Master on the rocks

Casi desde la primera vez que que pisé la Universidad (o más exactamente, el bar de mi Facultad) allá por los lejanos años 80, oí hablar de lo que entonces llamaban «endogamia universitaria». Al contrario de lo que creí en un principio, no se trataba de una práctica sexual reproductiva, sino de la costumbre del profesorado universitario de favorecer a los amiguetes e impedir que los claustros se llenaran de profesores llegados de fuera (de fuera de aquella Universidad; ahora de fuera de la comunidad autónoma). Supongo que su utilizaba la palabra endogamia para subrayar que el resultado de su práctica tendía a producir un cuerpo profesoral tonto y autista, si bien autóctono.

También, del mismo modo que se cuenta que hubo una Edad de Oro en la que la humanidad era pura, inocente y feliz, también se dice que hubo un tiempo en el que si se calificaba una tesis con un «cum laude» (con elogio) es porque el trabajo había alcanzado la excelencia, la mayor calificación posible, algo que hacía que catedráticos y catedráticas gimieran de placer en su «cathedra», que como sabe cualquiera es un sillón mullido. Ahora que ya se ha olvidado el latín, la calificación consiste en un «apto cum laude» (algo así como ‘suficiente con elogio’) y como la cosa siga degenerando y de la Edad de Latón pasemos a la Edad de Pajitas de plástico reciclado acabarán concediendo el «insuficiente cum laude» (equivalente a un «tonto ilustrado pero poco»).

¡Qué escándalo, aquí se copia, aquí se regalan títulos! A ver, la Universidad, o más bien las Facultades dedicadas a la enseñanza del Trivium aka Artes Liberales, han sido siempre una casa de putas (metafóricamente hablando —joder, no voy a conseguir nunca el certificado de Emakunde) y los títulos nos los han regalado a todos, incluido a mí que debería haber suspendido Lingüística Indoeuropea o Gramática Histórica hasta que las ranas hubiesen criado hijos con Máster en Problemática Sociocultural o en Administración Pública con Perspectiva de Género. Bien es verdad que a mí querían perderme de vista hasta los bedeles y que prometí, jamón mediante, no dedicarme jamás a la enseñanza de tales arcanos, pero bueno.

En fin, que lo de rasgarse las vestiduras con los másteres de los políticos queda extemporáneo. ¿No se trataba de que todos y todas, políticos incluidos, tuviéramos un título, aunque fuera del montón? ¿Para qué queremos amigos universitarios si no nos pueden regalar un mísero «cum laude»?

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