El planeta de los simios

Un mono con una pistola en Hellboy, de Mike Mignola.
Un mono con una pistola en Hellboy, de Mike Mignola.

Si el Islam fuera el problema habría que concluir que se dedica con mucho ahínco a causar víctimas entre sus propias filas. Así que debe haber otras razones.

El principal problema del mundo es que los seres humanos son básicamente animales idiotas que confunden tener inteligencia con haber aprendido a leer y escribir, sin que ello les haya llevado a entender absolutamente nada del funcionamiento de la existencia en general y de su papel individual en ella. El principal problema es que heredamos creencias y costumbres como quien hereda un hígado y lo divertido es que creemos que son «propias» y que ser fieles a ellas es una virtud a la que llamamos «coherencia».

Hay bases genéticas para que nuestro comportamiento se parezca al de los rebaños de mamíferos, aunque como especie hayamos evolucionado como un mono carnicero, violento y —lo que quizá sea el rasgo más importante— tozudo e incansable. Ningún otro animal puede dedicar toda su vida a una «causa mental», sea batir el récord de inmersión en apnea, la conversión del plomo en oro o la conversión de los infieles.

Cuando un zumbado se propone un objetivo y resulta ser lo suficientemente convincente, obcecado y tenaz, démonos por jodidos porque parte del rebaño le seguirá adonde vaya. Y el mensaje que triunfa es siempre el mismo: una vida sin preocupaciones ni obligaciones ni sobresaltos, regalada y en paz; es decir, un futuro venturoso o dos futuros venturosos, como prometían Los Luthiers a su chaparrita.

En su versión benévola, el mono desnudo se conforma con la utopía postmortem y, del mismo modo que recibe esos sellos de la compra que se pueden canjear por una sartén, va acumulando sellos ficticios de bondad esperando la resurrección de la carne en el paraíso (sin sexo para los cristianos, que como ya no necesitarán reproducirse tampoco necesitarán gozar, y con orgía perpetua y sustancias psicotrópicas para los islámicos). En sus versiones duras, la consecución de la sociedad feliz requiere ingeniería abrasiva, lo que incluye matanzas, exterminios y toda la gama de acciones cruentas que los pacíficos empleamos con la ganadería. No me voy a molestar en citar la historia porque está pasando, lo estás viendo y si no te enteras es porque eres gilipollas.

Todo lo que hacemos en la vida lo hacemos para calmar el estrés y la incertidumbre. El estrés nos levanta, nos estimula y nos da vida —y por eso lo alimentamos con sustancias o actividades de riesgo—, pero también nos agota y nada deseamos más que el descanso, el sueño y la falta de preocupaciones… para cargarnos de energía, volver a acumular estrés y desear más paz. Esa promesa cotidiana de tranquilidad, de reposo es el motor que nos mueve día a día, así que no es extraño que los más idiotas entre los idiotas sean capaces de inmolarse en sacrificio para obtener una recompensa inmediata tras la que alcanzarán la paz, la tranquilidad, el disfrute eterno… y un poco de gloria para alimentar el narcisismo.

El mono estúpido, presa de su hiperactividad, sólo busca la calma, y unos la encuentran leyendo, otros tocando el banjo, otros pintando y otros haciendo submarinismo, pero los más briosos y dominantes no se conforman con hacer macramé para calmar su ansiedad y quieren salvarnos a todos de nuestra vida miserable actual y conducirnos a un futuro venturoso, queramos o no.

Desgraciadamente, la selección natural, la selección sexual y la selección cultural del rebaño siguen prefiriendo a estos mandriles de soluciones «fáciles» y despreciando las antiutopías trabajosas que no prometen felicidad inmediata, sino complejidad, esfuerzo y trato diario y diplomático con los diferentes (que también son idiotas, como tú) con la esperanza de que no nos hagamos demasiado daño.

