Memoria

A estas alturas sabemos varias cosas. Que el cerebro guarda una cantidad de información limitada. Que la información se procesa de forma narrativa para dotarla de coherencia y que sea recuperable: una memoria. Que para organizar esa coherencia el cerebro hace trampas: borra lo que considera superfluo, subraya lo relevante y reconstruye la información cuando cree percibir interrupciones. Estos mecanismos explican fenómenos tan paradójicos como las ilusiones ópticas o los hechos ficticios de las memorias literarias. Es posible que seamos como nos perciben los demás, pero para nosotros somos como nuestra conciencia nos ha (re)construido. Eso explica, compañero, que tú te consideres un justiciero ilustrado y tu pareja te vea más bien como un zángano que no levanta el culo del sofá. No te aflijas; para un observador neutral ajeno, por ejemplo, un tigre, sólo serías un trozo de carne con patas. Las tres observaciones son ciertas pero estás diseñado para dar más crédito a tu percepción.

Sabemos también que existe algo parecido a una memoria social, cuyas manifestaciones forman la conciencia del mundo. Algo muy triste, porque si la memoria individual es una selección narrativa de nuestra percepción fragmentaria, la memoria social es como unos ‘Grandes Momentos de la Humanidad’ seleccionados por un editor con alzheimer. Si la memoria individual olvida lo horroroso para proteger la propia salud, la memoria colectiva se dedica con entusiasmo a la destrucción del recuerdo, al blanqueado y pulido de la historia y a la edificación de relatos ficticios y monumentos falsos: los fanáticos pasan a ser considerados santos, los asesinos, libertadores, y los sádicos, justicieros. La conciencia del mundo brilla como un espejo nuevo y los simples se sorprenden de que los arqueólogos desentierren cadáveres en los cementerios y de que cada ciudad descanse sobre los restos de otra ciudad derribada y olvidada.

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