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Leve aproximación a la muerte (Me acuerdo)

Me acuerdo de A, que me contó con detalles muy vívidos su experiencia de la muerte como un pozo negro (se estaba ahogando) y cómo vio la luz al final del túnel encarnada en un amigo que sabía nadar.

Me acuerdo de B, experto buceador infantil, que quedó atrapado entre los hierros de la laguna de aquella fábrica derruida por saber nadar demasiado bien cuando aún no se habían inventado los «polideportivos».

Me acuerdo del quirófano vacío a las cinco y media de la madrugada, de la luz fría, de las baldosas blancas y de la enfermera limpiando y envolviendo cuidadosamente la placenta para enviarla a la fábrica de cosméticos.

Me acuerdo de cómo aquel tipo me apartó con una mano y con la otra le clavó dos veces el cuchillo en el estómago, tan rápido que apenas nos dimos cuenta de lo que pasaba ni yo ni la víctima. Me acuerdo de la cara de estupor del acuchillado y de cómo la Muerte tardó tanto en llegar que se le adelantó una UVI móvil y yo decidí que jamás volvería a un concierto.

Me acuerdo del sadismo del médico joven, disfrutando al narrar los daños irreparables e irreversibles, que repite otra vez de forma minuciosa con cada visita, y de mi sospecha de que juega a anotar el número de familiares que salen llorando tras hablar con él.

Me acuerdo de cómo me dice «más rápido, más rápido» y yo llevo ya el coche a 180 y pienso que nos vamos a matar los tres al llegar a las curvas y decido levantar el pie del acelerador porque sé que muy poco podemos hacer ya por él y ese viaje le toca hacerlo solo.

Me acuerdo de que aún no he elegido la canción apropiada para mi funeral ni el lugar donde quiero que arrojen mis cenizas. La canción podría ser «Po’ boy» de Bob Dylan, y no sólo por la letra, sino porque descubrí hace unos días que es como llaman en Lousiana a los bocadillos, el alimento de mi juventud. Quizá habría que incluir también el «No pido mucho» de Veneno, que fue mi divisa durante tantos años; seamos, hasta el final, sublimes sin interrupción. Respecto a las cenizas, si Eloísa está debajo de un almendro lo apropiado para mí sería estar debajo de un cocotero, pero por no plantarlo… Supongo que el laurel, que está espléndido, puede ser un buen lugar para estar a la sombra. Además se acordarían de mí cada vez que hacen tomate.

No me acuerdo de ninguno de los epitafios que tengo escritos, pero improviso:

«QUIÉN IBA A PENSAR QUE EL MÁS ALLA ERA AQUÍ»

«NO VENGÁIS, ESTÁ TODO MUY MUERTO»

«LA REENCARNACIÓN ESTÁ MUY BIEN, PERO ¿PODRÍA ELEGIR OTRA ALMA?»

«BREVE PERO INTENSO»

«¿PUEDO REPETIR?»

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Dylan ha meado sobre el fuego sagrado

Me temo que no había prestado atención a uno de los porqués más obvios de la reacción hostil hacia el Premio Nobel a Bob Dylan. Nadie protesta demasiado cuando lo gana un autor desconocido e incomprensible (incluso si es «malo») siempre que haya seguido el «conducto reglamentario», a saber, haber publicado libros que hayan sido censados, reseñados, explicados y calificados dentro del canon cultural presuntamente vigente: el europeo. Sería aceptable un recopilador esquimal de relatos orales o algo tan «raro» y, desde el punto de vista de la sensibilidad occidental, inexplicable, como los haikus, siempre que hayan seguido la ruta correspondiente: presentación en sociedad, reseña crítica y aprobación y asunción por la élite cultural. Textos netamente oligofrénicos como los de muchas óperas podrían haber conseguido el pase sin que hubiera rechistado ni una mosca (salvo, acaso, las cojoneras). Pero en el caso de Bob Dylan no ha sido así, se han saltado todos los pasos intermedios, pasando directamente del lodazal de los Grammy al Olimpo del Nobel sin ni siquiera haber recalado en la chanson française, que a falta de Olimpo tiene el Olympia. Cuando intentamos explicar la importancia de Bob Dylan recurriendo al pasado de la literatura oral o a su estirpe juglaresca, nos equivocamos. Me temo que lo que ocurre es que Dylan representa el triunfo apoteósico de la cultura pop norteamericana que, ahora lo veo, es el único movimiento cultural realmente dominante, sobre los postreros reductos del movimiento romántico (tanto el reaccionario como el revolucionario). Las hordas pop han asaltado la Academia y se han ciscado en las obras completas de los poetas muertos. A nadie le interesan ya los retratos, medallones y lápidas que adornan la Academia, cuyos nombres hace tiempo resultan tan ignotos como los jeroglíficos. El Olimpo es sólo un viejo balneario de aguas termales donde ya no para el tren, que ahora se dirige por vía de alta velocidad hacia donde suena la música: The Hall Of Fame. Mira por la ventana: los que están muertos nos saludan.

