Unión Europea: mantenella y enmendalla

El brexit es una bofetada en el morro a las políticas democratacristianas y socialdemócratas, extremadamante sutiles para el hooliganismo. Teniendo en cuenta que de las tres capas de la cebolla de la Unión Europea (económica, política y social) Gran Bretaña estaba exenta de muchas de las obligaciones socio-económicas y no participaba en el euro, lo que realmente ha movilizado al electorado han sido algunas mentiras y una gran verdad.

Las mentiras se refieren básicamente a los asuntos migratorios, un problema real británico que NO se va a solucionar con la salida de la Unión Europea. El Reino Unido no recibe inmigración por ser miembro de la Unión Europea, sino por ser uno de los países más ricos del mundo y tener un amplísimo pasado colonial. Quizá a partir de ahora puedan restringir o dificultar la entrada de ciudadanos con pasaporte europeo, pero no podrán detener la inmigración ilegal precisamente por eso, porque es ilegal también en la Unión Europea.

Otra de las mentiras, el desmesurado coste del proyecto europeo, se desactiva simplemente atendiendo a los desmesurados beneficios comunes (y subrayo el adjetivo) de mantenerlo.

La gran verdad, sin embargo, es que los británicos (representados por su Estado) ya no decidían por sí mismos su destino. La intrincada toma de decisiones europea es un escudo político contra las políticas autocráticas (y contra las soluciones ágiles y/ o descerebradas). Tiene muchas ventajas para mantener a raya a los países subsidiarios, que reciben más de lo que dan, pero es un gran inconveniente para los cabeza de león que dan más de lo que reciben. La solución nacionalista siempre pasa por convertir en asunto político los intereses económicos y abandonar el campo de lo humanitario y lo social relegándolo a lo personal, a un asunto de caridad o de ONG. Si toca aportar es porque «nos roban»; el particularismo nunca acepta que de la multilateralidad y los múltiples intereses difícilmente salen soluciones que satisfacen completamente a todos, y mucho menos en el corto plazo, porque un acuerdo consiste precisamente en eso, en ceder no para «ganarlo todo» sino para «ganar todos».

Por eso, mientras la Unión Europea no deje claro que el paquete viene completo (económico, político y social), es indivisible y se trata de un proyecto que —efectivamente, por medio del vehículo económico— es en última instancia político, social y cultural, las presiones centrífugas crecerán. Quizá haya llegado la hora de empuñar el guante de acero.

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