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En la ducha con… Santiago Calatrava. “Que pague la posteridad”

El cuarto de baño de Santiago Calatrava, de una blancura que daña a los ojos, parece la estación internacional de 2001, una odisea del espacio. No hay adornos superfluos y la sobriedad apenas se ve turbada por el único elemento decorativo del conjunto, un pequeño puente atirantado de cemento blanco con tablero bifurcado, barandilla de cristal transparente y pavimento retroiluminado con luz blanca que permite pasar desde la zona toilette hacia las zonas mingitorio & baño. El arquitecto me espera junto a la ducha, envuelto en un mullido albornoz blanco, pulsando una pantalla táctil para elegir la temperatura del agua y la presión y ángulos de incidencia de los 357 chorrillos programables.
—Le ha quedado bastante espacioso —digo por decir algo, que nunca sé como empezar las entrevistas.
—Soy muy partidario de los grandes espacios. Pero sin llenarlos de cosas —aclara.
—Qué casualidad, yo también —respondo—, no entiendo por qué nos empeñamos en vivir en habitáculos de 50 metros cuadrados. ¡Con lo grande que es el mundo!
Finge sonreír, se quita el albornoz, y me invita a pasar a la ducha. Esperaba que su piel fuera clara y lisa, como la de un delfín, pero Calatrava resulta ser bastante peludo.
— Bonito traje de baño —me dice—. Muy pop. ¿Se lo ha fabricado usted mismo?
Creo advertir cierta reprobación hacia mi sucinto a la par que elegante fardapollas estampado de leopardo de la marca Kalvin Clein. Es algo más sobrio que el reloj sumergible que llevo, de la misma marca y del tamaño de una cebolla, que me regalaron en el chino al comprar el juego completo de bañador+tanga+visera+calcetines+camiseta. Hago como que no le he oído y paso al ataque.
—¿Es cierto que es usted más escultor que arquitecto?
—Más bien soy un arquitecto que esculpe sus edificios. Pero no vacío el espacio, irrumpo en él buscando el movimiento.
—¿Entonces no le gustará ver inmóvil su columna de la Plaza Castilla, en Madrid? —le pregunto, más que nada para cabrearle, para que me responda mal y poder hacer una portada escandalosa que atraiga a las masas. Seguro que le mosquea lo de la escultura de 93 metros de altura. Debería estar moviendo sus más de 500 láminas de bronce dorado como si girara sobre sí misma, pero está más inerte que el brazo incorrupto de Santa Teresa.
—Es una pena que no se pueda contemplar en todo su esplendor. Es como haber sacado a la calle una columna salomónica de Bernini, para que la vea el pueblo en movimiento real, y que la falta de ambición la condene a ser un simple obelisco —dice sin demasiada acritud.
—Hombre, yo la veo augusta —le animo—, pero los 150.000 euros de mantenimiento anual en época de crisis…
—Esa es la mentalidad del esclavo —contesta mientras se sirve una gran dosis de gel—. ¿No había hambre mientras se erigían las pirámides? ¿No sufría Europa mientras se levantaban sus torres y palacios?
—Visto así… —digo un tanto sorprendido por los 357 chorrillos que empiezan a lanzar agua hacia todas direcciones, incluidas las partes más recónditas de la anatomía humana.
—El artista —añade mientras se enjabona los velludos y no obstante lacios pectorales— sólo se debe a su arte. Mi deber es dar forma a los sueños, pensar como un dios que construye el Olimpo. Crear formas y espacios que sean admirados por las generaciones venideras.
—Oiga, yo ya le admiro ahora —explico, un tanto preocupado por los numerosos chorrillos que me perforan desde atrás y desde abajo—, pero es que estas obras van a acabar pagándolas nuestros nietos.
—¿Y no le parece lógico que paguen también ellos teniendo en cuenta que yo trabajo para la posteridad y no para el presente?
Ahí me ha pillado, pienso para mí. Aunque también pienso que a la próxima entrevista tengo que venir sin gafas. O con gafas con limpiaparabisas. Y con el práctico traje de neopreno.
—¿Por qué le critican tanto los demás arquitectos? Que si sus obras siempre tienen sobrecoste, que si los materiales envejecen mal, que si los pavimentos resbalan…
—Supongo que les fastidia que me contraten tanto —dice aclarándose la espuma—. Yo doy a las ciudades y las gentes lo que ellos quizá no consiguen hacer: edificios singulares, puentes que asombran, espacios que emocionan. Y trabajo con libertad, sin someterme demasiado. A eso lo llaman arquitectura espectáculo. Como si toda la gran arquitectura de la historia no ha sido espectacular y asombrosa.
El agua de los chorrillos cesa súbitamente y me parece que me he dejado jabón en los sobacos y la entrepierna. Me seco como puedo y Calatrava me invita a abandonar la zona baño.
—Siento que tengamos tan poco tiempo, pero me esperan en Dubai —añade mientras me empuja amablemente hacia el puente.
El caso es que no sé si debido a la suave pendiente, al pavimento luminoso de cristal, a que todo se ha llenado de vaho o a que no me he secado bien el jabón, resbalo en el puente y caigo de bruces. Menos mal que, en el último momento, logro girar la cabeza y amortiguar el golpe con la nariz.
—¿Fe? —digo intentando no tragarme un diente—, efto ef lo que le digo, que fus ffuentes reffalan.
—Yo no me ocupo de estos pequeños detalles. Eso es cosa de los aparejadores. Y además, alma de cántaro, ¿para qué cree que ponemos los pasamanos y las barandillas?