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El más gilipollas (oui, c’est moi)

Descubrí a Louis Auguste Blanqui en mi libro de Historia Universal, en BUP. Supongo que entenderán mi curiosidad por un tipo que se apellidaba Blanqui y cuyos seguidores se denominaban blanquistas.

Naturalmente no leí entonces ninguno de sus escritos, poquísimo después, y ahora no tengo ánimo para intentarlo porque ayer, durante una sobremesa, mi vocación de líder revolucionario de las masas sufrió un duro revés cuando unos amigos comentaron que siempre elegían como delegado de curso al más bobo. La confesión me inquietó porque, aunque no coincidimos ni en el espacio ni en el tiempo, ejercí de delegado de curso desde la EGB a la Universidad, «ambas inclusive».

Pregunté con cierto temor y consiguieron tranquilizarme con la aclaración de que no, no elegían como delegado «al tonto de baba, sino al más gilipollas», al tonto útil, o sea. No voy a exagerar diciendo que toda mi vida estudiantil pasó por delante de mis ojos como en una película porque sería una horterada, pero si rememoré momentos cumbre de un gilipollismo tenazmente sostenido en el tiempo. A mí a gilipollas, y perdonen la inmodestia, no me gana nadie. Bueno, me ganaría Blanqui, que se pasó casi toda la vida en la cárcel, y no sólo por bocazas.

En fin, que de Blanquí leí apenas nada, pero aprendí mucho. Por ejemplo, esta lección que extrae Carlos Marx, cuando le acusa en su escrito sobre la Comuna de París de no haber sabido obtener beneficios para la clase trabajadora negociando, en lugar de optar por el todo o nada revolucionario.

Pero, ante todo, se me quedaron varias frases. El famosísimo título de su periódico «Ni dios ni amo», que acabaría siendo lema anarquista. «Quien tiene hierro [armas], tiene pan», supongo que de su famoso panfleto Instrucción para tomar las armas. «Seamos realistas, ¡pidamos lo imposible!», que sería lema de los chiripitifláuticos de 1968. Y, sobre todas ellas, mi gran favorita, que me sirve de luz y guía cuando, en los tediosos debates sobre el islamismo y la tolerancia, alguien empieza su parlamento con el conocido este-es-un-tema-complejo-con-muchas-aristas-que-blablablá; aquí saco el hierro de Blanqui, templado con la misma aleación que permitió a Alejandro desbaratar el nudo gordiano: «No hay libertad para los liberticidas». Así se construye una ideología y una actitud, pollos, con cuatro frases. No hace falta más.

De lo que me separa de Blanqui no hablaré si no es en presencia de mi abogado. Lo que me une es un tono general mezcla de exaltación y melancolía. De este modo termina «La eternidad a través de los astros», un libro en donde exhibe sus conocimientos de astronomía y física para acabar poniéndose nebuloso, místico y triste:

«Lo que denominamos progreso está encerrado en cada Tierra entre cuatro paredes y se desvanece con ella. Siempre y en todas partes, en el campo terrestre, el mismo drama, el mismo decorado, en la misma estrecha escena, una humanidad ruidosa, infatuada de su grandeza, creyéndose el universo y viviendo en su prisión como en una inmensidad, para hundirse muy pronto con el globo que ha cargado, con el desdén más profundo, el fardo de su orgullo. La misma monotonía, la misma inmovilidad en los astros extraños. El universo se repite sin fin y piafa en el mismo lugar. La eternidad interpreta imperturbablemente en el infinito las mismas representaciones».

