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Vergüenza

Hoy, 9 de noviembre de 2014, se cumplen 25 años de la caída del Muro de Berlín. Cayó el muró y yo tenía 29 años. Pasé gran parte de mi juventud yendo a manifestaciones de los géneros más variados, casi todas ellas con el denominador común de la reivindicación de la libertad, de la paz y otras, ay, de signo contrario, aunque entonces no lo entendí. Sin embargo, jamás, jamás fui convocado por ninguno de los que entonces consideraba como mis líderes políticos y morales para protestar contra el Muro, una frontera levantada para impedir que los propios ciudadanos huyeran de sus dirigentes y de su sistema perfecto. Convivimos durante muchísimo tiempo con aquella aberración intelectual y moral sin mover un músculo. Jamás, lo repito, jamás fui convocado por quienes teóricamente representaban mis ideas a una manifestación por la liberación de los ciudadanos de Berlín Oeste. Siento por ello una gran vergüenza retroactiva, que se hizo intensísima cuando pisé por primera vez aquellas avenidas y visité el siniestro museo de la Stasi, apoteosis siniestra de la estupidez. No fui consciente entonces, pero la caída de aquel muro supuso también el resquebrajamiento de un infamante muro de mentiras. Supongo que hoy tampoco leeré ningún arrepentimiento. Estamos demasiado ocupados siguiendo o contemplando a otros imbéciles.