No me toquen la vuvucela

Cuenta Pedro Gómez Damborenea con detalle cómo la Diputación de Bizkaia, con la generosidad que caracteriza a nuestras beneméritas haciendas forales, ofrece una ayuda desinteresada de 5,2 millones de euros a un club de baloncesto. Es un gesto de cariño que enternece. Aún recuerdo el trato amable, casi dulce, con el que otra oficina de ordeño consideró oportuno premiarme con una multa de 50 euracos por no rellenar la declaración del IVA en un trimestre en el que no tuve ingresos. Gracias a su diligencia al menos tuve gastos. Menos es más.

No voy a ocultar que esta diferencia de trato no va a mejorar nuestras relaciones de pareja. Es cierto que yo no me dedico a entretener a la peña haciendo cabriolas en pantalón corto, pero en la medida de mis posibilidades también contribuyo a la promoción del turismo en Euskadi y al amejoramiento de la imagen de los vascos. Ahí lo dejo, por si algún sponsor institucional se anima.

El caso es que las instituciones públicas están tan acostumbradas a financiar el deporte profesional que el dinero fluye del bolsillo de los contribuyentes, empresas y particulares, al del tinglado sportivo como los ríos van a dar a la mar, que es el morir. El mensaje es que se apoya al deporte de base, al olímpico, al escolar o al saludable, lo cual no es mentira y está muy bien. Pero también es cierto que a esas empresas privadas llamadas clubes les suele llover el aguinaldo en forma de inversión o de condonación de deuda con frecuencia casi trimestral, cuando toca pagar impuestos.

Insisto en que el asunto no es nuevo. Los capitostes del imperio romano construían circos y estadios con entrada gratuita para que se desfogaran las masas. Pero en la política de pan y circo al menos también se regalaba el pan.

Aunque hemos avanzado tanto que ya no se arrojan cristianos a los leones (bueno, a veces sueltan a Cristiano Ronaldo y se merienda a media docena en San Mamés), no parece oportuno sustituirlos echando parados al foso. La imagen es, obviamente, una exageración demagógica, pero el sentido común y cierta decencia política deberían llevar a quienes avalan estas decisiones a darse cuenta de que no está el horno para bollos. Tampoco lo estaba en 2009 cuando el Gobierno Vasco decidió apoquinar más de 50 millones de euros para el nuevo San Mamés. Estas cosas se clavan en el corazón no como espinas, sino como las estacas que convierten en polvo a los vampiros.

Es ligeramente repugnante que en momentos en los que se pide a la gente que asuma con alegría que tiene que vivir peor, a las empresas que adelgacen los gastos y los sueldos, y a todo el mundo que se prepare para la invención de nuevos impuestos, el deporte espectáculo siga flotando en su burbuja. Se supone que alguna vez habrá que modificar un modelo insostenible para que, además de hacer ricos a muy pocos, sirva también para generar empleo y economía estable. Y que alguna vez habrá que bajar a la tierra a estos gestores de la emoción que cuando ganan capitalizan los beneficios en forma de primas y cuando caen derrotados socializan las pérdidas escaqueando impuestos. Que está muy bien que los aficionados sean felices y toquen la vuvucela y las ciudades sean distinguidas allende los mares por sus equipos deportivos. Pero si hay que ofrecer ayudas públicas a su sobrefinanciación que sea con garantías de retorno. Un poquito de por favor.

[Publicado en El Diario Norte el 25 de abril de 2013]

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