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Vegano, pero poco

Lo normal es desarrollar con el tiempo cierto horror a acabar con la vida de otros animales. No he llegado a barrer el suelo que voy a pisar, como dicen que hacen algunos jaínes para no pisar involuntariamente a los insectos, pero suelo recoger a las arañas, abejas y, en general, a cualquier bicho que entra en casa y lo acompaño amablemente a la salida; hospitalidad sí, pero confianzas, las justas. Hay excepciones, como mosquitos, moscas e insectos rastreros, pero si puedo evitar hacerles daño, mucho mejor. No obstante, como todos los de mi especie, soy territorial, así que acepto la presencia de otros animales siempre que ellos acepten quien domina el territorio y pone la música.

Más contradictorio me resulta el gusto por la carne y el pescado. Como lo llevo mal, prefiero pensar que bacalaos, merluzas y anchoas son especies sin demasiada vida interior y además fría, lo que las aproxima a los puerros. Mucho más difícil me lo ponen vacunos y ovinos, por lo que agradezco que la selección ganadera haya conseguido criar piezas prácticamente sin cerebro. Algo parecido intento creer de pollos y patos estabulados: carne con plumas. La mayor dificultad la tengo con los cerdos, que me recuerdan demasiado a amigos y familiares. El asunto añade además una perspectiva inquietante: si no pudiera acceder fácilmente a jamones y solomillos, ¿sería capaz de jamarme a los vecinos?

En fin, que lo que quiero comunicar a las masas es que ando pensando en hacerme vegano, pero no estoy seguro de si voy a conseguirlo.

¡Putas moscas!

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El planeta de los simios

Si el Islam fuera el problema habría que concluir que se dedica con mucho ahínco a causar víctimas entre sus propias filas. Así que debe haber otras razones.

El principal problema del mundo es que los seres humanos son básicamente animales idiotas que confunden tener inteligencia con haber aprendido a leer y escribir, sin que ello les haya llevado a entender absolutamente nada del funcionamiento de la existencia en general y de su papel individual en ella. El principal problema es que heredamos creencias y costumbres como quien hereda un hígado y lo divertido es que creemos que son «propias» y que ser fieles a ellas es una virtud a la que llamamos «coherencia».

Hay bases genéticas para que nuestro comportamiento se parezca al de los rebaños de mamíferos, aunque como especie hayamos evolucionado como un mono carnicero, violento y —lo que quizá sea el rasgo más importante— tozudo e incansable. Ningún otro animal puede dedicar toda su vida a una «causa mental», sea batir el récord de inmersión en apnea, la conversión del plomo en oro o la conversión de los infieles.

Cuando un zumbado se propone un objetivo y resulta ser lo suficientemente convincente, obcecado y tenaz, démonos por jodidos porque parte del rebaño le seguirá adonde vaya. Y el mensaje que triunfa es siempre el mismo: una vida sin preocupaciones ni obligaciones ni sobresaltos, regalada y en paz; es decir, un futuro venturoso o dos futuros venturosos, como prometían Los Luthiers a su chaparrita.

En su versión benévola, el mono desnudo se conforma con la utopía postmortem y, del mismo modo que recibe esos sellos de la compra que se pueden canjear por una sartén, va acumulando sellos ficticios de bondad esperando la resurrección de la carne en el paraíso (sin sexo para los cristianos, que como ya no necesitarán reproducirse tampoco necesitarán gozar, y con orgía perpetua y sustancias psicotrópicas para los islámicos). En sus versiones duras, la consecución de la sociedad feliz requiere ingeniería abrasiva, lo que incluye matanzas, exterminios y toda la gama de acciones cruentas que los pacíficos empleamos con la ganadería. No me voy a molestar en citar la historia porque está pasando, lo estás viendo y si no te enteras es porque eres gilipollas.

Todo lo que hacemos en la vida lo hacemos para calmar el estrés y la incertidumbre. El estrés nos levanta, nos estimula y nos da vida —y por eso lo alimentamos con sustancias o actividades de riesgo—, pero también nos agota y nada deseamos más que el descanso, el sueño y la falta de preocupaciones… para cargarnos de energía, volver a acumular estrés y desear más paz. Esa promesa cotidiana de tranquilidad, de reposo es el motor que nos mueve día a día, así que no es extraño que los más idiotas entre los idiotas sean capaces de inmolarse en sacrificio para obtener una recompensa inmediata tras la que alcanzarán la paz, la tranquilidad, el disfrute eterno… y un poco de gloria para alimentar el narcisismo.

