Rico en fibra (moral)

Desde el advenimiento del último barómetro del CIS, en donde el personal confiesa que sus principales preocupaciones son el paro (80,7 %), la economía (35,5 %) y los políticos y sus partidos (29,4 %), se ha producido una eclosión primaveral de artículos con propuestas de regeneración democrática para recuperar la credibilidad de la política. Bien. Me parece muy buena señal que dejemos lo del paro y la crisis económica a los profesionales alemanes y nos dediquemos a lo que verdaderamente está en nuestras manos, o sea, a barrer el chiringuito. A cada cual lo suyo. Si no podemos arreglar el mundo, al menos arreglemos lo nuestro, corazón.

Como he nacido con afán de servicio a las masas resumiré las propuestas en una, que tampoco es  cuestión de abrumar. Todas las medidas organizativas, económicas y éticas propuestas se resumen en una idea, el afecto y confianza de la población sólo puede recuperarse con transparencia en el funcionamiento, financiación y toma de decisiones de los partidos, organizaciones sociales y administraciones públicas.

La idea se entenderá mejor si le damos la vuelta. Lo contrario de la transparencia, es decir, lo contrario del funcionamiento y la toma de decisiones explícitas, claras, públicas y sin doblez, es la opacidad. Funcionar con opacidad es tomar decisiones con condicionantes que se ocultan, no se explican ni a los propios correligionarios y no se transmiten a la población. Es el caldo de cultivo de la especulación y del mamoneo, de la arbitrariedad y de la corrupción. Es lo que aborrecemos.

Por el contrario, la transparencia es la virtud del que no tiene nada que ocultar y se muestra tal como es. Los partidos transparentes eligen a sus candidatos en procesos limpios de libre concurrencia (elecciones primarias) y estos se muestran tal cual son, ni tunean su currículo con estudios incompletos ni se atribuyen méritos que no les corresponden. Sus cuentas son claras, públicas, publicadas y accesibles, y no consisten en un archivo en formato crudo, comprimido en un ‘zip’, escondido en la letra pequeña de la esquina de una página web perdida en el hiperespacio.

Las cuentas recogen toda la financiación, la que viene de cuotas y sueldos, la que viene por vía directa de subvención administrativa, la que proviene de donaciones, y la que llega disfrazada de lagarterana por vías exóticas, sean oenegés, fundaciones, consultoría o publicidad. No  valen los sobres anónimos. Las cuentas se auditan externamente y los políticos publican su patrimonio. Además, cuando se descubre a un distraído moral especialista en comisiones (tres para el partido y dos para su bolsillo) se le pone de patitas en la calle y se denuncia a la Justicia. Sin vacilación; los chorizos a la charcutería.

Por lo demás, reina el diálogo, hay debate sin marrullería, participación sin obligación, disciplina sin obediencia, representación paritaria y respeto por las corrientes críticas, minoritarias o folklóricas. Nadie acumula cargos ni se profesionaliza viviendo del partido y cuando se llega al poder (¡oh, at last, the Power!) se produce una separación rigurosa entre los intereses del partido y los del gobierno y todo se vuelve dedicación al interés público y general. Acabado el período de servicio público, el buen político regresa a su vida privada, suenan los violines y en una puesta de sol preciosa aparece el rótulo de The End.

A ver, ¿dónde hay que firmar? Porque como representación ideal me convence bastante. El único problema es que, hasta la fecha, se predica mucho y se da poco trigo. Se han puesto en marcha muy interesantes medidas de transparencia en el ámbito público, pero queda mucho por hacer y, sobre todo, falta aplicar el discurso a la fontanería partidista. El líder o lideresa que se aplique a limpiar la casa, a jubilar a unos cuantos listos, y a transmitir el mensaje de la renovación por medio de los hechos, habrá ganado muchos puntos de confianza. Una casa bien barrida y adecentada dice mucho de las costumbres higiénicas de sus habitantes.

Pero lo que no vale es vender limpieza para el ámbito público y seguir haciéndose el distraído en el cotarro propio. A las masas, normalmente, nos la suelen dar con queso, pero no siempre, ni siempre los mismos, ni todas las veces. Queremos promesas, sí, que ya nos hemos hartado de realidades, pero queremos promesas creíbles y realizables y líderes con menos discurso y más fibra. Líderes mineralizados y supervitaminados que actúen con sensatez y no nos traten como idiotas. Yo tengo en mi mano un voto y se lo daré al mejor postor. Ahora espabilen y véndanme la moto, pero rápido, que las masas tenemos mejores cosas que hacer que perder el tiempo oyendo discursitos.

[Publicado en El Diario Norte el 12 de mayo de 2013]

¿Quieres comentar algo?