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Vegano, pero poco

Lo normal es desarrollar con el tiempo cierto horror a acabar con la vida de otros animales. No he llegado a barrer el suelo que voy a pisar, como dicen que hacen algunos jaínes para no pisar involuntariamente a los insectos, pero suelo recoger a las arañas, abejas y, en general, a cualquier bicho que entra en casa y lo acompaño amablemente a la salida; hospitalidad sí, pero confianzas, las justas. Hay excepciones, como mosquitos, moscas e insectos rastreros, pero si puedo evitar hacerles daño, mucho mejor. No obstante, como todos los de mi especie, soy territorial, así que acepto la presencia de otros animales siempre que ellos acepten quien domina el territorio y pone la música.

Más contradictorio me resulta el gusto por la carne y el pescado. Como lo llevo mal, prefiero pensar que bacalaos, merluzas y anchoas son especies sin demasiada vida interior y además fría, lo que las aproxima a los puerros. Mucho más difícil me lo ponen vacunos y ovinos, por lo que agradezco que la selección ganadera haya conseguido criar piezas prácticamente sin cerebro. Algo parecido intento creer de pollos y patos estabulados: carne con plumas. La mayor dificultad la tengo con los cerdos, que me recuerdan demasiado a amigos y familiares. El asunto añade además una perspectiva inquietante: si no pudiera acceder fácilmente a jamones y solomillos, ¿sería capaz de jamarme a los vecinos?

En fin, que lo que quiero comunicar a las masas es que ando pensando en hacerme vegano, pero no estoy seguro de si voy a conseguirlo.

¡Putas moscas!

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Evolución

Aunque no creo haber sufrido jamás los efectos del llamado síndrome de Sthendal, que provoca temblores, vértigo y palpitaciones cuando uno se ve expuesto a raciones ingentes de arte y belleza, sí es verdad que suele invadirme una sensación de melancolía al contemplar objetos fabricados por los humanos hace miles de años. Me ha ocurrido por última vez al admirar una vasija datada entre 3800-3700 años antes de Cristo en la que se representa un íbice, y he sentido luego una vaga sensación de incomodidad al pensar que ese objeto lo fabricó uno de mis abuelos.

Entre el 3.800 antes de Cristo y hoy han transcurrido poco más de 5.800 años. Tomando 50 años como vida media de una persona, solo nos separan 116 generaciones de individuos del momento en que se creó esta vasija. Y solo 270 generaciones del momento en el que, posiblemente, fue pintado el conjunto principal de Altamira, hace 13.500 años. Doscientos setenta individuos en fila se interponen entre aquellos pintores geniales y este humano que apenas sabe hacer la O con un canuto.

Los antropólogos suelen prevenirnos contra la idea de concebir la evolución como un progreso. Tenemos incrustada en la retina la clásica fila de antropoides sucesivamente más erguidos que culmina en un tipo caucásico que avanza con seguridad hacia el futuro. Pero la idea de progresión que transmite es falaz. Basta con poner en el extremo a Kim Jong-Un para que la trampa narrativa se disuelva como un castillo de arena: ni más listos, ni más guapos, ni mejores personas. Si esta comparación le resulta incómoda, póngase usted al final de la fila y mire hacia atrás que a mí me da vértigo. ¿Lo va viendo?

No parece que como individuos hayamos progresado mucho. Nuestros cerebros siguen respondiendo a pulsiones primarias y reaccionamos a los estímulos como lo hace cualquier primate. Somos egoístas, territoriales, gregarios, ruidosos y sucios, y cualquier lugar por donde pasamos en tropel acaba convertido en un estercolero. Somos incapaces de admitir ninguna idea que no haya sido implantada en nuestro cerebro en la etapa infantil y ocurra lo que ocurra, de la experiencia más extrema al paso por las mejores universidades del mundo, nada conseguirá cambiar los poderosos prejuicios implantados, sea la creencia en un dios trimotor, en un Más Allá alicatado hasta el techo o en la curación por medio de la fe. Mantenemos inalterada la tendencia de resolverlo todo a gritos o soltando un par de hostias, y en cuanto nos ponemos farrucos y actuamos en manada desatamos un enfrentamiento o armamos una guerra. Esto es lo que hay y así ha venido siendo desde el principio de los tiempos. Y sin embargo…