El mono estúpido, presa de su hiperactividad, sólo busca la calma, y unos la encuentran leyendo, otros tocando el banjo, otros pintando y otros haciendo submarinismo, pero los más briosos y dominantes no se conforman con hacer macramé para calmar su ansiedad y quieren salvarnos a todos de nuestra vida miserable actual y conducirnos a un futuro venturoso, queramos o no.

Desgraciadamente, la selección natural, la selección sexual y la selección cultural del rebaño siguen prefiriendo a estos mandriles de soluciones «fáciles» y despreciando las antiutopías trabajosas que no prometen felicidad inmediata, sino complejidad, esfuerzo y trato diario y diplomático con los diferentes (que también son idiotas, como tú) con la esperanza de que no nos hagamos demasiado daño.

Incluso los que buscan elevarse de su triste condición de mono erguido siguen actuando como el viejo simio. Hace unos años, en 1995, y por estas mismas fechas, cruzó el firmamento el cometa Hale-Bopp. Un astrónomo aficionado sacó una fotografía y por una aberración óptica y porque era estúpido vio, ejem, interpretó que al cometa le seguía una nave espacial de origen extraterrestre. Unos monos del género homo dizque sapiens que se agrupaban en una secta llamada Heaven’s Gate (La Puerta del Cielo) y cuyo proyecto estúpido y contumaz consistía en evolucionar hacia seres superiores y espirituales que abandonarían la Tierra para llegar a un planeta extraterrestre donde reinaba la armonía, decidieron que era el momento. En una liturgia colectiva y previa castración de los hombres para abandonar el deseo que los ataba a los instintos animales, se suicidaron 39 personas con la esperanza de que sus espíritus llegaran hasta la nave extraterrestre que seguía al Hale-Bopp.

«Sin esperanza, con convencimiento», decía el poeta. Sin esperanza, sin convencimiento y viendo crecer las plantas y cantar al chochín. Me siento tan ajeno a las pulsiones animales de mis contemporáneos, a sus ejercicios de poder y representación, a sus «cosmovisiones» y a sus filosofías que muchas veces me pregunto qué cojones hago aquí y por qué no reacciono convenientemente a la inseminación ideológica y costumbrista. Me faltará una hormona. O un hervor. O quizá soy uno de los más idiotas entre los monos, que tampoco me atrevería a descartarlo.

Lo cual que progresan los tomates a pesar de los insectos y aunque parece estar muriéndose el limonero reverdecen el laurel y el bambú sagrado.

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Unión Europea: mantenella y enmendalla

El brexit es una bofetada en el morro a las políticas democratacristianas y socialdemócratas, extremadamente sutiles para el hooliganismo. Teniendo en cuenta que de las tres capas de la cebolla de la Unión Europea (económica, política y social) Gran Bretaña estaba exenta de muchas de las obligaciones socio-económicas y no participaba en el euro, lo que realmente ha movilizado al electorado han sido algunas mentiras y una gran verdad.

Las mentiras se refieren básicamente a los asuntos migratorios, un problema real británico que NO se va a solucionar con la salida de la Unión Europea. El Reino Unido no recibe inmigración por ser miembro de la Unión Europea, sino por ser uno de los países más ricos del mundo y tener un amplísimo pasado colonial. Quizá a partir de ahora puedan restringir o dificultar la entrada de ciudadanos con pasaporte europeo, pero no podrán detener la inmigración ilegal precisamente por eso, porque es ilegal también en la Unión Europea.

Otra de las mentiras, el desmesurado coste del proyecto europeo, se desactiva simplemente atendiendo a los desmesurados beneficios comunes (y subrayo el adjetivo) de mantenerlo.

La gran verdad, sin embargo, es que los británicos (representados por su Estado) ya no decidían por sí mismos su destino. La intrincada toma de decisiones europea es un escudo político contra las políticas autocráticas (y contra las soluciones ágiles y/ o descerebradas). Tiene muchas ventajas para mantener a raya a los países subsidiarios, que reciben más de lo que dan, pero es un gran inconveniente para los cabeza de león que dan más de lo que reciben. La solución nacionalista siempre pasa por convertir en asunto político los intereses económicos y abandonar el campo de lo humanitario y lo social relegándolo a lo personal, a un asunto de caridad o de ONG. Si toca aportar es porque «nos roban»; el particularismo nunca acepta que de la multilateralidad y los múltiples intereses difícilmente salen soluciones que satisfacen completamente a todos, y mucho menos en el corto plazo, porque un acuerdo consiste precisamente en eso, en ceder no para «ganarlo todo» sino para «ganar todos».

