Pro Política

En el momento en el que empiezo a tener alguna idea muy clara sobre como resolver algún problema de la humanidad en general y mío en particular, me doy una ducha fría. Es un método magnífico. Baja de inmediato la temperatura corporal, se cierran los poros y el resto de orificios, y se sufre un espabilamiento general inmediato. Misteriosamente, mis grandes ideas suelen arrugarse a la misma velocidad con la que se encogen otros de mis notables atributos.

Si el método no funciona y la idea sigue indemne, me asomo a alguna de esas páginas que calculan, en tiempo real, la población mundial. En worldclock.com, por ejemplo, desde que he empezado a escribir hasta llegar a esta frase, la población ha pasado de 7.090.766.064 personas a 7.090.766.945. O escribo más rápido o copulan ustedes menos, porque lo nuestro ya está alcanzando niveles víricos.

El caso es que me da por pensar que, probablemente, no va a ser fácil convencer a tanta gente de que mi idea es buena. Si no soy capaz de seducir a los vecinos para que purifiquemos mediante el fuego el cuadro de cervatillos que adorna el portal, va a resultar más difícil hacerles tragar lo de los impuestos.

Como habrán adivinado, todo esto no era sino una parábola introductoria (me salen un poco más espesas que las de los evangelistas, pero es por falta de práctica). Adonde quería ir a parar, corazones, es a que piensen durante unos segundos en lo extraordinariamente complicado que es elaborar una doctrina de uso universal y en lo difícil que resulta aplicar cualquier buena idea a individuos que, por lo general, no se dejan.

Pues bien, ni más ni menos a esto es a lo que aspiran las gentes que se dedican a la política, a convencernos de que tienen soluciones concretas y plausibles para la mayoría de los problemas de muchísimas personas. Algunos creen, incluso, que sus soluciones podrían servir para esos siete mil millones (bueno, de los 7.090.768.986, que esto sube como la espuma).

Su pretensión es tan heroica que resulta admirable. Ver como decenas de militantes se reúnen y tratan de sistematizar sus diversas opiniones, admitiendo las de otros o renunciando a las suyas por el acuerdo general y el bien común, es un espectáculo edificante. Hay quien piensa que no les mueve sino el interés, pero debemos recordar que les juzgaremos luego por los resultados obtenidos en el beneficio de todos y que no tendremos piedad con los vencidos.

En el año 330 antes de Cristo, cuando Alejandro Magno conquistaba el mundo, había poco más de 100 millones de personas en todo el mundo. Bastaban unos cuantos miles de individuos sanguinarios y bien armados para someter por completo a gentes incultas e imponer costumbres, ideas y religiones en vastas áreas de la Tierra. Hoy vivimos en un mundo extraordinariamente complejo, superpoblado y medianamente culto, en donde la mayoría hemos optado por el entendimiento. Poner de acuerdo a tantas gentes y tan distintas es una tarea extraordinaria. Sin embargo, juzgamos muchas veces la dificilísima actividad política con la misma ligereza y apasionamiento con los que hablamos de fútbol. Bastaría con que todo el mundo intentara alguna vez en su vida convertirse en defensor y representante de alguna idea para el bien común para que conociera el alto precio personal que muchas veces toca pagar. Basta con ser el administrador de la escalera.

Por eso, por la importancia que tiene la política para las vidas de todos nosotros, convendría hacer un gran esfuerzo para dignificarla. Se equivocarán enormemente todos los partidos políticos que no dediquen su mayor esfuerzo a dignificar su tarea y a ganarse nuestro respeto y nuestro reconocimiento. Y lo pagaremos todos.

[Publicada en El Diario Norte el 11/11/2013]

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