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¡Vociferen, se rueda!

La retransmisión televisiva de los debates parlamentarios (o de los plenos municipales), en contra de lo que sostienen los falsos ingenuos, no ha dado como resultado una «mayor transparencia». Nos decían que introduciendo cámaras y micrófonos en los hemiciclos podríamos acceder a la esencia de la política y veríamos cómo se negocia, como se «transacciona» la voluntad popular. En realidad, llevar las cámaras a los debates políticos ha tenido el mismo efecto que introducir el caballo de madera en Troya: ha entrado el enemigo.

El resultado de las retransmisiones televisivas ha sido nefasto. Exactamente el mismo que se ha producido al introducir la cámara del Gran Hermano en la «vida real», en la conversación de una pareja, en un debate ciudadano sobre la emigración o en una tertulia sobre la poesía renacentista: ha convertido a todos los participantes en actores que representan un papel ante un público. Pero con la diferencia de que pretenden hacernos pasar por real lo que no es sino una representación: es decir, se han convertido en farsantes.

En política, los integristas de todo tipo sostienen que los principios no son negociables y ven mal cualquier acuerdo en el que deban rebajar sus programas de máximos. Quieren introducir cámaras y mostrar en vivo una negociación para evidenciar que la voluntad popular se «traiciona» cada vez que se negocia, porque hay que ceder. A ciertos líderes, depositarios de una verdad trascendente, no es difícil imaginarlos en el escaño portando las Tablas de la Ley. Pero esta reclamación sobreactuada de pureza acaba condicionando los discursos y al final todos actúan como si negociar fuera perverso y como si todos, salvo el que habla, estuvieran contaminados de una podredumbre moral inherente al cargo. Da un poco de grima ver a personas que perdieron su virginidad cuando los dinosaurios dominaban la Tierra actuar como si se hubieran reencarnado ayer en Juana de Arco.

En el parlamento televisado nadie dice la verdad, nadie trata de llegar a acuerdos, nadie intenta establecer una base común de entendimiento. Los mensajes no están dirigidos al adversario político sino al televidente a quien se le está vendiendo un producto (el Partido Que Lava Más Blanco). Son mensajes que, por su esencia propagandística, carecen de mesura, renuncian a la empatía con el adversario y no buscan el diálogo —lo que debería ser la esencia de un parlamento— sino que propenden al monólogo discursivo del dictador. Como se trata de «ganar», lo importante es que el adversario «pierda» y así es como nos enteramos de que miente una y otra vez, es un ladrón que representa a un partido de mangantes, apoya la corrupción pública y el enriquecimiento ilícito, fomenta la disgregación nacional, odia a las mujeres, desprecia al emigrante, putea al inmigrante, quita el pan al pobre que no tiene que comer y fríe a impuestos al ciudadano desangrable, gestiona las crisis sanitarias con el objetivo de matarnos a nosotros y sacrificar a nuestro perro, subvenciona a espuertas a los amiguetes y racanea con lo público, roba la pensión de los ancianos, vende el país, ensucia el aire, profana la Tierra con el fracking y hasta con el fucking, calienta el clima y busca la extinción del oso polar. Con ligeras variaciones, un discurso similar se repetirá en cualquier parlamento, gobierne quien gobierne. Hay frases que los profesionales han ido acarreando desde la asociación de vecinos al Ayuntamiento, de allí a la Diputación, al Parlamento y, ya prejubilados, al Senado o al Parlamento Europeo. Si la diatriba funcionó contra el concejal encargado de regular el aparcamiento, ¿por qué no va a funcionar contra el ministro de Transportes?

Lo cierto es que ver a sus señorías comportarse como hinchas empuja a la melancolía o encabrona, depende el día. Gracias a sus discursos insultantes, soeces, enfáticos y prefabricados sabemos que la política es una mierda y que todos los políticos son una mierda. Sabemos que lo más importante son los principios, que son siempre «irrenunciables», o el terruño, que se lleva en el corazón, o la bandera o el recuerdo de los muertos propios (que los otros eran unos cabrones y se lo merecieron). Y lo más importante, sabemos que «todos los políticos son iguales» porque todos se dedican mutuamente la misma basura y todos no pueden estar equivocados, como aquellas moscas.

No hace falta decir —pero lo digo— que este discurso enmerdante es intelectualmente imbécil e íntimamente dictatorial y totalitario y que su triunfo sólo se explica porque generaciones enteras de individuos, sometidas a una campaña masiva de entontecimiento, sufren de esponjamiento cerebral. Muchos de ellos ya ocupan escaño.

Al final, naturalmente, a toda esta representación le llega su horario de desconexión, su zona muerta sin cámaras. Y del mismo modo que a los tertulianos se les paga por mostrarse enérgicos y a los participantes de un programa de telerrealidad por ser chorras a full-time, a los políticos se les paga el sueldo por solucionar los problemas reales de la gente, lo que suele implicar negociar entre fuerzas dispares y llegar a acuerdos para poner en marcha proyectos comunes. Pero la sobreactuación televisiva, la ultrarrepresentación de papeles discordantes, el gran teatro de la pseudopolítica de gestos para la foto, lo impiden. La televisión no ofrece transparencia, sólo lo convierte todo en un guiñol para una audiencia infantilizada y embrutecida.