Por eso, mientras la Unión Europea no deje claro que el paquete viene completo (económico, político y social), es indivisible y se trata de un proyecto que —efectivamente, por medio del vehículo económico— es, en última instancia, político, social y cultural, las presiones centrífugas crecerán. Quizá haya llegado la hora de empuñar el guante de acero.

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¿Quién quiere mi voto?

A ver, que la corrupción no es un fenómeno meteorológico. No se produce como las tormentas o las sequías, sino que es fruto de una minuciosa organización legal y administrativa tramada para mangonear sin trabas en las arcas públicas. Con el pretexto de la «autonomía financiera» (que es una forma eufemística de llamar a la falta de supervisión y capacidad de intervención fiscalizadora de la Hacienda Pública sobre las cuentas de los organismos públicos, sean ayuntamientos, consorcios, universidades, federaciones de municipios y entes diversos, sin descartar los extraterrestres) hay cargos que hacen y deshacen en las cuentas, sin que los interventores tengan capacidad de intervenir y hasta de enterarse.

La «autonomía financiera» otorgada a quienes solían quejarse de estar atados de pies y manos y no poder disponer «libremente» —es decir, arbitrariamente— de los presupuestos asignados ha permitido, ciertamente, que pueda operarse con cierto grado de libertad —o sea, sin control minucioso— pero también ha facilitado a quienes tienen los escrúpulos más elásticos el echar mano a la caja e ir distrayendo bienes. Y ya se sabe, se empieza tomando prestado unos lapiceros y a nada que te despistes se te acaba quedando adherida a la suela media provincia, que el dinero llama a dinero. Y entre que no te das cuenta de lo que haces y que la justicia tarda en reaccionar, cuando te enteras ya has contratado un testaferro, has montado unas empresas opacas y tienes un potosí en un paraíso fiscal, por aquello de que la solidaridad empieza por uno mismo.

Porque se trataba precisamente de eso, pollos, de no poder disponer «libremente», es decir, arbitrariamente, de los presupuestos que tan difícilmente fueron negociados, transaccionados y acordados en sus respectivos parlamentos. De que se cumplieran tal y como fueron diseñados, y no de como le pete al sargento de turno, ese que con el nombre de filetes compra filetes rusos, es decir picadillo, y se embolsa la diferencia. Y quien dice presupuestos dice terrenos recalificados, o sea, revalorizados automáticamente a golpe de decreto, o concesiones administrativas, o contratos o lo que sea menester.

Hay que sanear. No basta con actuar a posteriori. No basta con que ocasionalmente se manifiesten los tribunales de cuentas, que poco más hacen aparte de eso, ulular como los fantasmas en los castillos escoceses. Hay que reponer en su puesto al ejército de interventores y a sus látigos, así bramen y aúllen todos los alcaldes, rectores, presidentes de mancomunidades o archipámpanos del ente o el evento. Hay que prevenir, que es mucho mejor que amputar y más barato. Y mucho más estético.

Porque lo que no puede ser es que la Hacienda Pública sea capaz de agarrar firmemente por sus partes tributarias a todos y cada uno de los ciudadanos, hasta el punto de hacernos automáticamente la declaración de la renta y devolvernos los cambios, y sin embargo sea incapaz de saber en qué se gastan realmente algunas administraciones lo que dicen que se gastan, cuánto ingresan atípicamente y cuántos de esos ingresos y gastos acaban, pongamos, en esos paraísos fiscales pseudobritánicos que desde siglos vienen cobijando y promoviendo la actividad corsaria y la piratería, dicho sea con el respeto debido a su Graciosa Majestad. Lo que es insoportable es que nos desayunemos todos los días con nuevas raciones de sobornos o mangoneos. Que no podamos encender la luz, mover el coche, abrir una botella de vino o fumar un pitillo sin que nos frían a impuestos directos, indirectos y circunstanciales (además de echarnos la bronca) mientras que por los desagües de la cosa fluyan a borbotones los contratos empaquetados en porciones de equismil novecientos noventaynueve euros, un céntimo menos de la obligatoria fiscalización.

