Solo ante el pelícano

Todo va a peor. La luz melancólica del otoño empuja al recogimiento y a la reflexión, pero entre los abrojos florecen plantas iracundas y hasta el viento que azota el paisaje trae ecos de enormes peligros. Chillan las gaviotas y graznan los cuervos y todos los extraños llevan la mirada extraviada y el ceño fruncido. Quizá teman que explote al fin la central nuclear que, ¡oh cielos!, está situada sobre la Gran Falla. O que se derrita el Ártico y huyan los osos polares hacia Seattle o Vladivostok tras comerse a los activistas de Greenpeace absortos con la aurora boreal.

El mundo se derrumba. Los reyes ya no pueden cazar elefantes, los banqueros piden unas monedas porque peor que pedir es tener que robar, las cooperativas dejan de cooperar y feroces manadas de comunistas capitalistas chinos, agrupándose todos en la lucha final, muerden salvajemente los escrotos de Marx, Lenin y Mao. El fin de la Historia será un chopsuey o un comedor de Ikea con menu de 1,99€, IVA incluido: hágaselo usted mismo.

Todo es ruido y furia y lo más prudente sería desbrozar esta selva de ramas yertas. Olvidarse de las advertencias y salir a pecho descubierto al mundo. Quizá sea tiempo de apartar con el machete a los muertos vivientes que impiden avanzar y de decirles que la fabulita rusa con la que nos asustan —yo la recuerdo así, tan rusa como la ensaladilla— sólo sirve para hacer unas risas y nada más.

«Caminaba el buen Sergei por el lindero del bosque siguiendo el rastro de sus vacas en la nieve cuando oyó un piar lastimero. Una pobre cría de pajarillo, caída de un árbol, agitaba frenéticamente sus alas en la nieve para no congelarse mientras no dejaba de piar. Sergei, cuyo corazón era más tierno que el plumón de un ganso, lo recogió entre sus grandes manos y le dió su aliento para que entrara en calor. Luego, como no podía llevarlo consigo, hizo un hueco en una boñiga caliente de vaca y lo envolvió para que no se congelara, con la intención de recogerlo a la vuelta. Siguió Sergei su camino y el pajarillo, caliente al fin en medio de la bosta, pió y pió su agradecimiento hasta que, oyéndolo un zorro, lo sacó de su refugio y se lo zampó. La historia, camaradas, tiene tres moralejas. La primera: quien te mete en la mierda no siempre es tu enemigo. La segunda: quien te saca de la mierda no siempre es tu amigo. Y la tercera y más importante: cuando estés con la mierda hasta el cuello, no digas ni pío».

Porque, ya lo ves, nadie hace caso de los fabulistas y todo el mundo pía y requetepía pidiendo que le echen una soga, aunque sea al cuello, porque creen que todo se derrumba y el fin de los tiempos está cerca. Que no digo yo que no, pero que quizá pudiera ser que estemos sufriendo una hipertrofia narrativa, una intoxicación de ficciones, un apocalipsis de cantamañanas que se resuelve en bruma como las olas del mar al golpear contra las rocas.

Que no puede ser que todos los sabios capaces de arreglar la economía mundial, el hambre en el mundo, el deshielo ártico, la antipatía nacional o la crisis de nuestra comunidad de vecinos estemos tan vilmente desaprovechados en el Twitter, en el Facebook, en los diarios, en la radio, en la televisión. Que no puede ser. Que tiene que haber una explicación más sencilla que la hipótesis de que somos unos mendas a quienes se les va la fuerza por la boca.

[Publicado en El Diario Norte el 27/10/2013]

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