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Los hechos y palabras reflejados en esta entrevista no son ciertos.
Todas las acciones acrobáticas han sido realizadas por especialistas.
Niños, no se os ocurra repetir esto en casa sin la vigilancia de vuestros padres. O de vuestras madres.

[Publicado en ÇhøpSuëy Fanzine On The Rocks el 27/11/2013]

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En la ducha con… Almudena Grandes

— Pues es la primera entrevista que me van a hacer en la ducha. ¿Cómo se te ha podido ocurrir algo así? —pregunta Almudena lanzando una carcajada que hace vibrar la lámpara del techo.
— Por diferenciarme —mascullo avergonzado—; además de periodista soy fontanero.
— Bueno, compañero, entonces pasa y vete preguntando.
Almudena intenta hacerme un hueco mientras suelta con despreocupación los corchetes de su sostén. La cinta elástica me latiga en la cara y mis gafas caen al suelo de la ducha. Miro hacia abajo, trago saliva, y ni me molesto en intentar agacharme.
— Ay, chico, perdona, pero es que esto es tan estrecho… —dice mientras se deshace de la ropa sobrante y abre el grifo de golpe.
Una cascada de agua helada, suficiente para anegar una ciudad de 50.000 habitantes o dos de 25.000, cae sobre nosotros. Me alegro de llevar puesto el traje de neopreno.
— Usted estudió Historia…
— Bueno —dice mientras estira un brazo para coger el gel que tengo a mis espaldas—, estudiar, lo que se dice estudiar, tampoco. Algo había que hacer. A mí lo que me gustaba era escribir.
— Pero sus libros son últimamente muy históricos…
— Ya, pero nada de espada y princesas, nada del españolismo rancio de los Reyes Católicos —dice enjabonándose un sobaco—. Yo escribo de historias de memoria, o sea, cosas de memoria histórica.
— ¿Pero no es la memoria lo contrario de la Historia? —inquiero frunciendo el ceño para parecer agudo y sutil, aunque lo cierto es que se me ha metido jabón en los ojos y empiezo a soltar lagrimones.
— Pues por eso escribo ficción, chaval. Venga, pregunta con más sustancia y no me llores, que aún no te he contestado mal.
— No… si es el jabón —me disculpo intimidado—. ¿Se siente bien tratada por la crítica?
— La crítica literaria española es machista, analfabeta, anticuada, chauvinista y meapilas. No te voy a engañar, a mí la crítica no me importa nada, me importan mis lectores. Yo paso de la crítica y de los críticos. A ver, ¿qué más tienes para mí?
Siento un espasmo y comienzo a tiritar. Almudena me sonríe, pone el grifo en posición de agua hirviente y se gira aplastándome contra la mampara.
— Anda, chavalote, si quieres entrar en calor enjabóname la espalda.
Enjabono su espalda con dedicación aunque sin entusiasmo hasta que la espuma amenaza con ocupar todo el espacio disponible. Me gustaría preguntarle si llora al leer los poemas de su marido, pero me encuentro en una clara posición de desventaja y se me empiezan a cocer los pies. Juraría que he oído crujir mis gafas.
— ¿Le parece justo que le sigan recordando como la autora de una novela erótica?
— Hombre, no me quejo. “Las edades de Lulú” me hizo famosa y me dio de comer. Ahora quizá no la escribiría, o la escribiría mejor. Preferiría que me recordaran por mi obra de madurez, pero tampoco me voy a quejar.
El vapor del agua caliente me entra a fondo en los pulmones y empiezo a sentirme muy mal. Almudena me tiene aplastado contra el cristal de la mampara y debo de tener el aspecto de una calcomanía. Sospecho que estoy alcanzando el punto de ebullición porque sufro como una gamba en una cazuela. O le hago una última pregunta o moriré hervido en mis propios jugos y mi sacrificio habrá sido inútil.
— Almudena, ¿por qué le cae tan mal la juez Alaya?
Se da la vuelta echa una furia y se resquebraja el cristal de la mampara. El agua hirviendo cae como una cascada por su rostro salvaje y siento que el fin se acerca.
— Esa mosquita muerta… esa pepera peripuesta… esa mujer realizada y maquillada… esa boquita de piñón con horas de peluquería… ese ejemplo de madre, de juez y de mujer total que nos quiere vender la derecha rancia del tea party español… esa… esa… esa antisindicalista en quien no confiaría ni un segundo, que lo mismo es capaz de desahuciarte que de intentar tirarse a tu marido… Bah, en ese tipo de mujeres ni me fijo.
Y se echa hacia atrás mientras cierra el grifo y a mi me da una linotipia o una lipotimia o en todo caso algo empezado por li, pero ya no me acuerdo, porque en cuanto ella sale de la ducha me voy despegando lentamente del cristal, como un papel mojado, y me deslizo poco a poco hacia el desagüe.

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Los hechos y palabras reflejados en esta entrevista no son ciertos.
Todas las acciones acrobáticas han sido realizadas por especialistas.
Niños, no se os ocurra repetir esto en casa sin la vigilancia de vuestros padres.

[Publicado en ÇhøpSuëy Fanzine On The Rocks el 11/11/2013]