The Revealing Muscle

De niño me gustaba tanto la Cultura que al crecer me hice culturista. Es maravilloso todo lo que la Cultura puede hacer por nosotros.

Al principio sólo era capaz de hacer la figura del Kuros de Creso, porque yo también tenía el culo gordo y sólo sabía poner cara de peluquero de señoras, pero con el tiempo y muchas horas de ejercicio me fui estilizando.

Me influyó mucho la lectura de los clásicos, que empecé por Esquilo, pero no por sus tragedias, sino por su leyenda: el oráculo predijo que moriría aplastado por una casa y para evitarlo se fue a vivir al campo donde un quebrantahuesos, confundiendo su calva con una piedra yunque, dejó caer una tortuga que le partió el cráneo. Durante un tiempo practiqué mis figuras con la cabeza inclinada, en homenaje a la calva de Esquilo y porque me clareaba la coronilla, indicio claro de que me estaba convirtiendo en un intelectual. Fue muy alabada mi elegante pose de Ares Borghese, sin casco, en la que contraía alternativamente mis pectorales al tiempo que apretaba, también alternativa aunque de forma cruzada, mis glúteos; es decir pecho derecho-glúteo izquierdo, glúteo derecho-pecho izquierdo, tic-tac, tic-tac, tic-tac. Se volvían locas a aplaudirme. Aún podría repetirlo, si bien con las carnes algo morcillonas. No menos celebrada fue mi pose de Discóbolo que hacía arqueando sutilmente la ceja derecha para romper el hieratismo de la estatua y que se viera claramente que yo no había sido el modelo que inspiró a Mirón (jo, qué nombre, macho). Pero mi pose más celebrada fue la del Apolo Sauróctono, que componía con los músculos relajados hasta que los tensaba súbitamente sorprendido por la presencia del lagarto. Uno de los entrenadores del gimnasio me dijo que el lagarto era un símbolo fálico y le tuve que soltar una hostia para que no se creyera que no me había dado cuenta de que me estaba llamando maricón.

De los griegos clásicos me gustó mucho la idea de la impasibilidad de los dioses ante el destino de los hombres, que cierta vez representé, majestuoso, adoptando la pose del Zeus del cabo Artemisio mientras tensaba los músculos de forma divina. Ahora dicen que es Poseidón, que si lo llego a saber entonces hubiera hecho el gesto de empuñar el tridente y no de sujetar un rayo, que a ver quién sabe sujetar un rayo, o sea.

Mi reinterpretación de los clásicos grecolatinos revolucionó el culturismo y creó escuela: el esculturismo. Por todas partes surgieron imitadores que copiaban mi estilo y reproducían poses de esculturas clásicas. Yo aproveché aquel éxito y mi asistencia a un curso de I+D para ir más allá de todo lo que se había intentado hasta el momento. Proyecté un esculturismo dramático en donde la pose estatuaria no sólo debía reflejar el culto corporal en su aspecto físico sino también en el espiritual: el culturista debía ir más allá y ofrecer composiciones en donde el músculo fuera el espejo del alma. Estas ideas revolucionarias las dejé escritas para un número especial de la revista Muscle & Fitness que titulé «The revealing muscle» (El músculo revelador) que en España publicó la revista Chochos por un error de agencia que aún no me explico. En el resto del mundo no se publicó.

La presentación internacional del esculturismo dramático se realizó en el Palacio de los Deportes de Santa Cruz de Tenerife, aprovechando unos campeonatos locales de lucha canaria y una exhibición de silbo gomero. Allí realicé diversas poses dramáticas que despertaron el entusiasmo del público. Gustó mucho el Sileno ebrio en donde hinchaba el vientre para fingir gordura y luego tensaba y perfilaba los músculos mientras apretaba un racimo de uvas. Acababa llenando una copa y bebiendo con gesto lascivo y lúbrico. Hubiera estado bien completar la pose exhibiendo un falo enhiesto, como buen sátiro, pero tuve miedo de que el público no entendiera mi afán de realismo y me arrojara a patadas a una carroza de reinonas del carnaval de Tenerife.