Incluso los que buscan elevarse de su triste condición de mono erguido siguen actuando como el viejo simio. Hace unos años, en 1995, y por estas mismas fechas, cruzó el firmamento el cometa Hale-Bopp. Un astrónomo aficionado sacó una fotografía y por una aberración óptica y porque era estúpido vio, ejem, interpretó que al cometa le seguía una nave espacial de origen extraterrestre. Unos monos del género homo dizque sapiens que se agrupaban en una secta llamada Heaven’s Gate (La Puerta del Cielo) y cuyo proyecto estúpido y contumaz consistía en evolucionar hacia seres superiores y espirituales que abandonarían la Tierra para llegar a un planeta extraterrestre donde reinaba la armonía, decidieron que era el momento. En una liturgia colectiva y previa castración de los hombres para abandonar el deseo que los ataba a los instintos animales, se suicidaron 39 personas con la esperanza de que sus espíritus llegaran hasta la nave extraterrestre que seguía al Hale-Bopp.

«Sin esperanza, con convencimiento», decía el poeta. Sin esperanza, sin convencimiento y viendo crecer las plantas y cantar al chochín. Me siento tan ajeno a las pulsiones animales de mis contemporáneos, a sus ejercicios de poder y representación, a sus «cosmovisiones» y a sus filosofías que muchas veces me pregunto qué cojones hago aquí y por qué no reacciono convenientemente a la inseminación ideológica y costumbrista. Me faltará una hormona. O un hervor. O quizá soy uno de los más idiotas entre los monos, que tampoco me atrevería a descartarlo.

Lo cual que progresan los tomates a pesar de los insectos y aunque parece estar muriéndose el limonero reverdecen el laurel y el bambú sagrado.

Unión Europea: mantenella y enmendalla

dameunleuropayo003El brexit es una bofetada en el morro a las políticas democratacristianas y socialdemócratas, extremadamante sutiles para el hooliganismo. Teniendo en cuenta que de las tres capas de la cebolla de la Unión Europea (económica, política y social) Gran Bretaña estaba exenta de muchas de las obligaciones socio-económicas y no participaba en el euro, lo que realmente ha movilizado al electorado han sido algunas mentiras y una gran verdad.

Las mentiras se refieren básicamente a los asuntos migratorios, un problema real británico que NO se va a solucionar con la salida de la Unión Europea. El Reino Unido no recibe inmigración por ser miembro de la Unión Europea, sino por ser uno de los países más ricos del mundo y tener un amplísimo pasado colonial. Quizá a partir de ahora puedan restringir o dificultar la entrada de ciudadanos con pasaporte europeo, pero no podrán detener la inmigración ilegal precisamente por eso, porque es ilegal también en la Unión Europea.

Otra de las mentiras, el desmesurado coste del proyecto europeo, se desactiva simplemente atendiendo a los desmesurados beneficios comunes (y subrayo el adjetivo) de mantenerlo.

La gran verdad, sin embargo, es que los británicos (representados por su Estado) ya no decidían por sí mismos su destino. La intrincada toma de decisiones europea es un escudo político contra las políticas autocráticas (y contra las soluciones ágiles y/ o descerebradas). Tiene muchas ventajas para mantener a raya a los países subsidiarios, que reciben más de lo que dan, pero es un gran inconveniente para los cabeza de león que dan más de lo que reciben. La solución nacionalista siempre pasa por convertir en asunto político los intereses económicos y abandonar el campo de lo humanitario y lo social relegándolo a lo personal, a un asunto de caridad o de ONG. Si toca aportar es porque «nos roban»; el particularismo nunca acepta que de la multilateralidad y los múltiples intereses difícilmente salen soluciones que satisfacen completamente a todos, y mucho menos en el corto plazo, porque un acuerdo consiste precisamente en eso, en ceder no para «ganarlo todo» sino para «ganar todos».

Por eso, mientras la Unión Europea no deje claro que el paquete viene completo (económico, político y social), es indivisible y se trata de un proyecto que —efectivamente, por medio del vehículo económico— es en última instancia político, social y cultural, las presiones centrífugas crecerán. Quizá haya llegado la hora de empuñar el guante de acero.

¿Quién quiere mi voto?

