Categorías
Blog

Pitar el himno, quemar la bandera

Abordemos el asunto de las pitadas al himno o los «ultrajes» a las banderas dejando de lado los sentimientos. Partamos de la idea olímpica de que no nos afectan estos símbolos, que quedarían reducidos a musiquillas y trapos. Y obviemos el pequeño detalle de lo difícil que es creer a quien empieza su discurso diciendo algo así como «para mí toda bandera es un trapo» para, a continuación, defender el «derecho» a la iconoclastia. O son simples objetos o son símbolos. ¿Pero alguien se manifiesta contra los objetos? Porque reducidos a su condición de trapos y musiquillas (que es como los mansos los presentan para negar su condición de símbolos y, por tanto, para negar que sea punible vulnerarlos) se hace raro que decenas de miles se organicen, acopio de chiflos incluido, sólo para ofender al trapo y la musiquilla. «A las 12:00 en Zara Home, pásalo. ¡No al algodón! Luego nos manifestaremos ante una tienda de bandurrias. ¡Muera el do-re-sol-fa!».

Se afianza la convicción de que los miles de convocados a la protesta sí creen que el trapo y la musiquilla trascienden esa triste condición y que en realidad «representan» a otros y a sus valores. Es decir, que sólo valdrían dos hipótesis plausibles: a) que todos los que protestan son bobos por no darse cuenta de que se burlan de un trapo y una musiquilla o b) que son conscientes del mecanismo vudú que permite vejar a las personas ofendiendo a los símbolos que las representan, quizá por haber sufrido idéntica catarsis cuando otros han vulnerado su himno y su bandera, que para ellos no son ni musiquilla ni trapo.

No pretendo demostrar con esto, hipócrita lector —mon semblable, mon frère— que todos creemos de alguna manera en la magia simpática y que esta afecta tanto a nuestras pulsiones individuales como colectivas, sino tan sólo que somos, principalmente, seres sensitivos y que quizá por ello no sea tan absurdo como parece a primera vista establecer límites normativos a la exaltaciones emocionales. Los legisladores y hasta los jueces de ambos sexos también son personas humanas con sentimientos, como los gatitos y la foca monje, y han pensado en ello.

Pero —¡protesto, Señoría!— había dicho ya desde la primera línea que no iba a dejarme llevar por los sentimientos, así que ruego a las señoras y señores del Jurado que borren de su memoria los párrafos anteriores como si no los hubieran leído e incluso entendido, y que se aproximen con ojos y oídos nuevos, cual vírgenes de himen reconstruido, a las nuevas consideraciones.

Hemos sido adiestrados desde nuestra tierna infancia en valores como el respeto a nuestros semejantes y es por tanto lógico que nuestros hígados se inflamen al unísono por emociones compartidas (συν πάθος) al comprender las cualidades, necesidades e intereses de los otros. Amamos al próximo como a nosotros mismos. Incluso amamos también al lejano, especialmente si hace todo lo posible por seguir siéndolo y no molesta acercándose. ¡Qué bonito es el respeto y qué bonita es Barcelona, perla del Mediterráneo, con su cielo tan azul en invierno y en verano!

Pero el respeto, corazones, además de una virtud también puede ser una de las caras del miedo. Puede ocurrir que haya cosas e incluso personas que sin ser respetables sean respetadas, como aquellos que sin ser honrados son honorables. Se dan así raros fenómenos: que sea más coactiva una minoría de canallas que unas instituciones, porque los primeros están dispuestos a ejercer la violencia sin contemplaciones mientras los segundos ejercen el arte de sujetar la violencia a la política, que es en lo que consiste este juego. Ocurre así que los canallas despiertan «respeto» mientras que los dialogantes y/o melifluos producen rechazo. Ocurre que el miedo, el miedo cerval, el pánico a que nos rompan la cara o, literalmente, nos desmembren, lleva a que se niegue a «politizar» los espectáculos circenses mientras que desata actos de masiva valentía, pito en boca, para manifestar el enérgico rechazo… a quien renuncia a la coacción para hacer valer sus razones.

En fin, que todo se reduce como casi siempre a la mecánica de fluidos y sólo se trata de combinar hábilmente las válvulas que regulan la pedagogía, la coacción, la seguridad, el alimento, el trabajo, la casa, el entretenimiento y el tráfico, asuntos en los que, como en el fútbol, todos somos expertos por capilaridad. No me queda por tanto nada más que responder a las preguntas que han formulado en los últimos días algunas de nuestras mentes más preclaras, con el convencimiento de que mis respuestas no harán daño a nadie y serán ignoradas, como debe ocurrir con los silbidos que se pierden en el aire.

