Salivazo nacional

Mi repugnancia por el nacionalismo es visceral: me sale de las tripas. Yo empecé a ir a «párvulos» a un colegio religioso que por entonces era mixto. Duré allí apenas dos cursos, no por incompatibilidad, sino por crisis económica. Las autoridades sindicales franquistas tenían una idea muy eficaz para controlar a los trabajadores que hacían huelga, retirarles la autorización para trabajar en la provincia durante un tiempo. Así que la imposibilidad de que mis padres pudieran pagar el colegio me condujo a la Escuela Nacional. Me hicieron repetir de nuevo primer curso, con el agravante de que yo ya sabía por entonces leer y escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir, que si no he entendido mal son los objetivos del Graduado Escolar. No es que yo fuera un lince, sino que mi madre había ocupado su tiempo como profesora, algo que luego no pudo hacer con el resto de mis hermanos ni han podido hacer mis hermanos con sus hijos.

El profesor que detentaba la plaza, un psicópata que atendía al nombre de Don Jesús, y que se pasaba las clases lijando la vara de azotar, era un ferviente defensor de la enseñanza por ósmosis, así que colocaba al alumno más avanzado con el que peores resultados tenía y así sucesivamente, mientras seguía dedicado a las labores de lijado. En realidad la enseñanza infantil que se practicaba en aquellos cursos era básicamente la misma que se utilizaba con la madera: desbastar, ablandar, limar, lijar, pulir y barnizar. De compañero de pupitre me toco a F, un chaval que a su evidente retraso mental unía su tamaño, su ira y su fuerza; quizá llevara ya varios años repitiendo Primero porque al curso siguiente volvió a quedarse en aquel pupitre. No tuvimos unas relaciones fáciles, aunque quizá sería más ajustado decir, que yo no tuve una existencia fácil a su lado. El desgraciado y seboso Don Jesús, según me contaron, sería apartado muchos años después de la Enseñanza por una acusación de malos tratos a los alumnos y se acabaría ahorcando.

Podría hablar mucho y hasta bien sobre aquella escuela, que me convirtió en lo que soy, pero hablemos de nacionalismo. Aquella era una escuela nacionalista de estricta observancia. No sólo contaba entre sus profesores a reconocidos carlistas y a algún falangista, sino que en una época en la que el Régimen comenzaba a aflojar, en aquella habían decidido apretar. Así que hasta que la abandoné en 1974, tuve que formar filas, asistir al izado y arriado de la bandera, cantar el himno nacional y el Cara al Sol, y recibir una considerable cantidad de hostias desde todos los puntos cardinales dada mi tendencia natural a abrir la bocaza a destiempo. El lijado de mi personalidad fue cumplimentado con la asistencia a dos campamentos de verano de la OJE (Organización Juvenil Española de la Falange) en donde aprendí algunas prácticas paramilitares de gran utilidad. La repugnancia que adquirí por las banderas, los cánticos, los desfiles, las gloriosas hazañas de los héroes, el sacrificio numantino, las flores a María, el Día del Padre, la pre-tecnología y los mapas de escayola, fue como una vacuna de caballo contra cualquier veleidad nacional. Ninguno de mis tres hermanos recibió la misma educación y el salto generacional entre nosotros es evidente; aunque yo pertenezco a la primera generación de la EGB (que empecé en 5º curso), en realidad soy más bien de la última generación de la escuela franquista, y todo por el azar de haber caído en una escuela con alta concentración de chalados.

Sin embargo, gracias a ello, he desarrollado un gran aversión al nacionalismo. Nada racional, o sea; pura náusea. Por eso no entendía nada cuando, en la Transición, tras el cambio de régimen, gran parte del personal cambió una bandera por otra y se dedicó a hacer exactamente lo mismo pero bajo otra advocación. Algunos de quienes pasamos por aquel trance tan sólo aspirábamos a un país higiénico, austero, despojado de morralla y sargentos chusqueros. Pero como en un castigo bíblico a nuestra soberbia nos hemos encontrado con una proliferación de nacioncitas, minifranquitos, matarifes, himnos, banderas, televisiones del régimen, tropa grasienta, vírgenes beocias, folkclore intrahistórico y fútbol. Nos engañamos tan vilmente que soñábamos la democracia como un regreso de la Generación del 27 y la nueva edad de oro del pensamiento, pero lo que llegó fue el aluvión, el alubión flatulento del cine de caspa, el torrente de giles y giles, la prensa de la braga y el calzón prieto, la política de los proyectos hipertrofiados ilusionantes, la proliferación cancerígena de una administración pública que sigue rascándose la entrepierna y la grandilocuencia de los cabrones chocando la testuz hueca.

En fin, por resumir, que me paso a los miles y miles de flechas y pelayos desfilando por la Diagonal por el forro de la entrepierna. Siento por ellos el mismo desprecio que por los coros de castrati, digo castristas de La Habana, las huestes chavistas y los rebaños hachebitas. Que os vayan dando, compadres. No pasaréis.

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