A ver, que la corrupción no es un fenómeno meteorológico. No se produce como las tormentas o las sequías, sino que es fruto de una minuciosa organización legal y administrativa tramada para mangonear sin trabas en las arcas públicas. Con el pretexto de la «autonomía financiera» (que es una forma eufemística de llamar a la falta de supervisión y capacidad de intervención fiscalizadora de la Hacienda Pública sobre las cuentas de los organismos públicos, sean ayuntamientos, consorcios, universidades, federaciones de municipios y entes diversos, sin descartar los extraterrestres) hay cargos que hacen y deshacen en las cuentas, sin que los interventores tengan capacidad de intervenir y hasta de enterarse.

La «autonomía financiera» otorgada a quienes solían quejarse de estar atados de pies y manos y no poder disponer «libremente» —es decir, arbitrariamente— de los presupuestos asignados ha permitido, ciertamente, que pueda operarse con cierto grado de libertad —o sea, sin control minucioso— pero también ha facilitado a quienes tienen los escrúpulos más elásticos el echar mano a la caja e ir distrayendo bienes. Y ya se sabe, se empieza tomando prestado unos lapiceros y a nada que te despistes se te acaba quedando adherida a la suela media provincia, que el dinero llama a dinero. Y entre que no te das cuenta de lo que haces y que la justicia tarda en reaccionar, cuando te enteras ya has contratado un testaferro, has montado unas empresas opacas y tienes un potosí en un paraíso fiscal, por aquello de que la solidaridad empieza por uno mismo.

Porque se trataba precisamente de eso, pollos, de no poder disponer «libremente», es decir, arbitrariamente, de los presupuestos que tan difícilmente fueron negociados, transaccionados y acordados en sus respectivos parlamentos. De que se cumplieran tal y como fueron diseñados, y no de como le pete al sargento de turno, ese que con el nombre de filetes compra filetes rusos, es decir picadillo, y se embolsa la diferencia. Y quien dice presupuestos dice terrenos recalificados, o sea, revalorizados automáticamente a golpe de decreto, o concesiones administrativas, o contratos o lo que sea menester.

Hay que sanear. No basta con actuar a posteriori. No basta con que ocasionalmente se manifiesten los tribunales de cuentas, que poco más hacen aparte de eso, ulular como los fantasmas en los castillos escoceses. Hay que reponer en su puesto al ejército de interventores y a sus látigos, así bramen y aúllen todos los alcaldes, rectores, presidentes de mancomunidades o archipámpanos del ente o el evento. Hay que prevenir, que es mucho mejor que amputar y más barato. Y mucho más estético.

Porque lo que no puede ser es que la Hacienda Pública sea capaz de agarrar firmemente por sus partes tributarias a todos y cada uno de los ciudadanos, hasta el punto de hacernos automáticamente la declaración de la renta y devolvernos los cambios, y sin embargo sea incapaz de saber en qué se gastan realmente algunas administraciones lo que dicen que se gastan, cuánto ingresan atípicamente y cuántos de esos ingresos y gastos acaban, pongamos, en esos paraísos fiscales pseudobritánicos que desde siglos vienen cobijando y promoviendo la actividad corsaria y la piratería, dicho sea con el respeto debido a su Graciosa Majestad. Lo que es insoportable es que nos desayunemos todos los días con nuevas raciones de sobornos o mangoneos. Que no podamos encender la luz, mover el coche, abrir una botella de vino o fumar un pitillo sin que nos frían a impuestos directos, indirectos y circunstanciales (además de echarnos la bronca) mientras que por los desagües de la cosa fluyan a borbotones los contratos empaquetados en porciones de equismil novecientos noventaynueve euros, un céntimo menos de la obligatoria fiscalización.

O sea que venga, coleguitas, aprovechad la próxima legislatura, que no es tan difícil. Que si queréis, podéis. Y las masas queremos. A ver, ¿quién quiere este voto?

