Que nadie se ría

Sostiene Charles R. Gruner, alejándose de las visiones amables de la psicopedagogía de jardín de infancia y geriátrico, que en toda risa resuena el grito de triunfo de quien derrota a un adversario, que todo humor esconde, por mucho que lo disimule, un gesto de agresión. Sostiene Gruner que reir equivale a ganar y que toda situación humorística esconde un ganador y un perdedor, aunque no sea fácil verlos a primera vista; es más, que si desaparecen ganador y perdedor, o no se percibe qué se gana o qué se pierde, no hay humor.

Góngora, ingenioso, ya se había dado cuenta de que la risa era un triunfo con aquello del «ande yo caliente, ríase la gente», en donde finge la humildad de soportar las risas de los intensos para poder luego reirse más y mejor disfrutando de los placeres terrenales. Pero su triunfo y su victoria están, claro, en el poema, en donde no sólo se ríe ya de los listos, sino que les anuncia que seguirá haciéndolo, y mientras ellos pierdan el tiempo hablando de política o de amores o de literaturas, él estará carcajeándose de ellos y llenando el buche. Tú crees reirte de mí, pero yo ya me estoy riendo ahora y, sábelo ya, más me reiré: yo gano.

Si la risa es triunfo —y parece ser que íntimamente todos lo entendemos así— la sátira añade humillación a la victoria. La sátira no es soló una expresión de inteligencia, se origina también en el convencimiento de su superioridad moral sobre lo criticado, siendo la burla, la ironía, el sarcasmo, la ridiculización o la parodia medios para atacar una realidad reprobable que se pretende enmendar. Sin embargo, para los satirizados, la propia expresión de la sátira, el mismo acto de humor, no son sólo la constatación de su derrota sino la expresión jocunda y carcajeante de su humillación. De ahí la torva advertencia de «quien ríe el último, ríe mejor», que anuncia la mueca de marfil de la postrer victoria de la muerte.

He pensado mucho en estas cosas tras los asesinatos de los humoristas de Charlie Hebdo. En como a algunos se nos heló la sonrisa y en cómo a otros, bienaventurados los mansos tanto tiempo pacientes, les faltó tiempo para solidarizarse con las almas humilladas de los asesinos y proclamar su postrer victoria con risa de conejo. Y me he acordado también de aquel otro gran satírico, François Villon, que a la espera de ser ahorcado junto a sus compañeros escribió la Balada de los ahorcados y pidió en los versos finales que, al menos, se ahorraran las últimas risas: «Hombres, aquí con bromas no se venga; rogad a Dios que a todos nos absuelva».

[Publicado el 26/01/2015 en ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS]

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