El planeta de los simios

Si el Islam fuera el problema habría que concluir que se dedica con mucho ahínco a causar víctimas entre sus propias filas. Así que debe haber otras razones.

El principal problema del mundo es que los seres humanos son básicamente animales idiotas que confunden tener inteligencia con haber aprendido a leer y escribir, sin que ello les haya llevado a entender absolutamente nada del funcionamiento de la existencia en general y de su papel individual en ella. El principal problema es que heredamos creencias y costumbres como quien hereda un hígado y lo divertido es que creemos que son «propias» y que ser fieles a ellas es una virtud a la que llamamos «coherencia».

Hay bases genéticas para que nuestro comportamiento se parezca al de los rebaños de mamíferos, aunque como especie hayamos evolucionado como un mono carnicero, violento y —lo que quizá sea el rasgo más importante— tozudo e incansable. Ningún otro animal puede dedicar toda su vida a una «causa mental», sea batir el récord de inmersión en apnea, la conversión del plomo en oro o la conversión de los infieles.

Cuando un zumbado se propone un objetivo y resulta ser lo suficientemente convincente, obcecado y tenaz, démonos por jodidos porque parte del rebaño le seguirá adonde vaya. Y el mensaje que triunfa es siempre el mismo: una vida sin preocupaciones ni obligaciones ni sobresaltos, regalada y en paz; es decir, un futuro venturoso o dos futuros venturosos, como prometían Los Luthiers a su chaparrita.

En su versión benévola, el mono desnudo se conforma con la utopía postmortem y, del mismo modo que recibe esos sellos de la compra que se pueden canjear por una sartén, va acumulando sellos ficticios de bondad esperando la resurrección de la carne en el paraíso (sin sexo para los cristianos, que como ya no necesitarán reproducirse tampoco necesitarán gozar, y con orgía perpetua y sustancias psicotrópicas para los islámicos). En sus versiones duras, la consecución de la sociedad feliz requiere ingeniería abrasiva, lo que incluye matanzas, exterminios y toda la gama de acciones cruentas que los pacíficos empleamos con la ganadería. No me voy a molestar en citar la historia porque está pasando, lo estás viendo y si no te enteras es porque eres gilipollas.

Todo lo que hacemos en la vida lo hacemos para calmar el estrés y la incertidumbre. El estrés nos levanta, nos estimula y nos da vida —y por eso lo alimentamos con sustancias o actividades de riesgo—, pero también nos agota y nada deseamos más que el descanso, el sueño y la falta de preocupaciones… para cargarnos de energía, volver a acumular estrés y desear más paz. Esa promesa cotidiana de tranquilidad, de reposo es el motor que nos mueve día a día, así que no es extraño que los más idiotas entre los idiotas sean capaces de inmolarse en sacrificio para obtener una recompensa inmediata tras la que alcanzarán la paz, la tranquilidad, el disfrute eterno… y un poco de gloria para alimentar el narcisismo.

El mono estúpido, presa de su hiperactividad, sólo busca la calma, y unos la encuentran leyendo, otros tocando el banjo, otros pintando y otros haciendo submarinismo, pero los más briosos y dominantes no se conforman con hacer macramé para calmar su ansiedad y quieren salvarnos a todos de nuestra vida miserable actual y conducirnos a un futuro venturoso, queramos o no.

Desgraciadamente, la selección natural, la selección sexual y la selección cultural del rebaño siguen prefiriendo a estos mandriles de soluciones «fáciles» y despreciando las antiutopías trabajosas que no prometen felicidad inmediata, sino complejidad, esfuerzo y trato diario y diplomático con los diferentes (que también son idiotas, como tú) con la esperanza de que no nos hagamos demasiado daño.

Incluso los que buscan elevarse de su triste condición de mono erguido siguen actuando como el viejo simio. Hace unos años, en 1995, y por estas mismas fechas, cruzó el firmamento el cometa Hale-Bopp. Un astrónomo aficionado sacó una fotografía y por una aberración óptica y porque era estúpido vio, ejem, interpretó que al cometa le seguía una nave espacial de origen extraterrestre. Unos monos del género homo dizque sapiens que se agrupaban en una secta llamada Heaven’s Gate (La Puerta del Cielo) y cuyo proyecto estúpido y contumaz consistía en evolucionar hacia seres superiores y espirituales que abandonarían la Tierra para llegar a un planeta extraterrestre donde reinaba la armonía, decidieron que era el momento. En una liturgia colectiva y previa castración de los hombres para abandonar el deseo que los ataba a los instintos animales, se suicidaron 39 personas con la esperanza de que sus espíritus llegaran hasta la nave extraterrestre que seguía al Hale-Bopp.

«Sin esperanza, con convencimiento», decía el poeta. Sin esperanza, sin convencimiento y viendo crecer las plantas y cantar al chochín. Me siento tan ajeno a las pulsiones animales de mis contemporáneos, a sus ejercicios de poder y representación, a sus «cosmovisiones» y a sus filosofías que muchas veces me pregunto qué cojones hago aquí y por qué no reacciono convenientemente a la inseminación ideológica y costumbrista. Me faltará una hormona. O un hervor. O quizá soy uno de los más idiotas entre los monos, que tampoco me atrevería a descartarlo.

Lo cual que progresan los tomates a pesar de los insectos y aunque parece estar muriéndose el limonero reverdecen el laurel y el bambú sagrado.

2 comentarios en “El planeta de los simios

  1. ¿Será que tiene razón Steven Weimberg, el canadiense premio Nobel? Dijo así: “La religión es un insulto a la dignidad humana. Sin ella, habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal, pero para que gente buena haga el mal, se necesita la religión.” Hace tres años atrás estuve en la cárcel de Santiago de Chile rodeado por el grupo de jóvenes universitarias que habían quemado vivo a un bebé recién nacido porque su líder sectario las había convencido de que era el Anticristo y que con la muerte del bebé comenzaba la batalla del fin del mundo que acaecería un mes después, el 21 de diciembre de 2012, según lo que no habían predicho los mayas, que no tuvieron nada que ver con ese cuento. En un momento, estando en esa reunión junto con esa jóvenes se me cruzó una imagen: esas mujeres me recordaban al grupo de amigas de mi hija: inteligentes, hermosas, universitarias, profesionales, de buenas familias. ¡Pero se creyeron el cuento apocalíptico!
    En setiembre del año pasado en Santiago de Compostela intervine en un caso de una terapeuta que mató a su bebé de seis meses porque creía que, al resucitarla luego, dejaría de ser hija de un “mago negro”, como le habían hecho creer en la secta Gnosis.
    El tipo que aplastó con su camión a decenas de personas en Niza, los 19 que atacaron con aviones las Torres Gemelas y el Pentágono no eran gente “mala”. Eran personas que creían que estaban librando al mundo de infieles satánicos. Se inmolaron generosamente, para que el mundo fuera “mejor”.
    Ellos eran buena gente. Tenían muy claro que la ley de Dios está por encima de la ley del hombre y actuaron en consecuencia.

    1. Terrible lo que cuentas Héctor. Aún así, ¿por qué hay gente que nos tomamos a chufla la religión y otros pueden cometer cualquier atrocidad en su nombre? Sigo pensando que hay algo en los estudios sobre la inteligencia humana que se nos escapa.

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