia, de la responsabilidad y la hipoteca, nos va haciendo entender que todo es más complicado, que los asuntos difícilmente se resuelven con mamporros y huídas, y que cuando caes —aunque sólo sea desde tres metros de altura o desde el primer peldaño de tu dignidad— te haces mucho, pero que mucho daño.

Sin embargo, hay personas que se quedan atascadas en ese tránsito de la adolescencia a la madurez. Como esos padres que vivían en el más absoluto abandono, manteniendo encerradas a sus hijas durante tres años mientras ellos intentaban desarrollar una personalidad triunfadora en los mundos para lelos del videojuego World of Warcraft.

En mi infancia conocí a varios individuos kung-fundidos. En los años 70, las películas de Bruce Lee y la serie de televisión Kung-Fu llenaron los barrios obreros de chavales que se fabricaban nunchakus con un palo de escoba y una cadena y se pasaban las horas fustigándose los sobacos. Normalmente la cosa duraba hasta que alguien les soltaba una buena hostia al estilo tradicional y les desmotivaba drásticamente el aprendizaje shaolín. Pero algunos persistieron, obtuvieron cinturón negro y fundaron gimnasio, encontrando negocio y sustento en esos padres preocupados porque sus hijos puedan defenderse de las palizas que les dieron a ellos. Algunos, por lo que se ve, ni salieron del barrio ni de su confusión interior.

Qué raro es todo. Somos incapaces de vivir en un mundo no narrativo y necesitamos explicaciones que den sentido a lo que no es normal. En las novelas criminales, en los libros de psicología, en las parábolas morales y en los escritos políticos todo está claro: al antecedente le sigue el consecuente de la misma manera que las aguas del río van a dar a la mar; como dice la canción, si naciste pa’ martillo del cielo te caen los clavos. Pero ocurre que todo es mucho más complicado, que en el cerebro de las personas se generan impulsos difíciles de controlar y de predecir.

Junto al Bilbao de titanio y cristal sigue bullendo sobre las minas, las escorias y el racismo una vieja ciudad de la miseria. El viejo Bilbao de Las Cortes y La Palanca dejó espacio a otro quizá aún más sórdido, en el que las prostitutas nigerianas alivian en los portales a machos derruidos, enfermos y, a veces, peligrosos. El Bilbao de los cadáveres en la ría, de los borrachos de garrafón y de los yonkis del jaco sigue ahí, expulsando gases mefíticos como un viejo dragón adormecido. Es el Bilbao en donde han encontrado la muerte Mauren Ada Ortuya y Jenny Sofía Revollo, la mujer descuartizada cuya desaparición nadie se había preocupado en denunciar.

El viejo y raro Bilbao de todas nuestras vidas que siempre me trae a la memoria aquellos versos de la Balada de los ahorcados que escribió François Villon en 1463 anticipando su ejecución. «Aquí estamos colgados, cinco o seis./ Señor, aquí con bromas no se venga./ Rogad a Dios que a todos nos absuelva».

[Publicado en El Diario Norte el 6 de junio de 2013]

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