Nada nuevo

«Lo que fue, será, y lo que se hizo, se hará, porque no hay nada nuevo bajo el sol» dicen que dijo el rey Salomón, que ya era sabio mil años antes de Cristo. Sólo le faltó añadir «lo que ya se dijo, se dirá», para aventurar por qué seguimos repitiendo las mismas milongas desde el origen de los tiempos. O desde antes.

Es raro, porque novedades sí hay. Hay automóviles y láser, y aviones supersónicos y teléfonos listos a los que sólo les falta un buen orgasmotrón. Pero la conversación humana sigue dando vueltas y vueltas a la noria de los tópicos para que el imparable caudal de criaturas humanas que llegan al mundo reciba de viva voz de sus mayores las frases y creencias que ellos aprendieron sin pararse nunca a pensar si eran o no razonables.

Muchos advirtieron el fenómeno a lo largo de la historia, pero sólo Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, se propuso recopilar una enciclopedia de la estupidez humana (encyclopedie de la betisse humaine) que habría de recoger todos los tópicos, trivialidades, ideas predigeridas y cursiladas que componen el 90% de la conversación y habría de ser «la glorificación histórica de todo lo que se aprueba (…) todos los temas posibles, todo lo que es necesario decir en sociedad para convertirse en una persona decente y amable». Lamentablemente la obra quedó en apenas una breve colección de apuntes que se publicaron treinta y un años después de su muerte, en 1911, con el nombre de Diccionario de lugares comunes (Dictionnaire des idées reçues). Nadie se ha atrevido luego con tamaña tarea.

Nos repetimos y decimos cosas de sentido común porque llevamos siglos y siglos masticando y expeliendo conocimiento oral, que es fácilmente reproducible en forma de tópicos y lugares comunes. (Ese sentir del sentido común es un sinónimo de oír, como bien saben en el mundo rural; las cosas de sentido común son las oídas muchas veces a la gente). Repetimos muchas veces lo oído como silbamos la música, sin reparar en la letra, y así se transmiten de generación en degeneración, necedades mayúsculas como que «sobre gustos no hay nada escrito», que «las lentejas tienen mucho hierro» u otras que parecen algo más inteligentes, como que «la música eleva el espíritu».

Cada época incorpora sus propias memeces y las grandes obras de la inteligencia son reducidas a poco más que un refrán chusquero para uso tópico. Hasta las religiones y las ideologías no dejan de ser acumulaciones de clichés que dan solución automática a las situaciones de la vida cotidiana, frecuentemente de forma errónea. A muchos de sus practicantes les mueve la fe, no la razón, y comulgan con ruedas de molino y a veces se tragan el molino entero.

Uno de los grandes momentos de desvarío comunitario se produce en estas fechas navideñas, en las que celebramos el nacimiento del profeta fundador, momento en que los cursis expelen tonterías en formato familiar y en cantidades industriales, repitiendo los tópicos acumulados desde los tiempos de los primeros obispos. No me refiero a los deseos de paz y amor universal —por otra parte propósitos hermosos y plenamente compatibles con el engrasado del fusil, el odio al vecino del quinto y el desprecio a los familiares prójimos— sino a la exaltación apesebrada de la pobreza o a las críticas absurdas del banquete y el consumismo.

Que la pobreza fuera reivindicada como forma de vida en los estertores del imperialismo rapaz romano y durante la Edad Media, tenía su lógica. La existencia era muy miserable y la esclavitud y la servidumbre eran la condición habitual de la mayoría. La pobreza era opción para los pudientes, para el resto era obligación. La Iglesia cristiana, que hasta Bartolomé de las Casas —quince siglos después— no movería ni un meñique contra la esclavitud, predicaba un fin del mundo y un Juicio Final inminentes, por lo que parecía muy oportuno recomendar a los ricos que se empobrecieran y se unieran a las masas harapientas; era la única manera de salvarse y resucitar porque, como dijo el jefe con su característico sentido del humor —inexistente— a los ricos les iba a costar más atravesar las puertas del Cielo que a un camello pasar por el ojo de una aguja.

El cristianismo sigue reivindicando la pobreza, lo que resulta francamente desmotivante cuando lo que pretendemos es escapar de ella como de la peste, y el viejo tópico milenarista lo repiten millones de loros como repiten lo del hierro en las lentejas o que la música eleva el espíritu, aunque no se haya visto nunca un puente de lentejas ni espíritus levitantes ni conversiones en masa al budismo después de escuchar un concierto de Bruckner.

También se emiten soflamas contra la celebración festiva y el consumismo. Contra las fiestas porque insisten en las protestas de los primeros profetas contra los sacrificios humanos y el holocausto de animales; también porque sus conciencias prístinas no soportan la alegría, ni la embriaguez, ni el baile, ni ninguna manifestación compatible con la existencia de las penas del mundo; como si la suspensión de la fiesta fuera a acabar con el sufrimiento. Contra el consumismo porque siguen sin entender los mecanismos del desarrollo y el bienestar, no comprenden que el dinero y las mercancías tienen que cambiar de mano para producir valor y no admiten que los ritos periódicos de consumo, más que ofrendas a ídolos, son fenómenos de retroalimentación económica que extienden el bienestar. ¡Pero si lo han entendido hasta los chinos! ¡Si lo han entendido hasta los comunistas cubanos que gritan «No al bloqueo» y ansían un comercio y un consumismo que no llega!

Seguiremos siglos y siglos repitiendo tópicos como se repite el solsticio o florecen los almendros. No hay manera de romper el flujo. Así que aprovechen estos días, hinquen el diente al cordero y al langostino, como si no hubiera un mañana, y sean todo lo felices que puedan el próximo año. Al fin y al cabo «Dios proveerá». O eso dicen.

[Publicado el 29/12/2014 en El Diario Norte]

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