Fracasadas señorías

Hace ya muchos años se puso de moda utilizar, en el ámbito de los servicios sociales y pedagógicos, el término «contrato» para subrayar los compromisos que adquirían los usuarios por utilizar dichos servicios públicos. Así, por ejemplo, se firmaba un «contrato» en donde una familia sin recursos se comprometía a enviar a sus hijos a la escuela a cambio de una subvención y un «contrato» en donde un alumno díscolo se comprometía a no faltar al respeto a su profesora Plástica. Si al alumno le daba el pronto y tiraba las acuarelas al suelo, la profesora esgrimía el «contrato» y Pepín entraba en razón al descubrir que, si no se sometía y las recogía, peligraba la excursión a la pista de hielo, el autobús escolar, el comedor y hasta el salario de inclusión social de la familia. Mano de santo para la paz escolar… Sin embargo, el «contrato» era un farol, un señuelo, una representación icónica, como esos idolillos de madera que representan a un dios, puesto que el verdadero contrato, el que mantienen el Estado y sus ciudadanos, es tan largo como la Constitución y tiene muchos tomos añadidos en forma de legislación estatal, autonómica y local.

Fue Jean-Jacques Rousseau quien divulgó la existencia de un «contrato social» entre el Rey (es decir, el Estado) y sus súbditos (hoy ciudadanos). Se trataba de un contrato implícito, no firmado, que obligaba a las partes. Lógicamente, si una de las partes no cumplía, el contrato quedaba invalidado, quedando la otra parte autorizada a romper el pacto que garantiza la paz y la convivencia. Los revolucionarios justifican sus acciones violentas por el incumplimiento del contrato social por parte del Estado o de las élites dominantes. Por su parte, todos los dictadores someten y castigan a sus administrados por no cumplir su parte del trato, básicamente callar, trabajar, obedecer y hacer maniobras corales ante el querido líder.

Los contratos sociales son minuciosos y tienen mucha letra pequeña. Aunque no estén firmados, recogen numerosas obligaciones entre las partes, desde la de prestar servicios sanitarios y construir carreteras a la de circular por la derecha y no asesinar al cuñado. En las democracias hay posibilidad de que las partes en litigio se denuncien entre sí por incumplimiento y hay ciertas garantías, no excesivas, de que algunas reclamaciones puedan prosperar.

Los contratos reales tienen valor legal y su incumplimiento esta penado. Todo lo contrario que las promesas, como esos contratos ciudadanos que ofrecen los políticos en época electoral, sea por la regeneración democrática, la lucha contra la desigualdad, la creación de empleo, la emancipación, el fomento de la cultura o la independencia. En realidad son faroles, en donde (como en el caso del niño de las acuarelas) sólo hay seguridad de cumplimiento por una de las partes, la del votante en el acto de votar. Por la otra, la del partido político, el cumplimiento del «contrato» queda al albur de demasiados factores en contra, desde la obtención de una mayoría suficiente hasta la incapacidad, la incompetencia o la deslealtad. El incumplimiento no suele tener consecuencias.

Pero sí debería tenerlas el incumplimiento del contrato realmente existente. No el virtual, sino el real que se produce a continuación, el que vincula legalmente y con efectos jurídicos a las partes. Porque una vez celebradas las elecciones y realizado el recuento, se producen actos jurídicos relevantes. Tras unas elecciones generales, sus señorías toman posesión de sus actas, se convierten en representantes de las personas que les han elegido y empiezan a cobrar un sueldo con el objeto de realizar grandes tareas, la primera de ellas, determinante, elegir un gobierno. Nadie dijo que fuera fácil, pero elegimos, ejem, a los mejores y más capaces, para que nos representen y hagan el trabajo que les ha sido encomendado y por el que obtienen generosa retribución a cambio.

En Japón existe la costumbre de pedir perdón público, inclinando tronco y cerviz, cuando se cometen errores o no se alcanzan los objetivos previstos. Nadie pide que sus fracasadas señorías —zafias para las relaciones sociales, torpes para la negociación y zotes para el acuerdo— alcancen maestría en el arte del harakiri. Tampoco ha pedido nadie, salvo un servidor, que se dedique su sueldo inmerecidamente obtenido a alguna causa noble. Han hecho ya sus cuentas, pergeñado sus tácticas, y con la abstención por aquí y el cuento de la lechera por allá, esperan una segunda oportunidad para intentar vendernos otra vez la burra; la misma burra. Probablemente un proyecto ilusionante, un contrato ciudadano de algo o una revolución social con pleno empleo, sostenible, con pantalla curva, wifi y 4G. Pero si no saben o no quieren negociar con quienes representan a otros ciudadanos, que es realmente para lo que han sido contratados, que despejen. Porque es una pena que con la decadencia de la fiesta nadie entienda en qué consiste tener vergüenza torera.

