Regeneración

Decía hace unas semanas (¡cómo pasa el tiempo!) que en nuestra política falta el calcio de las ideas claras, los principios universales y el discurso compartido. Un esqueleto sin calcio propende al raquitismo y a la osteoporosis, y de ahí a la quiebra de la estructura portante sólo hay un suspiro.

Confieso que, en mi ingenuidad, llegué a pensar que había principios en los que todos estábamos de acuerdo: no matar, no robar, no mentir y así… para acabar dándome cuenta de que la vigencia de los preceptos coactivos confirma que matar, robar o mentir no es algo extraordinario. El cartel de «Prohibido mear en las paredes» informa de una prohibición, pero la primera noticia que ofrece es que hay gente que mea habitualmente en la pared.

Por la misma razón, la existencia de plastas que damos la chapa a los políticos no se debe ni a la afición ni a un ciclo estacional como el de la migración de la golondrina, sino más bien a la proliferación excesiva de tipos que disfrutan meando en nuestras paredes.

Pero volvamos a las ideas comunes. Hasta muy poco tiempo, un felíz europeísmo nos había convertido en portavoces de las grandes virtudes de la unión y del buen rollito universal. El inolvidable Rodríguez Zapatero, con su Alianza de las Civilizaciones, nos hacía imaginar un futuro cercano regido por un gobierno de la Federación Mundial, en donde chiítas, sunitas, budistas, judíos, cristianos, cienciólogos, frikis, rastas y mormones nos reconoceríamos con el saludo vulcaniano de Star Trek, versión muda del «buenas nochas y buena suerte». La España de las Autonomías seguiría proyectándose hasta el infinito y más allá, y la Unión Europea, en su papel de la lejía que viene del futuro, nos ofrecería un ámbito de convivencia higienizado y aromatizado que evitaría las rupturas protegiendo los colores.

Ha bastado un catarro de la economía mundial para que volvamos a la caspa de los siglos pasados y afloren nuevamente las grandes miserias del país: la corrupción y el despilfarro, el mal reparto geográfico del desarrollo, el desdén por el sistema democrático, el desprecio palurdo por la cultura y la ciencia, la impotencia de crear un sistema educativo sólido y respetado, la marmorización de una casta política jurídicamente ultraprotegida o el eterno retorno del tradicionalismo, esta vez disfrazado de independentismo.

Vuelven las ideas chatas y los discursos romos, el «España nos roba» o «Alemania nos ahoga», y la vieja práctica de esparcir la mierda en todas las direcciones de la rosa de los vientos. Qué difícil es sustraerse al melancólico discurso de «este país de miércoles», que decía Eduardo Mendoza por boca del doctor Chulferga en El misterio de la cripta embrujada.

Y, sin embargo, casi tan vieja como esa tendencia atávica al subdesarrollo social e intelectual, pervive la reclamación ya secular de una regeneración profunda del país. El discurso regeneracionista viene siendo una especie de música de fondo, ocasionalmente emergente, que, aunque nutre las ideas mejores, suele acabar consumida por la actividad terca, mediocre e incansable de los mentecatos. Nada más destructivo que un idiota trabajando a tiempo completo.

Es preciso recuperar el mensaje regeneracionista, recuperar la autenticidad y denunciar el doble lenguaje. Combatir por tierra, mar y aire a los caraduras y a los farsantes. La política tiene hacer lo que dice y decir lo que hace. Hablamos de ser auténticos, decir la verdad y comportarse honestamente, aunque lo digamos con expresiones raras como transparencia, responsabilidad o respeto a las decisiones democráticas.

No es soportable que la distancia entre lo que se dice y lo que se hace sea tan enorme que ya sólo los cínicos se sientan cómodos en la política. Produce auténtica grima observar las maniobras evasivas del Partido Popular para evitar reconocer la verdad. Sonroja la desfachatez con la que Convergencia maneja las cuentas de la famiglia. Avergüenzan las elecciones a la búlgara que los socialistas se empeñan en vender como primarias de candidato único.

Hay que ser valientes, cortar por lo sano y regenerar, porque como decía aquel personaje de El milagro de P. Tinto, al final, por H o por B, siempre hay que sanear.

[Publicado en El Diario Norte el 14 de agosto de 2013]

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