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La culpa es de Arcadi Espada

Hace unos meses se cumplieron 10 años de un hecho trascendental para mí. Arcadi Espada abrió un blog, los Diarios (nickjournal), y cientos de personas acudimos a ver qué era lo que hacía el admirable autor de Contra Catalunya y Raval: del amor a los niños. Aquello tenía gran interés. El periodista dejaba unas perlas y decenas de comentaristas se dedicaban a veces a glosarlo y mayormente a devorarse entre ellos en medio de una orgía de humor, sarcasmo, inteligencia y crueldad. No había duda, vista la ferocidad de la canalla y el tiempo que le dedicaban, aquello era un nido de profesores, escritores y periodistas, o como cierta vez lo califiqué sin demasiado éxito, una «célula columnista». Ya había muchos blogs e interesantes foros, pero la cantidad de talento allí acumulada y la labor de zapa ejecutada sin conmiseración contra los pardillos que entraban a evidenciar su analfabetismo lo convirtieron pronto en un lugar de rareza extraordinaria. Una orgía intelectual.

La cosa hubiera transcurrido probablemente por unos marginales cauces de surrealismo e intelectualidad si no hubiera irrumpido la realidad con toda su crudeza. Los atentados del 11 de marzo de 2004 encontraron en blogs y foros un medio para que el personal se dedicara al deporte nacional: la caza. También ocurrió en el blog de Arcadi Espada, con la diferencia notable de que aquello lo frecuentaban grandes francotiradores. Aún pueden verse las huellas de las balas. De aquellas cruentas batallas salí con enormes amigos y enemigos. Pero fue, y esto es lo más importante para mí, una extraordinaria escuela de subversión y pensamiento, una Academia mayúscula en donde, empezando por Arcadi Espada y siguiendo por muchos otros que voy a cometer la indelicadeza de no nombrar, encontré a grandes maestros.

Aquel experimento tuvo para mí, sin embargo, una indeseable consecuencia. Tras más de diez años sin escribir una línea que no fuera prosa administrativa, volví a sentir ganas de perseverar en mis obras completas. Pero en lugar de incurrir en la lírica, que es el género en donde suelo parecer menos torpe, me dio por practicar la prosa, lo que viene obligándome desde entonces a penosas tareas intelectuales para las que, francamente, no estoy dotado. Ni siquiera económicamente. Confío en que se me pase pronto y pueda volver a entretenerme con ocupaciones melancólicas e inútiles que no hagan daño a nadie, como la composición de sextinas y sonetos con estrambote. Pero mientras llega el momento, ha de saber quien esto lea que soy sólo una víctima inocente de una pulsión innecesariamente revivida. El instigador fue Arcadi Espada.