Por un país normal asímétrico

El PSOE lleva emitiendo desde hace ya mucho tiempo confusos mensajes nacionalistas para turbación de sus simpatizantes y más turbación de sus aliados nacionalistas, que dudan si llevarlos al huerto ancestral, a crecer y multiplicarse, o al juzgado por latrocinio ideológico y apropiación indebida de mensajes. Sin embargo sería injusto acusar a los socialistas de tener, en su acción política cotidiana, un mensaje coherente sobre los asuntos territoriales. Teniendo en cuenta que el PSOE está formado por una agrupación de federaciones que se han puesto como objetivo pescar en los caladeros de votos del electorado regionalista y nacionalista de la «nación de naciones», hacen lo que pueden por ajustar un discurso teóricamente internacionalista y unionista («El hombre del hombre es hermano/ derechos iguales tendrán/ la tierra será el paraíso/ patria de la humanidad./ Agrupémonos todos/ en la lucha final/ etcétera») y lo que les sale son cosas como el federalismo asimétrico o la «constitucionalización» de los hechos y derechos diferenciales, que son colectivos, como los autobuses. Los malpensados tendemos a creer que las leyes que consagran las diferencias o establecen barreras de acceso para los ciudadanos de distintos orígenes fomentan la desigualdad, pero es quizá porque no miramos al engendro con los ojos del corazón.

A los socialistas, con el asunto territorial les pasa lo que a Igor en El jovencito Frankenstein, que no se para a pensar demasiado en lo que hace y se limita a elegir un cerebro normal, concretamente del tipo A normal. Con tal abundancia de mensajes A normales resulta un tanto absurdo preguntarse luego por qué habrá salido así la criatura. Sin embargo, se equivocarían quienes pensaran que todo es fruto de la pereza intelectual o de la incongruencia ideológica, algo que sería relativamente fácil de solucionar. El asunto, como ocurre siempre, es más complejo y más grave y, naturalmente, no afecta sólo a los socialistas.

El Partido Socialista es un partido de gobierno, es decir, un partido que busca gobernar ante todo. Actúa así por dos razones fundamentales: porque cree que sólo desde los respectivos gobiernos municipales, provinciales, autonómicos, nacionales, de los jueces, de las empresas públicas, de los mamotretos culturales, etc., tiene capacidad para decidir (el famoso derecho a decidir no es un derecho, sino una capacidad) y porque sus militantes, como ocurre habitualmente con los militantes de los partidos de gobierno, cuando ganan elecciones pasan a trabajar en la Administración o a mejorar su situación en el escalafón jerárquico. Aunque tengan que ofrecer el diezmo de su sueldo al partido (lo que, por otra parte, explica la revisión al alza de los sueldos tras las elecciones), normalmente supone una mejora en la calidad de vida de estos militantes, pese a las sevicias que conlleva el desempeño de la representación pública.

Me detengo en esto sin intención crítica ninguna, entre otras cosas porque no se me ocurre ninguna forma alternativa de funcionamiento en un sistema democrático. Existen partidos insurreccionales, cuya preocupación no pasa por formar gobiernos —como ejemplo, los muchos partidos comunistas hispanos o Izquierda Unida, que parecen conformarse con organizar manifestaciones o manejar los entresijos del círculo de poetas internacionalistas por la solidaridad de los pueblos— y que, al parecer, esperan el advenimiento de un redentor o de la revolución liberadora como los primitivos cristianos esperaban el advenimiento de Cristo. Tienen tan incrustado el sueño revolucionario del acceso al poder mediante las armas que cada vez que tienen capacidad de actuación real parece que les da vergüenza participar en la estructura de la democracia capitalista y se eclipsan. O bien demuestran que no saben qué hacer cuando les toca lidiar con estructuras en donde no funciona el ordeno y mando leninista, sino el sutil tejido de normas y contrapoderes que ha tramado el estado de derecho. El partido Podemos es, precisamente, una reacción a este espíritu de fracaso: quieren convertirse en alternativa real de gobierno y reemplazar al PSOE como alternativa de izquierdas.