Como ocurre con los negocios, a los acuerdos políticos se llega en los despachos y en las mesas del restaurante. Donde no hay cámaras. Donde dejamos de hacer el gorila que se aporrea el pecho y descubrimos la importancia de la cortesía y la diplomacia. Donde la gente se mide mirándose a los ojos y no sólo por lo que habla, sino también por lo que calla. Donde vale más una relación empática que diez mil discursos enfáticos cien mil veces regurgitados. Donde lo importante no es el teatro ni el espectáculo para entretener a las masas sino lo concreto: el problema, sus soluciones y sus beneficios.

Apagad la tele, corazones. Estáis infectados de ficciones.

[Publicado el 25/02/2015 en El Diario Norte]

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Seis de cada tres

“Seis de cada tres españoles son absolutamente imbéciles, por eso Televisión Española trabaja para ellos. Hay el doble de españoles imbéciles que de españoles. Usted no puede escapar a la regla, Televisión Española tampoco. Televisión Española, la imbecilidad de nuestra vida. Dé las gracias imbécil, encienda el televisor. Televisión Española le da el doble”.

Este falso anuncio, que recuerdo de memoria y que creo haber recortado de la revista humorística ‘Por Favor’ a finales de los años 70, resumía la opinión que mantenían muchos de los intelectuales de la época sobre la televisión: un medio de manipulación de masas al servicio de la imbecilidad. Desde entonces han cambiado muchísimas cosas: irrumpieron las televisiones privadas y las públicas autonómicas, las decenas de canales de la televisión digital, las comisiones de control parlamentario o los costosos consejos audiovisuales públicos. También se formaron en nuestras gloriosas universidades y escuelas varias generaciones de “magníficos profesionales” y periodistas. Gracias a estos cambios y a los prodigiosos avances tecnológicos que han convertido a la entonces llamada “caja tonta” en un electrodoméstico inteligente, podemos afirmar con justo triunfalismo que hoy, incluidos los ciudadanos autonómicos que no se consideran tales, seis de cada tres españoles siguen siendo absolutamente imbéciles y por eso todas las televisiones trabajan para ellos. Sigue habiendo el doble de españoles imbéciles que de españoles y seguimos dando las gracias a la imbecilidad de nuestra vida encendiendo el televisor. Usted no puede escapar a esta regla. Yo tampoco.

La televisión es sólo entretenimiento y quien diga lo contrario, miente. Su trivialidad contamina cualquier contenido. El mismo “gran profesional” que te explica en un minuto —es un decir— las complejidades del conflicto ucraniano, te aconseja que adquieras un seguro o abras una cuenta corriente en un banco. Luego da paso a un programa de debate en el que media docena de expertos descubren la rueda o ponen a parir al hijo de una folklórica. Nueve de cada diez deontólogos desaconsejarían estas prácticas, pero al que contrataron es al décimo.

La televisión it’s only entertainment pero en Europa seguimos creyendo que es un medio por el que se puede difundir cualquier contenido: información, documentales de ciencia subatómica, el recitado de las Cantigas de Alfonso X el Sabio o un debate argumentado y sereno sobre la reforma de la ley del aborto. Al menos es así como el discurso funcionarial justifica los cuantiosos gastos que genera el mantenimiento de las televisiones públicas: son un “servicio público” destinado a informar, difundir la cultura o reflejar el pluralismo de la sociedad. Por qué razón estas grandes misiones se encarnan en un concurso de cocina o en un debate de chismes y cornudos, es uno de esos grandes misterios de los que hay que acusar a la audiencia, es decir, a usted. Si usted es imbécil la televisión es imbécil. O viceversa. Como lo he oído se lo cuento, oiga; no se ofenda, no mate al mensajero.

Las televisiones privadas tampoco se escapan a la regla. Su único objetivo legítimo es hacer negocio y lo buscan desesperadamente halagando a la audiencia. ¿Qué es lo que quiere la audiencia? ¿Ficciones de amor y lujo, chistes de gangosos y mariquitas, fútbol, famosos saltando de un trampolín? Se hará lo que sea siempre que no lo impidan la ley o algún “observatorio” oficial sobre lo políticamente correcto .

¿Cuántos telespectadores verían un programa de debate entre Martin Heiddeger y Søren Kierkegaard? ¿Quince? No hay programa. ¿Y si les ponemos en pantalón corto, con zapatones de payaso y guantes de boxeo? ¿Tres millones? ¡Contrátelos, ya!

Esta es la lógica y ya va siendo hora de que la asumamos con todas sus consecuencias. Si la audiencia es partidaria de creer que las pirámides las construyeron los extraterrestres, se lleva a media docena de extraterrestres al plató; y a algún intelectual despistado, que dan mucho juego. Si el personal quiere creer que el golpe de estado del 23-F lo urdieron unos guionistas con la ayuda de un director de cine y varios políticos sin escrúpulos, ¿por qué vamos a quitarles la ilusión? Es sólo entretenimiento. ¿Qué mal le hace a nadie? ¿No están llenas las portadas de los periódicos de mentiras? ¿No es verdad que cada vez que la tele da imágenes del Congreso se ve a un político mintiendo con descaro? ¿Entonces? No se pongan así de tiquismiquis. Es sólo entretenimiento. No dramaticemos. El que quiera conocer la verdad que apague la tele y se compre un libro.

Dé las gracias, imbécil. Encienda el televisor.

[Publicado en eldiarionorte.es el 26/02/2014]