O sea que venga, coleguitas, aprovechad la próxima legislatura, que no es tan difícil. Que si queréis, podéis. Y las masas queremos. A ver, ¿quién quiere este voto?

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Fracasadas señorías

Hace ya muchos años se puso de moda utilizar, en el ámbito de los servicios sociales y pedagógicos, el término «contrato» para subrayar los compromisos que adquirían los usuarios por utilizar dichos servicios públicos. Así, por ejemplo, se firmaba un «contrato» en donde una familia sin recursos se comprometía a enviar a sus hijos a la escuela a cambio de una subvención y un «contrato» en donde un alumno díscolo se comprometía a no faltar al respeto a su profesora Plástica. Si al alumno le daba el pronto y tiraba las acuarelas al suelo, la profesora esgrimía el «contrato» y Pepín entraba en razón al descubrir que, si no se sometía y las recogía, peligraba la excursión a la pista de hielo, el autobús escolar, el comedor y hasta el salario de inclusión social de la familia. Mano de santo para la paz escolar… Sin embargo, el «contrato» era un farol, un señuelo, una representación icónica, como esos idolillos de madera que representan a un dios, puesto que el verdadero contrato, el que mantienen el Estado y sus ciudadanos, es tan largo como la Constitución y tiene muchos tomos añadidos en forma de legislación estatal, autonómica y local.

Fue Jean-Jacques Rousseau quien divulgó la existencia de un «contrato social» entre el Rey (es decir, el Estado) y sus súbditos (hoy ciudadanos). Se trataba de un contrato implícito, no firmado, que obligaba a las partes. Lógicamente, si una de las partes no cumplía, el contrato quedaba invalidado, quedando la otra parte autorizada a romper el pacto que garantiza la paz y la convivencia. Los revolucionarios justifican sus acciones violentas por el incumplimiento del contrato social por parte del Estado o de las élites dominantes. Por su parte, todos los dictadores someten y castigan a sus administrados por no cumplir su parte del trato, básicamente callar, trabajar, obedecer y hacer maniobras corales ante el querido líder.

Los contratos sociales son minuciosos y tienen mucha letra pequeña. Aunque no estén firmados, recogen numerosas obligaciones entre las partes, desde la de prestar servicios sanitarios y construir carreteras a la de circular por la derecha y no asesinar al cuñado. En las democracias hay posibilidad de que las partes en litigio se denuncien entre sí por incumplimiento y hay ciertas garantías, no excesivas, de que algunas reclamaciones puedan prosperar.

Los contratos reales tienen valor legal y su incumplimiento esta penado. Todo lo contrario que las promesas, como esos contratos ciudadanos que ofrecen los políticos en época electoral, sea por la regeneración democrática, la lucha contra la desigualdad, la creación de empleo, la emancipación, el fomento de la cultura o la independencia. En realidad son faroles, en donde (como en el caso del niño de las acuarelas) sólo hay seguridad de cumplimiento por una de las partes, la del votante en el acto de votar. Por la otra, la del partido político, el cumplimiento del «contrato» queda al albur de demasiados factores en contra, desde la obtención de una mayoría suficiente hasta la incapacidad, la incompetencia o la deslealtad. El incumplimiento no suele tener consecuencias.

Pero sí debería tenerlas el incumplimiento del contrato realmente existente. No el virtual, sino el real que se produce a continuación, el que vincula legalmente y con efectos jurídicos a las partes. Porque una vez celebradas las elecciones y realizado el recuento, se producen actos jurídicos relevantes. Tras unas elecciones generales, sus señorías toman posesión de sus actas, se convierten en representantes de las personas que les han elegido y empiezan a cobrar un sueldo con el objeto de realizar grandes tareas, la primera de ellas, determinante, elegir un gobierno. Nadie dijo que fuera fácil, pero elegimos, ejem, a los mejores y más capaces, para que nos representen y hagan el trabajo que les ha sido encomendado y por el que obtienen generosa retribución a cambio.