Podéis ir en paz.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS (O ASÍ)

¿Es la pitada un delito?
Desde luego que no. Es una manifestación de la libertad de expresión y todos deberíamos tener la oportunidad de silbar en la puta mierda de estadio de tu puto pueblo de mierda, gilipollas.

¿Ha de renunciar el Estado a hacer pasar por el aro a las masas domesticadas por el fútbol?
Sin duda. Ya saben saltar. ¡Hop, hop! Venga, todos juntos. Ahora hagamos la ola. ¡Eup!

¿Ha de limitarse el Estado a proporcionar pan y circo, renunciando a la pedagogía?
Desde luego. Se empieza castigando unos pitos y se acaban cerrando los Conservatorios. El Estadio es sagrado; lo que sucede en el Estadio queda en el Estadio.

¿Deberían dejar de asistir las autoridades al Palco de Autoridades?
De cajón. Que se paguen el billete del fútbol de su bolsillo, se pongan una camiseta y se vayan al fondo sur, con el Pueblo.

¿Debería cambiarse el nombre de la Copa del Rey?
Por supuesto. La FIFA y la Federación Española de Fútbol deberían, en primer lugar, proclamar la República, y luego cambiar el nombre por Copa de la Amistad entre los Clubes del Estado (así se evitaría la palabra España que, como se sabe, causa espasmos traqueo-faríngeos con resultado de ahogamiento, fenómeno también estudiado entre quienes sufren convulsiones al intentar pronunciar Euskadi y hasta se desploman al vocalizar Euskal Herria o Cataluña).

¿Debería yo callarme?
De una puta vez.

Categorías
Blog

El «tamayazo» como debilidad de la conciencia (de clase)

Tengo una debilidad. ANTONIO MACHÍN.

El pánico de la izquierda a un acuerdo entre partidos que pudiera cerrar el paso a la elección de la segunda candidata más votada al Ayuntamiento de Madrid viene acompañado de alertas a un segundo «tamayazo». Como ya sabrá usted —y si no, aquí se lo contamos— el tamayazo fue un oscuro episodio protagonizado por la defección de dos socialistas madrileños de la corriente «Renovadores por la base», Eduardo Tamayo y Maria Teresa Saez, ambos con muchos años de militancia en el PSOE a sus espaldas, que no se presentaron a la votación que iba a permitir hacerse con el poder a una coalición formada entre la segunda y la tercera listas más votadas (el PP había obtenido 55 diputados, el PSOE 47 e Izquierda Unida 9). Los dos diputados alegaron no estar de acuerdo con este pacto.

Desde el primer momento, el PSOE dijo que se trataba de un caso de corrupción urbanística tras el que se encontraba el PP, pese a que todos los dedos (incluido el del secretario general del PSOE, José Blanco, que lo suspendió de militancia) señalaban a que el instigador de la traición era el líder de la corriente «Renovadores por la base», José Luis Balbás, descontento con las maniobras de los distintos sectores que pugnaban con hacerse con el control de la federación socialista madrileña (en cheli, «la FSM») y los cargos que se iban a repartir en el asalto a los cielos de 2003. La guerra de guerrillas en la FSM viene siendo histórica y basta recordar el último episodio, la defenestración realizada por Pedro Sánchez del secretario general del PSM y candidato a optar a la comunidad de Madrid, Tomás Gómez, ¡elegido en primarias!, y su sustitución por el viejo perdedor de 2003, Rafael Simancas; se alega que el motivo es la exposición mediática que le asocia a la corrupción por los sobrecostes del tranvía de Parla… y que las encuestas que manejaba Rafael Simancas eran muy negativas para Gómez. Supongo que el nuevo candiato —del que ya no recuerdo ni su cara ni su nombre— habrá superado con creces las previsiones dado que Pedro Sánchez se ha ufanado en haber logrado una gran victoria en las últimas elecciones y haber «alcanzado al PP». En fin, lean una visión poco edificante del campo de batalla presuntamente ideológico.

Recordarán que el resultado de aquel lío, tras varios meses de impasse sin que los socialistas lograran reconducir la crisis, y con comisión de investigación mediante, fue la convocatoria de nuevas elecciones que ganó por mayoría absoluta el PP.

Han pasado desde entonces casi 13 años y, aparte de las clásicas teorías de la conspiración, alusiones a tramas de corrupción inmobiliaria, artículos de prensa con diálogos de teléfonos pinchados y comparecencias en dewáteres televisivos, nadie ha dado una explicación de aquel sainete que sea más plausible que la explicación más sencilla: el reparto de poder iba a perjudicar a los desafectos y a los negocios que tenían previstos. La sóla idea de que la corrupción pueda anidar en la izquierda parece ser «no computable» por algunos cerebros que se ven obligados a señalar a la fuente directa del Mal, la delegación del Maligno en España, con despacho en la calle Génova.

