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TREN

ERA el tren todo trueno y todo noche.
Era la luna un ojo. Era verano.
Era su falda un lío y un reproche
era aquel crucifijo. Era mi mano

leve temblor sobre la blanca plata.
Ella cerró los ojos, dijo: «Besa
a Dios y duerme». Era la luna nata
sobre su pecho, era su boca fresa.

Y yo acerqué mis labios —avanzaba
el tren como un caballo. El algodón
de su braga era blando, me dejaba
humedad en los dedos: tentación

sin vello de la herida. «Diosa mía»
—arranqué el crucifijo. «Dios, Dios mío».

 

TU MAMÁ ME MIRA

SE ha quedado la tarde detenida
en el balcón radiante de tu pecho.
Mira tu madre campos en barbecho
y tú mis ojos miras, divertida.

El tren raya el paisaje. Y una herida
de luz quema mis ojos al acecho:
elevas tus rodillas y un estrecho
canal entre tu falda se hace huida

hacia el desnudo fruto dividido.
Gira el rostro tu madre y la sorpresa
de mi gesto en sus gafas se refleja.

Te levantas la falda y el prohibido
fruto me muestras. Mi mirada espesa
busca los ojos de tu madre —deja

la luz lenguas de fuego en los cristales—
y acaricias tus ingles mientras ruego
que no aprendan a ver sus ojos ciegos.

 

SIESTA

TE ha atrapado un sopor de duermevela
sobre la verde hierba y una fina
luz resbala en las plantas e ilumina
entre tus muslos un blancor de tela.

Tienes calor. Tus piernas de canela
abres y el dulce pliegue se adivina
bajo la blanca tela. Mi retina
se vuelve puro fuego. Con cautela

me acerco a ti. Respiras agitada
y abres las piernas más. Mis dedos pasan
bajo el suave tejido y acarician

el delicado surco. Gimes. Nada
quiebra el dulce momento. Se retrasan
mis dedos en tu herida y, suave, inician

la tierna entrada en el caliente hueco.
Jadeas y ardes. Vibra el aire seco
y estalla sobre el campo una tormenta.