En Japón existe la costumbre de pedir perdón público, inclinando tronco y cerviz, cuando se cometen errores o no se alcanzan los objetivos previstos. Nadie pide que sus fracasadas señorías —zafias para las relaciones sociales, torpes para la negociación y zotes para el acuerdo— alcancen maestría en el arte del harakiri. Tampoco ha pedido nadie, salvo un servidor, que se dedique su sueldo inmerecidamente obtenido a alguna causa noble. Han hecho ya sus cuentas, pergeñado sus tácticas, y con la abstención por aquí y el cuento de la lechera por allá, esperan una segunda oportunidad para intentar vendernos otra vez la burra; la misma burra. Probablemente un proyecto ilusionante, un contrato ciudadano de algo o una revolución social con pleno empleo, sostenible, con pantalla curva, wifi y 4G. Pero si no saben o no quieren negociar con quienes representan a otros ciudadanos, que es realmente para lo que han sido contratados, que despejen. Porque es una pena que con la decadencia de la fiesta nadie entienda en qué consiste tener vergüenza torera.

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Con llave o con clave

Entre las muchas cosas que le debemos a la Iglesia Católica está la técnica, rotunda y eficaz, para desatascar las situaciones políticamente podridas por inutilidad, desinterés, cálculo o incapacidad para llegar a acuerdos. La misma noche de las elecciones generales, 20 de diciembre de 2015, cualquier persona con una sólida formación en matemáticas de la Enseñanza Primaria (lección 1, «La suma o adición», y 2, «La resta») dedujo que había posibilidades más bien escasas de desatascar el embrollo de los resultados, pues los partidos habían sacado representaciones minoritarias y para formar coaliciones se necesita de la capacidad previa de saber y/o querer negociar y no haber quemado previamente las naves con afirmaciones categóricas del tipo «jamás negociaré bla-bla-blá». Negociar en minoría supone meterte tu programa por el lugar por donde ponen huevos las gallinas e intentar llegar a acuerdos en todos los asuntos que no pongan en peligro el núcleo duro de la identidad de tu partido político, las famosas «lineas rojas» que no se pueden traspasar.

Es más fácil no llegar a acuerdos que llegar a ellos —como es más fácil no tocar bien las castañuelas que tocarlas— pero se supone que a la política se llega para resolver los asuntos, no para joder (más) la marrana. Así que se nos queda a algunos cara de gilipollas (de más gilipollas, o sea) cuando bien entrado el mes más cruel, ese que engendra lilas de la tierra muerta, escucha a unos merluzos decir que van a iniciar negociaciones. ¡Penitenciagite, pecadores!

En 1274, la Iglesia Católica celebró el Segundo Concilio de Lyon que pretendía resolver, entre otras cuestiones, el delicado asunto de las elecciones de Papa, que en la última ocasión había tardado tres años en producirse (más del doble de lo que tardaron los belgas en formar gobierno en 2011). Para que una situación semejante no volviera a ocurrir, el Concilio estableció que diez días después de la muerte del Papa se reuniría y aislaría a los cardenales electores bajo llave, cum clavis (cónclave). Si pasados tres días no llegaban a un acuerdo se reduciría su alimentación y a partir del octavo día serían alimentados exclusivamente con pan, agua y vino (lo del vino, ya se sabe, es porque fomenta la amistad y predispone al magreo y al acuerdo). Pero, lo más importante —tomad nota, pecadores—, es que durante la duración del cónclave los ingresos de los cardenales pasaban a ser propiedad de la Iglesia.

Algo hacemos mal. Si una de las funciones primordiales del Parlamento es la de elegir Gobierno y ese mismo Parlamento manifiesta su incapacidad de realizar la primera tarea que tiene encomendada, debería disolverse ya y convocar elecciones. No basta con escudarse en el procedimiento y alargarlo como si fuera un chicle. Desde enero venimos escuchando murmullos que dan por descontada la convocatoria de nuevas elecciones y algunos partidos ya orquestan maniobras internas (como aplazamiento de sus congresos) para prepararlas, así que todo lo demás es pantomima y tomadura de pelo al respetable. Los que andamos escasos de la azotea lo sufrimos especialmente.

Quizá entre esas medidas de regeneración democrática que tanto ansiamos debería incluirse una nueva: que tras la constitución del Parlamento, sus señorías quedarán encerradas con clave en sus dependencias, habilitándose colchonetas y sacos de dormir para la ocasión; que tendrán un plazo de tres días para llegar a un acuerdo para formar gobierno y que a partir de los ocho, serán alimentados exclusivamente con pan, agua y vino de garrafa (para ahorrar), pasando sus respectivos salarios a ingresar en las cuentas de asuntos sociales de la administración pública.