Así, que los partidos de izquierda intenten un acuerdo para desbancar al Partido Popular de la alcaldía es «lo natural», mientras que un acuerdo en sentido contrario es «un tamayazo», por más que un tamayazo no pueda ser definido con propiedad sino como una «maniobra de distracción que acusa de corrupción a terceros para desviar la putrefacción de los propios o de uno mismo». En el fondo lo saben y por eso llaman un «tamayazo» al miedo a que la maniobra envolvente se sustancie en nuevo fracaso por debilidad propia; al miedo a que la derecha les haga una oferta que no sean capaces de rechazar; al miedo a caer de nuevo en brazos del pecado, de la ambición, del dinero, del Capital… de la Derecha; esa «derecha interior» que habita hasta en el corazón de acero (stalin) del obrero siderometalúrgico. La carne ideológica es débil, camarada.

Y ahora, antes de que a usted, lector de la izquierda prístina, le suba la indignación como a Juan Luis Guerra le subía la bilirrubina, hágase dos preguntas muy sencillas. ¿Tiene derecho la izquierda a buscar alianzas para desbancar al partido de derechas más votado? (Si / No). ¿Tiene derecho la derecha a buscar alianzas para desbancar al partido de izquierdas más votado? (Si / No). Si las respuestas son contradictorias, tiene usted un pequeño problema con la democracia y no sé que hago yo aquí perdiendo el tiempo, o sea.

Categorías
Blog

No me gusta tu plan

La pretensión del Estado por regular todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida resulta estomagante. Es cierto que una porción de la ciudadanía quiere al Estado más que a un padre putativo y le pide que nos vigile, nos cuide, nos lave, nos peine, nos limpie las caquitas y nos ayude a cruzar la calle, pero somos también muchos a los que nos gustaría que nos dejara un rato en paz. Que la pesadez consume el cariño.

Es bastante higiénico que de vez en cuando se dé cancha a esas buenas gentes añorantes del estatalismo romano o soviético que tienen tan grandes ideas para arreglar toda nuestra existencia colectiva. Pero que el mundo esté lleno de grandes pensadores no es razón para que tengamos que experimentar un día tras otro cada una de las ocurrencias de cualquier charlatán, por mucho que ponga cara de ser la reencarnación de la virgen de Fátima. Que el Mediterráneo ya está descubierto.

Europa occidental ha tardado muchos siglos en apartar de la política al mesianismo cristiano para ponerlo en el lugar que le corresponde, las iglesias, así que no es cosa de que nos lo metan de nuevo a escondidas por la vía prepóstera. Por eso resulta particularmente cansino la proliferación de tanto portavoz de la conciencia universal y la salud físico-espiritual de las masas; siempre a costa, por cierto, de amargar nuestra ya de por sí amarga existencia personal. Si alguien quiere ganarse el cielo, que se vaya a predicar al desierto, que últimamente andan por allí bastante necesitados de mensajes de paz, amor y convivencia.

El Estado y sus comisionados deberían dedicar sus esfuerzos a engrasar el funcionamiento de la ‘res pública’, que no es una vaca, sino todas esas cosas útiles que facilitan nuestra vida en común (la seguridad, el transporte, la sanidad, la educación…) y olvidarse de lo que hacemos con nuestro cuerpo serrano y nuestra conciencia.

En fin, que me parece muy bonito que los señores diputados vascos y vascas vayan a dedicar su nunca bien remunerado tiempo a discutir por enésima vez el enésimo plan de convivencia, con su ‘sensibilizeision’ y su ‘capaziteision’. Incluso que expriman sus meninges para definir en qué debe consistir un suelo ético, un techo moral, un alicatado de decencia y un empapelado de honradez, pero esos asuntos, corazones, ya están resueltos. Los resolvieron hace unos cuantos miles de años las religiones y los han actualizado periódicamente los filósofos, las ideologías y las leyes. Quien no se haya enterado, debería repetir curso, pero en el internado.

A estas alturas de la película ya nos conocemos todos muy bien, y sabemos en qué lado de la escopeta ha estado cada uno. Y aunque la política sea el arte del eufemismo y del paripé, basta ya de milongas. Que se cumplan las leyes. Las lecciones de perdón, convivencia y buen rollito, para la catequesis.

Que yo, particularmente, sé muy bien como manejar mi amor, mi odio y mi desprecio y no necesito que me sensibilicen. Que la sensibilidad ya la tengo a flor de piel. Aquí mismo, concretamente.

[Publicado en El Diario Norte el 25/11/2013]