Con llave o con clave

clave2Entre las muchas cosas que le debemos a la Iglesia Católica está la técnica, rotunda y eficaz, para desatascar las situaciones políticamente podridas por inutilidad, desinterés, cálculo o incapacidad para llegar a acuerdos. La misma noche de las elecciones generales, 20 de diciembre de 2015, cualquier persona con una sólida formación en matemáticas de la Enseñanza Primaria (lección 1, «La suma o adición», y 2, «La resta») dedujo que había posibilidades más bien escasas de desatascar el embrollo de los resultados, pues los partidos habían sacado representaciones minoritarias y para formar coaliciones se necesita de la capacidad previa de saber y/o querer negociar y no haber quemado previamente las naves con afirmaciones categóricas del tipo «jamás negociaré bla-bla-blá». Negociar en minoría supone meterte tu programa por el lugar por donde ponen huevos las gallinas e intentar llegar a acuerdos en todos los asuntos que no pongan en peligro el núcleo duro de la identidad de tu partido político, las famosas «lineas rojas» que no se pueden traspasar.

Es más fácil no llegar a acuerdos que llegar a ellos —como es más fácil no tocar bien las castañuelas que tocarlas— pero se supone que a la política se llega para resolver los asuntos, no para joder (más) la marrana. Así que se nos queda a algunos cara de gilipollas (de más gilipollas, o sea) cuando bien entrado el mes más cruel, ese que engendra lilas de la tierra muerta, escucha a unos merluzos decir que van a iniciar negociaciones. ¡Penitenciagite, pecadores!

En 1274, la Iglesia Católica celebró el Segundo Concilio de Lyon que pretendía resolver, entre otras cuestiones, el delicado asunto de las elecciones de Papa, que en la última ocasión había tardado tres años en producirse (más del doble de lo que tardaron los belgas en formar gobierno en 2011). Para que una situación semejante no volviera a ocurrir, el Concilio estableció que diez días después de la muerte del Papa se reuniría y aislaría a los cardenales electores bajo llave, cum clavis (cónclave). Si pasados tres días no llegaban a un acuerdo se reduciría su alimentación y a partir del octavo día serían alimentados exclusivamente con pan, agua y vino (lo del vino, ya se sabe, es porque fomenta la amistad y predispone al magreo y al acuerdo). Pero, lo más importante —tomad nota, pecadores—, es que durante la duración del cónclave los ingresos de los cardenales pasaban a ser propiedad de la Iglesia.

Algo hacemos mal. Si una de las funciones primordiales del Parlamento es la de elegir Gobierno y ese mismo Parlamento manifiesta su incapacidad de realizar la primera tarea que tiene encomendada, debería disolverse ya y convocar elecciones. No basta con escudarse en el procedimiento y alargarlo como si fuera un chicle. Desde enero venimos escuchando murmullos que dan por descontada la convocatoria de nuevas elecciones y algunos partidos ya orquestan maniobras internas (como aplazamiento de sus congresos) para prepararlas, así que todo lo demás es pantomima y tomadura de pelo al respetable. Los que andamos escasos de la azotea lo sufrimos especialmente.

Quizá entre esas medidas de regeneración democrática que tanto ansiamos debería incluirse una nueva: que tras la constitución del Parlamento, sus señorías quedarán encerradas con clave en sus dependencias, habilitándose colchonetas y sacos de dormir para la ocasión; que tendrán un plazo de tres días para llegar a un acuerdo para formar gobierno y que a partir de los ocho, serán alimentados exclusivamente con pan, agua y vino de garrafa (para ahorrar), pasando sus respectivos salarios a ingresar en las cuentas de asuntos sociales de la administración pública.

Confío en que está medida será recibida con gran alborozo por la izquierda, siempre dispuesta a repartir su dinero con los desfavorecidos, y que la derecha, tan egoísta, simplemente procederá a darse prisa.