Pero el culmen de mi carrera, mi obra maestra, la cima y cúspide del esculturismo dramático fue una pose colectiva y revolucionaria: Laocoonte y sus hijos, que preparé durante semanas con unos jóvenes pupilos. En los ensayos, usábamos unas gruesas maromas para representar a las dos serpientes que atacaban al sacerdote troyano, pero la cuerda era demasiado estática y todo quedaba un poco paródico. Así que para la presentación final me hice con dos pitones auténticas y conseguí convencer a mis jóvenes pupilos para que repitieran las poses tantas veces ensayadas.

Fingir, lo que se dice fingir terror, no lo fingieron. Yo tampoco. Había mantenido refrigeradas a las serpientes para que fueran dóciles, pero no sé si fue por el calor de los focos o por maldad natural, el caso es que recuperaron fuerzas y empezaron a estrujarnos como si fuéramos cervatillos. Yo intentaba poner pose culturista, pero cuando uno de los pupilos empezó a gritar de terror y una de las pitones dislocó su boca para intentar jamárselo hice lo que todo esculturista dramático debe hacer en los momentos cumbre, gritar como loco pidiendo socorro. Nos salvamos por poco, con apenas media docena de mordiscos y alguna costilla rota por constricción. Una de las serpientes logró escapar del escenario con la insana intención de papearse a alguno de los niños del público y la desbandada fue general.

Si fuera pusilánime, me habría retirado después de las denuncias que interpusieron contra mí la Dirección de Juegos y Espectáculos, la Dirección de Trabajo, el Ayuntamiento de Tenerife, el Gobernador Civil y la Asociación Félix Rodriguez de la Fuente para la Protección de la Fauna Rastrera (AFRFPFR), pero aproveché mi breve paso por la cárcel para leer y dar un giro revolucionario a mi carrera.

La Cultura siempre me ha salvado y esta vez decidí apostarlo todo a algo radical. Si con el esculturismo dramático había pretendido reflejar el alma humana mediante el sufrimiento expresado por la contracción de los músculos, ahora daría una nueva vuelta de tuerca para acceder directamente al espíritu. El músculo debería abandonarse, fluir o tensarse para componer obras de significación abierta cuyo sentido último sólo podría hallar el espectador en su cabeza (había leído una entrevista con Umberto Eco en Babelia). Nada obvio, todo conceptual. Así fue como concebí el esculturismo abstracto, animado por el monitor del Taller de cerámica de la cárcel, que intentaba que hiciéramos algo más que ceniceros.

Esta vez, la sección cultural de la revista Chochos no accedió a publicar mi artículo «From Biceps To Chillida» por considerarlo poco explícito. Pero no me desanimé y decidí mostrar mis ideas al presidente de la Asociación Provincial de Culturismo de la Línea de la Concepción, un exconvicto que tenía un exitoso programa de reintegración de delincuentes al contrabando de hachís. Creo que no entendió bien los conceptos que intenté explicarle porque torció el morro cuando compuse una Figura reclinada de Henry Moore, se levantó del asiento con mi traducción muscular de La sirena varada de Eduardo Chillida y definitivamente me echó a patadas cuanto hice la pose del móvil de Alexander Calder Arrugado con disco rojo. Supongo que el esculturismo abstracto era demasiado complejo para las mentes simples así que, desengañado, decidí abandonar.

Ahora sigo relacionado con el mundo de la Cultura y tengo una tienda de enmarcado de pósters. He dejado el culturismo porque no soporto esas simplezas americanas del body building, el fitness experiencial o el combo, tan alejadas de mis ideales estéticos clásicos. Mi marido dice que debería aprovechar mi experiencia y hacerme wellness coach o influencer, pero no lo veo. A veces sueño con serpientes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *