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¡Vociferen, se rueda!

La retransmisión televisiva de los debates parlamentarios (o de los plenos municipales), en contra de lo que sostienen los falsos ingenuos, no ha dado como resultado una «mayor transparencia». Nos decían que introduciendo cámaras y micrófonos en los hemiciclos podríamos acceder a la esencia de la política y veríamos cómo se negocia, como se «transacciona» la voluntad popular. En realidad, llevar las cámaras a los debates políticos ha tenido el mismo efecto que introducir el caballo de madera en Troya: ha entrado el enemigo.

El resultado de las retransmisiones televisivas ha sido nefasto. Exactamente el mismo que se ha producido al introducir la cámara del Gran Hermano en la «vida real», en la conversación de una pareja, en un debate ciudadano sobre la emigración o en una tertulia sobre la poesía renacentista: ha convertido a todos los participantes en actores que representan un papel ante un público. Pero con la diferencia de que pretenden hacernos pasar por real lo que no es sino una representación: es decir, se han convertido en farsantes.

En política, los integristas de todo tipo sostienen que los principios no son negociables y ven mal cualquier acuerdo en el que deban rebajar sus programas de máximos. Quieren introducir cámaras y mostrar en vivo una negociación para evidenciar que la voluntad popular se «traiciona» cada vez que se negocia, porque hay que ceder. A ciertos líderes, depositarios de una verdad trascendente, no es difícil imaginarlos en el escaño portando las Tablas de la Ley. Pero esta reclamación sobreactuada de pureza acaba condicionando los discursos y al final todos actúan como si negociar fuera perverso y como si todos, salvo el que habla, estuvieran contaminados de una podredumbre moral inherente al cargo. Da un poco de grima ver a personas que perdieron su virginidad cuando los dinosaurios dominaban la Tierra actuar como si se hubieran reencarnado ayer en Juana de Arco.

En el parlamento televisado nadie dice la verdad, nadie trata de llegar a acuerdos, nadie intenta establecer una base común de entendimiento. Los mensajes no están dirigidos al adversario político sino al televidente a quien se le está vendiendo un producto (el Partido Que Lava Más Blanco). Son mensajes que, por su esencia propagandística, carecen de mesura, renuncian a la empatía con el adversario y no buscan el diálogo —lo que debería ser la esencia de un parlamento— sino que propenden al monólogo discursivo del dictador. Como se trata de «ganar», lo importante es que el adversario «pierda» y así es como nos enteramos de que miente una y otra vez, es un ladrón que representa a un partido de mangantes, apoya la corrupción pública y el enriquecimiento ilícito, fomenta la disgregación nacional, odia a las mujeres, desprecia al emigrante, putea al inmigrante, quita el pan al pobre que no tiene que comer y fríe a impuestos al ciudadano desangrable, gestiona las crisis sanitarias con el objetivo de matarnos a nosotros y sacrificar a nuestro perro, subvenciona a espuertas a los amiguetes y racanea con lo público, roba la pensión de los ancianos, vende el país, ensucia el aire, profana la Tierra con el fracking y hasta con el fucking, calienta el clima y busca la extinción del oso polar. Con ligeras variaciones, un discurso similar se repetirá en cualquier parlamento, gobierne quien gobierne. Hay frases que los profesionales han ido acarreando desde la asociación de vecinos al Ayuntamiento, de allí a la Diputación, al Parlamento y, ya prejubilados, al Senado o al Parlamento Europeo. Si la diatriba funcionó contra el concejal encargado de regular el aparcamiento, ¿por qué no va a funcionar contra el ministro de Transportes?

Lo cierto es que ver a sus señorías comportarse como hinchas empuja a la melancolía o encabrona, depende el día. Gracias a sus discursos insultantes, soeces, enfáticos y prefabricados sabemos que la política es una mierda y que todos los políticos son una mierda. Sabemos que lo más importante son los principios, que son siempre «irrenunciables», o el terruño, que se lleva en el corazón, o la bandera o el recuerdo de los muertos propios (que los otros eran unos cabrones y se lo merecieron). Y lo más importante, sabemos que «todos los políticos son iguales» porque todos se dedican mutuamente la misma basura y todos no pueden estar equivocados, como aquellas moscas.

No hace falta decir —pero lo digo— que este discurso enmerdante es intelectualmente imbécil e íntimamente dictatorial y totalitario y que su triunfo sólo se explica porque generaciones enteras de individuos, sometidas a una campaña masiva de entontecimiento, sufren de esponjamiento cerebral. Muchos de ellos ya ocupan escaño.

Al final, naturalmente, a toda esta representación le llega su horario de desconexión, su zona muerta sin cámaras. Y del mismo modo que a los tertulianos se les paga por mostrarse enérgicos y a los participantes de un programa de telerrealidad por ser chorras a full-time, a los políticos se les paga el sueldo por solucionar los problemas reales de la gente, lo que suele implicar negociar entre fuerzas dispares y llegar a acuerdos para poner en marcha proyectos comunes. Pero la sobreactuación televisiva, la ultrarrepresentación de papeles discordantes, el gran teatro de la pseudopolítica de gestos para la foto, lo impiden. La televisión no ofrece transparencia, sólo lo convierte todo en un guiñol para una audiencia infantilizada y embrutecida.

Como ocurre con los negocios, a los acuerdos políticos se llega en los despachos y en las mesas del restaurante. Donde no hay cámaras. Donde dejamos de hacer el gorila que se aporrea el pecho y descubrimos la importancia de la cortesía y la diplomacia. Donde la gente se mide mirándose a los ojos y no sólo por lo que habla, sino también por lo que calla. Donde vale más una relación empática que diez mil discursos enfáticos cien mil veces regurgitados. Donde lo importante no es el teatro ni el espectáculo para entretener a las masas sino lo concreto: el problema, sus soluciones y sus beneficios.

Apagad la tele, corazones. Estáis infectados de ficciones.

[Publicado el 25/02/2015 en El Diario Norte]

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Nada nuevo

«Lo que fue, será, y lo que se hizo, se hará, porque no hay nada nuevo bajo el sol» dicen que dijo el rey Salomón, que ya era sabio mil años antes de Cristo. Sólo le faltó añadir «lo que ya se dijo, se dirá», para aventurar por qué seguimos repitiendo las mismas milongas desde el origen de los tiempos. O desde antes.

Es raro, porque novedades sí hay. Hay automóviles y láser, y aviones supersónicos y teléfonos listos a los que sólo les falta un buen orgasmotrón. Pero la conversación humana sigue dando vueltas y vueltas a la noria de los tópicos para que el imparable caudal de criaturas humanas que llegan al mundo reciba de viva voz de sus mayores las frases y creencias que ellos aprendieron sin pararse nunca a pensar si eran o no razonables.

Muchos advirtieron el fenómeno a lo largo de la historia, pero sólo Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, se propuso recopilar una enciclopedia de la estupidez humana (encyclopedie de la betisse humaine) que habría de recoger todos los tópicos, trivialidades, ideas predigeridas y cursiladas que componen el 90% de la conversación y habría de ser «la glorificación histórica de todo lo que se aprueba (…) todos los temas posibles, todo lo que es necesario decir en sociedad para convertirse en una persona decente y amable». Lamentablemente la obra quedó en apenas una breve colección de apuntes que se publicaron treinta y un años después de su muerte, en 1911, con el nombre de Diccionario de lugares comunes (Dictionnaire des idées reçues). Nadie se ha atrevido luego con tamaña tarea.

Nos repetimos y decimos cosas de sentido común porque llevamos siglos y siglos masticando y expeliendo conocimiento oral, que es fácilmente reproducible en forma de tópicos y lugares comunes. (Ese sentir del sentido común es un sinónimo de oír, como bien saben en el mundo rural; las cosas de sentido común son las oídas muchas veces a la gente). Repetimos muchas veces lo oído como silbamos la música, sin reparar en la letra, y así se transmiten de generación en degeneración, necedades mayúsculas como que «sobre gustos no hay nada escrito», que «las lentejas tienen mucho hierro» u otras que parecen algo más inteligentes, como que «la música eleva el espíritu».

Cada época incorpora sus propias memeces y las grandes obras de la inteligencia son reducidas a poco más que un refrán chusquero para uso tópico. Hasta las religiones y las ideologías no dejan de ser acumulaciones de clichés que dan solución automática a las situaciones de la vida cotidiana, frecuentemente de forma errónea. A muchos de sus practicantes les mueve la fe, no la razón, y comulgan con ruedas de molino y a veces se tragan el molino entero.

Uno de los grandes momentos de desvarío comunitario se produce en estas fechas navideñas, en las que celebramos el nacimiento del profeta fundador, momento en que los cursis expelen tonterías en formato familiar y en cantidades industriales, repitiendo los tópicos acumulados desde los tiempos de los primeros obispos. No me refiero a los deseos de paz y amor universal —por otra parte propósitos hermosos y plenamente compatibles con el engrasado del fusil, el odio al vecino del quinto y el desprecio a los familiares prójimos— sino a la exaltación apesebrada de la pobreza o a las críticas absurdas del banquete y el consumismo.

Que la pobreza fuera reivindicada como forma de vida en los estertores del imperialismo rapaz romano y durante la Edad Media, tenía su lógica. La existencia era muy miserable y la esclavitud y la servidumbre eran la condición habitual de la mayoría. La pobreza era opción para los pudientes, para el resto era obligación. La Iglesia cristiana, que hasta Bartolomé de las Casas —quince siglos después— no movería ni un meñique contra la esclavitud, predicaba un fin del mundo y un Juicio Final inminentes, por lo que parecía muy oportuno recomendar a los ricos que se empobrecieran y se unieran a las masas harapientas; era la única manera de salvarse y resucitar porque, como dijo el jefe con su característico sentido del humor —inexistente— a los ricos les iba a costar más atravesar las puertas del Cielo que a un camello pasar por el ojo de una aguja.

El cristianismo sigue reivindicando la pobreza, lo que resulta francamente desmotivante cuando lo que pretendemos es escapar de ella como de la peste, y el viejo tópico milenarista lo repiten millones de loros como repiten lo del hierro en las lentejas o que la música eleva el espíritu, aunque no se haya visto nunca un puente de lentejas ni espíritus levitantes ni conversiones en masa al budismo después de escuchar un concierto de Bruckner.

También se emiten soflamas contra la celebración festiva y el consumismo. Contra las fiestas porque insisten en las protestas de los primeros profetas contra los sacrificios humanos y el holocausto de animales; también porque sus conciencias prístinas no soportan la alegría, ni la embriaguez, ni el baile, ni ninguna manifestación compatible con la existencia de las penas del mundo; como si la suspensión de la fiesta fuera a acabar con el sufrimiento. Contra el consumismo porque siguen sin entender los mecanismos del desarrollo y el bienestar, no comprenden que el dinero y las mercancías tienen que cambiar de mano para producir valor y no admiten que los ritos periódicos de consumo, más que ofrendas a ídolos, son fenómenos de retroalimentación económica que extienden el bienestar. ¡Pero si lo han entendido hasta los chinos! ¡Si lo han entendido hasta los comunistas cubanos que gritan «No al bloqueo» y ansían un comercio y un consumismo que no llega!

Seguiremos siglos y siglos repitiendo tópicos como se repite el solsticio o florecen los almendros. No hay manera de romper el flujo. Así que aprovechen estos días, hinquen el diente al cordero y al langostino, como si no hubiera un mañana, y sean todo lo felices que puedan el próximo año. Al fin y al cabo «Dios proveerá». O eso dicen.

[Publicado el 29/12/2014 en El Diario Norte]

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«Humanistas contra tecnócratas», la Película

Cualquier persona que haya analizado mínimamente la mecánica de las organizaciones humanas se habrá sorprendido del enorme caudal de tiempo y esfuerzo que estas dedican a analizar su propio funcionamiento y a comentar (o a cotillear, a mascullar o a quejarse de) su propio devenir. Basta pegar la oreja a la charla entre un grupo de sanitarios, militantes de un partido, funcionarios de un ministerio o profesores, para descubrir un apasionante mundo de recelos, pugnas internas, antigüedades, horarios, libranzas, promociones, complementos y así. Alguna vez hablan de su trabajo propiamente dicho, pero suele ser más raro. Como ocurre con las conversaciones entre embarazadas y ocurría antes con el relato del servicio militar (dos grandes chapas por excelencia) todo lo que se suele contar sobre los asuntos en sí mismos es más bien poco, lo que importa es la descripción del ambiente y el relato de los personajes. (¿He dicho ya que somos monos narrativos?).

Uno de estos grupos jeremíacos lo componen los profesores de Humanidades, que desde la Edad Media (o antes) vienen sufriendo el descrédito de sus materias (el Trivium y lo trivial) y tratan de contrarrestarlo describiendo las fulgurantes apariciones estelares de sus respectivas ramas del saber en el panorama intelectual de la Humanidad. Grandes revoluciones intelectuales que, con su habitual modestia y dominio de la herramienta, califican de renacimientos, edades de oro, nuevos clasicismos, nuevos renacimientos, edades de plata, modernisismos, ultravanguardias y todo así. Mientras tanto, los grises y torvos científicos, arrastrándose por el barro de lo real, se limitan a inventar la rueda, la pólvora, la máquina de vapor, la luz eléctrica, el automóvil, la penicilina, el transistor, internet, el ordenador de bolsillo y, en general todas esas cosas rastreras que nos alejan del Espíritu y nos acercan al Dinero. El reaccionarismo contrailustrado que para abreviar llamamos Romanticismo los clavó en nuestra retina: son los creadores de monstruos, gólems y robots; los Frankestein que generan nuevas criaturas, desatan el terror nuclear e inyectan (¡oh, grandísimo horror!) ADN en nuestros filetes y nuestros tomates mientras los humanistas tocan el violín, componen una oda y reflexionan sobre si lo que es lo es por sí mismo o porque lo pensamos.

Esta lucha singular no acabará nunca y hay que reconocer que los generadores de metáforas manejan con mayor destreza su principal herramienta de trabajo (sólo los astrónomos pueden competir generando belleza y vendiendo sueños).

Hace unos días, en otra irrelevante escaramuza de esta secular batalla, el filósofo José Luis Pardo, en un artículo de El País, trataba de rebatir el «consenso universal acerca de que las carreras de ciencias exigen un mayor esfuerzo que las de humanidades», olvidando la máxima (en el fondo no leen a los clásicos) que en el último suspiro transmitió su avunculus a Spiderman: «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad». Sí, las carreras de ciencias son más difíciles de aprobar porque al mal médico se le mueren los pacientes y al mal ingeniero se le caen los puentes, mientras que el mal filósofo, el mal historiador o el mal filólogo pueden seguir publicando en letra de molde sus artículos anfibios sin que pase nada y sin que nada importe. Un mal químico la caga y envenena de plomo a toda la humanidad; un mal filósofo la cisca y le publican un paper en un congreso de cejijuntos que le da puntos Travel para la promoción interna.

El imprescindible Jon Juaristi, en un artículo de ABC recogido por la Fundación para la Libertad, aporta avituallamiento intelectual al artículo del filósofo y sin querer acarrea un enorme cargamento de piedras contra el propio tejado. Dice que la política oficial desalienta el estudio de las humanidades porque estas «han perdido su relación con el Dinero» (las mayúsculas son mías, que tras ver jugar a Schürrle y Schweinsteiger me estoy volviendo germanófilo) y porque «no existe una demanda laboral de titulados de humanidades».

Cómo se nota que las Facultades humanísticas no realizan asesoramiento laboral ni seguimiento de sus licenciados. Su tarea en los buenos tiempos se ha limitado a la adquisición a buenos precios y al acarreamiento con coste subvencionado de la materia prima (estudiantes) para la producción churresca de un producto (licenciados) sin demanda social. Las salidas laborales de estos finísimos intelectuales (para quienes, como es sabido, no hay misterio en la influencia de la yod en las vocales tónicas ni en el debate sobre la angustia de la libertad) están en cualquier arte y oficio, y pueden verse grandes periodistas escayolistas, extraordinarios filósofos taxistas y enormes historiadores reponedores de supermercado, trabajándose la Historia desde dentro. Ahora, en los malos tiempos, cuando sólo estudian filología indoeuropea cien zumbados con auténtico tesón y afición (cien zumbados que encontrarán salida laboral porque encontrarán la necesaria relación con el Dinero, o sea, con su vida) crece el dulce lamentar de los pastores porque nadie hizo lo que tenía que hacer aprovechando la famosa Autonomía del invento: ordenar el negocio para que fuera útil para los estudiantes, eficaz en el cumplimiento de sus objetivos, excelente en sus productos y sostenible en el tiempo para mantener sus investigaciones imprescindibles para la elevación de la Humanidad a un estadio superior (que no era el de Maracaná). O sea para cumplir más o menos con lo que le pedimos al pan del panadero y al vino del bodeguero. Claro que también es verdad que estos se dedican a alimentar el cuerpo, es decir, a la materia, e incurren en el Comercio y en el trato con el Dinero, mientras que los sacerdotisos de las Humanidades dedican sus esfuerzos al Espíritu, se alimentan de mónadas, viajan en carros alados arrastrados por musas y quimeras y su blando ejercicio de amejoramiento y estilización de las masas bien puede ser eternamente alimentado por la beneficencia del Estado. Que le pidan Resultados a la Ciencia porque, ¿quién puede medir y evaluar al Espíritu?

Venga, pueden seguir hablando de sus trienios.

[Publicado el 15/07/2014 en El Diario Norte]

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Modelos retrógrados

La centrifugación, queridos niños, consiste en separar sólidos y líquidos por medio de un movimiento mecánico de rotación acelerada. Las partículas más densas se sedimentan mientras que los líquidos se desplazan hacia el exterior del eje de rotación. Así funciona el centrifugado de la lavadora, se separan los isótopos de uranio o se obtienen tras molienda algunos aceites de oliva que ciertos caraduras pretenden luego vendernos como “virgen”.

Siempre he lamentado que las disciplinas conocidas como Humanidades (historia, filosofía, antropología, política…) no pudieran disponer de medios mecánicos de batalla, como sierras, martillos, barrenos o centrifugadoras. Podríamos tomar así cualquier fenómeno, no sé, los nuevos secesionismos y euroescepticismos europeos o las revoluciones árabes y, tras someterlos a sierra, martillo y barreno, introducirlos en la centrifugadora para ver cómo decantan las ideas y se separan las chorradas líricas, digo líquidas. Quedaría sustanciado el meollo ideológico en un sedimento reconocible y clasificable por sus grados de consistencia, acidez, toxicidad y hasta color.
—Ha salido de color marrón grisáceo.
—Eso va a ser nacionalismo mezclado con algo. Aumente las revoluciones. El nacionalismo es lo más pesado; una vez decantado échelo al cubo marrón grande. Luego centrifugue el resto, a ver qué encontramos ahí.

Lamentablemente no hay técnicas tan objetivas y, ante la ausencia de motosierras para desbrozar los perifollos, hay que devanarse las meninges para distinguir las ideas de fondo, en caso de que las haya. Aunque también se puede utilizar un mecanismo inverso, un modelo preventivo. Por ejemplo, declarar como venenoso cualquier producto social o político que tenga en su composición más de una cuarta parte de elementos tóxicos. O, no sé, que un Gobierno o Parlamento conformado mediante una selección del personal por medio del fusilamiento no es homologable a los estándares ISO y DIN. Yo creo que nos evitaríamos así muchos desengaños y mucha palabrería.

A mí, por ejemplo, me cuesta creer el relato simplificado de que en Ucrania se esté produciendo un enfrentamiento entre una visión paneuropea y un zarismo prorruso. Mediante el modelo mecánico, una vez centrifugada la información ideológica y económica, lo que aparecen son restos decantados claramente marrones que permiten interpretar el enfrentamiento étnico como una lucha entre dos nacionalismos por el monopolio del botín. Y mediante el modelo preventivo, es fácil aventurar que un gobierno conseguido tras un golpe de estado contra un gobierno elegido en las urnas (sea o no el presidente electo un chorizo) sólo puede ser el germen de un desastre.

La solución es siempre el sistema democrático. Ya sé que el personal más bizarro suele preferir las soluciones armadas, pero es por falta de lecturas, carencia de empatía y exceso de testiculina. Ya me gustaría no tener que haberlo dicho, pero es que el contrato me impide mentir.

La transición española, por mucho que les pese a los nacionalismos monotemáticos, sigue siendo un buen modelo de convivencia incluso para Ucrania. No es normal que en un país con un 30% de población de idioma ruso, el único idioma oficial sea el ucraniano. Ya sé que se ha dado la vuelta la tortilla, pero quizá no sea momento de hacer tortillas, que siempre hay que romper huevos. Quizá sea menos traumático optar por modelos de respeto cultural, por sistemas de poder distribuido y por un sistema constitucional sólido y consensuado, para que todo el mundo se sienta representado sin tener que recurrir al kalashnikov.

No digo esto, francamente, con la intención de que lo lean en Kiev. Tampoco tengo mucha confianza en que las palabras sirvan para mucho si no van acompañadas de grandes argumentos disuasorios. Pero sí me conformaría con que algunos de los que nadan y guardan la ropa se decidiera algún día a nadar en pelotas defendiendo firmemente el modelo democrático y autonómico como un gran sistema de encaje, de equilibrios y de convivencia, pese a todas sus disfunciones. Porque la alternativa vienen siendo los modelos ucranianos, sirios o egipcios de resolución de conflictos. Modelos que pasados por la centrifugadora tienden a sedimentar en un gran marrón.

[Publicado el 04/05/2014 en El Diario Norte]

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Seis de cada tres

“Seis de cada tres españoles son absolutamente imbéciles, por eso Televisión Española trabaja para ellos. Hay el doble de españoles imbéciles que de españoles. Usted no puede escapar a la regla, Televisión Española tampoco. Televisión Española, la imbecilidad de nuestra vida. Dé las gracias imbécil, encienda el televisor. Televisión Española le da el doble”.

Este falso anuncio, que recuerdo de memoria y que creo haber recortado de la revista humorística ‘Por Favor’ a finales de los años 70, resumía la opinión que mantenían muchos de los intelectuales de la época sobre la televisión: un medio de manipulación de masas al servicio de la imbecilidad. Desde entonces han cambiado muchísimas cosas: irrumpieron las televisiones privadas y las públicas autonómicas, las decenas de canales de la televisión digital, las comisiones de control parlamentario o los costosos consejos audiovisuales públicos. También se formaron en nuestras gloriosas universidades y escuelas varias generaciones de “magníficos profesionales” y periodistas. Gracias a estos cambios y a los prodigiosos avances tecnológicos que han convertido a la entonces llamada “caja tonta” en un electrodoméstico inteligente, podemos afirmar con justo triunfalismo que hoy, incluidos los ciudadanos autonómicos que no se consideran tales, seis de cada tres españoles siguen siendo absolutamente imbéciles y por eso todas las televisiones trabajan para ellos. Sigue habiendo el doble de españoles imbéciles que de españoles y seguimos dando las gracias a la imbecilidad de nuestra vida encendiendo el televisor. Usted no puede escapar a esta regla. Yo tampoco.

La televisión es sólo entretenimiento y quien diga lo contrario, miente. Su trivialidad contamina cualquier contenido. El mismo “gran profesional” que te explica en un minuto —es un decir— las complejidades del conflicto ucraniano, te aconseja que adquieras un seguro o abras una cuenta corriente en un banco. Luego da paso a un programa de debate en el que media docena de expertos descubren la rueda o ponen a parir al hijo de una folklórica. Nueve de cada diez deontólogos desaconsejarían estas prácticas, pero al que contrataron es al décimo.

La televisión it’s only entertainment pero en Europa seguimos creyendo que es un medio por el que se puede difundir cualquier contenido: información, documentales de ciencia subatómica, el recitado de las Cantigas de Alfonso X el Sabio o un debate argumentado y sereno sobre la reforma de la ley del aborto. Al menos es así como el discurso funcionarial justifica los cuantiosos gastos que genera el mantenimiento de las televisiones públicas: son un “servicio público” destinado a informar, difundir la cultura o reflejar el pluralismo de la sociedad. Por qué razón estas grandes misiones se encarnan en un concurso de cocina o en un debate de chismes y cornudos, es uno de esos grandes misterios de los que hay que acusar a la audiencia, es decir, a usted. Si usted es imbécil la televisión es imbécil. O viceversa. Como lo he oído se lo cuento, oiga; no se ofenda, no mate al mensajero.

Las televisiones privadas tampoco se escapan a la regla. Su único objetivo legítimo es hacer negocio y lo buscan desesperadamente halagando a la audiencia. ¿Qué es lo que quiere la audiencia? ¿Ficciones de amor y lujo, chistes de gangosos y mariquitas, fútbol, famosos saltando de un trampolín? Se hará lo que sea siempre que no lo impidan la ley o algún “observatorio” oficial sobre lo políticamente correcto .

¿Cuántos telespectadores verían un programa de debate entre Martin Heiddeger y Søren Kierkegaard? ¿Quince? No hay programa. ¿Y si les ponemos en pantalón corto, con zapatones de payaso y guantes de boxeo? ¿Tres millones? ¡Contrátelos, ya!

Esta es la lógica y ya va siendo hora de que la asumamos con todas sus consecuencias. Si la audiencia es partidaria de creer que las pirámides las construyeron los extraterrestres, se lleva a media docena de extraterrestres al plató; y a algún intelectual despistado, que dan mucho juego. Si el personal quiere creer que el golpe de estado del 23-F lo urdieron unos guionistas con la ayuda de un director de cine y varios políticos sin escrúpulos, ¿por qué vamos a quitarles la ilusión? Es sólo entretenimiento. ¿Qué mal le hace a nadie? ¿No están llenas las portadas de los periódicos de mentiras? ¿No es verdad que cada vez que la tele da imágenes del Congreso se ve a un político mintiendo con descaro? ¿Entonces? No se pongan así de tiquismiquis. Es sólo entretenimiento. No dramaticemos. El que quiera conocer la verdad que apague la tele y se compre un libro.

Dé las gracias, imbécil. Encienda el televisor.

[Publicado en eldiarionorte.es el 26/02/2014]

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Sobredosis de ficciones

Decía Antonio Rivera hace unos días en este mismo periódico, en un artículo rebosante de ideas—y de cuyo cinismo de fondo no creo que sea consciente ni él mismo— que es urgente elaborar nuevos relatos, mitos o “mentiras” fundacionales que nos cohesionen socialmente como comunidad en un momento en el que el mito de la democracia se resquebraja. Construida sobre la falacia de que pueden ser iguales en derechos quienes no lo son en recursos, la democracia liberal sigue soportando grandes niveles de desigualdad y corrupción y permite que determinados estamentos mangoneen. Sostiene Rivera que el sistema se mantiene porque la ciudadanía es capaz de asumir sus mentiras siempre que disfrute de beneficios económicos, pero que si estos desaparecen, las mentiras se vuelven insoportables. El resultado es la desafección, el desprecio a los representantes y la quiebra del sistema democrático.

Como dijo Blas de Otero en un hermoso poema en prosa, “esto no es triste porque es verdad”. Las sociedades humanas no son sino agrupaciones de beneficiarios que conviven en armonía mientras el beneficio se reparta, aunque sea de manera desigual, pero que se vuelven hostiles cuando, en lugar de recibir, toca aportar. Sólo la promesa de un futuro venturoso hace la espera soportable. Sin esperanza, las crisis estallan.

Lo que ocurre es que este panorama no es exclusivo de la democracia liberal. La igualdad de derechos sigue siendo un objetivo pendiente de cualquier asociación humana y las que más presumen de igualitarias suelen ser, precisamente, las que establecen los más férreos controles jerárquicos y disciplinarios para que esa igualdad sea tan sólo aparente y siempre al precio de la anulación de las libertades, de la crítica y del individuo. En cuanto a la otra igualdad, la de los recursos, sí que entra en el territorio del mito y la utopía, palabra que, como todo el mundo sabe, significa tanto “un buen lugar” como “en ningún lugar”.

Es precisamente la democracia liberal el único sistema que, hasta la fecha, regula sus métodos de regeneración de forma pública. El único que permite que la desafección hacia el propio régimen tenga cauces legales para manifestarse. El único que admite que los desafectos puedan llegar al poder por el procedimiento de ser mayoría y ganar unas elecciones.

Por eso es absolutamente normal y hasta previsible que quienes fingían aceptar la monarquía por su labor diplomática y vagamente decorativa, se vuelvan republicanos al descubrirse el choriceo o la afición del monarca por disparar a Dumbo o al oso Yogi.

Como también es normal, aunque triste, que los defensores de la responsabilidad social y de la distribución solidaria de la riqueza tengan que amputarse a machetazos una cooperativa no viable, como ha tenido que hacer la Corporación Mondragón con Fagor Electrodomésticos. ¿Quiere esto decir que el cooperativismo está en crisis? Claro, como siempre. Pero sobre todo nos dice que es capaz de afrontar sus problemas, ofrecer soluciones y activar sus mecanismos de solidaridad para saber estar a las duras y a las maduras sin renunciar a su modelo.

Es en las situaciones de crisis cuando las grandes ideas que han dado forma al pensamiento humanista —comunidad, solidaridad o, ejem, sanidad— se ponen a prueba y en donde aparece lo mejor y lo peor de la especie y de sus organizaciones.

Es precisamente en estos momentos cuando el nacionalismo, es decir, la ideología de los propietarios autóctonos remisos a socializar los beneficios, florece. En época de vacas gordas participa en el paripé, aunque poniendo de vez en cuando cara de asquito, como si le olieran los dineros que recauda en el negocio de urinarios. Pero cuando toca estar a las duras, es decir, cuando toca hacer efectiva la solidaridad real con los no autóctonos, renunciando al beneficio y participando en las pérdidas, es cuando los hechos diferenciales entran en erección, digo erupción, y todas las soluciones pasan por soltar lastre. Se hablará de problemas entre naciones y países, pero se trata siempre de dinero, de money, de pasta, de guita, de la pela; el resto es simulacro. Los independentistas catalanes, vascos o escoceses, o esos euroescépticos británicos que tanta gracia hacen cuando eructan “verdades” como puñetazos —como hacía aquel Gil y Gil, tan simpático— podrán cantar todas las milongas que quieran, pero en ultima instancia sabemos que en su proyecto ombligocéntrico sobran todos menos ellos.

En fin, ni siquiera organizaciones presuntamente solidarias como los sindicatos se dan por aludidas en momentos de crisis por propuestas audaces como el reparto del trabajo: trabajar menos para que trabajen más personas. Cuando fingen aceptarlas lo hacen con condiciones surrealistas, «vale, pero sin bajar los sueldos», que es como una reedición del milagro de los panes y los peces pero con vacaciones pagadas y cesta de navidad.

¿Necesitamos realmente nuevas mentiras? ¿Nuevos mitos fundacionales para sostener la ilusión de la democracia como comunidad de intereses? Lo dudo mucho. Creo más bien que de lo que estamos hartos es de ficciones y simulacros. La vida política parece haberse vaciado de grandes proyectos y de ideas nobles para convertirse en una representación, en una especie de juego de machos en donde los aspavientos y la exhibición de cornamentas ocupan el lugar de los debates para alcanzar acuerdos. Y no hay alternativa a la búsqueda de acuerdos entre diferentes posiciones que no sea la lucha y, en última instancia, la guerra.

No soy tan ingenuo como para no darme cuenta de que el comportamiento humano, como el del resto de predadores, se basa en relaciones de dominio. Que formamos sociedades jerarquizadas y que tendemos a elaborar concepciones agónicas de la realidad; que nuestras fantasías, incluidas las artísticas, están repletas de batallas, luchas, triunfos y derrotas. Por eso me parece tan lírico y edificante el intento de un sistema de convivencia basado en el acuerdo, en la idea de que todo el mundo, buscando su propio beneficio y el de su grupo, contribuye al bien general. Tan sólo se trata de regularlo con eficacia, honestidad y transparencia para evitar los comportamientos destructivos y depredadores. Por mucho que lo intento no se me ocurre un sueño más razonable y posible. Ni más utópico.

[Publicado en El Diario Norte el 12/01/2014]

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¿Y tú qué miras?

Leo en Change.org un manifiesto ‘ En defensa de la democracia en la era digital’, apropiadamente grandilocuente y sucintamente apocalíptico, que me causa una honda preocupación. De una hondura, aproximadamente, de un pie, para que nos entendamos. El manifiesto, firmado hasta la fecha por casi 600 intelectuales y escritores de 86 países, dice entre otras cosas: “Con unos cuantos clics de ratón, el Estado puede acceder a nuestros dispositivos móviles, nuestro correo electrónico, nuestras redes sociales y nuestras búsquedas en Internet. Puede seguir la pista de nuestras inclinaciones y actividades políticas y, en colaboración con empresas proveedoras de Internet, puede reunir y almacenar todos nuestros datos y, por tanto, predecir nuestras pautas de consumo y nuestro comportamiento”.

Hay que reconocer que el Estado es el tocapelotas por antonomasia. El muy cabrón no se conforma con freírnos a impuestos, vigilar las grasas saturadas de los bollos o fastidiarnos el placer del fumeque, ahora pretende enterarse de quiénes son nuestros ‘hamigos’ del Facebook o de si hemos buscado en Google la palabra zoofilia. Un día de estos conectarán a traición la cámara del portátil para descubrir la cara de gilipollas que ponemos delante de la pantalla.

No es un asunto baladí. En internet vamos dejando una huella creciente de nuestro paso. Hace ya unos años, Cindy Gallop prevenía en TED.com del grave riesgo que estaban corriendo —y nunca mejor dicho— los alumnos universitarios de sexo varón y género macho por pasar horas enganchados a internet: la feminización de la enseñanza universitaria es ya un hecho porque ellas estudian mientras ellos dedican su tiempo a visitar páginas porno, consumiendo sus recursos intelectuales a humo de pajas. Como sigamos así, llegará un momento en que entre los requisitos para acceder a una beca Erasmus (que los profesores universitarios, no sé por qué razón, llaman Orgasmus) estará el historial del navegador para ver cuántas horas se han perdido al día estudiando anatomía dinámica. (—Su rendimiento ha bajado mucho este trimestre, Kortajarena. ¿Cuántas a la semana? —Sólo las justas, Padre, sólo las justas). Por mi parte, me gustaría aclarar a quienes tuvieran la tentación de vigilarme que todas esas páginas, ejem, extravagantes, que aparecen en mis historiales son para un estudio del comportamiento humano. Pura ciencia, o sea.

Tampoco me siento concernido porque las empresas puedan prever mis pautas de consumo y mi comportamiento. No veo mal que crean que si va a aumentar mi consumo de televisores de plasma o de cafeteras hagan acopio en el supermercado. Lo que pasa es que estos sistemas no funcionan. Buscas una cámara de fotos en Google y el sistema “inteligente” te bombardea durante dos meses con publicidad del modelo que has mirado y… rechazado; pues vale. Si no creen la afirmación de que el sistema no funciona, echen una ojeada al mundo real, a los precios que se pagan por la publicidad en internet: son como un mal chiste. No es extraño que los periódicos digitales se vuelvan locos por ofrecer noticias cada vez más cubistas o columnistas cada vez más gilipollas (¡hola!): hay que atraer a millones de usuarios como sea para que pinchen en la publicidad. No future.

También es exótica la afirmación del manifiesto de que “cuando [los datos de navegación privados] se utilizan para predecir nuestro comportamiento, nos están robando algo más: el principio del libre albedrío, parte esencial de la libertad democrática”. Sorprendente. Jamás había leído una refutación tan sintética y tecnológica del libre albedrío: porque si nuestro comportamiento es predecible por los clics que hacemos en internet, estamos realmente jodidos como organismos pensantes, no ya como seres libres. Y quizá porque soy un frívolo, tampoco me preocupa que se conozcan mis inclinaciones y actividades políticas. Al fin y al cabo yo soy el primero que las hace públicas en el mundo real y en las redes sociales. Y no es lo mismo —creo en mi ingenuidad— como tratan nuestra intimidad los estados democráticos, sometidos a control judicial, que los estados totalitarios. Ahí sí hay un importante matiz que habría que subrayar.

En fin, que voy a acabar por firmar el manifiesto (siempre que me admitan como escritor y/o intelectual, aunque sea de la tercera división junior de la liga escolar autonómica) por una cuestión harto preocupante. ¿Se imaginan que estos datos caen en manos de las revistas del corazón? No quiero ni imaginar el número de buitres carroñeros que se abatirían sobre Paquirrín o Sara Carbonero. Ni lo que ocurriría en un futuro no muy lejano si los estudiantes de Historia o los de Archivística pudieran acceder al historial de páginas visitadas por los miembros y miembras del Congreso, el Gobierno, el Consejo General del Poder Judicial o el Parnaso de Escritores de España o de Galeuska. Sería el llanto y el crujir de dientes. Por favor, paremos esto ya. Que intervenga la ONU. Que ya empiezan a resonar las grandes carcajadas del futuro.

Publicado en El Diario Norte el 11/11/2013]

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No me gusta tu plan

La pretensión del Estado por regular todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida resulta estomagante. Es cierto que una porción de la ciudadanía quiere al Estado más que a un padre putativo y le pide que nos vigile, nos cuide, nos lave, nos peine, nos limpie las caquitas y nos ayude a cruzar la calle, pero somos también muchos a los que nos gustaría que nos dejara un rato en paz. Que la pesadez consume el cariño.

Es bastante higiénico que de vez en cuando se dé cancha a esas buenas gentes añorantes del estatalismo romano o soviético que tienen tan grandes ideas para arreglar toda nuestra existencia colectiva. Pero que el mundo esté lleno de grandes pensadores no es razón para que tengamos que experimentar un día tras otro cada una de las ocurrencias de cualquier charlatán, por mucho que ponga cara de ser la reencarnación de la virgen de Fátima. Que el Mediterráneo ya está descubierto.

Europa occidental ha tardado muchos siglos en apartar de la política al mesianismo cristiano para ponerlo en el lugar que le corresponde, las iglesias, así que no es cosa de que nos lo metan de nuevo a escondidas por la vía prepóstera. Por eso resulta particularmente cansino la proliferación de tanto portavoz de la conciencia universal y la salud físico-espiritual de las masas; siempre a costa, por cierto, de amargar nuestra ya de por sí amarga existencia personal. Si alguien quiere ganarse el cielo, que se vaya a predicar al desierto, que últimamente andan por allí bastante necesitados de mensajes de paz, amor y convivencia.

El Estado y sus comisionados deberían dedicar sus esfuerzos a engrasar el funcionamiento de la ‘res pública’, que no es una vaca, sino todas esas cosas útiles que facilitan nuestra vida en común (la seguridad, el transporte, la sanidad, la educación…) y olvidarse de lo que hacemos con nuestro cuerpo serrano y nuestra conciencia.

En fin, que me parece muy bonito que los señores diputados vascos y vascas vayan a dedicar su nunca bien remunerado tiempo a discutir por enésima vez el enésimo plan de convivencia, con su ‘sensibilizeision’ y su ‘capaziteision’. Incluso que expriman sus meninges para definir en qué debe consistir un suelo ético, un techo moral, un alicatado de decencia y un empapelado de honradez, pero esos asuntos, corazones, ya están resueltos. Los resolvieron hace unos cuantos miles de años las religiones y los han actualizado periódicamente los filósofos, las ideologías y las leyes. Quien no se haya enterado, debería repetir curso, pero en el internado.

A estas alturas de la película ya nos conocemos todos muy bien, y sabemos en qué lado de la escopeta ha estado cada uno. Y aunque la política sea el arte del eufemismo y del paripé, basta ya de milongas. Que se cumplan las leyes. Las lecciones de perdón, convivencia y buen rollito, para la catequesis.

Que yo, particularmente, sé muy bien como manejar mi amor, mi odio y mi desprecio y no necesito que me sensibilicen. Que la sensibilidad ya la tengo a flor de piel. Aquí mismo, concretamente.

[Publicado en El Diario Norte el 25/11/2013]

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Pro Política

En el momento en el que empiezo a tener alguna idea muy clara sobre como resolver algún problema de la humanidad en general y mío en particular, me doy una ducha fría. Es un método magnífico. Baja de inmediato la temperatura corporal, se cierran los poros y el resto de orificios, y se sufre un espabilamiento general inmediato. Misteriosamente, mis grandes ideas suelen arrugarse a la misma velocidad con la que se encogen otros de mis notables atributos.

Si el método no funciona y la idea sigue indemne, me asomo a alguna de esas páginas que calculan, en tiempo real, la población mundial. En worldclock.com, por ejemplo, desde que he empezado a escribir hasta llegar a esta frase, la población ha pasado de 7.090.766.064 personas a 7.090.766.945. O escribo más rápido o copulan ustedes menos, porque lo nuestro ya está alcanzando niveles víricos.

El caso es que me da por pensar que, probablemente, no va a ser fácil convencer a tanta gente de que mi idea es buena. Si no soy capaz de seducir a los vecinos para que purifiquemos mediante el fuego el cuadro de cervatillos que adorna el portal, va a resultar más difícil hacerles tragar lo de los impuestos.

Como habrán adivinado, todo esto no era sino una parábola introductoria (me salen un poco más espesas que las de los evangelistas, pero es por falta de práctica). Adonde quería ir a parar, corazones, es a que piensen durante unos segundos en lo extraordinariamente complicado que es elaborar una doctrina de uso universal y en lo difícil que resulta aplicar cualquier buena idea a individuos que, por lo general, no se dejan.

Pues bien, ni más ni menos a esto es a lo que aspiran las gentes que se dedican a la política, a convencernos de que tienen soluciones concretas y plausibles para la mayoría de los problemas de muchísimas personas. Algunos creen, incluso, que sus soluciones podrían servir para esos siete mil millones (bueno, de los 7.090.768.986, que esto sube como la espuma).

Su pretensión es tan heroica que resulta admirable. Ver como decenas de militantes se reúnen y tratan de sistematizar sus diversas opiniones, admitiendo las de otros o renunciando a las suyas por el acuerdo general y el bien común, es un espectáculo edificante. Hay quien piensa que no les mueve sino el interés, pero debemos recordar que les juzgaremos luego por los resultados obtenidos en el beneficio de todos y que no tendremos piedad con los vencidos.

En el año 330 antes de Cristo, cuando Alejandro Magno conquistaba el mundo, había poco más de 100 millones de personas en todo el mundo. Bastaban unos cuantos miles de individuos sanguinarios y bien armados para someter por completo a gentes incultas e imponer costumbres, ideas y religiones en vastas áreas de la Tierra. Hoy vivimos en un mundo extraordinariamente complejo, superpoblado y medianamente culto, en donde la mayoría hemos optado por el entendimiento. Poner de acuerdo a tantas gentes y tan distintas es una tarea extraordinaria. Sin embargo, juzgamos muchas veces la dificilísima actividad política con la misma ligereza y apasionamiento con los que hablamos de fútbol. Bastaría con que todo el mundo intentara alguna vez en su vida convertirse en defensor y representante de alguna idea para el bien común para que conociera el alto precio personal que muchas veces toca pagar. Basta con ser el administrador de la escalera.

Por eso, por la importancia que tiene la política para las vidas de todos nosotros, convendría hacer un gran esfuerzo para dignificarla. Se equivocarán enormemente todos los partidos políticos que no dediquen su mayor esfuerzo a dignificar su tarea y a ganarse nuestro respeto y nuestro reconocimiento. Y lo pagaremos todos.

[Publicada en El Diario Norte el 11/11/2013]

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Plaga de zoquetes

La noticia de que los españoles, junto a los italianos, son los más torpes de la OCDE en matemáticas y los más espesos en comprensión lectora ha causado gran desolación. Algo de esto intuía la generación mejor preparada de la historia, que en estos momentos friega platos en los pub londinenses o vacía papeleras en Múnich (que en alemán se dice München y en bávaro Minga. ¡Qué bavaridad!). Pero no sufran, aquí comparece un servidor para ofrecer ideas y para explicar que donde hay crisis, hay oportunidad.

Para empezar, corazones, admito que yo también estoy entre quienes tienen dificultades para entender las facturas de la luz, las ofertas de telefonía y la redacción de algunas leyes. Siempre había sospechado que lo hacían adrede, pero me quedo más tranquilo sabiendo que soy idiota. Sin embargo, pese a que por ser de Letras estoy eximido de utilizar la regla de tres o de saber calcular el interés compuesto de mi libreta de ahorros, hago grandes esfuerzos por comprender y calcular.

Así he conseguido entender, por ejemplo, a la lideresa del PP de Cataluña, Alicia Sánchez-Camacho, que quiere garantizar la igualdad de todos los españoles introduciendo elementos de singularidad en la solidaridad finalista para garantizar el principio de ordinalidad. Si hubiera dicho «queremos pagar menos porque somos más importantes que vosotros, pringados», se le hubiera entendido a la primera, pero tampoco es cosa de ofender. Además lo del «federalismo asimétrico» estaba ya cogido y ha tenido que improvisar. Estos liberales cada día son más socialdemócratas.

Pero a lo que íbamos. Si resulta que los bachilleres holandeses y japoneses son tan competentes en matemáticas o en comprensión lectora como los universitarios españoles, ¿dónde está el problema? No entiendo por qué nos empeñamos en ver el vaso medio vacío cuando podemos verlo doble: aquí hay grandes yacimientos de empleo por explotar.

Piensen, señores empresarios holandeses, ¿para qué contratar bachilleres de su país pudiendo obtener universitarios españoles a mejor precio? ¿Qué lógica tiene fabricar quesos de bola con personas que son capaces de leer a Hegel o a Derrida? Un universitario español sirve lo mismo para la vendimia que para plantar tulipanes y, además, cuenta chistes de gangosos. Imaginen el puntazo de anunciar en su página web que todos los empleados de gestión de residuos de Philips o de Rabobank son universitarios: ‘University People for the Business’.

Y lo mismo les digo a los empresarios japoneses. ¿Qué sentido tiene fabricar coches en Japón, donde cualquier obrero entiende su nómina y suma sin usar los dedos, en lugar de montar una factoría de Toyota en el campus de una politécnica española? Por aquí circula la leyenda de las huelgas a la japonesa, que consistirían en producir más, seguir cobrando y colapsar a las empresas por superproducción y acumulación de stocks. Sería fácil montar una fábrica con universitarios, ponerles en permanente huelga de producción y al mismo tiempo hacerles creer que están a punto de reventar el sistema. Además no hay que montar comedores, que mamá les pone el almuerzo en el túper. Todo ventajas. Y a los sindicatos les subvencionas las carpetas de unas jornadas o una comida de hermandad en el restaurante Don Jamón y seguro que apoyan la huelga permanente o firman un convenio, lo que salga más rentable.

En fin, que ha llegado el momento de explotar este bruto producto interior y no dejarse comer el terreno por los países en vías de desarrollo. Ya que no es posible ofrecer JASP, jóvenes aunque sobradamente preparados por cierre de negocio, al menos explotemos nuestro rico acervo incultural y hagámonos aún más los tontos. Total no tenemos nada que perder. Y siempre será mejor que echarse a las drogas.

[Publicado en El Diario Norte el 13/10/2013]