Pero volvamos al Partido Socialista. Su gran problema es su falta de implantación real por escasez de militantes. Puesto que es la militancia fiel la que accede a los cargos públicos y como en tiempo de sequía no hay cargos, las estructuras con exceso de militantes se convierten en estructuras disconformes. Así que, en cuanto ven que un líder fracasa en las elecciones, lo laminan. El éxito no se mide por el acierto ideológico o la habilidad negociadora, sino por la capacidad de ganar elecciones y obtener puestos de trabajo. Dado que los puestos de trabajo son limitados, la militancia no es proselitista. Si los partidos políticos tuvieran que mantenerse con las cuotas de sus afiliados o con donaciones voluntarias, hace mucho tiempo que habrían colapsado. Al inicio de la transición democrática, cuando la operatividad de un partido dependía literalmente de la acción de sus afiliados, se veían en las calles mesas de afiliación y se realizaban campañas de proselitismo; incluso solía ser noticia que los «independientes» (personas a las que se recluta para un cargo público en función de sus conocimientos o representatividad) acabaran militando en las filas del partido que les había dado aquella oportunidad. Hoy, por el contrario, casi todos los partidos desconfían de los nuevos afiliados, a los que perciben como arribistas que vienen a disputar los puestos de trabajo que se ofertan en esa especie de oposiciones que conocemos como elecciones.

Así que es normal que los socialistas desconfíen de la nueva militancia virgen, que puede revolver las estructuras del partido y romper la jerarquía de acceso a los puestos de trabajo que tan laboriosamente se confecciona antes de cada cita electoral, las listas, a las que se llega tras manifestación cotidiana de obediencia y disciplina. Estas estructuras desconfiadas, cerradas, con tendencia a mirarse el ombligo y a la defensa numantina, tienen graves problemas de envejecimiento y les cuesta reponer a la militancia, por lo que no es nada raro que lo hagan por incorporación familiar, formándose clanes de cónyuges, hijos, sobrinos, nietos, cuñados y demás familia. La otra forma de crecimiento es la succión de militancia de otros partidos, especialmente con ocasión de disidencias, conflictos y escisiones. Esto suele ocurrir normalmente por la izquierda, pues los partidos de rígida ortodoxia tienden a quebrar cíclicamente en contacto con la realidad. La ventaja es que los militantes de extrema izquierda se adaptan bien porque vienen muy trabajados en dos características muy valoradas: obediencia y disciplina. Llegan además con ambición, que por fin han entrado en un partido serio, y aportan grandes ideas arrumbadas de sus proyectos pretéritos y una buena cantidad de jerga.

El panorama se completa con una triste constatación: en los territorios de obediencia nacionalista, el Partido Socialista tiene pocas opciones de alcanzar el gobierno, salvo que medie una política de pactos. ¿Y con quién pueden pactar? Básicamente con los nacionalistas. Así que es lógico que su discurso antinacionalista, que lo tiene, se lo coma con patatas y que, por el contrario, adopte el vocabulario, ademanes, comportamiento y símbolos de sus socios.

¿Se ha convertido entonces el Partido Socialista en un partido nacionalista o regionalista? Pues según el día y depende por dónde sople el viento. Lo importante es adaptarse a las circunstancias. Aunque sus líderes lancen mensajes contradictorios y se definan como catalanistas, andalucistas, vasquistas o equilibristas dependiendo del escenario, lo importante es el mensaje claro y nítido de que el enemigo es «la derecha», es decir, el único partido con capacidad real de disputar el gobierno de la nación y del resto de las administraciones en liza. El problema es que estos mensajes contradictorios llegue a entenderlos un electorado hiperinformado que conoce de forma instantánea las melonadas que pueda soltar cualquier candidato o alto cargo, sea un parlamentario balear que se declara independentista o una lideresa autonómica que propaga el orgullo por el terruño y las tradiciones con más vocación que un líder carlista. Es decir, que el problema viene siendo que el votante se pare a distinguir si el que anda como un pato, nada como un pato, vuela como un pato y grazna como un pato, es o no un pato (o una pata). Porque buscábamos un gallo y aspirábamos a una socialdemocracia austera, limpia, comprensible y no mendaz.

[Publicado en ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS]

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