Manifestódromos

Leo hoy en la portada de El Mundo «El Gobierno corrige a Interior y descarta los ‘manifestódromos’». También en la edición digital «Consejo de Ministros: Santamaría asegura que el Gobierno no se plantea un ‘manifestódromo’ como propuso Botella». La realidad siempre supera a la ficción. Hay que manejar con cuidado las ironías, porque las gentes simples tienden a interpretarlas en sentido recto y, claro, a ver luego cómo te justificas ante la Historia o, en su defecto, ante un cuñado: «¿ves adónde van a parar tus idioteces, graciosillo?». El caso es que viene siendo descorazonador que después de haber escrito los versos más tristes esta noche, uno vaya a ser reconocido como inventor porque le convierten un chiste malo en una jodida realidad. Tú viste un chiste pero ellos una oportunidad, que diría un consultor. Vamos, que en 1993, ante la preocupación de las autoridades por el gran número de manifestaciones que colapsaban el tráfico, escribí la siguiente carta al director de El País. Quién iba a imaginar que alguien la tomaría en serio.

Manifestódromos

He aquí una modesta proposición que, aunando rigor y originalidad, ofrezco a los desorientados ediles del País Vasco, a las diputaciones forales y al propio Eusko Jaurlaritza. Manifestódromos: construcciones sobrias y elegantes que recogerían el popular sabor del sambódromo de Río para, mezclándose con la austera arquitectura autóctona, extenderse por toda la superficie del País Vasco como ahora lo están los frontones. El manifestódromo (me atrevo a proponer a la consideración de Euskaltzaindia —Real Academia de la Lengua Vasca— la variante euskaldun de manifestapenodromo) permitiría evitar los molestos problemas del colapso de las vías urbanas, de la destrucción —sin duda necesaria para alcanzar cualquier reivindicación, sea ésta o no revolucionaria— de bienes y enseres y daría la oportunidad a los ciudadanos curiosos u ociosos de contemplar el paso de las masas sin el engorroso trámite de ser vilipendiados, zarandeados y contusionados bien por los manifestantes en su nunca justamente ponderado ejercicio de vanguardia social como por las fuerzas del orden en el elegante y moderado cumplimiento de su deber.

El manifestódromo sería también el lugar privilegiado desde el que los medios de comunicación transmitirían en directo, dándose así por asegurada la publicidad que estos eventos necesitan. El manifestódromo, en fin, habría de contar, cómo no, con dispensario o cuarto de socorro con el fin de evitar que el excesivo celo de manifestantes y reprimentes ocasionara males mayores.

No dudo además que, aparte de las obvias ventajas en cuanto a desarrollo de infraestructuras y creación de empleo, la progresiva implantación de manifestódromos  calaría en el rico acervo folclórico del País Vasco dando lugar a nuevas y originales danzas y deportes populares que harían las delicias tanto de indígenas como de foráneos, estimulando nuestro incipiente turismo.

Finalmente, la exportación de tecnología y capital cultural que generaría la construcción de esta red de manifestódromos podría exportarse no sólo a España —con perdón—, sino a todo país o nación desarrollada, en vías de desarrollo o en vía muerta, para que uno de los principales capitales y seña de identidad de este país que tanto amamos y tanto nos maltrata no quedase, como hoy, tan olímpicamente desaprovechado.

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El País. Cartas al Director, 22 de octubre de 1993.