Categorías
Blog

Adiós, Catalunya

La mayor parte de lo que consideramos inocentemente «nuestro pensamiento» está formado por relatos y mitos compartidos que configuran una tradición. Creemos que reflexionamos y sacamos conclusiones de los hechos, pero lo que ocurre mayormente es que extraemos las enseñanzas preestablecidas por estos relatos compartidos que circulan en nuestras sociedades. Algunos son muy antiguos, casi del inicio de nuestra conciencia humana, como el de la creación. Otros son relativamente modernos, como el de la revolución o el del hombre que se hace a sí mismo y llega a presidente. Pero todos ellos funcionan porque los escuchamos y replicamos continuamente en nuestras conversaciones. Pertenecen a la tradición común y, por tanto, son entendidos a la primera: no necesitan reflexión, aunque puedan ser tan falsos como las enseñanzas que propagan.

Hace ya unas décadas estuvo de moda hacerse con un pensamiento crítico, algo que consistía en desembarazarse del automatismo de los relatos predigeridos y analizar los hechos sin saltar directamente al capítulo de conclusiones. Se trataba de evitar el reflejo pavloviano, ese que hace que alguien se ponga en alerta (o ladre) cuando ve determinada cara o bandera.

La Escuela era, en teoría, el vehículo ideal para desarrollar el pensamiento crítico, salvo por el pequeño detalle de que tanto los programas de estudios como sus agentes, los maestros, parecen estar más interesados en la transmisión de los valores tribales. Además, frente al trabajoso cuestionamiento permanente, los relatos y mitos tradicionales —como ocurre con los tebeos de Marvel— se adaptan continuamente para construir una superestructura mitológica que lo explica todo y entiende un niño de primaria. Vamos, que es más sencillo comprender a un demagogo cuando dice que un país es el imperio del Mal que a un burócrata que trata de explicar los entresijos de la Unión Europea o del Derecho Penal.

En fin, los relatos y los mitos, no hace falta decirlo, los crean personas con una admirable capacidad creativa y acaban funcionando por difusión y repetición. Sin embargo, a veces basta un atracón de realidad para que colapsen y se arruguen.

Un gran bluf

Desde que recuerdo, todo lo bueno que ha ocurrido en España venía de Cataluña. De allí habían salido pensadores y poetas, arquitectos, empresarios amantes de las artes, pintores, inventores, cantantes de ópera, constructores de ferrocarriles, actores… Cataluña, y especialmente Barcelona, parecían el anverso claro y luminoso de un reverso siniestro e inquisitorial representado por una España que empezaba más allá del Ebro, quintaesenciada en Castilla como la madrastra y Andalucía como la hija golfa, que sólo producían intelectuales cansinos y admiradores de flamencos y toreros. Hasta los episodios catalanes más oscuros, como los levantamientos carlistas o las revueltas anarquistas tenían cierto aire mitológico.

Y qué decir de aquella intelectualidad cultivada que lo mismo te hablaba de Elliot que te preparaba una escalivada o un gimlet y te invitaba a mojarte los tobillos en el mare nostrum que, efectivamente, parecía suyo. Todo resultaba tan moderno y europeo, tan de línea clara y jazz, que hasta comprendimos las secuelas de satisfacción del orgasmo olímpico de 1992, que dejó más turbados que espabilados a los nacionalistas del país, que aún sufren espasmos por el enorme placer de haberse conocido. Aquello era jauja y ataban a los perros con longaniza. La verdad es que teníamos que haber sospechado de la potente industria editorial y propagandística de la región, tan proclive al masaje.

El caso es que aquel potente relato de la Cataluña moderna y vanguardista, tan firmemente asentado en nuestra conciencia, se ha arrugado de forma tan drástica que acongoja verlo tan poca cosa y tan marchito. Tan pardillos no somos y ya nos sonaban las trapacerías de la honorable familia de golfos apandadores o el choriceo manifiesto e institucionalizado del 3% al 5%, pero ha bastado ver en riguroso directo televisivo cómo fabrican las leyes en el Parlament para percibir con toda crudeza el engaño. Ya decía Otto von Bismark que con las leyes pasaba lo mismo que con las salchichas, que mejor no ver cómo se hacen. El olor a podrido ha sido tan insoportable que ahora lo difícil es borrar todo lo visto y que renazca en nuestra conciencia la imagen de un país moderno, culto y eficaz.