Sin embargo nadie que mire hacia el pasado con los ojos abiertos y dos dedos de frente podrá decir que no avanzamos, que nuestras sociedades no son mejores que nosotros, que no hemos desarrollado poderosísimos artefactos organizativos, sociales y políticos que hacen que cada vez sea más posible la utopía de un mundo para todos. Nuestro nivel cultural como sociedades multiplica exponencialmente nuestras capacidades como individuos y aunque mi escasa inteligencia personal me vuelva individualmente prescindible, participo de una inteligencia social tan enorme como la suma de toda la cultura acumulada a lo largo de decenas de generaciones. Yo no sé pintar íbices ni fabricar un mísero cuenco de barro, pero compongo sextinas y llevo en mi cabeza historias que empezaron en el Gilgamesh, recorrieron la vasta cuenca indoeuropea y florecieron en el teatro griego, en las baladas, en las novelas, en los sonetos de Shakespeare y en los versos hermosísimos de Blas de Otero. Otros crean para mí los iPad y los automóviles.

Individualmente no somos sino primates vociferantes cuyo cerebro parece haberse quedado colapsado en un mundo cuya complejidad no entienden. Pero colectivamente nuestra inteligencia galopa tan rápido que estamos casi a punto de entender cómo se crea un universo. Miro hacia atrás y prefiero quedarme con la imagen de esa vasija y esas pinturas. Quizá como especie apenas estemos a un paso evolutivo de conseguir dejar de matarnos.

[Publicado el 23/03/2014 en El Diario Norte]

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Dejar la manada

El soldado Bradley Manning ha sido declarado culpable de 20 cargos, entre ellos, robo, espionaje y fraude informático. Es cierto que se ha salvado de la cadena perpetua, pero la acumulación del resto de penas podrían suponer más de 100 años de cárcel. El precio a pagar es muy alto y tanto Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, como Edward Snowden, el analista de la CIA filtrador, siguen refugiados con miedo a que les extraditen a Estados Unidos.

Dejando de lado a Assange, un particular, tanto Manning como Snowden se han tenido que enfrentar a un dilema ético de proporciones abrumadoras, traicionar al Estado (representado por el Ejército y la CIA) en función de un supuesto bien mayor, la información pública, también llamada transparencia informativa. Se supone que los estados toman decisiones secretas sin conocimiento de la opinión pública y que, si esta los conociera, reaccionaría y obligaría a los estados a modificar su política; a veces ocurre.

Bien, los casos anteriores no son sino ejemplos del dilema crucial al que diariamente se enfrentan millones de personas en todo el mundo: o traicionar al grupo como individuo (porque el individuo está convencido de que su inteligencia personal es superior a la del grupo) o traicionarse a sí mismo para proteger al grupo del que forma parte. O dicho de otra manera, individuos a los que se les bombardea desde la más tierna infancia con una enseñanza moral, ética y política en la que priman los valores absolutos (honestidad, verdad, igualdad, respeto, etc.), tienen que bandearse en una realidad en donde lo absoluto es la excepción. El grupo proclamará la igualdad, pero las relaciones sociales son jerárquicas; se proclamará la igualdad de roles entre los sexos, pero nada hay más desigual (en todas las especies) que los roles sexuales; se deificará a la verdad como valor social imprescindible, pero la vida social funciona a base de permanentes mentiras y negociaciones constantes sobre la verdad; se pontificará sobre la honestidad y las normas claras, pero toda negociación (legal, comercial, política, social) está basada en acuerdos y componendas que sortean las normas, flexibilizan las conciencias y ahorman las voluntades.

Una de las primeras cosas que debería aprender todo humano es que entre el discurso público (que expiden la religión, la política o el moralismo popular representado por el periodismo) y el comportamiento social, hay una distancia amplia, flexible y enormemente dinámica. Es el terreno de la oportunidad. Todos los días millones de personas toman decisiones en esa zona de límites difusos y, normalmente, el que se salta los límites gana. Y pese al bombardeo constante sobre los valores, el individuo será protegido siempre que muestra adhesión y fidelidad al grupo. ¿Cuántos individuos denuncian desde dentro la corrupción o cuántas agencias anticorrupción han descubierto y revelado algún delito? ¿Denuncia el vecino que la comunidad piratea la señal de satélite? ¿Alguien denuncia el penalti de su propio equipo?

Todos los que abandonan la manada, pierden.