Confío en que está medida será recibida con gran alborozo por la izquierda, siempre dispuesta a repartir su dinero con los desfavorecidos, y que la derecha, tan egoísta, simplemente procederá a darse prisa.

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La delgada línea gorda

Dije cierta vez que el escándalo es un producto típico de la sociedad de la información y el entretenimiento, consistente en una indignación publicitada y enfática, acompañada de retórica y pantomima, que para funcionar necesita de tres elementos: una información ocultada, un informante que se finge virtuoso y un público de hipócritas haciendo aspavientos. No me la envaino. Añadiría hoy que el escándalo es un género periodístico tan productivo como la noticia, el reportaje, la entrevista o la columna. Y por lo que se ve en la web, uno de los géneros que se traduce con mayor éxito en clics, o sea, en visitas publicitarias, es decir, en dinero.

Pero escandalizar es un verbo que también se conjuga en forma reflexiva. Al afán escandalizador le corresponde un público predispuesto a escandalizarse. Del escándalo siempre hay alguien que saca provecho, sean los moralistas que movilizan a las masas o quienes publicitan sus productos y servicios. Así que es necesario adiestrar al personal para que se escandalice convenientemente, lo que implica configurar previamente una moral o, mejor dicho, un moralismo.

Los moralistas, sean reaccionarios, revolucionarios o aficionados a las lecciones de ética, han encontrado en las redes sociales el medio ideal. Hace no mucho tiempo algunos pensadores sostenían que la democratización de la información llegaría en el momento en que fuera posible la comunicación simultánea en las dos direcciones: de los medios hacia el público y del público hacia los medios. Lo que nadie preveía era el vigor de la charla simultanea de millones de personas ejercitándose en la función fática del lenguaje, ni la explosión y triunfo del escándalo y el moralismo, que viene a ser lo mismo que de la hipocresía.

¿Qué ofrecen las redes para que florezcan los indignados y escandalizados? Lo primero, una plataforma inmediata, en el doble sentido de instantánea y no intermediada. Para quienes no sienten ningún vértigo en recorrer la distancia que va desde la neurona feliz a la punta de la lengua, la posibilidad de hacer llegar sus ocurrencias a cientos de individuos simultáneamente es como un masaje (nunca mejor dicho que «el medio es el masaje», o sea). Pero si además —aquí va la segunda— obtienen «recompensa» inmediata en forma de «Me gusta» y «¡Extraordinario!», es como si el masaje tuviera final feliz. ¿Qué más puede pedir un moralista que obtener una recompensa inmediata por su exhibición moral? «¡Cuánta razón tienes [como yo, que te la doy]! ¡Eres la voz que clama en el desierto [en donde estamos todos clamando]! ¡Ójala todos fuéramos como tú [que ya lo somos al decirlo]!». Llama la atención que no se escuchen gemidos continuos, ohhh-ahhh, de tanto orgasmo simultáneo.

La tercera ventaja que ofrecen las redes es la «viralidad», que permite al escándalo replicarse como un virus e infectar hasta a los vacunados contra la hipocresía. Ocurre así que hasta quienes se escandalizan de los escándalos los replican para escandalizar a los que aún no se habían escandalizado.

La cuarta ventaja es la falta de control y jerarquía. En un entorno no regulado vale lo mismo el resultado de una investigación que una opinión o una verdad que una mentira, lo que tiene efectos letales sobre la confianza. Basta que alguien tenga éxito al crear una frase ingeniosa para echar a perder un gran esfuerzo. Ni me molestaré en comentar la ventaja que otorgan el anonimato o la distancia.

No parece haber manera de detener la rueda. Mientras la máquina genere ruido y dinero seguirá girando. Y todo vale para crear escándalo, desde el sacrificio de un perro infectado a una ironía reinterpretada insidiosamente en sentido recto.

Pero el escándalo es espuma. Si con el periódico de ayer envolvíamos el pescado de las noticias muertas, a los «Me gusta» del escándalo de hace seis horas se los zampa un único gatito de Youtube. ¿Viven para siempre los «Me gusta» o se marchitan? ¿Dos escándalos de ideologías contrarias se atraen o se repelen? ¿Se extinguirán los periodistas como se extinguieron los serenos? Quizá no seamos conscientes de que llevamos ya mucho tiempo rebasando la delgada línea gorda del ridículo. Perdón, obesa.