Conmigo va a estar difícil. Veo al ex honorable huido mintiendo en varios idiomas o las movilizaciones de quienes pretenden que deje de aplicarse la justicia a los malhechores propios y siento cierta acidez estomacal. Yo creo que lo peor es esto, que se han cargado el relato luminoso y han instalado uno nuevo en donde sólo percibimos mentiras, suciedad y moscas. Que pese a toda nuestra trabajada conciencia crítica, han logrado instalarnos de nuevo el reflejo pavloviano y, tras ver cómo sus élites meten las manos sucias en las leyes, se nos han quitado las ganas de comer sus salchichas.

Con el buen rollito que teníamos, o sea.

Categorías
Blog

Asuntos propios

Artur Mas, presidente de Comunidad Autónoma de Cataluña, ha intentado desvincular la afición de la familia Pujol a los paraísos fiscales y al cobro de comisiones de su militancia política y pública con un diagnóstico audaz: «Es un tema estrictamente privado, personal y familiar, que no tiene nada que ver ni con Convergencia ni con el partido». Es verdad, nada que ver, especialmente si no miras. Si haces como los tres monos sabios no te enteras ni de que tu padre tenía cuentas en Liechtenstein. Porque vamos a ver, listos, que sois unos listos, ¿quién no tiene un padre que ha ocultado sus cuentas bancarias en paraísos fiscales?, ¿eh? Si es que las masas criticamos por criticar y sólo vemos la paja ajena, o sea.

Artur Mas no se entera de estas cosas de puro bueno. Está tan dedicado a hacer nación las veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año, que le roban la cartera hasta los chiquillos. Porque ya me dirán que no es mala suerte que siendo uno Consejero de Economía y Finanzas y Consejero Primero de la Generalidad te chuleen los impuestos tu propio padre y el Muy Honorable Jordi Pujol, presidente por partida doble (del partido Convergència Democràtica de Catalunya y del Gobierno de la Generalidad). Es que no estamos a lo que hay que estar.

Sugieren las malas lenguas que estas son costumbres hondamente arraigadas en ciertos hombres de honor del ámbito mediterráneo, pero ya me dirán qué tiene que ver la evasión de impuestos, el fraude fiscal o el cobro de comisiones por adjudicación de obra pública con las actividades de la Onorata società. Si es que son ganas de buscarle los tres pies al gato.

Sin embargo, sí hay teorías y prácticas políticas que fomentan estos comportamientos. Lo que distingue al nacionalismo de otras doctrinas políticas es su pretensión de convertir los asuntos públicos en asuntos privados. Mientras otras ideologías tratan de establecer reglas comunes y principios de ciudadanía y justicia universales, el nacionalismo es la doctrina política de lo particular, de la ciudadanía restringida a los propios, de las señas de identidad particularizadas, del nosotros y de lo nuestro. O sea, la lógica del clan familiar pero ampliada con himno, tipos con porra y banda de música.

Lo propio de nacionalismos y regionalismos es la apropiación de la administración pública, de particularizar los impuestos con exenciones apropiadas para los propios, de pretender moralidad propia o iglesia propia y obispos propios, de diseñar un acceso privilegiado de los propios a la cosa pública y al negociete, o sea, de la sustracción y apropiación de lo común. Y, cómo no, de justicia propia y particularizada a los asuntos propios con penas propias y apropiadas a los intereses propios. Se podrá decorar la cosa con literatura, cultura, folkclore y amor a la gastronomía y al paisaje, pero —como ya explicaron el viejo Karl y Philip Marlowe— es la economía la que mueve al mundo. Busca el rastro de la pasta y encontrarás la explicación a los enigmas más notables (incluido el de esos socialistas y comunistas que vienen evolucionando grácilmente de lo universal a lo particular y de la democracia a la cleptocracia).

En fin, corazones, qué más decir. El Presidente Pujol ha reconocido 34 años de mamoneo y sustracción de la caja común para incremento de la propia (aunque la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal sospecha de más de 600 millones en paraísos fiscales). Construyendo nación. Está pasando, lo estás viendo. Y el nuevo Molt Honorable dice que no tiene nada que ver, que son cosas que pasan hasta en las mejores famiglias.